Anillos del destino Capítulo 14. Aren
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Capítulo 14. Aren

P or la noche, Ofelia y Jared celebran una auténtica fiesta de compromiso en el ayuntamiento. El príncipe es el anfitrión, para compensar el hecho de haberse perdido la propuesta de matrimonio de su amigo.

Es evidente que quiere montar un espectáculo enorme, ya que ha pedido comida y bebida a la taberna con tan solo unas horas de antelación, lo que me ha dejado corriendo para tenerlo todo listo en lugar de limitarme a asistir a la fiesta como solo familiar de la prometida.

Si cree que puede sacarme de quicio, está muy equivocado. Estoy más que preparada para el reto y como él pagará todo, me aseguraré de que mi hermana se vaya con el banquete más impresionante que se pueda imaginar.

Me paso la mayor parte de la tarde llevando barriles de cerveza al ayuntamiento, con la ayuda de Bonnie y varios soldados reales, y preparando una mesa impresionante con mucha comida elaborada con los productos más frescos de la cosecha del año.

Mientras tanto, finjo no darme cuenta de la presencia del marqués, que merodea por el lugar dando órdenes innecesarias.

Sin embargo, observo con satisfacción el daño que Dietan le causó en el rostro.

Aunque verlo todavía me da escalofríos, me siento más segura con los soldados a mi alrededor.

El marqués también se mantiene alejado de mí. Es claro que me está evitando. Bien.

Cuando la fiesta por fin está en pleno apogeo, sonrío y charlo alegre con nuestros invitados, acepto las felicitaciones en nombre de papá y me aseguro de que todos tengan la copa repleta y el estómago bien lleno. El salón está plagado de risas y el sonido de la flauta anuncia el siguiente baile.

El príncipe Dietan reina en todo su esplendor en el centro de la fiesta, atrae a los oyentes a su alrededor mientras les relata sus viajes.

–Así que ahí estaba yo, con un plato de ostras en una mano y el perro de la duquesa en la otra, encerrado en el balcón en medio de un huracán.

–Hace una pausa, sonriendo, para que todos se rían.

Seguro que ha contado esta historia tantas veces que sabe exactamente cuándo esperar esa reacción–.

Como se pueden imaginar, no podía ir corriendo a buscar al duque, ¿no?

–Más carcajadas–. Entonces, estoy tratando de derribar la puerta y…

¿quién viene a rescatarme? El único e inigualable lord Jared.

Gritos de celebración llenan el salón mientras todos levantan sus copas y brindan por el futuro novio.

–¡Lord Jared!

El carisma de Dietan y su habilidad para manejar las conversaciones son como ver un duelo entre espadachines expertos. Sabe cuándo hacer una broma, cuándo elogiar a alguien para sacarle una sonrisa o cómo esquivar un comentario torpe.

Pero todo me parece tan vacío, como si llevara años practicando el papel del príncipe alegre. Recuerdo su desesperación, sus súplicas, ese miedo en la cabaña de la hechicera. Pero esta noche no se trata de él. Me propongo mantenerme alejada.

Esta noche es de Ofelia y Jared.

Una de las tantas tradiciones de Evandale consiste en darle de comer personalmente a la pareja feliz, para atraer la prosperidad y la buena suerte.

Los dos, sonrojados por igual, están sentados en la mesa principal mientras varios aldeanos les dan de comer con cuchara.

No importa hacia dónde volteen, siempre se encuentran con un bocado de pastel o mermelada.

Intento concentrarme en ellos, pero al mismo tiempo no puedo dejar de mirar de reojo a Dietan, de vez en cuando capto un tono en su voz que inconscientemente atrae mi atención hacia él.

Su presencia me molesta. Todavía no puedo quitarme de la cabeza lo que dijo sobre esperar encontrar una mujer que lo mantuviera activo.

Con un poco de suerte, hoy será el último día que tenga que escuchar esa voz grave y profunda, entonces me libraré de él de una vez por todas.

Justo cuando estoy cortando el pastel con forma de torre, cubierto de glaseado y decorado con flores silvestres comestibles, oigo esa voz tan familiar a mi lado.

–Estás muy ocupada. ¿Nunca tomas un descanso?

El cuchillo queda suspendido sobre el pastel, pero no volteo. Solo su voz hace que la energía corra por mis venas. Hago un esfuerzo para que mi mano no tiemble por la adrenalina mientras corto despacio el postre y reparto las porciones en los platos.

–Es mi trabajo, alteza.

–Ya te lo he dicho, deja de llamarme así. Solo Dietan.

–No. Lo siento, su alteza, pero aquí seguimos las costumbres. El hecho de que estemos en el medio de la nada no significa que no tengamos modales.

–Su alteza –repite, esbozando una sonrisa–. La verdad es que me gusta cómo suena. Bueno, ¿te unes a la fiesta?

–No, a menos que quieras lavar los trastes. –Dichos trastes sucios ya están en remojo en una tina gigante afuera, llena de agua de lluvia y espuma. Si no me ocupo de eso pronto, me pasaré toda la noche en vela después del festejo.

–Claro, ¿por qué no? –Se encoge de hombros–. Te ayudaré.

–¡Por favor! Como si alguna vez en tu vida hubieras lavado un plato.

Él esboza una sonrisa aún más amplia.

–Tienes razón, se lo encargaré a mis hombres. Vamos, ¿nunca te tomas un momento para ti misma?

Me río mientras tomo una pila de platos limpios. Dietan está recostado contra la pared, mirándome, con los brazos cruzados sobre el pecho y sus piernas largas cruzadas por los tobillos. ¿Por qué me mira así? Qué hombre más irritante . Me niego a cruzarme con su mirada.

–¿No deberías estar buscando a alguna mujer que te mantenga activo? –pregunto.

–¿Qué te hace pensar que no la he encontrado?

–Bueno, mi otra hermana parece estar saliendo con el general Marcus, así que creo que ya está ocupada. –Echo un vistazo a mi alrededor y los veo juntos, susurrándose al oído. No sé si debería haber dicho eso. Sonja aún podría ser una princesa.

Noto cómo los ojos verde azulados de Dietan brillan, es frustrante que se parezcan tanto a los rayos del sol de verano.

–No estoy hablando de tu hermana.

Frunzo el ceño. Si ha mostrado algún interés por otra mujer, no me he dado cuenta, lo que significa que sus intenciones son, en el mejor de los casos, superficiales y, en el peor, indiferentes.

¿Le contará su secreto a esta mujer misteriosa?

¿O ella pasará el resto de sus días sin saber quién es su esposo en realidad?

Me da pena quienquiera que sea la elegida.

Dietan se acerca un poco y yo doy un paso atrás, sorprendida.

Está tan cerca que puedo oler su perfume y eso me hace perder el equilibrio.

Por todas las diosas, ¿por qué huele tan bien?

Es abrumador, no puedo pensar con claridad.

Me invade un recuerdo fugaz de cuando me rescató del marqués, cómo sentía su hombro, presionado contra mi rostro, y su aroma envolviéndome como una promesa de seguridad.

Siento un nudo en el pecho, una mezcla confusa de anhelo y arrepentimiento retorciéndose dentro de mí.

–Oye, no te vayas. Tengo que preguntarte algo –me frena.

–Si es sobre los bollos, o sobre tus problemas de príncipe, puede esperar hasta después de la fiesta –respondo a la defensiva, sin dejar de retroceder. Ofelia no se merece que armemos un escándalo esta noche.

Se acerca aún más.

–No, es mucho más importante. –Inclina la cabeza y susurra–: Una propuesta de negocios que espero que a una mujer tan aventurera como tú le resulte interesante.

Estoy a punto de preguntarle a qué se refiere cuando ambos nos damos cuenta de que todos en el salón nos están mirando. Adiós a lo de no llamar la atención.

–Maldición –murmura Dietan. Parece recuperarse con naturalidad, se endereza y le dedica una sonrisa despreocupada al público. Pero entonces, para rematar, el príncipe se arrodilla y levanta un anillo reluciente.

¿Qué carajo? Siento como si estuviera soñando. Me quedo con la boca abierta por un segundo y al instante la cierro, avergonzada.

Pero no es un sueño. Es una pesadilla. Dietan me mira con un dejo de esperanza en su rostro tan apuesto. De manera que todo el salón pueda oírlo, dice: –Mi querida y sarcástica camarera, Aren de Evandale, ¿me concederías el gran honor de casarte conmigo?

Todos tardamos un instante en comprender lo que está ocurriendo.

Entonces el silencio se apodera del lugar y la música se detiene de golpe, con un chirrido de cuerdas. De reojo, veo a Ofelia y a Sonja sonriendo.

Pero Dietan apenas se mueve, está tranquilo. Solo me mira con esos ojos del color del mar y del cielo.

–Sé que esto es solo mi anillo de sello, pero me aseguraré de que tengas uno de verdad más adelante.

Siento como se me encienden las mejillas mientras lo miro. Con ese rostro tan hermoso, incluso vulnerable, mientras espera una respuesta. Mi corazón late tan rápido que no puedo pensar.

Un príncipe de rodillas es un espectáculo digno de contemplar. Nadie se mueve. Nadie respira. Estoy paralizada. Mi pulso se acelera y siento las manos frías.

Dietan despeja su garganta una vez más.

–Entonces, ¿lo harás? Me refiero a casarte conmigo. –Luego se atreve a guiñarme un ojo.

Qué desgraciado. Una propuesta de negocios, dijo. Exhalo. Esto no tiene nada que ver con el amor. Es algún tipo de plan que se le ocurrió. Me dan ganas de abofetearlo.

En lugar de eso, aprieto los puños y respondo: –Por supuesto que no.