Capítulo 12. Dietan #2
No puedo volver con las manos vacías ante mi padre.
No puedo decirle que varios reinos están en peligro porque su hijo estúpido y egoísta fracasó en la única tarea que se le había encomendado.
No, este es un problema que me corresponde resolver a mí.
Lo haré, o moriré en el intento y dejaré que mis amigos extraigan los anillos de mi cadáver como un último sacrificio por mi pueblo.
–Tengo que encontrar a ese rey Osian y tal vez… –Mi mente se agita con un plan a medias y mi respiración se acelera por la desesperación–. Osian gobierna el Gran Yermo, ¿no?
–En la ciudad de Engel, según dicen los rumores –interviene Aren. Veteria le lanza una mirada que mataría a cualquiera con el corazón más débil… pero no a Aren.
He recorrido todo este camino solo para descubrir que debo volver a cruzar medio mundo. Por eso necesito una excusa. La gente se preguntará qué hace el príncipe heredero de Loegria en el Gran Yermo. Seguro que la noticia le llegará al Usurpador.
Vine a Evandale fingiendo que buscaba una novia, cuando en realidad buscaba a una hechicera. Quizás la solución sea simplemente otra farsa.
–La marcha nupcial –murmuro, orgulloso de mi ingenio.
Una vez que elija una novia, tendremos que viajar por Alarice y Loegria para pedir la bendición del antiguo Oráculo de Alba para la unión, tal como exige la tradición real.
Alba está cerca del reino caído de Estyrion y una vez allí, podré cruzar la frontera y adentrarme en el Gran Yermo.
Volteo hacia la hechicera.
–¿Estás segura de que ese rey Osian está vivo?
–Esto no puede terminar bien, querido príncipe. Regresa a casa, busca otra forma de derrotar al Usurpador y libérate.
Pero no la escucho. Estoy demasiado absorto en la esperanza, por fin.
–Sin duda, por el bien de toda la tierra… –comienzo a decir.
Pero por su ceño fruncido, queda claro que Veteria ha perdido la paciencia. Sus ojos perlados brillan.
–Ya les he dicho lo que sé, así que ahora váyanse. Los dos –dice, haciendo un movimiento circular con la muñeca. Una ráfaga fuerte de viento me levanta en el aire.
Un instante después, estoy de pie sobre tierra firme y el viento se ha calmado hasta convertirse en una brisa suave. Aren intenta recuperar el equilibrio sobre los adoquines. La cabaña de la hechicera ha desaparecido y me doy cuenta de que estoy de vuelta en Evandale.
Apenas está anocheciendo, así que ya casi es hora de que Aren abra la taberna. Estoy seguro de que esta noche habrá mucha gente para celebrar el compromiso.
–Gracias –digo en voz muy baja.
–Como ya mencioné, supongo que es mi deber. –Voltea para mirarme a los ojos, su mirada me hace sonrojar. Carraspeo, de repente siento la garganta seca.
–No sé cuánto viste o escuchaste, pero, por favor, no digas ni una palabra. Hay muchas vidas en juego. –Ahora debe tener una imagen completamente diferente de mí. No soy un príncipe consentido, sino un hombre maldito, patético y condenado.
–No le diré a nadie –responde. Su falta de sarcasmo me hace sentir que tengo razón.
Mantiene el dobladillo de la falda alejado del lodo mientras gira y sube los escalones de la entrada.
Me imagino esa falda de seda fina, de la mejor calidad, como las que les compraba a sus hermanas.
Pero ahora que la conozco un poco mejor, apuesto a que es de algodón sencillo.
Ella reserva los lujos para sus seres queridos.
Aren voltea en silencio y me dedica una sonrisa tímida antes de desaparecer dentro de la taberna.
Las risas resuenan en la taberna y ese sonido me resulta extraño. Decidí dar un paseo después de que volviéramos a Evandale, para idear un plan. Pero ahora, estoy de vuelta entre la multitud.
El viento abre la puerta de golpe cuando ingreso al bar y todos voltean para ver quién es antes de continuar con sus conversaciones.
Nadie me presta atención con mi capa y mi sombrero gastado.
Solo soy un viajero más que se detiene a comer algo.
No he comido desde que entré al bosque, tengo tanta hambre como un oso.
Pero Aren, detrás de la barra, no aparta la mirada. Me observa con una ceja levantada mientras sirve una jarra de cerveza.
Me siento aún más desorientado, como si estuviera a la deriva en el mar.
Ella lo sabe . Le hago un gesto aturdido con la mano antes de dirigirme a la misma mesa en la que me senté hace solo unas noches.
Me desplomo en la silla, con el crepitar del fuego a mi espalda, que me brinda un consuelo que no sabía que necesitaba.
Reflexiono sobre lo que me dijo la hechicera.
Mi misión no ha terminado y seguir adelante podría ser muy peligroso.
El camino hacia el reino perdido de Estyrion es traicionero, sobre todo con la amenaza de guerra que se avecina.
Si el Usurpador o sus hombres me encontraran, sería un rehén perfecto.
Necesitaré la marcha nupcial como excusa para seguir viajando por Alarice y Loegria.
Es la única forma de mantener oculto mi verdadero propósito ante los espías de Penrith.
Un matrimonio real debe ser bendecido por el Oráculo de Alba.
–¿Estás bien? –pregunta Aren, acercándose con una jarra rebosante de cerveza espumosa. La deja sobre mi mesa–. Parece que necesitas un trago.
–Sí, gracias –respondo, y luego bebo con ganas. No parece tan fuerte como la que me sirvió la primera vez, o tal vez necesito algo así después de mi encuentro con Veteria, así que pido otra, y luego otra y otra, mientras mi plan comienza a tomar forma.
Parece que, después de todo, sí tendré que elegir una novia. Una valiente, inteligente y capaz. Alguien que conozca el mundo de formas que no se pueden aprender leyendo pergaminos ni con la ayuda de los maestros. Tendré que encontrarla pronto.
Lo último que logro pensar antes de desmayarme sobre la mesa es que el camino hasta el Gran Yermo se me hará muy largo si no me cae bien la persona que viaje conmigo.