Anillos del destino Capítulo 11. Dietan
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Capítulo 11. Dietan

–S oy un idiota.

Tras hundir mi pie en lo que parece ser el quincuagésimo hoyo con el que me he topado, empapándome hasta las rodillas en lodo helado, estoy listo para admitir que cometí un error.

¿Por qué no le hice caso a Aren? Ella me advirtió que encontraría la muerte aquí en el bosque, completamente solo.

Pero el orgullo no me permite rendirme. La desesperación tampoco, para ser honesto.

Estoy sucio de pies a cabeza y la lluvia no ha parado. Muero de hambre y estoy congelado. Maldigo al cielo mientras saco el pie del hoyo y maldigo también a la camarera. Maldita sea ella y su sentido común.

En mi tierra natal, Loegria, la lluvia rara vez dura más de unos minutos y el clima cambia casi tan rápido como el humor de un niño caprichoso.

Pero en Alarice la cosa es muy diferente.

El diluvio es implacable e interminable.

Es un milagro que la tierra no se haya inundado por completo a estas alturas.

Después de que Aren me indicara la dirección correcta, consulté con el mapa que un vecino amable me había dibujado el día anterior.

“Está al otro lado del bosque, más allá de la Colina Partida. Su cabaña se asoma al barranco, es imposible no verla”, había dicho.

–Imposible una mierda –gruño para mí mismo.

El bosque parece no tener fin, repleto de robles gigantes y abetos, pero ofrece muy poco lugar para resguardarse.

Encuentro un refugio bajo el dosel chorreante de un árbol cercano y me acurruco para recuperar fuerzas.

Odio el bosque. Odio los árboles. Odio el lodo y la lluvia. Odio Evandale. Me odio a mí mismo.

Mis dientes castañean mientras busco a tientas el mapa en mi abrigo una vez más, pero también está cubierto de lodo. Intento limpiarlo con dedos temblorosos, pero solo consigo difuminar la tinta y hago que los ríos y las fronteras se conviertan en una mancha gigante.

Arrugo el mapa y lo arrojo en un charco. Gruño y toda la discreción sobre los secretos del reino y el espionaje militar se desvanece con la tormenta. Seguro que todos empezarán a preguntarse dónde me he metido.

Mi mentira sobre un dolor de estómago solo durará un día o dos.

Jared es tan leal que incluso se ofreció a crear una distracción, aunque le advertí que no se precipitara a hacer una propuesta real por mi bien y el del reino.

Igual, no creo que me haya hecho caso. ¿Quién hubiera pensado que se enamoraría tan rápido?

El festejo del compromiso de Jared solo los mantendrá distraídos por un tiempo.

Pronto, el pueblo de Evandale se dará cuenta de que no entra comida a mi habitación, ni salen de ella los orinales.

Las criadas encontrarán mi habitación vacía y entonces vendrán a buscarme.

Me estremezco al pensar que me encontrarán perdido y temblando en el bosque, con la verdad de mi misión al descubierto.

Preferiría morir antes de permitir que eso suceda.

Aunque tal vez entonces los consejeros de mi padre puedan extraer los anillos de mi cadáver.

Vamos, levántate. Tú puedes hacerlo.

La cabaña de la hechicera debe estar por aquí en alguna parte. Aunque apenas puedo ver a través de la lluvia, debo estar en la dirección correcta.

Me levanto a duras penas, más embarrado que nunca y sigo avanzando con dificultad, por la pendiente gradual del suelo del bosque. Camino con cuidado. Un paso en falso y acabaré en otro charco de lodo… o peor aún, metido hasta el cuello en un sumidero.

No veo a ninguna otra criatura, animal o humana, mientras camino. Mi única compañía es imaginarme a Aren caminando a mi lado.

–Lo sé, lo sé –le suelto a mi compañera imaginaria, y ella me lanza una mirada que es un castigo más que suficiente–. Debería haberte hecho caso…

Apenas puedo contener el temblor en mis dientes y tal vez me esté volviendo loco de verdad, sobre todo si me consuelo imaginando que Aren me hace compañía.

Ella claramente cree que soy un ridículo y no puedo negarlo.

La mayoría de las mujeres aprovecharía la oportunidad para consolarme en este estado, pero no puedo imaginarme a Aren haciendo otra cosa más que burlarse de mí. Quizá me esté muriendo de frío.

Oigo un segundo par de botas, luego el crujir de unas ramitas. Volteo. Pero no hay nada, solo una niebla espesa que se extiende por el suelo como una manta, enroscándose sobre las raíces de los árboles y el musgo.

Debo estar oyendo cosas. Intento ignorarlo, sigo adelante. Doy otro paso, pero ahí está de nuevo: el sonido de unos pasos que se acercan.

Siento los latidos de mi corazón retumbando en los oídos mientras busco la daga que siempre llevo conmigo. Miro fijo hacia la niebla, que se hace cada vez más densa. Apenas puedo ver los árboles que me rodean.

–¿Hola? –grito. La niebla parece amortiguar mis palabras.

La piel alrededor de las cicatrices de mi espalda se tensa, es muy doloroso. Una sensación demasiado clara de que me están observando me da escalofríos.

El miedo se apodera de mí y salgo corriendo a toda velocidad, atravesando los árboles, con los pulmones ardiendo y las piernas doloridas por el esfuerzo.

Lo que sea que me esté siguiendo me pisa los talones.

Miro por encima del hombro mientras el sonido se acerca cada vez más, pero lo único que veo es niebla.

Entonces, volteo y la veo frente a mí.

Aren.

Debo estar alucinando. El frío hizo que mis fantasías parecieran tan reales como la vida misma.

–Tranquilo, tontito –advierte el espectro, jadeando fuerte.

Por todos los dioses, hasta suena como ella.

Las volutas de su aliento se arremolinan alrededor de su rostro en el aire húmedo, hipnotizándome aún más. En la niebla, parece casi etérea. Una hechicera, más bien, una maga, única en su especie.

–¿Te quedarás ahí parado como un tonto? –Luego murmura algo sobre “hombres idiotas” entre dientes, empiezo a sospechar que esta podría ser la verdadera Aren.

–¿Aren? ¿De verdad eres tú?

–Es un placer volver a vernos, su alteza. –El gesto exagerado de su reverencia acentúa su sarcasmo.

Sin duda, esta es la verdadera Aren y no un producto de mi imaginación hambrienta y delirante.

–Debería haberte hecho caso –suelto sin pensar.

–Ah, ya conociste el arrepentimiento. Es horrible, ¿no?

–¿Qué haces aquí?

–¿Tú que crees?

Estaba a punto de preguntarle si ella también se había perdido, cuando me di cuenta. Me estaba buscando. Estaba preocupada por mí. Guau.

–¿Y por qué viniste a buscarme?

–No te vi en el anuncio del compromiso… –Así que Jared sí lo hizo–. Y sospeché que te habías perdido. No podía permitirme perder al príncipe heredero bajo mi responsabilidad, ¿verdad? ¿Sabes lo que son la patria, el deber y el honor? Me han enseñado que esas cosas importan.

–Me conmueve –suelto, llevándome una mano al corazón–. De verdad te importo.

Aren deja escapar un bufido que le aparta un mechón de cabello del rostro. Su irritación habitual se ve empañada por una preocupación evidente, lo que hace que se me apriete el corazón en el pecho.

–Tenemos que llevarte de vuelta para que pueda abrir la taberna. La gente querrá celebrar el compromiso.

Siento un nudo en el estómago. Pero aún no he encontrado a Veteria.

O, mejor dicho, ella no me ha encontrado a mí.

Las palabras de Aren vuelven a resonar en mi cabeza.

Es obvio que la hechicera no quiere que la descubran.

Cualquier atisbo de esperanza que me quedaba se desvanece en la espesura de la niebla.

–Vamos, rápido –exclama, pero parece que no puedo mover los pies. No es el lodo lo que los mantiene atascados, sino la decepción.

–Pero todavía necesito ver a Veteria… –dejo la frase en el aire.

Aren se detiene y voltea hacia mí, con una mirada llena de lástima que se apodera de sus rasgos llamativos. Debo parecer patético.

–Te lo dije… –comienza a decir.

–Solo la encontrarán si ella quiere. Lo sé –interrumpo, siento una lástima profunda por mí mismo y por mi situación condenada al fracaso.

Me mira fijo sin pestañear hasta que, frustrada, levanta las manos en el aire.

–¡Está bien! –Suena enojada–. Se supone que no debo hacer esto. –Me señala con el dedo.

Voltea, pero su falda está cubierta de un lodo tan espeso que la tela se enreda alrededor de sus botas.

–¡Veteria! ¡Necesitamos tu ayuda! –grita–. ¡Puede que sea de la realeza, pero no es del todo horrible!

Qué comentario tan alentador.

–¡Por favor! –le suplica al cielo gris.

–Esto no sirve de nada. –Me aparto de Aren y comienzo a caminar en la dirección que creo que me llevará de vuelta al pueblo, cuando una anciana envuelta en pieles de animales, con los ojos blancos como perlas, bloquea mi camino.

Alzo la mano y, de repente, salgo disparado hacia atrás por los aires.

Aterrizo de espaldas en el lodo y todo se vuelve negro.

Lo primero que siento es dolor. Me duele todo el cuerpo, tengo los músculos rígidos y adoloridos.

La luz se filtra a través de mis párpados cerrados.

A medida que despierto, el dolor se hace más intenso y me despierta aún más.

Poco a poco, entreabro los ojos y veo un fuego crepitante.

Estoy acostado en una cama cálida, cubierto de pieles suaves.

–Estás vivo –dice una voz ronca, casi me da un infarto.

–Por desgracia –replica otra voz, que me resulta familiar.

La anciana de antes, con su figura encorvada que apenas se distingue de un montón de pieles, está sentada encogida junto al fuego.

Sus ojos de un blanco lechoso miran sin ver las llamas.

Aren está a su lado, sosteniendo una taza con alguna bebida humeante.

De alguna manera, mi ropa está limpia y seca, en lugar de mojada y cubierta de lodo.

Veteria es una mujer menuda, lo que significa que Aren me ayudó a desvestirme. No puedo evitar sonrojarme al pensarlo.

–No me gustan los invitados no deseados –escupe Veteria, inclinando la cabeza–. No sé cuáles son tus intenciones –añade, mirando a Aren, que, avergonzada, se queda mirando fijo su taza como si la estuvieran regañando.

–Señora, no pretendo hacerle daño, se lo aseguro –aclaro. La observo con atención, me pregunto cuánto puede ver, si realmente es ciega. Ella sigue mirándome fijo, sin pestañear.

Tardo un momento en orientarme. Estoy en una cabaña de una sola habitación, con el fuego como única fuente de luz.

La lluvia golpea la ventana detrás de unas cortinas pesadas bien ajustadas contra el vidrio.

Hay mesitas cubiertas de frascos y ollas.

En los estantes se alinean recipientes tapados con frutas y verduras.

Las hierbas secas cuelgan en manojos de las vigas de madera a la vista y una estantería inclinada se hunde bajo una multitud de tomos polvorientos.

Una hogaza de pan recién horneado reposa humeante sobre la mesa, recién salida de una sartén de hierro fundido. Mi estómago gruñe y delata mi hambre.

Solo estamos nosotros tres, salvo por un gato negro y gris acurrucado a mis pies.

Abre un ojo anaranjado, me observa, luego lo vuelve a cerrar.

Continúo observando la gran variedad de hierbas secas.

No todas pueden ser de aquí. Alguien ha dedicado mucho tiempo a recolectarlas y cuenta con los recursos para conseguir especies exóticas de lugares lejanos.

Veteria echa más leña al fuego y lo aviva. Su silencio me pone nervioso.

–Te he visto en mis visiones –dice por fin–. Eres el príncipe maldito de Loegria. El que está condenado a morir, y todo Albión con él.