Capítulo 8. Dietan
S iento cómo la furia recorre todo mi cuerpo, junto con una oleada de alivio por haber estado aquí a tiempo. El mundo es un lugar perverso lleno de hombres malvados. Debo llevarla a un lugar seguro.
Es fácil de cargar y me concentro en poner un pie delante del otro, sujetándola con fuerza para asegurarme de que no se resbale de mi espalda.
La he echado sobre mi hombro como un saco de harina, tal como lo practicamos en el entrenamiento de campo de batalla.
Sé lo horrible que se ve esto, pero no puedo dejarla desmayada en un callejón.
Lo vi todo. Estuve observando a la camarera durante el festival, ella no dejaba de mirarme de reojo.
Ambos cruzábamos la mirada de forma fugaz antes de apartar la vista, fingiendo que no había pasado nada.
No era una de las mujeres que se habían presentado, aunque no parece estar casada.
¿Quizá sigue enamorada de un amor ausente?
Esa idea me recorre la nuca como una oleada de poder, así que obligo a mi mente a descartarla.
Si esta mujer es una espía, es muy torpe, pero tal vez lo hace a propósito. Quizás eso es lo que ella quiere que piense. Sea como sea, no podía quitarle los ojos de encima. Estaba pendiente de dónde estaba en todo momento.
Y cuando su hermana se acercó a mi mesa para recordarle a Jared que él le había pedido que le guardara un baile, la miré justo a tiempo para ver cómo ese marqués de mala muerte colocaba su mano sucia sobre su rostro.
Me di cuenta de lo torpe que se volvió al salir de la fiesta y eso me resultó extraño.
Con un temor creciente, observé como él y uno de sus hombres la seguían.
No sabía qué tramaba ese bastardo repugnante, pero no era nada bueno.
Estaba tan cegado por la ira que podría haber reducido todo el pueblo a escombros.
Tuve que canalizar mi furia hacia mis puños para que los anillos en mi espalda no destrozaran Evandale, aunque estuve a punto de hacerlo de todos modos.
Mis nudillos arden, aún resbaladizos por la sangre del marqués.
Sus dientes recibieron todo el impacto del golpe, siento cierta satisfacción al pensar que el cerdo comerá sopa por el resto de su miserable vida.
Algunos de estos pueblos necesitan con urgencia una nueva forma de gobierno. Le diré a Jared que lo incluya en la lista de reformas que pondré en práctica cuando por fin me convierta en rey de Alarice.
La camarera suelta un quejido, sus lágrimas empapan mi camisa, o tal vez sea baba.
Al menos parece estar recuperando el conocimiento.
Respira, pero, aunque se resiste, está tan débil como una toalla mojada.
La sostengo más fuerte. A pesar de mi abstinencia, no soy inmune a la sensación tan agradable de su pecho contra mi espalda y la parte posterior de sus muslos bajo mis manos.
La coloco más arriba en mi hombro y ella gime.
–Lo siento –murmuro.
Todo el pueblo sigue en el festival, pero no puedo llevarla de vuelta allí en este estado. Después de lo que pasó, estoy seguro de que prefiere irse a casa. Ella gruñe y me da unos golpes débiles en la espalda con los puños.
–No puedes caminar –digo–. Te llevaré a casa. ¿Dónde vives?
Gime y señala con un dedo tembloroso hacia el final de la calle.
Sigo avanzando.
–¿Por aquí? –le pregunto.
Murmura una respuesta incoherente y me parece oír algo como “déjame ir”. Se retuerce de nuevo, intenta sin éxito zafarse de mi agarre.
–No te soltaré –le advierto–. No hasta que estés en un lugar seguro.
–Estoy bien –balbucea como si se hubiera bebido su peso en cerveza alariciana–. Déjame ir.
–No puedes ni pararte y mucho menos caminar.
–Estoy bien –repite. Al menos ha dejado de forcejear. Suspiro aliviado.
»Para. Aquí –dice un minuto después, con voz baja y suave.
La casa es, como todas las demás en Evandale, una cabaña bonita con macetas de flores en las ventanas.
En el interior, una sola vela parpadea algo tenue.
La llevo hasta la puerta, pero no me atrevo a entrar con una mujer indefensa en mis brazos.
En vez de eso, golpeo la puerta un par de veces con mi bota.
Se oye un ruido de pasos que proviene del interior y la puerta se abre, dejando ver a un hombre mayor de nariz prominente.
Está muy encorvado sobre un bastón de madera tallada, con el cabello blanco y fino recogido bajo la nuca.
Lleva puesto un camisón, pero se pone en guardia al ver a la joven que sostengo con fuerza. Estoy decidido a no soltarla ahora.
–Buenas noches, señor. ¿Puedo pasar? –pregunto–. Creo que esta es su hija, ¿verdad?
El hombre asiente con la cabeza y, sin hacer preguntas, se hace a un lado. Me indica una pequeña habitación en la parte de atrás.
Adentro hay una cama individual. Veo trozos de tela que cuelgan de un perchero que está apoyado contra una mesa con un equipo de costura y un saco de paja relleno con forma de mujer, más parecido a un espantapájaros que a un maniquí. Así que aquí es donde confeccionaba los vestidos de sus hermanas.
La acuesto con cuidado en la cama, sobre su colcha de retazos, mientras su padre enciende la lámpara de la mesa de noche.
Me aparto y observo cómo su padre le acaricia la frente con su mano arrugada.
–¿Aren? –pregunta–. ¿Me escuchas?
Aren. Así que ese es su nombre.
Ella gruñe y abre los ojos, pero su mirada está perdida. Intenta incorporarse, pero su padre le pone una mano en el hombro y la empuja hacia atrás.
–¿Qué pasó? –pregunta él, mirándome.
–Necesitaba ayuda –es lo único que logro decir, mientras el anciano observa mis nudillos ensangrentados.
Noto cómo sus labios se tensan mientras examina a Aren, luego asiente con la cabeza.
–Tenemos suerte de que hayas acudido a su ayuda. Necesita descansar y beber mucha agua. Estará bien por la mañana. –Echa un vistazo a la jarra vacía junto a su cama y empieza a salir de la habitación, arrastrando los pies con pesadez.
–Por favor, permítame –me ofrezco, quitándole la jarra de las manos.
Atravieso la casa en penumbra y encuentro un recipiente con agua potable sobre la humilde encimera de la cocina.
–Tranquila, tranquila. Sácalo todo. –Escucho que dice su padre en voz baja cuando termino de servir el agua. Y luego el sonido de arcadas. Espero un momento antes de volver a entrar en la habitación, para darle un poco de intimidad a Aren.
Cuando vuelvo a aparecer en la puerta, ella está tosiendo en un balde.
Me lanza una mirada fulminante con el ceño fruncido.
Es obvio que sigue sintiendo hacia mí el mismo desprecio que me ha mostrado todo el día.
¿Acaso salvarla del intento de secuestro del marqués no vale nada?
Empuja el balde hacia su padre y él lo toma, obediente.
–Vuelvo enseguida –dice.
Veo un lavabo vacío sobre un soporte pequeño en la esquina. Tomo la toalla doblada sobre el borde y me inclino sobre Aren para limpiarle un poco de saliva de la boca.
–Ya está. ¿Te sientes mejor? –pregunto.
Se deja caer sobre la cama, sin dejar de gemir, y no responde.
Se tapa hasta el mentón. Dejo a un lado la toalla y me entretengo mirando su habitación.
Las sombras que proyecta la solitaria lámpara son largas.
Su delantal de camarera cuelga de un perchero pequeño en la pared, junto al retrato de una mujer.
Supongo que es su madre, porque se parece mucho a las hermanas gemelas de Aren.
Pero ella tiene sus ojos, me doy cuenta.
Me siento en el baúl a los pies de su cama, sorprendido por mi incapacidad para dejarla sola todavía, doy golpecitos con los dedos en mis rodillas para evitar preocuparme por ella cuando es evidente que no está agradecida.
El veneno parece estar desapareciendo, ella se envuelve en las mantas y se acurruca con aire triste, con el cabello revuelto y sudado.
Me siento aliviado de que parezca relativamente ilesa.
–¿Por qué? –pregunta al fin, en un tono entre lamento y llanto.
–Supongo que el marqués será el único que pueda dar una explicación.
–No, él no. ¿Por qué tú?
–¿Te refieres a por qué te ayudé? –Su pregunta me sorprende.
Ella me mira fijo, con el ceño fruncido y el labio inferior ligeramente adelantado, pero no responde.
–¿Por qué demonios no iba a hacerlo? –pregunto, anonadado. Soy un príncipe educado por caballeros. Ayudaría a cualquiera que se encontrara en una situación así, es lo que haría cualquier caballero.
Ella no responde, pero sigue mirándome, quizá demasiado cansada para decir mucho más.
Hunde el rostro en la manta justo cuando la puerta principal se abre de nuevo, acompañada por las risas de sus hermanas. Me pongo de pie al oír sus pasos. Entran en la habitación tomadas del brazo, con aspecto alegre, pero se detienen en seco al verme.
–¡Ah! Príncipe Dietan, ¿por qué está…? –comienza a decir Ofelia, pero entonces ve a su hermana acostada en la cama, pálida y sudando, y corre a su lado.
–¿Qué pasó? –pregunta Sonja. Aren quiere descansar, pero sus hermanas la miman como un par de gallinas. Ofelia le aparta el cabello de la frente húmeda, mientras que Sonja alisa la colcha con ansiedad.
Vuelvo a mirar la sangre seca que cubre mis nudillos y la froto contra los pantalones. No diré nada, a menos que Aren lo haga primero.
–Solo bebí de más –murmura.
Quizá le teme al marqués. Yo mismo me encargaré de que reciba un castigo severo.
Una ira ardiente me invade al recordar cómo el rostro de ese desgraciado se iluminaba de alegría mientras las manos de su secuaz se clavaban en la garganta de Aren.
Los anillos en mi espalda hacen que mis dedos se estremezcan, me veo obligado a cerrarlos en un puño, para no desatar una tormenta en la habitación.
–El príncipe me acompañó a casa –continúa ella.
Sus hermanas me miran, como buscando información.
–Traerla aquí era lo mínimo que podía hacer –digo, siguiendo el juego. Después de todo, es en parte cierto.
Ofelia y Sonja se miran entre sí, dicen más con una sola mirada que con cualquier conversación, pero no la presionan más en su estado actual. Su padre regresa, cargando una pila de toallas limpias. Sé cuándo mi presencia puede distraer más que ayudar, así que me retiro.
–Su alteza –dice Ofelia–, estamos muy, muy agradecidas.
–Si algo terrible le pasara a Aren, nunca podríamos… –Sonja traga sus palabras entre lágrimas.
–Me alegro de que esté bien. La dejo en sus manos.
Hacen una reverencia profunda y yo me detengo en la puerta mientras ellas vuelven a atender a su hermana.
–¿Necesitas algo? ¿Qué podemos hacer? –pregunta Ofelia con inquietud.
Aren se incorpora apoyándose en los codos.
–En realidad, sí. Chicas, recojan algunas de las hierbas del alféizar de la ventana. Manzanilla, lavanda. Pónganlas a reposar con agua con una rodaja de jengibre. Me ayudará a despejar la mente. Y tráiganme mi cofre de remedios secos.
Salgo al pasillo y, después de que las muchachas pasen corriendo a buscar lo que les pidió, salgo de la casa en silencio.
Veo que la luz sigue encendida en su habitación, las sombras que proyecta su familia mientras la cuidan parpadean en las paredes.
Siento una pena que no puedo describir, un anhelo por el regreso de algo que nunca fue mío.
La quieren profundamente, es un amor incondicional. Me pregunto cómo se sentirá eso.