Capítulo 13. Aren
A l día siguiente, tal como imaginaba, encuentro al príncipe justo donde lo dejé, desplomado en la mesa, aún con una jarra vacía en la mano. Tiene la boca abierta y babea. Lo único que indica que no está muerto son sus ronquidos. A todo volumen.
Anoche bebió demasiada cerveza alariciana, me sorprende que le haya tomado el gusto tan rápido.
Tuvo un día particularmente malo y vació cada pinta con el estómago vacío, como si quisiera olvidarlo todo.
Antes de que pudiera detenerlo, apoyó la cabeza y no se movió más, ni siquiera después de la hora de cierre.
Tengo buen corazón. Así que, antes de cerrar, cubrí sus hombros con una manta vieja y dejé que pasara la noche aquí.
Ahora, en esta mañana lluviosa, lo veo diferente y no puedo evitar esbozar una sonrisa.
Ahí está, borracho y desmayado como el tonto maldito que es.
Admito que es agradable a la vista, incluso en este estado.
Hay cierta vulnerabilidad juvenil en la forma en que sus pestañas doradas caen sobre su mejilla.
Casi extiendo la mano para acariciar su cabello, se ve tan suave.
Los ronquidos se entrecortan y tose antes de volver a roncar.
Me río entre dientes y lo dejo en paz mientras me dirijo a la cocina a preparar la comida de hoy.
Enciendo el fuego en el horno de piedra y luego me pongo a organizar la despensa, hago una lista de lo que se echará a perder pronto para pensar qué usar primero y qué necesito comprar.
Pero los acontecimientos de la cabaña de Veteria dan vueltas en mi cabeza. Son inquietantes.
El secreto. La apariencia carismática. La búsqueda de novia. Todo su comportamiento irritante adquiere un significado distinto.
Fue una noche muy animada con el festejo del compromiso de Ofelia, mucha bebida, música y comida. Mientras seguían llegando pedidos, me preguntaba si el príncipe asistiría después del día que habíamos tenido.
Pasada la medianoche, ya casi me había olvidado de su ausencia hasta que apareció con un aspecto demacrado y un aire siniestro. Me dio pena. ¿Quién más conoce el secreto? ¿Llevará él todo el peso? Es una carga muy pesada.
Pero ahora empiezo a arrepentirme de haber dejado que pase la noche aquí. Me dejé llevar por la compasión. ¿Se levantará en algún momento?
Empiezo a preparar el desayuno y él sigue roncando.
Cocino algunas salchichas, una pila de tocino al whiskey, huevos revueltos y tomates con sal en escamas, incluso preparo mis bollos de suero de leche favoritos, hago ruido con mis ollas y sartenes, pero nada parece despertarlo.
Mientras espero a que los bollos terminen de hornearse, abro la taberna y recojo las sillas y los taburetes de todas las demás mesas.
Arrojo más leña al fuego. El príncipe se mueve un poco cuando paso junto a él, murmura algo sobre anillos, espero que esté soñando con el que le regalará pronto a Sonja y no con esos que, literalmente, ponen el destino del reino sobre su espalda.
¿Debería despertarlo? En cualquier momento llegarán los clientes y no puedo permitir que alguien, ni siquiera un príncipe, se quede dormido en la taberna tan temprano. Es malo para el negocio. Coloco una mano firme en su hombro y lo sacudo.
Se despierta sobresaltado, con la mirada perdida bajo el cabello revuelto.
–¿Qué? –murmura, confundido.
Sin duda ha sido una noche dura.
–¿Tienes hambre?
–Eh, creo que sí –responde parpadeando. Se pasa una mano por el cabello.
En la cocina, los bollos están en su punto justo, mantecosos y dorados. Añado algunos en una bandeja junto con una tetera. Cuando vuelvo al salón, veo que Dietan se ha recuperado un poco. Abre los ojos como platos cuando coloco todo delante de él.
–¿Todo esto para mí? –pregunta.
Asiento con la cabeza, un poco avergonzada por haberme esforzado tanto.
–Hay demasiada comida, ¿no quieres comer conmigo?
–ofrece, señalando el festín. Tengo que admitir que es amable y encantador…
para ser un borracho con resaca. Tomo un bollo antes de volver a mi puesto detrás de la barra.
De reojo, lo veo comer como si no hubiera un mañana–.
Me sorprende que me hayas dejado pasar la noche aquí –dice, entre un bocado de huevos y un sorbo de té.
–Y a mí me sorprende que te hayas quedado dormido sin tu séquito de guardias armados. ¿Cuánto tiempo llevas desaparecido?
–Bastante.
–¿No están preocupados por ti? –pregunto, no entiendo por qué la guardia real no ha recorrido Evandale de arriba abajo buscando a su príncipe.
Agita un trozo de tocino para restarle importancia a mi pregunta.
–No, Jared y Marcus me cubrirán. Tengo derecho a un poco de privacidad de vez en cuando. Por cierto, esto está increíble. –Se lleva otro bocado a la boca.
–¿Privacidad dices? –Recuerdo los rumores sobre sus travesuras, que parecen encajar con el estilo de vida de un príncipe consentido. Pero después de lo de ayer, empiezo a sospechar que esos rumores son pura fantasía.
Dietan arruga la nariz.
–Sí, supongo que mis guardias se sintieron aliviados de que Marcus se hiciera cargo de la guardia nocturna real.
–Déjame adivinar, ¿es el ronquido o la baba lo que les molesta? –me burlo.
Echa un vistazo a la baba que aún queda sobre la mesa y la limpia disimuladamente con la manga.
–Los ronquidos –admite.
Mira a su alrededor mientras come, observa todo con curiosidad y me doy cuenta de que no me molesta el silencio relajado que hay entre nosotros. En mi experiencia, es raro que un hombre no esté hablando sin parar. Estoy acomodando la barra cuando oigo un sonido de satisfacción que me hace voltear.
Le ha dado un mordisco a uno de mis bollos de leche.
–Esto podría ser lo mejor que he introducido en mi boca en toda mi vida.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué otras cosas introduces en tu boca?
–¿Te gustaría saberlo? –Sonríe.
Intento no sonrojarme.
–Hablo en serio –aclara, dándole otro mordisco–. Cocinas así de bien, sabes orientarte y además tienes la costumbre de desmayarte en mis brazos. ¿Cómo no voy a enamorarme de ti?
–Sigue soñando, amigo. –Pongo los ojos en blanco.
–Crees que bromeo. –Parece dolido.
–¿Que bromeas sobre qué?
Dietan me observa un momento y juguetea con el tenedor.
–No bromeo con lo de los bollos –aclara–. Dejarías en ridículo a las cocineras del palacio.
Sé que soy buena en la cocina, pero me alegra saber que soy tan buena como los chefs de renombre de la capital de Loegria.
–Sabes, si nos casamos, tendrás que prepararme este desayuno todas las mañanas. –Arquea las cejas con picardía.
–Ja. –Me encojo de hombros. De repente, me siento desanimada. Como si fuera posible .
–¿Qué? –pregunta.
Suelto un suspiro.
–Eres uno más al que solo le intereso por lo que puedo hacer.
– Pero no por quién soy –. Y eso incluye salvarte, debo añadir.
–Le lanzo una mirada cómplice, ahora me toca a mí levantar una ceja.
Solo lo dice por la comida. Ni siquiera me ha preguntado algo.
No sabe nada sobre mí y no le interesa, ni como hombre ni como mi futuro rey. Vuelvo a pulir las jarras.
Deja el tenedor y despeja su garganta. Está inclinado sobre el plato, con el ceño fruncido, lo que hace que su rostro parezca aún más joven. Me mira fijo como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.
–¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Qué solo me aprovecho de la gente? No soy así. Si me conocieras, te darías cuenta.
–Querías usar a Veteria –le recuerdo, encogiéndome de hombros, como si no me importara en lo más mínimo lo que dice–. Y ahora apuesto a que estás tramando un plan para usar al rey Osian. Por cierto, son diez elotes.
–Es una ganga para semejante festín. –Ignora por completo mi comentario.
–Veinte, entonces, incluyendo el servicio de despertador y la manta –replico sin vueltas, él entrecierra los ojos–. Seguro tú, más que nadie, puedes permitirte ese lujo.
Posa su mirada en el pañuelo que llevo en el cuello, volteo bruscamente y me concentro en apilar vasos detrás de la barra. Oigo el roce de una silla y unos pasos. Ahora está en la barra, justo detrás de mí.
–Por cierto, ¿cómo estás? –Su voz es suave, odio cómo me hace sentir. Tan tranquila y relajada. Es la voz que reconozco de aquella noche. Profunda. Suave. Tranquilizadora .
–Estoy bien.
–¿Todavía te duele?
Hago una pausa, sujetando una jarra. Sí, todavía me duele, pero podría haber sido muchísimo peor si este príncipe enloquecedor no hubiera aparecido como un héroe.
–¿Cuánto costaría curarlo? Porque daría todo lo que tengo –susurra.
Siento como se me corta la respiración y, cuando miro por encima del hombro, noto que el pliegue entre sus cejas se hace más profundo y que las comisuras de sus labios se curvan hacia abajo. Ese rostro parece sacado de una moneda de oro, igual que el de su abuelo.
–No te preocupes –digo por fin, inclinando la cabeza como si estuviera demasiado absorta en limpiar esa jarra–. Soy capaz de cuidar de mí misma. Y de salvar príncipes que se pierden en el bosque. No necesito tu ayuda.
–¿Es por eso que no te inscribiste en la lista de candidatas? –pregunta de repente.
–¿Para conocerte?
–Sí, exacto. ¿No te interesa el matrimonio? ¿Ni los príncipes?
Entonces volteo para mirarlo a los ojos.
–No, gracias. No tengo intención de casarme nunca –declaro, con más firmeza de la que pretendía–. No quisiera ser la sirvienta de ningún hombre. Ya tengo suficiente y no pienso cargar con más.
Esas palabras abren una grieta momentánea en su armadura y el dolor se refleja en sus ojos. Se recupera rápido con su encanto habitual.
–Qué terrible valoración de una institución tan sagrada –asiente. Baja la voz y se inclina hacia mí, como si estuviera revelando un secreto–. Es cierto, el matrimonio de mis padres está lleno de peleas y rencor.
–¿Ves?
–Pero seguro que existe el amor verdadero –añade, sacando a relucir su encanto principesco. De cerca, parece tan frágil–. Tiene que existir, ¿no?
–No para mí. –No le menciono que, por supuesto , lo que más deseo en el mundo es encontrar el amor verdadero.
Que me amen y me cuiden como se debe amar y cuidar a una mujer.
Pero eso es para otras chicas. Las bonitas.
Chicas como mis hermanas. Lo único que los hombres ven en mí es una sirvienta a la que no tienen que contratar.
Y este príncipe es, al final, un hombre más.
–¿No? –pregunta, parece sorprendido de verdad.
–No. Nunca –digo, casi creyéndomelo–. No quiero casarme jamás. Viajaré y leeré libros. Después de todo, soy buena para orientarme.
–Suena lindo –admite–, pero solitario.
–Me gusta estar sola –aclaro con tono tajante.
–Entiendo que mi presencia te resulte desagradable –responde, inclinando la cabeza–, así que te dejaré en paz.
Ay, parece herido. No creía que fuera posible que una camarera pudiera herir a un príncipe. Mi corazón late demasiado rápido y quiero disculparme. ¡No quise ser tan dura!
La verdad es que no sé qué pensar de él.
¿Por qué me presta atención? Solo porque le sirvo de algo, me recuerdo a mí misma.
Conozco su secreto. Ahora tiene que portarse bien conmigo, para que no diga nada.
Es un seductor descarado, no debería darle importancia.
Es un príncipe real, aunque maldito y yo solo soy una camarera.
Volteo y empiezo a doblar una pila de trapos de cocina.
Dietan está callado, pero sé que sigue ahí. Hay un silencio largo y pesado entre nosotros hasta que oigo el taburete rozar el suelo al apartarse de la barra y luego el tintineo fuerte de las monedas sobre la mesa.
–Gracias por el desayuno real.
No logro descifrar su tono. ¿Es sarcástico? ¿Frío? ¿O totalmente sincero? No sabría decirlo. No importa.
Ahora que mis hermanas están instaladas, él se irá de Evandale, y no veo la hora de que eso suceda. Aunque la idea me provoque un nudo en la garganta. Por supuesto, extrañaré a mis muchachas. Y él debe prometerme que no las pondrá en peligro.
Miro por encima del hombro otra vez cuando oigo sus botas pesadas caminando hacia la puerta. Se sube la capucha de la capa, apretándola contra el cuello. Antes de que pueda salir a la lluvia, mi padre sube los escalones a paso lento.
Madre de la Cosecha, ¿por qué ha salido con este temporal? Debe de haber venido a ver cómo estoy. Lleva preocupado desde la noche del festival. Se apoya con fuerza en su bastón, mirando al suelo, y se sobresalta cuando el príncipe le habla.
–Buenos días, señor –saluda Dietan con voz firme–. Qué sorpresa tan agradable.
Me dan ganas de intervenir, pero, para mi consternación, la sonrisa de papá se hace más amplia. Hacía mucho tiempo que no sonreía así.
–¡Su alteza! ¡Qué felicidad! Me sorprende verlo aquí tan temprano.
–Sí, he oído cosas maravillosas sobre esta taberna. Usted es el dueño, ¿verdad?
–Así es, pero mi hija maneja todo. Estoy muy orgulloso.
–Sí, sin duda. Me alegra mucho haber venido a Evandale. ¡Sé que aquí encontraré una mujer capaz de mantenerme activo, que sea digna de vestir solo la seda más fina!
Me está provocando. Qué idiota. Me recuerda que vino en busca de una novia, no una camarera. Frunzo el ceño mientras limpio furiosa la barra por tercera vez, para no asesinarlo.
–Sí, ahora que mi hija Ofelia está tan felizmente comprometida, espero que su gemela, Sonja, encuentre pronto una pareja digna –menciona papá con tono tranquilo.
Dietan parece sorprendido por un momento, como si no hubiera considerado la idea, lo cual me desconcierta.
–¿Cuánto tiempo más se quedará, alteza? –pregunta mi padre.
–Creo que nos iremos mañana al amanecer, si el tiempo nos lo permite. Se me ocurren algunas razones para quedarme un poco más, si tuviera la oportunidad. Por desgracia, tal vez ya me haya quedado más tiempo del debido.
Dicho eso, Dietan le da la mano a mi padre y desaparece bajo la lluvia, dejándome furiosa y en silencio.