Capítulo 6. Aren
L o sabía . El hombre que vi anoche es el príncipe.
Tenía mis sospechas, pero no esperaba que fuera tan imprudente como para pasear por Evandale sin escolta ni para entrar solo en la taberna.
Con esas botas lustradas y el cabello peinado, había supuesto que era un miembro del séquito real, algún lord elegante que nunca había visto un día de trabajo duro.
Tenía ampollas en el pulgar como un soldado, pero no había ni una pizca de suciedad o mugre en sus manos, las manos de alguien que está acostumbrado a una vida llena de comodidades.
No pude evitar mirarlo. Era un rostro que no había visto antes.
Aunque se cubría el cabello rubio, algunos mechones sedosos caían sobre su frente.
Delgado pero musculoso, no podía ser un burócrata relegado a pasar horas detrás de un escritorio.
Sus ojos azul verdosos parecían atormentados.
Me parecía extraño que nadie más lo notara.
Fue entonces cuando me di cuenta de que era bueno ocultándose.
En el momento en que Dietan, el príncipe Dietan, cruzó las puertas de la taberna, supe con exactitud lo que era. Un mentiroso. Y no tengo tiempo para los mentirosos.
Apoyo una cadera contra el borde del escenario e intento no parecer nerviosa mientras él vuelve a hablar con mis hermanas. Es demasiado lindo. Tenía razón, ¿qué clase de príncipe sería si no fuera lindo?
Al menos está coqueteando con mis hermanas. Mi plan está funcionando. Si Ofelia o Sonja llaman su atención, ambas estarán aseguradas, y papá también. Por fin podré vivir mi vida como quiera. Pero ¿por qué un príncipe ocultaría su identidad? ¿Debería preocuparme por mis chicas? Darío una mierda .
Entrecierro los ojos. ¿Qué carajo estaba tramando?
¿Qué hacía merodeando anoche con ese disfraz de mala muerte?
¿Y por qué me preguntó por Veteria? Un príncipe que busca una curandera tan lejos de la corte no me cierra.
Tal vez esté enfermo. O… tal vez sea incapaz de engendrar herederos y esté buscando una cura.
Quizá por eso no está cortejando a una de esas princesas endogámicas de la capital.
¿Acaso no son todas sus primas de todos modos?
Cuando Sonja termina de decir lo que sea que está diciendo, el príncipe me clava la mirada y una oleada de emoción me recorre el cuerpo, como si me hubieran nombrado reina de la cosecha o algo así de ridículo. ¿Qué me pasa? Quizá soy yo la que está loca.
Dietan se acerca al borde del escenario y camina hacia mí.
–Los vestidos de tus hermanas son preciosos.
Puedo sentir la mirada de desaprobación del marqués sobre mí. Recupero el control de mis pensamientos y me obligo a relajar los hombros mientras hago una reverencia rígida. Sin embargo, el príncipe no dijo que mis hermanas fueran hermosas, solo que su vestimenta lo era. Interesante .
–¿Y cómo se puede permitir una camarera un tejido tan lujoso? –dice, arqueando una de sus cejas doradas.
Qué lindo cumplido, idiota.
–Cualquiera que trabaje duro y administre bien su dinero puede permitírselo, alteza –respondo.
El público contiene el aliento al unísono. Por un momento, pienso que se abalanzará sobre mí para golpearme, como hizo el marqués una vez. Pero, para mi sorpresa, Dietan se limita a reír.
–Me temo que tienes razón. No tengo idea de lo que es trabajar.
No aparta la mirada de la mía mientras salta del escenario y se acerca a mí. Es mucho más alto de lo que esperaba y me resulta tan irritante como gratificante ver cómo me supera en altura. Ay, ¿por qué me siento tan femenina al mirarlo?
–No estás en la fila para conocerme –señala, sin fijarse en la fila de chicas impacientes que me miran mal–. ¿Por qué no te hiciste también un vestido lindo? ¿No quieres ser considerada para casarte?
–¿Contigo?
–¿Qué tiene de malo? –pregunta con suavidad.
Sé que debería mantener mi bocota cerrada, pero hace rato que dejamos atrás cualquier tipo de formalidad.
Además, él empezó todo esto. Frunzo el ceño al mirar sus botas relucientes, su abrigo de terciopelo y sus hombreras.
Es el atuendo de un verdadero príncipe, en lugar del de un desconocido que se esconde por las noches.
La verdad es que me gusta mucho más el hombre de anoche, pero mis hermanas se merecen un príncipe y no las pondré al cuidado de un hombre que no las merezca, por muy rico o noble que sea. La idea de casarme yo con él es absurda, pero esta es una oportunidad para averiguar qué clase de persona es.
–¿Quieres saber qué tienes de malo? –digo–. Eres hombre.
–Que yo sepa, sí.
–Los hombres que buscan una esposa solo quieren una sirvienta a la que no tengan que pagarle.
–Pero tú serías una princesa. Tengo muchos sirvientes.
Tiene razón.
–Entonces, ¿por qué quieres una esposa?
–Por las razones habituales por las que se casan los príncipes. Unir los reinos, garantizar la línea de sucesión, continuar la dinastía, ese tipo de cosas.
Claro. Supongo que a una princesa le podría tocar algo peor que este príncipe estúpidamente lindo… pero sin duda está ocultando algo.
–Sí, excepto que el matrimonio es para tontos.
De repente, su mueca de desprecio se transforma en una sonrisa. Ja. No me lo esperaba. Pensé que lo ofendería, ya que soy la única chica del pueblo que no quiere ser una princesa. Si está ofendido, no se nota. Ni un poquito.
–Qué curioso, eso es lo que yo solía decir –dice con una sonrisa–. Pero algún día, tal vez encuentres a un hombre digno de tus talentos, mi lady. –Y entonces, me guiña un ojo .
Qué idiota.
Todos voltean hacia el príncipe mientras sube al escenario y se dirige con paso firme hacia la siguiente chica, sin volver a mirarme ni una sola vez.
No tengo tiempo para estas tonterías. Al menos he podido comprobar que tiene algo más que una cara bonita. No perdió los estribos ni siquiera cuando lo llamé tonto, tiene un ingenio rápido y parece tener sentido del humor.
Me encuentro con mis hermanas al final del escenario y ellas bajan con elegancia, con el susurro de sus faldas de seda mientras murmuran y se ríen disimuladamente detrás de sus manos.
Mientras las sigo por la plaza, lanzo una última mirada al escenario por encima del hombro y veo que Dietan me está observando, con un aire de complicidad en el rostro.
No logro apartar mis ojos de los suyos, pero consigo fruncir el ceño.
La misma expresión que uso con los clientes ruidosos en la taberna y que los hace salir corriendo a casa antes de que los eche.
Pero ¿el príncipe Dietan? Él no sale corriendo a ningún lado. Me guiña el ojo. ¡Otra vez! Maldito hombre, tal vez tenga un orzuelo. Resoplo, doy media vuelta y me alejo todavía algo aturdida.
Gracias a las diosas es el festival de la cosecha. La única noche del año en la que no tengo que trabajar. Bebo mi vino caliente, decidida a disfrutar de una vez por todas.
La puesta de sol tiñe el cielo de un tono rosado oscuro y empieza a hacer frío.
Me acerco al fuego crepitante que arde en medio de la plaza del pueblo y observo a los bailarines saltar y girar sobre la tierra.
Casi todos se han quitado los zapatos y bailan descalzos, incluida Sonja.
Ella se sabe todos los pasos y se mueve con tanta elegancia que la gente se reúne a su alrededor para mirarla, aplaudiendo al ritmo de los tambores y animándola.
Algunos de los guardias reales también se acercan a mirarla boquiabiertos.
Aunque tiene el cabello un poco despeinado y hay tierra en el dobladillo de su vestido, es difícil no fijarse en ella.
Sacar esas manchas de lodo de la seda va a ser duro, pero intento no darle demasiada importancia.
Solo espero que Dietan también la esté observando.
Todos la están pasando increíble, a pesar de que fue un verano duro, con poca lluvia y demasiado sol, una cosecha menor de la esperada y los impuestos de defensa que impuso el rey por la guerra.
Pero pronto volverá a llover. Los cielos grises y el barro son una bendición, un regalo de las diosas.
Puedo oler la tormenta que se avecina. Huele a algo nuevo.
Paso junto a una mesa donde están algunos de los granjeros más chismosos del pueblo, un grupo de ancianos que han visto crecer a Evandale desde sus comienzos. Les gusta hablar de la gente, pero al menos lo hacen frente a frente. Casi siempre los ignoro, pero esta noche no puedo evitar escucharlos.
–¡Eso es imposible! ¡Los Kilandrar son solo personajes de cuentos infantiles! ¡No pueden estar en Alarice! –exclama Melvin Brody.
–A menos que hayan cruzado el puente desde Penrith… –argumenta Silas Hong, pero Jones Holden lo interrumpe.
–Es ridículo. El puente quedó destruido. Ni siquiera esas criaturas pueden volar sobre ese abismo. La única manera de llegar a Alarice desde Penrith es pasando por Loegria.
–¿Te parece tan ridículo? La magia oscura está en el aire. La guerra se acerca.
Todos los niños en Albión conocen la historia de lord Bóreas el Incrédulo, que fue discípulo de la antigua hechicera Skiron, y cómo corrompió el Silbido.
Transformó ese gran don en la Muerte Invisible y lo utilizó para masacrar a sus compañeros discípulos y obligar al mundo a someterse a su voluntad.
Luego, Bóreas creó asesinos monstruosos: los Kilandrar, criaturas temibles y repugnantes hechas de viento y odio.
Niego con la cabeza. Estos ancianos y sus tonterías. La amenaza de guerra es bastante real, pero es imposible que el resto sea cierto. ¿Las más terribles pesadillas de los niños vagando por la tierra? Seguro han tomado demasiada cerveza.
Nadie más parece preocupado. Me sacudo el escalofrío que me recorre el cuerpo. ¿Qué diablos podrían querer de Evandale unas criaturas oscuras y malvadas hechas de magia y creadas para la destrucción? ¿Manzanas? ¿Trigo? ¿Madera? ¿Jamón y cerveza?
Sacudo la cabeza. Estos hombres se equivocan. Sin duda es la cerveza.