Anillos del destino Capítulo 10. Aren
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Capítulo 10. Aren

L a noche siguiente, alguien llama a la puerta.

Por un breve instante, presa del pánico, me preocupa que nuestro vecino, el viejo Singh, se haya vuelto a caer, pero es una mensajera.

Una mensajera real. Nunca pensé que vería a una de esas en mi puerta.

Su uniforme está impecable: lleva una chaqueta planchada y un gorro con la insignia de la brigada real de mensajeros.

–Cartas para las señoritas Ofelia y Sonja Bellamore –anuncia, mientras extiende dos pergaminos idénticos, ambos doblados y sellados con cera.

Miro las cartas, aturdida, antes de extender la mano de forma mecánica.

Llevan el escudo real de Loegria y, al haber sido entregadas a estas horas tan tardías, parecen ser de gran importancia.

Le doy las gracias a la mensajera antes de voltear para mirar a las gemelas.

Están sentadas con papá cerca de la chimenea, la curiosidad ilumina sus rostros.

–Creo que estas son para ustedes –digo, entregándoles las cartas. Las gemelas casi saltan de alegría para tomarlas.

–¡Ah! –exclama Sonja, fijando la mirada en el sello real–. El anuncio… realmente va a suceder, ¿verdad?

–Ni siquiera sabes lo que dice. –Remuevo la leña en la chimenea, asegurándome de que nuestro padre esté cómodo.

Él toma mi mano y la aprieta. Es difícil creer que nuestra salvación pudiera llegar de una forma tan fácil.

No estoy segura de cómo sentirme ni qué hacer a continuación.

Mi corazón late fuerte y siento como el sudor brota en mi frente.

–Recuerda nuestro plan, Sonja –dice Ofelia–. Pase lo que pase, nos quedamos juntas.

–Tiene que haber lugar para las dos en la corte, o ninguna de las dos va –continúa Sonja, asintiendo con la cabeza. Luego se ríen y se abrazan.

Quiero alegrarme por mis muchachas, pero al mismo tiempo, el peso de las cartas (el pergamino pesado, el sello real, sus nombres escritos con una caligrafía elegante) me despierta esa sensación tan familiar de estar siempre mirando todo desde afuera.

Ellas se miran, armándose de valor, antes de abrir las cartas juntas. Ambas dan un salto de emoción al comenzar a leer.

–Bueno, ¿qué dice? –Siento como la esperanza me inunda el pecho, su alegría contagiosa desplaza mi decepción, que aún persiste.

–Ambas estamos invitadas a una audiencia con la comitiva real mañana por la tarde –dice Ofelia, entregándome su carta, mientras que Sonja aprieta la suya como si valiera su peso en oro–. ¡Habrá un anuncio!

No esperaba que sucediera tan pronto, a pesar de lo que dijo el príncipe anoche. Dietan no parecía interesado en las candidatas que se habían presentado. Jared y Marcus parecían mucho más interesados en mis hermanas que él, pero supongo que la realeza es así, actúa de forma diferente.

Me resulta extraño que papá y yo no fuéramos invitados al anuncio junto con las gemelas. Sin duda, la familia de la futura princesa debería ser invitada a presenciar la propuesta de matrimonio. No me permito pensar que sea porque eligió a otra chica.

Siento que una punzada de arrepentimiento me golpea como un chorro de agua fría, pero la aparto de mi mente.

El futuro de mis hermanas y mi libertad son lo que importa.

Entonces, ¿por qué estoy a punto de llorar, como si la sensación de quedarme al margen fuera demasiado fuerte esta vez?

Levanto el mentón. Estoy siendo demasiado emocional.

Solo quiero estar ahí para ser testigo del “felices para siempre” de mis hermanas, eso es todo.

–Sin duda, alguna de ustedes ha llamado la atención del príncipe –digo con tono tranquilizador, mirando a papá, que asiente con la cabeza.

–Apenas me ha dirigido la palabra –dice Sonja, resoplando–. Solo para preguntarme por ti, Aren.

–¿Preguntó por mí? ¿Cuándo?

–Pasó ayer por la tarde, pero estabas en la taberna. Quería asegurarse de que estuvieras bien –responde Ofelia, asintiendo con la cabeza.

–Le dijimos que siempre estás trabajando –indica Sonja–. ¿Lo viste anoche?

Me encojo de hombros, aunque siento que se me enrojecen las mejillas. Las chicas no se dan cuenta. Han vuelto a releer sus cartas.

Ofelia sonríe con aire soñador, como siempre. Sonja se abanica con la invitación. Siento un impulso de protegerlas. Las dos parecen tan jóvenes e inocentes y el mundo es un lugar cruel. Ojalá nunca lleguen a saber exactamente lo duro que puede ser.

Dejo a un lado mi tristeza tan extraña y las abrazo a las dos como solía hacerlo cuando eran pequeñas, llenando de besos la parte superior de sus cabezas de cabellos dorados, donde pronto descansará una corona real.

–Estoy orgullosa de ustedes dos –digo, con un sollozo en la garganta–. Vamos, a la cama, para que estén frescas mañana.

Pero bien entrada la noche, cuando los únicos sonidos son la respiración profunda de mis hermanas y los ronquidos ocasionales de papá, me quedo despierta, tratando de convencerme de que seré feliz cuando esté completamente sola.

Tendré mi libertad. ¿No es eso lo que siempre he querido?

Viajar por el mundo, sin responsabilidades, sin esposo y sin nadie que me diga qué hacer. Entonces, ¿por qué no puedo dormir?

Por la mañana, mientras la lluvia golpea fuerte contra la ventana, visto a mis hermanas con los otros vestidos que les hice.

Cuando las gemelas dan vueltas frente al espejo de cuerpo entero, exclamando lo lindas que se ven, desde sus capuchas bordadas hasta los cascabeles en los tobillos, no puedo evitar sonreír, aunque sigo deseando haber recibido una invitación.

Hoy todo gira en torno a ellas y me aseguro de que mis chicas se sientan hermosas, importantes y dignas de la realeza.

Nadie podrá apartar la vista de ellas cuando entren en la sala.

Antes de partir, papá nos reúne a su alrededor. Está demasiado débil para acompañarnos, su cadera rígida le duele aún más cuando llueve. Las muchachas se arrodillan ante él, sonriendo con lágrimas en los ojos.

–Les doy mi bendición a ambas –dice, con la voz gastada por la edad.

Siento un nudo en la garganta al ver cómo las observa con adoración.

Después de todo, son el reflejo de mamá.

Él está solo, nosotras somos todo lo que le queda.

Está dejando ir a la mitad de su familia, entregándolas a un futuro desconocido más allá de su protección.

Pero sonríe con valentía, sé que está tan orgulloso de ellas como yo.

»Todo estará bien, Aren –me consuela mientras las chicas recogen sus capas de lluvia para el camino hacia el centro del pueblo. Los cascabeles que llevan en los tobillos suenan con cada paso–. Ambas serían unas princesas excelentes y seguro llevarán a su hermana a la corte.

–Es un sueño hecho realidad –digo, mientras siento como mi corazón se oprime con una tristeza difusa.

Las tres comenzamos a caminar con dificultad bajo el diluvio. Yo voy al frente, colocando tablones para que las chicas pisen, para asegurarme de que sus faldas no se llenen de lodo mientras van de nuestra casa al centro del pueblo. A este ritmo, nos lleva alrededor de una hora llegar al destino.

–Aren, estás empapada. ¡Déjanos caminar sobre el lodo! Nadie verá los dobladillos –insiste Ofelia, angustiada.

–Sí, o al menos déjanos ayudarte –añade Sonja, agachándose para darme una mano.

La aparto con un gesto.

–No arruinen esos vestidos que les hice –les advierto, mientras levanto la siguiente tabla–. Las dos deben lucir perfectas. Ese es mi trabajo. Ustedes hagan el suyo y yo haré el mío.

Se dan cuenta de que no sirve de nada discutir. Entonces, se preocupan por levantar un poco más sus faldas, para que mi trabajo arduo valga la pena. Cuando llegamos al ayuntamiento, estoy empapada hasta los huesos, me duele la espalda y tengo astillas en las manos. Llegamos justo a tiempo.

Las sigo mientras pasan junto a los guardias armados que custodian la entrada. Mi respiración se acelera, siento un nudo en el pecho por la expectación, por el peso de lo que este momento significa para nuestra familia.

–Observaré todo desde el fondo del salón –les aviso.

El hecho de no haber recibido una invitación no impedirá que presencie este momento tan importante en la vida de mis hermanas–.

Denme sus capas de lluvia y los paraguas –les pido, dejando las tablas afuera.

Estoy empapada como una rata ahogada y mis botas están cubiertas de lodo, pero mis chicas parecen haber llegado flotando con el viento, con sus vestidos impecables y esas sonrisas tan radiantes como el sol.

–Ustedes deben ser las gemelas Bellamore –dice un hombre vestido con el uniforme real, haciendo una ligera reverencia–. Por favor, síganme.

Guardo las cosas de mis hermanas en el guardarropa. Luego sacudo el barro de mis botas lo mejor que puedo antes de entrar en el gran salón.

Me detengo detrás de la multitud, nerviosa. El marqués seguro estará aquí, mi estómago se revuelve de miedo. Esta es su peor pesadilla, que una de las gemelas se gane el corazón del príncipe antes que una de su sangre.

Pero el lugar está tan repleto de gente que es fácil perderse entre la muchedumbre.

Además de los ciudadanos más destacados de Evandale (entre ellos, varios miembros de la Cámara de Comercio), también están presentes cortesanos de la capital loegriana.

El ambiente está cargado de expectación mientras todos esperan la llegada del príncipe.

Miro hacia el podio, examino los rostros de los dignatarios, pero no lo veo por ningún lado.

Es probable que haya planeado una entrada triunfal, al estilo típico de la realeza.

Tiemblo de frío mientras la lluvia helada empapa mis botas.

Me quedo en las sombras al fondo del salón, avergonzada de estar en tal estado en comparación con todos los demás, con sus tapados lujosos y secos de piel y terciopelo.