Anillos del destino Capítulo 7. Aren
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Capítulo 7. Aren

A vanzo a tropezones por la calle a oscuras hacia el letrero familiar de la taberna. La música del festival se va desvaneciendo. El pueblo está vacío, todos están en la fiesta y solo la luz de la luna ilumina mi camino. Tropiezo con los adoquines y en cada uno se me escapa una mala palabra.

Cuando por fin logro llegar, me sujeto de un poste para atar caballos al pie de la escalera e intento mantener el equilibrio.

Frunzo el ceño ante la puerta a oscuras, es como un recordatorio de todo lo que está en juego .

Está bien , decido. Mientras mis hermanas estén felices, supongo que casarse con un lord y un general es suficiente .

Una vez que lo hagan, puedo vender este lugar y largarme de aquí.

Me tambaleo y casi caigo antes de poder dar un paso más. ¿Qué me pasa? Le doy unas palmaditas a mis mejillas, me obligo a no desmayarme, pero mi visión se vuelve gris y borrosa.

Algo anda muy mal. El vino del festival de la cosecha nunca es tan fuerte. Solo tomé una copa. Entonces, ¿por qué estoy tan mal?

Siento como un escalofrío punzante recorre mi espalda. No estoy borracha, me han envenenado.

La imagen de unos dedos manchados de azul pasa por mi mente. Una mano presionando mi copa. El rostro de satisfacción del marqués, mirándome con maldad.

Ese depravado echó algo en mi bebida.

He estudiado sobre remedios herbales con Veteria, tal y como hizo mi madre antes que yo, y cada vez tengo más claro que el marqués me echó una dosis de aliento del diablo en el vino, una flor azul con forma de campana y aroma dulce que puede relajar a una persona y ayudarla a dormir, pero que, en cierta cantidad, la deja inconsciente. Pero ¿por qué carajo...? Ay, no…

De repente siento náuseas y me inclino, esforzándome por expulsar el aliento del diablo que aún tengo en el estómago. Necesito sacarlo. Estoy sola, en plena noche. Nadie vendrá a ayudarme si…

La sensación desaparece y parpadeo frenéticamente.

No puedo desmayarme ahora. Debo subir esos escalones para ponerme a salvo.

No soy de las que entran en pánico, pero en este momento me cuesta respirar y mi corazón late demasiado fuerte.

Unos pasos pesados se acercan detrás de mí.

Hay una sombra que se aproxima despacio a la luz de la luna.

¡Mierda! Siento el corazón latir contra mis costillas y como el pulso me retumba en los oídos.

Mis piernas parecen de plomo, pero me obligo a seguir adelante, avanzo a tropezones mientras el vértigo distorsiona los bordes de mi campo visual.

El aire me oprime, como si la noche misma estuviera asfixiándome.

Oigo como los pasos pesados se aceleran. Se acercan. Demasiado.

Alzo la vista hacia los tres escalones que llevan a la puerta principal de la taberna.

Nunca lo lograré. Suelto el poste y me tambaleo hacia el callejón oscuro que hay al costado del edificio.

No es el mejor plan, pero no puedo quedarme aquí parada mientras el veneno me va venciendo.

Por suerte, todavía tengo el sentido común suficiente para recoger mi zapato y lanzárselo con fuerza a quienquiera que me esté siguiendo.

Se oye un grito, luego un insulto.

Es el marqués. Claro que es él. Esquiva el zapato sin dificultad. Veo doble y apenas puedo mantenerme de pie, pero levanto los puños.

–¡Aléjate de mí, idiota!

Siento que su figura se agranda y se encoge. Mi visión se distorsiona. Niego con la cabeza, luchando contra la oscuridad. Esto es más potente que el aliento del diablo del mercado negro, debe haberlo conseguido en algún herbolario caro exclusivo, debe ser de alguien con mucho poder y conocimientos.

–Deberías haberte quedado en tu lugar –dice con desprecio–. ¡Atrápenla!

Uno de sus secuaces sale de entre las sombras. Lo reconozco de la taberna. Me sujeta de la cintura. Me retuerzo, gritando, y logro golpearlo en la oreja. Aullando de dolor, me empuja contra la pared. Puede que sea lento, pero sigue siendo más fuerte que yo.

Siento como el aire se escapa de mis pulmones. Me golpea la cabeza una vez más contra el revestimiento duro de madera. Grito mientras intento escapar y en ese instante levanto el brazo para golpearlo de nuevo.

Pero el desgraciado sujeta mi mano y presiona con fuerza. Suelto un grito ahogado, por miedo a que la rompa.

–Ya verás cuando el príncipe se entere de que te has “ido de la ciudad” –dice el marqués con una sonrisa malvada en los labios–. Una vez que te apartes del camino, no tendrá más remedio que elegir a una de mis encantadoras muchachas.

Este hombre debe vivir en otro universo si cree que el príncipe tiene el más mínimo interés en mí. Pero bueno, se trata del marqués.

Su lacayo es más alto que yo, más pesado, y no tengo posibilidad de escapar, pero está borracho, así que hago lo que me ha funcionado en situaciones similares en la taberna.

Reúno mis últimas fuerzas, levanto la rodilla y le doy una patada directo en la entrepierna.

Él grita, encogiéndose instintivamente para protegerse de más ataques.

Me escapo. Corre , corre , me digo a mí misma, pero la oscuridad me envuelve. No veo nada, no puedo gritar y mis piernas no me obedecen.

–¡Atrápala, idiota! –grita el marqués.

Se acerca de nuevo y le doy un golpe directo en el pecho, pero choco contra algo tan duro como el hierro y me arde toda la mano. Madre de la Cosecha, eso dolió .

–¿Llevas armadura? –pregunto con voz ronca, con los labios entumecidos.

Este cobarde lleva una coraza de acero debajo de la ropa y yo solo tengo puesto mi delgado vestido de lino.

La claridad me impacta como un rayo y le doy un golpe en el rostro, en los ojos, pero él gira la cabeza justo a tiempo.

Presiona un pañuelo contra mi nariz y boca, el olor nauseabundo del aliento del diablo me quema la garganta.

Me está ahogando, unos dedos aprietan alrededor de mi tráquea.

No puedo respirar. Todo vuelve a ser gris y después negro.

Me quedo sin fuerza. Ya no puedo luchar más.

En ese instante, un viento fuerte surge de la nada. Al lacayo le arrancan la mano de un tirón y una fuerza invisible lo lanza por los aires y lo estrella contra la pared tal como él me lo hizo a mí.

Tomo bocanadas grandes de aire helado y antinatural mientras el cielo parece crepitar y silbar, cobrando vida propia. Caigo de rodillas, tosiendo y con náuseas. Me llevo las manos al cuello lastimado. ¿Qué fue eso?

Miro a mi alrededor para asegurarme de que el marqués no esté al acecho y lo veo tirado bajo una carreta volcada.

Pero hay alguien más aquí.

Un hombre golpea con los puños al marqués caído, le da una y otra vez con un impacto atronador, iluminado por el destello de un rayo sobrenatural. El marqués gime y maldice.

–¡Basta! ¡Basta! –grita.

Pero el desconocido es implacable.

La tormenta helada aúlla y recorre la calle como si Bóreas hubiera regresado, sacude los árboles y hace vibrar los postigos. Un torbellino de escombros se precipita hacia nosotros.

¿Qué diablos está pasando?

Lucho contra el viento para ponerme de pie.

Me duele todo el cuerpo, cada movimiento me provoca un dolor nuevo.

Me derrumbo sobre los adoquines, pero no puedo quedarme aquí.

Quiero alejarme lo más posible de todo esto.

Madre de la Cosecha, solo quiero irme a casa.

Pero estoy demasiado débil incluso para arrastrarme por los escalones hasta la puerta mientras la tormenta ruge a mi alrededor y el sonido de los puños golpeando la carne resuena en la oscuridad.

–¡Basta! ¡Por favor! ¡Te lo suplico! –grita el marqués.

–¡Si la vuelves a tocar, te cortaré la cabeza! –ruge el desconocido, interrumpido por una ráfaga de viento helado.

No… No puede ser…

Lo único que veo es una sombra que sujeta al marqués del cuello y lo empuja con fuerza. Él se escapa, tropezando con el zapato que le había lanzado antes. Su secuaz sale corriendo tras él.

Una oleada de triunfo me da fuerzas por un momento, pero sigo demasiado débil para ponerme de pie. Todo se ha enfriado y estoy temblando.

Ahora siento unas manos fuertes a mi alrededor que me levantan. El desconocido. Huele a musgo y leña, a hogar y consuelo. El viento helado ha desaparecido. Me abraza, yo me derrito en sus brazos.

–Todo está bien, ya estás a salvo. Vamos, no te desmayes. –Su voz es cálida y amable. Suave.

Un momento . Conozco esa voz .

Intento mantenerme despierta y es inútil. Me aferro a su camisa, pero la oscuridad me envuelve.

–Es la tercera vez que nos vemos y todavía no sé cómo te llamas –murmura.

Todo se vuelve negro antes de que pueda decírselo.