Capítulo 12. Dietan
M e arropo aún más con la manta. Los anillos vibran cuando menciona mi maldición.
–Por eso he venido a pedirte ayuda. He oído que tal vez puedas… –Despejo mi garganta y le lanzo una mirada rápida a Aren–… curarme.
–¿Curarte? –inquiere Veteria entre risas y niega con la cabeza.
Me pongo visiblemente blanco, como un niño regañado. Aren se da cuenta de inmediato. Ya es bastante malo que sepa que estoy maldito, ¿pero que se entere del resto? Que los dioses no lo permitan.
Se mueve inquieta de un lado a otro. Carraspeo para romper el silencio incómodo, con la esperanza de que eso le sirva como señal para retirarse. Mira a Veteria, luego a mí y de nuevo a Veteria. La hechicera le hace un gesto de complicidad con la cabeza.
Aren retira su capa, ahora seca, de la silla y la coloca sobre sus hombros.
–Estaré afuera mientras hablan –indica mientras abre la puerta y se dirige directo a una mecedora de madera en el porche cubierto. Una vez que se cierra la puerta, la tensión aumenta.
–¿Por qué demonios crees que yo podría ayudarte? –exclama Veteria.
–Porque eres una sanadora, una legendaria –respondo, pensando que un poco de adulación podría ayudar.
–La maldición está entrelazada con tu alma. Nadie puede eliminarla sin matarte también a ti.
No es eso lo que he venido a escuchar desde tan lejos. Me pongo de pie y me acerco a ella.
–Usaste el Silbido conmigo –señalo. Me lanzó por los aires y la magia surgió con la misma facilidad con la que movió la muñeca–.
He oído las historias sobre quién eres y lo que hiciste: cómo salvaste a Beddlegert el invierno pasado durante las inundaciones.
Si sabes cómo controlarlo, si de verdad eres la última de los Vindar, debes saber cómo ayudarme.
–Conocer el Silbido no equivale a romper una maldición. Además, hace mucho tiempo que me aparté de los asuntos de los hombres. Demasiados se han aprovechado de mí y de los míos para sus propios intereses. Una vez salvé un pueblo porque era el mío, pero ya no me someteré a ningún rey.
–Pero ambas cosas están relacionadas, te pido humildemente tu ayuda para salvar a nuestro pueblo.
La anciana vuelve a fijar sus ojos lechosos en mí y se burla.
–¿Cómo te atreves a afirmar que tienes el poder del Sil…?
Como respuesta, invoco el poder y hago que se forme una tormenta de viento en la palma de mi mano.
Veteria abre la boca, sorprendida, mientras el viento le azota el rostro.
–No puede ser –dice, dando un paso atrás.
Levanto las manos, entregando más de mí mismo al poder, pero este se me escapa rápido y no puedo controlarlo. El viento inunda la cabaña, volcando frascos, tirando un taburete y haciendo que una mesa se estrelle contra el suelo.
En la ventana, veo el rostro preocupado de Aren, que observa el caos que se está desatando.
El rostro de la anciana se endurece y niega con la cabeza mientras los vientos se arremolinan a su alrededor, levantando remolinos de polvo. Las paredes tiemblan. El gato se escabulle debajo de la cama.
–Es suficiente –indica, con la voz casi ahogada por el vendaval.
Aprieto los dientes, intentando que la tormenta me obedezca, pero solo se hace más fuerte. Solo quería demostrarle de lo que soy capaz, pero la magia tiene vida propia.
–Contrólala –insiste.
–No puedo –espeto, e intento no entrar en pánico.
Muestra los dientes, frustrada, luego abre los brazos de par en par y patea el suelo con fuerza. El aire se calma y se concentra en sus manos extendidas. Redirige el viento y me lo lanza de vuelta. Tropiezo y caigo de espaldas sobre el camastro. Los anillos en mi espalda emiten un zumbido suave.
Jadeo con dificultad. El gato asoma la cabeza por debajo de la cama, comprobando si es seguro acercarse. La puerta de la cabaña se abre de par en par y Aren aparece en el umbral.
–Por todas las diosas, ¿qué fue eso? –pregunta, con los ojos tan abiertos como los platitos de leche del gato.
Veteria me mira con una ferocidad que roza la ira, su mirada es tan intensa que me echo hacia atrás.
–Así que esta es la esencia de la maldición que llevas dentro. No aprendiste esta magia, pero, de alguna manera, forma parte de ti.
Una emoción indescifrable se refleja en su rostro. Me pregunto si me echará, o incluso si me matará. Soy demasiado peligroso como para permitirme vivir.
Pero, en última instancia, no es Veteria lo que me preocupa. Aren lo sabe. No ha salido corriendo hacia la puerta, pero tampoco se ha movido lo más mínimo.
–Yo no pedí esto. Nunca quise que pasara algo así. No sé cómo controlarlo ni cómo detenerlo. Eres la única que queda que puede ayudarme. Por favor. –Estoy tan angustiado que se me quiebra la voz al pronunciar las últimas palabras. Tengo que hacer que lo entienda.
Esas dos palabras, por favor, parecen funcionar. Sé lo desesperado que debo sonar, tal vez ella sienta lástima por mí. Gruñe y se frota las sienes.
–Dime, muchacho. ¿Cómo obtuviste este poder?
Aunque soy un príncipe y jefe de un ejército, ante Veteria me siento como si volviera a tener diez años. Más aún cuando Aren me observa con impaciencia, esperando una respuesta.
–Cuando era joven y estúpido, toqué los Anillos del Destino en la sala de guerra de mi padre. Cuando desperté, habían desaparecido, pero me quedé con esto. –Volteo y tironeo de la parte trasera de mi camisa entre los omóplatos, dejando al descubierto los círculos entrelazados grabados en mi piel.
Ella se inclina y los toca con sus dedos delgados como papel. Frunce el ceño.
–Entonces, los anillos te eligieron a ti.
–¿Anillos? –murmura Aren tras tragar en seco.
–¿Es eso lo que sucedió? –le pregunto directo a Veteria, ignorando a Aren.
–El viento va hacia donde encuentra un propósito. Está claro que lo encontró en tu alma.
Mierda, eso no suena bien.
–¿Los anillos tienen conciencia? –pregunto sorprendido. ¿En qué me metí?
–El Silbido nunca se equivoca.
–Esta vez sí. Tengo que deshacerme de él, para devolverle los anillos a mi padre, el rey.
–¿Vienes a pedirme ayuda desesperado y aun así cuestionas lo que te digo? –me regaña con el ceño fruncido.
Me trago una respuesta. Tiene razón, sabe más sobre esto que yo, incluso más que mi padre y sus consejeros.
Es la única persona que he conocido que describe las creencias antiguas de esta manera.
Pero ¿por qué me ha pasado esto a mí, si nunca le ha ocurrido a ninguno de mis antepasados de la realeza? Debe haber otra explicación.
–Estás destinado a cumplir una misión, querido muchacho –me indica ella.
Luego, con un suspiro, continúa–: Los Anillos del Destino fueron forjados en secreto por el Oráculo de Alba para contener el poder de los espíritus del viento, los Anemoi, y derrotar a lord Bóreas.
De lo contrario, Albión habría caído ante los males de la Muerte Invisible y los Kilandrar, ambos nacidos de la magia oscura de Bóreas.
Pero esta magia negra ha vuelto. Está en el aire que respiramos.
Y solo el portador de los anillos puede derrotarla.
–Se suponía que todo el conocimiento que Bóreas tenía sobre la Muerte Invisible se había perdido con él, junto con los Kilandrar –señalo.
–Si de verdad crees eso, tengo un puente a Penrith que venderte –responde, aludiendo al puente roto entre Penrith y Alarice que fue destruido en la Tercera Era. Se ríe a carcajadas.
–¿Los Kilandrar son reales? ¿No es solo un cuento infantil? –pregunta Aren, está tan desconcertada como yo.
–Tan reales como la vestimenta que llevas puesta. –La anciana hace una pausa–. Lo siento. Ojalá pudiera serte de más ayuda –añade.
Suena tan definitivo... como un rechazo. Tengo que seguir intentando convencerla para que me ayude.
–Si el Usurpador supuestamente ha resucitado a los Kilandrar y está reuniendo un ejército de criaturas repugnantes, como tú sugieres, y mi padre marcha al combate sin los Anillos del Destino, ni él ni el ejército sobrevivirán.
Loegria caerá. Y si lo hace, también lo hará Alarice.
Estoy solo en esto y no puedo salvar a ambos reinos yo solo.
Vuelve a sentarse junto al fuego.
–Pero tienes los Anillos del Destino. Tú. –Apunta con un dedo arrugado en mi dirección mientras su mirada deambula sin rumbo por la habitación. No logro descifrar del todo la expresión de Aren, pero creo que tal vez esté preocupada. Me reconforta un poco pensar que tal vez le preocupo un poco.
–Por favor –intento por última vez–. Como puedes ver, no puedo controlarlo. Tengo que sacarlos de mi cuerpo. –La desesperación brota de mí como la magia incontrolable–. ¿No hay nada que tu magia pueda hacer para salvar a mi pueblo?
–¿Y qué hay del rey Osian? –interviene Aren. Su mirada es bastante inocente, pero Veteria se muestra claramente conmocionada por la pregunta.
–¡No pronuncies su nombre en mi casa! –grita. Cuesta creer que una mujer tan pequeña pueda emitir un sonido tan potente–. Es un traidor a la causa. No es ningún caballero. Se autoproclama rey, con el Gran Yermo como su dominio, pero está loco y es despiadado. No vayan a buscarlo.
Aren juguetea nerviosa con la punta de la capa.
–Pero he oído a los viajeros murmurar sobre la magia oscura y poderosa de Osian.
Quizás él podría ayudar –añade, en un intento por defender su sugerencia.
De verdad que ve y oye todo lo que pasa en esa taberna.
He oído las mismas historias y, para ser sincero, Osian estaba en mi lista en caso de que Veteria me fallara.
–No eres rival para él, jovencito –advierte Veteria–. No debes pedirle consejos.
–Pero no tengo otra opción si tú no me ayudas.
No puedo imaginarme volver a la corte y decirle a mi padre, a sus generales, a sus consejeros y a todos los importantes que he fracasado.
Mi madre ya cree que soy una vergüenza, una excusa lamentable de príncipe.
Ella, más que nadie, cree en la máscara que uso para mantener a todos alejados y a salvo del peligro que llevo dentro.
Mi fachada de seductor desventurado e inmaduro es una ilusión casi tan grande como la magia atrapada en mi cuerpo.