Anillos del destino Capítulo 9. Aren
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Capítulo 9. Aren

L a noche fue horrible, pero por la mañana ya me he recuperado de los efectos del veneno y, por la tarde, ya estoy de vuelta en la taberna.

Ha estado lloviendo todo el día, un suspiro del cielo, como un aliento que se ha retenido demasiado tiempo y que ahora sale del cielo con gran ímpetu.

La humedad no ayuda con el dolor que siento en el cuerpo, pero nunca he sido de las que se toman un día libre, ni siquiera cuando estoy enferma.

Mis hermanas siempre se burlan, dicen que solo descansaré cuando me muera.

Pero ellas no saben que hoy estoy aquí porque no pienso dejar que ese bastardo me asuste, no me esconderé en mi casa. Él verá mi rostro.

No les conté lo que pasó realmente, aunque siguen intentando sacar más detalles de la historia.

Claro, quieren saber cómo terminó ese príncipe en nuestra casa, no paraban de burlarse de eso, inventándose que había algo entre nosotros.

Pero yo les repetía que no fue así en absoluto.

Solo bebí un poco de más y él me acompañó a casa.

El príncipe es un caballero, ¿no? Eso es todo. Fin de la historia.

No quiero admitir que el solo hecho de pensar en lo que pudo haber pasado me da escalofríos. Todavía puedo sentir el tacto de esos dedos estrangulándome. En cuanto pueda, descoseré ese vestido que llevaba y lo convertiré en trapos.

Tampoco puedo dejar que se vean las marcas, así que me até el pañuelo viejo de mi madre alrededor de mi cuello para ocultar los magullones.

Todavía tiene su olor, huele a su perfume casero de cáscaras de cítricos y jazmín.

Quizá solo sea mi imaginación. Pero incluso después de todos estos años, su aroma me brinda un poco de consuelo mientras sigo con mi día, sirviendo bebidas y comida a quienes buscan refugio de la lluvia, desean una comida caliente y quieren descansar los pies junto al fuego.

Al final del día, después del anochecer, salgo al patio trasero para alimentar a los cerdos, cargo una cubeta pesada llena de sobras. Todavía llueve a cántaros. Me quedo paralizada cuando veo una sombra moviéndose en el callejón, el mismo callejón donde…

Mi corazón se acelera y empiezo a temblar de nuevo, ha vuelto para terminar su trabajo. Quiero gritar. Siento como la sangre hierve en mis venas, una rabia ardiente y feroz me invade. Antes de darme cuenta, estoy corriendo tras él, con los puños cerrados.

–¡Oye! ¡Desgraciado! –grito, mientras la lluvia amortigua mi voz–.

¿Qué crees que…? –Pero cuando voltea, no es el marqués, ni tampoco uno de sus hombres–.

Tú. –No sé qué decir, pero mi rabia desaparece de repente, como si el diluvio la hubiera apagado.

Mis hombros se relajan. Sigo temblando, pero ahora es por el frío.

–Yo –responde el príncipe. Lleva una capucha de lana que le cubre la mayor parte del rostro, pero la luz de la taberna ilumina su nariz afilada y sus pómulos marcados–. Supongo que hoy te sientes mejor, ya que has vuelto a gritarme. –Me dedica una vez más esa sonrisa encantadora.

–Ah, respecto a eso… –Una sensación de gratitud, alivio y vergüenza me invade por no haber sido capaz de defenderme sola.

Él hace un gesto como indicando que no importa. Quizá realmente no le importa. Después de todo, no soy nada , comparada con todas las mujeres que tiene a su alcance. Solo fue por cortesía.

–Perdón, alteza. No vi bien –digo por fin.

–Dietan… por favor, llámame Dietan.

–¿No es Darío?

No puedo evitar reírme.

Es agradable reírnos juntos después de todo lo que ha pasado. Pero la lluvia cae a cántaros sobre nosotros y los cerdos tienen hambre.

–¿Necesitas ayuda con eso? –pregunta. Sin esperar una respuesta, me quita la cubeta de las manos y vierte el contenido por encima de la valla, directo en el comedero.

–Gracias, alteza –digo mientras me la devuelve, nuestros dedos se rozan.

–Dietan, por favor.

Niego con la cabeza. Como si alguna vez fuera a llamar a un príncipe por su nombre de pila.

–¿Qué haces aquí afuera? –pregunto. Anda merodeando por los callejones vestido como un ladrón. Me recuerdo a mí misma que no puedo confiar en él, aunque me haya salvado anoche.

–Quiero dar un paseo por el bosque –dice con naturalidad, como si no hubiera una tormenta a nuestro alrededor. Un trueno nos hace sobresaltar al mismo tiempo–. Bueno, si me disculpas…

–Te perderás ahí –le advierto, señalando con el mentón hacia donde él se dirigía.

–Ah, claro. Entonces iré por el otro lado. –Me guiña un ojo, igual que anoche, y se dirige en la dirección opuesta.

–Tienes una costumbre muy rara de escabullirte.

Eso lo detiene en seco. Voltea, suspira como si yo le estuviera impidiendo hacer algo muy importante en el bosque.

–Tengo que hacerlo para poder resolver algo. Eso es lo malo de ser un príncipe, me reconocen dondequiera que voy.

La lluvia golpea con más fuerza y empapa mi único par de zapatos de cuero.

–Pero ¿a qué parte del bosque vas exactamente? –pregunto, aunque sé que no es asunto mío.

–Eso sí que es algo privado –dice, moviendo el dedo con desaprobación.

Me río. Ese encanto juguetón que tiene está empezando a irritarme. Incluso ese rostro, tan molesto y simétrico, me parece un poco menos atractivo.

–Si me dijeras dónde vas, podría ayudarte. Si no, te perderás, te lo aseguro.

Mira hacia el bosque y luego vuelve a observarme. Se humedece los labios y frunce el ceño mientras reflexiona.

Mientras tanto, muero de frío. Si hubiera sabido que iba a retenerme tanto tiempo, me habría puesto la capa.

Por fin, se acerca a mí, quedando bajo el resplandor de la taberna. La lluvia le cubre el rostro y su piel brilla bajo la luz tenue. Me enderezo un poco más. Mierda, qué pequeña luzco frente a él. ¿Por qué es tan fastidiosamente alto?

Pero la forma en que me mira no me hace sentir pequeña. Sus ojos bailan alegres mientras me mira desde arriba.

–Si te lo dijera, tendría que matarte –susurra.

Su tono es divertido. Desde luego, no suena como el tipo de amenaza que le lanzó al marqués anoche. Ahí sí le creí. Pero hay algo en él que sigue inquietándome.

–No, no lo harías –digo–. Quiero decir, no me matarías.

–Supongo que no. –Se ríe de nuevo. Tiene una risa agradable, plena y cálida.

–Vamos, no le diré a nadie. Lo prometo.

Clava su mirada en mis ojos. Por un instante, no puedo respirar.

–Claro, creo que eres buena para guardar secretos –afirma, como si hubiera llegado a una conclusión.

Espero, pero como no dice nada, pregunto: –¿Por qué me rescataste anoche?

Podría haberse limitado a seguir su camino.

Los príncipes no se ponen en peligro por otras personas, menos por alguien tan insignificante como yo.

Que se tomara tanta molestia fue un acto de bondad que nunca habría esperado.

Se lastimó los nudillos por mí, lo noté cuando me entregó la toalla.

Empiezo a creer que, después de todo, no le rompería el corazón a mis hermanas, si eso es lo que ellas eligen.

–Es algo llamado caballerosidad. ¿Has oído hablar de eso? –dice, despejando su garganta. Sus ojos brillan.

–Sí, claro. –Y ahí está. No tiene nada que ver conmigo. Fue solo por cortesía. Solo es un hombre que se le da especialmente bien ser príncipe, incluso cuando nadie lo ve.

Intento darle las gracias, pero no me salen las palabras. Siento un ardor en las mejillas a pesar de la lluvia fresca que las baña.

–Puedo defenderme sola. Lo habría manejado. –Es mentira, pero preferiría tirarme del tejado antes que admitir la verdad.

–Claro. Pero de vez en cuando viene bien un poco de ayuda, ¿no?

Sigue parado demasiado cerca de mí y su melódico acento loegriano me acelera el corazón. Ahora que lo pienso, está bien que sea caballero. Un príncipe cortés sería un buen partido para mis niñas.

Aunque quizá no, si es tan tonto como para vagar por el bosque por la noche.

–Buscas a esa hechicera, ¿verdad? –Levanta las cejas en silencio, vacilante, con ese aire evasivo habitual–.

Si supieras algo de Evandale, sabrías que no es buena idea pasear por el bosque de noche.

No sabes lo que hay por ahí, especialmente en estos días.

Podría devorarte un oso, o algo peor. He oído que hay todo tipo de criaturas.

–Ah, no pienso morir antes de mi casamiento, no te preocupes. Pronto habrá un anuncio –dice mientras camina de espaldas.

Así que ya se ha decidido .

Sin duda es Sonja u Ofelia.

Quizá por eso vino a rescatarme, para hacerse pasar por el héroe noble ante ellas. La idea me duele por un instante, pero encuentro la forma de hablar justo cuando él voltea.

–¿Esto le harás a tu futura esposa? ¿Escaparte a escondidas por la noche y no decirle nunca lo que en verdad estás haciendo?

Eso lo detiene de nuevo.

–Créeme, Aren Bellamore –responde por encima del hombro, su voz se eleva por encima de la lluvia–, si fueras mi esposa, serías la primera en conocer mi secreto.

Ah. Sabe cómo me llamo. Claro que sí, mi familia debió haberle dicho quién soy. Suena lindo cuando lo pronuncia, como una melodía. Me invade una calidez inesperada en medio de esta tormenta helada.

Puede que el príncipe no sea el hombre vanidoso y engañoso que pensé al principio, pero mi instinto sigue diciéndome que esconde algo, algo lo suficientemente importante como para arriesgarse a que el futuro rey sea devorado por un oso…

o algo peor. No es más que un mentiroso.

Quizá sea mejor que se vaya de este pueblo sin novia.

Lo veo alejarse, hasta que desaparece en el bosque.