Capítulo 6. Aren #3
Ofelia y Jared salen juntos del escenario, charlando y sonriendo. Él se inclina para susurrarle algo al oído e incluso le pone una mano en la parte baja de la espalda para ayudarla a bajar los escalones. Los dos parecen muy enamorados.
Espero que el príncipe se vea sorprendido o enojado, pero él también está sonriendo, recostado en su silla y mirándolos con cariño.
¿Por qué no está celoso? ¿Acaso otra chica le ha llamado la atención?
Se ve más que feliz dejando que sus hombres entretengan a las dos chicas más hermosas de la ciudad.
El príncipe de cabello dorado me descubre mirándolo otra vez, aparto la mirada justo cuando el rostro enrojecido del marqués invade mi espacio personal. Qué asco. Giro hacia el escenario para evitar que este tipo raro se acerque más.
–Aren –gruñe.
–Mi lord –digo con un suspiro. ¿Qué quiere ahora este idiota?
Levanto mi copa para dar un sorbo, pero el marqués pone una mano sobre ella y me obliga a dejarla sobre la mesa.
Su mano arrugada está pálida y sus dedos tienen un tono azul enfermizo.
Puedo oler el licor en su cuerpo y me aparto ante el hedor ácido.
–¿Qué estabas haciendo con el príncipe? –Sus ojos están vidriosos y distantes, sin duda es por la cantidad de cerveza que ha bebido, pero siguen siendo gélidos, como los de una serpiente.
–Solo cumplo con mi deber presentándole mis hermanas al príncipe –explico, y espero que mis labios esbocen una sonrisa y no una mueca de disgusto.
–No tus hermanas,tú –escupe–. Te burlas de Evandale al robarle la atención a las verdaderas candidatas.
Ahora entiendo lo que quiere. La cerveza en serio le ha podrido el cerebro a este hombre si cree que el príncipe está interesado en mí. Me enderezo y coloco las manos en mis caderas.
–¿De verdad me ves como una amenaza ? –Me llevo una mano al pecho de forma burlona, esbozando una risa forzada mientras siento como se me encienden las mejillas–.
¿Esto es porque el príncipe no está interesado en nadie de tu familia?
–pregunto, aunque siento simpatía por esas chicas.
A pesar de que tengan pocas ambiciones de convertirse en princesas, casarse con el príncipe sería su boleto para salir de la casa Breadalbane y alejarse mucho, mucho del marqués.
Es de público conocimiento que las golpea con su cinturón ante la más mínima provocación.
–Solo creo que el príncipe se merece una mujer de mejor cuna que la tuya –dice con desprecio–. Solo sirves para una aventura de una noche.
–Está bien –digo, y me aguanto el insulto. Aparto su mano de mi taza. Ojalá tuviera mi sartén, le habría partido la cabeza–. Agradezco el recordatorio, mi lord. ¿No debería estar en otra parte? ¿Hablando con gente más importante?
Él frunce el ceño, tan feo y repugnante como siempre, se aleja y me lanza una mirada fulminante por encima del hombro antes de desaparecer entre la multitud.
Me doy cuenta de que el príncipe sigue mirándome.
Lo observo con los ojos entrecerrados y él arquea una ceja.
Está causando más problemas de los que debería.
Y entonces, como si el marqués no me hubiera puesto ya de mal humor, Dietan levanta la comisura de su boca irritantemente atractiva en una media sonrisa.
Ya basta. Bebo el resto del vino de un trago, recojo mis zapatos y camino entre las mesas repletas de borrachos ruidosos. Paso junto a los bailarines, los barriles de vino y unos niños que juegan a las espadas con palos de madera, discuten sobre quién interpretará al príncipe Dietan a continuación.
Al llegar al borde de la plaza, me detengo y me apoyo contra la esquina de un edificio, mientras una oleada de mareo me recorre el cuerpo. No puede ser . No bebí tanto.
Me aparto de la pared y unos puntos negros revolotean ante mis ojos.
Parpadeo con fuerza y sacudo la cabeza. Contrólate, me digo a mí misma, pero el mundo se inclina bajo mis pies.
Ese vino era demasiado fuerte. Necesito irme a casa y acostarme, mañana ya me ocuparé de toda esta tontería de las citas a ciegas.
Quizá para entonces, mis hermanas y ese príncipe tonto hayan entrado en razón, seguro elegirá a alguna de ellas como su futura esposa.
El marqués está delirando por completo si cree que el príncipe ha mostrado un mínimo de interés en mí.
Hay algo en todo esto que me molesta, como una espina en el zapato. Presiono mi frente con la palma de la mano. El vino me está aturdiendo.
Doblo en la esquina y veo el letrero de la taberna al final de la calle. Ya casi estoy . Con la cabeza dando vueltas, me apoyo con una mano en el marco de la puerta de una caballeriza. El olor que sale de adentro me quema la nariz y me aclara un poco la mente.
Aunque esté tan borracha, de una cosa estoy segura: antes de que ese príncipe se vaya a cualquier lado con una de mis chicas, tendrá que decir la verdad sobre por qué andaba merodeando disfrazado y preguntando por una curandera.
No tolero las mentiras. Ni siquiera de un príncipe, ni siquiera de uno tan seductor como el príncipe Dietan.
¡Mierda! Niego con la cabeza para aclarar mis ideas. ¿Seductor? Resoplo. Sí, el vino estaba demasiado fuerte.