Capítulo 15. Dietan
B ueno, eso nunca había pasado antes.
Nadie dice nada, ni siquiera cuando la puerta se cierra de golpe detrás de Aren. Todas las miradas se dirigen hacia mí, sin duda todos se preguntan si alguna vez alguien ha rechazado la propuesta de matrimonio de un príncipe.
Alguien tose en medio del silencio incómodo.
No es así como esperaba que fueran las cosas. Es cierto, tal vez debería haberle contado a Aren mi plan. Pero sentí una oleada de emoción al volver a verla después de nuestra conversación de esta mañana. Debo poner en marcha mi misión.
Es perfecta. A pesar de esta punzada que siento en el corazón, ¡seguro se sentirá aliviada cuando sepa que, después de todo, no tendrá que casarse conmigo!
Le daré suficiente oro para que nunca más tenga que servir mesas en su vida, podrá casarse con quien elija después de esta aventura. Está claro que es una mujer muy fuerte. Puede manejar cualquier cosa que la misión nos presente. Además, es buena compañera. Me mantendrá alerta durante el viaje.
Más que eso, necesito a alguien a quien no pueda romperle el corazón. Estoy bastante seguro de que Aren me desprecia.
Pero mis pensamientos acelerados me parecen vacíos, como mentiras que fueron inventadas a la perfección. Tal vez soy tan terrible como los hombres que querían utilizarla… pero de una forma menos peligrosa.
Me pongo de pie rápido y salgo corriendo.
–¡Aren, espera!
La busco bajo la lluvia, chapoteando por las calles. Se dirige a su taberna y la alcanzo justo cuando desaparece por la puerta.
Pero cuando entro, una jarra sale disparada hacia mi cabeza…
Me agacho justo a tiempo y la jarra se hace añicos contra la pared.
La taberna está vacía, todos están de fiesta en el ayuntamiento. Aren no abandona su lugar detrás de la barra, como si necesitara la distancia entre nosotros. Incluso así, puedo ver cómo brillan sus ojos.
¡Mierda!
Me paso una mano por el rostro. ¿Qué he hecho?
No quería hacerle daño. ¿Cómo podría? Ni siquiera le caigo bien.
Por supuesto, igual supuse que diría que sí…
o que al menos me escucharía. Le aclararé que le pagaré por las molestias y que, en realidad, no tendrá que casarse conmigo.
La idea se me ocurrió después de que me dijera que no quería casarse jamás, ni siquiera con un príncipe.
Dijo que lo único que quería era viajar, ¿no?
Es una situación en la que todos ganamos.
–No te atrevas a humillarme –grita con los ojos desorbitados. Nunca he visto a nadie tan furioso conmigo.
–¿Qué quieres decir? No pretendo humillarte –respondo, levantando las manos para intentar calmarla–. La verdad es que no esperaba esta reacción. La gente suele quererme. Pensé que te alegrarías.
–¡Te estás burlando de mí y no lo toleraré! Príncipe o no, ¡no puedes tratarme así!
–¡No es una broma, lo juro! –me apresuro a decirle para que me crea, mientras me acerco–. Cualquiera querría casarse con una mujer que hace esos bollos…
Me lanza otra jarra a la cabeza y vuelvo a agacharme. Los fragmentos de cerámica explotan contra la pared y se esparcen a mi alrededor.
–¡Eres igual al resto! –chilla–. ¿No ves ese letrero? ¿No sabes leer? –añade, señalando una pizarra con una lista de reglas. Una dice prohibidas las propuestas de matrimonio .
–¡Está bien, está bien! ¡Yo pago la próxima ronda! ¡Yo pago todas las rondas! –intento calmarla.
La siguiente jarra aterriza demasiado cerca. Mierda.
–Bueno, me rindo. Por favor, solo escúchame un momento, ¿sí?
Puede que la ira de Aren esté desapareciendo, o que se le hayan acabado las jarras, porque ahora solo está ahí parada, con las manos cerradas en puños a los costados y los ojos ardiendo de furia.
–Gracias. –Enderezo la espalda–. Hablaba en serio cuando dije que eres perfecta para mí…
¡Ya verás! –Toma un plato, pero se detiene, dejándome hablar–.
Sabes que tengo mis razones, esa propuesta la hice con todo mi corazón.
Pero es difícil explicarlo cuando me arrojas algo por la cabeza cada vez que abro la boca.
Frunce los labios como si estuviera conteniendo todas las maldiciones que conoce. El calor de su mirada podría encender una hoguera.
–Mi propuesta no es en broma. Mi futuro, el de todos, depende de esto. ¿Podemos al menos discutirlo? –pregunto.
–Nunca, jamás, me casaré con un príncipe malcriado y de mala muerte como tú.
–Genial. Es perfecto. Yo tampoco quiero casarme contigo. Por eso es que te elegí. ¿Puedes sentarte y escucharme? –Señalo una mesa cercana.
Mi respuesta debió sorprenderla, porque la mirada asesina en su rostro se desvanece.
–¿Qué?
–Dije que yo tampoco quiero casarme contigo.
–Lo sabía –dice, con un nudo en la garganta. Frunce el rostro y sus ojos se vuelven vidriosos.
¡Maldición! Cada vez que abro la boca, meto la pata. Me doy cuenta de que tal vez dije algo muy cruel, pero no fue mi intención. Me apresuro a darle una explicación.
–Tú sabes la razón verdadera por la que vine a Evandale. Lo de los anillos. Veteria. La búsqueda de una novia fue una excusa. La verdad es que nunca tuve la intención de casarme con nadie, pero sí necesito tu ayuda para fingir que lo haré.
–No tiene sentido.
–Ojalá hubieras dicho que sí para habernos ahorrado todo esto. –Seco mi frente con un pañuelo–. Ahora tendrás que fingir que en serio estás enamorada de mí para que todos se lo crean, o estoy perdido.
Arruga la frente, confundida. Es adorable.
–No era mi intención sorprenderte, pero con todos mirando, fue lo primero que se me ocurrió. Y pensé que era tan perfecto. Tan romántico –explico–. De verdad creí que podría hacer que se lo creyeran.
–¿Qué te hizo pensar que diría que sí? –se burla de mí.
–¿Mi ingenio? ¿Mi aspecto? –digo entre risas, pero ella permanece seria–. ¿Y mi título? Soy un príncipe, ya lo sabes.
Respuesta equivocada. Entrecierra los ojos e inclina la cabeza, mirándome como si fuera un insecto que está a punto de aplastar.
–Dime la verdad. ¿Por qué lo hiciste?
Sé que es riesgoso, pero no tengo opción. Necesito una novia para desfilar por Alarice y Loegria, para engañar a los espías del Usurpador que vigilan cada uno de mis movimientos. ¿A quién más podría pedirle que hiciera algo así?
–Como sabes, tengo que ir al Gran Yermo.
Eso capta su atención.
–No, no es así –objeta, negando con la cabeza. Preocupada–. Sé que te hablé del rey Osian, pero Veteria dijo que no deberías ir.
–Demasiado tarde. ¡Solo escúchame! Serías la coartada perfecta para mí, para fingir que vamos a pedirle al Oráculo de Alba que bendiga nuestro matrimonio.
Me mira fijo durante un rato largo.
–Es una locura.
–Sé cómo suena… pero escucha. Necesito llegar al castillo del rey Osian sin que los informantes del Usurpador se den cuenta.
Con una novia a mi lado, puedo cruzar las fronteras en una marcha nupcial y obtener la bendición del Oráculo, tal como exige el tratado de unión para un matrimonio real, sin que las tensiones actuales desemboquen en una guerra.
Me mira desconfiada. Con la mano aún lista para lanzar un plato si hace falta.
–Por favor. Si no lo hacemos, Loegria y Alarice están perdidas. Y los Kilandrar me encontrarán y acabarán conmigo.
Sigue mirándome, con sus ojos oscuros brillando de empatía en lugar de asco.
Entonces, se establece una conexión entre nosotros. Por primera vez alguien me entiende. Esta es mi oportunidad y la aprovecho.
–Necesito una coartada para este viaje al Yermo, por favor.
Ayúdame. Haré lo que me pidas a cambio. Esta es una propuesta de negocios, así que di tus condiciones.
Si quieres un pago, me encargaré de que sea el triple.
¿Dijiste que querías salir de esta ciudad?
¿Viajar? No tienes la obligación de casarte una vez que esto termine. Es solo para aparentar.
»Me fui de la capital con una guerra a punto de estallar y cada día que paso lejos es un día más que mi padre pasa preparándose para enfrentar al Usurpador sin mí. Pero este es el último paso. Y es tan necesario. Llevo los Anillos del Destino y necesito quitármelos antes de que Penrith ataque.
Aren no deja de mirarme con desconfianza, como si estuviera evaluando varias cosas a la vez. Si dice que no, tendré que cambiar el plan. Y la verdad es que no sé si podré idear algo distinto.
–¿Qué pasará con el tratado de unión si no nos casamos? –pregunta–. ¿Después de haber recibido la bendición del Oráculo?
–¿En serio te preocupa tener que casarte conmigo?
–replico sonriendo, para relajar el ambiente, pero la expresión me sale forzada, como una mueca.
Esto no está saliendo bien–. Una vez que me ocupe de los anillos, y te pague mucho por tu ayuda, por supuesto, siempre podemos decir que descubrimos nuestras diferencias durante la marcha nupcial.
No te lo dicen, pero esa es una de las razones para tener una marcha.
Arrastrar a la pareja de pueblo en pueblo durante semanas y ver si se matan entre sí.
Me han dicho que mis padres casi lo hicieron, varias veces.
Aren se ríe, un sonido alegre y bienvenido. Estoy casi convencido de que no me asesinará durante nuestro viaje.
–Mientras nos separemos antes de la boda y no haya divorcio, no será un escándalo.
La gente está al borde de los nervios por culpa del Usurpador.
Yo digo, ¿por qué no darles un tema de cotilleo?
Iré directo a la corte de mi abuelo, ofreceré mis más sinceras disculpas y conoceré a un grupo de damas nobles de Alarice que, estoy seguro, estarán encantadas de que vuelva a estar soltero.
–No puedo evitar poner los ojos en blanco.
Ella se ríe de nuevo. Pero entonces sus ojos se desvían hacia algo detrás de mí y se abren con sorpresa.
De repente, me empujan hacia atrás con tanta fuerza que el aire se me escapa de los pulmones.
Salgo volando por los aires un instante antes de estrellarme contra una mesa cercana.
Siento como un dolor agudo me recorre la espalda, llenándome la vista de puntos blancos mientras me golpeo contra otra mesa y la vuelco.
Siento un zumbido en los oídos y el dolor se extiende por mi columna vertebral. Las lágrimas nublan mis ojos. Aturdido y jadeando, consigo incorporarme. Me encuentro frente a frente con una criatura de la oscuridad. Se me revuelve el estómago.
Me han encontrado.
Es el monstruo que acecha mis sueños. Puedo ver a través de su cuerpo hasta el otro lado de la taberna mientras va tomando forma.
El polvo gris y la suciedad se arremolinan a su alrededor como un tornado humanoide, haciéndose más fuerte con cada segundo que pasa.
De su cuerpo se extienden tentáculos que se acercan hacia mí.
Unos ojos negros como el carbón me miran fijo. Inmóviles. Inalterables. Esta criatura de viento se levanta para lanzar otro ataque.
Suspiro.
Los Kilandrar han regresado.