Anillos del destino Capítulo 5. Dietan
11%

Capítulo 5. Dietan

D espierto en la posada, jadeando y con las mejillas enrojecidas.

El aire de la habitación se arremolina a mi alrededor.

A pesar de que la ventana está cerrada, las cortinas, que antes se agitaban, se calman y el jarrón con flores deja de balancearse al borde de la mesa.

Me recompongo, protegiéndome los ojos con el brazo, y tiemblo mientras otra pesadilla se desvanece.

Parecen empeorar cuanto más cerca estamos de la guerra.

Ya no consigo dormir bien por las noches.

Me invade una sensación inquietante, algo me dice que la magia oscura ha llegado a Loegria. Tengo que hablar con la hechicera antes de que mi poder me domine por completo.

Oigo un golpe fuerte en la puerta y me levanto de un salto.

–¿Estás ahí, amigo? –La voz de Jared suena al otro lado.

Gruño mientras me visto y respiro hondo para calmar mis nervios.

Jared abre la puerta y echa un vistazo al desorden en mi habitación.

–Parece que alguien se divirtió anoche –dice con una sonrisa burlona.

–Ja, sabes que sí –le sigo el juego.

Él entra, cierra la puerta y, de repente, la expresión alegre en su rostro desaparece.

Conoce la verdad, sabe que hace años no me acuesto con una mujer.

La última vez que lo hice, terminó siendo un desastre, con un final fatal y una culpa que me persigue desde entonces.

Juré no compartir nunca más la cama con otra persona hasta que me quiten estos anillos.

Pero, por supuesto, mi reputación de mujeriego me ayudó a alejar cualquier posibilidad de matrimonio.

Desde un punto de vista más estratégico, si alguien hubiera notado el cambio repentino en los hábitos del príncipe mujeriego, habría hecho preguntas que lo llevarían directo a mi padre…

y a los anillos. Jared me ayuda a mantener la mentira.

En la corte, todavía me conocen como amante de las mujeres, las fiestas, el buen vino y la diversión.

Nadie imaginaría jamás que llevo años sin acostarme con nadie, que solo coqueteo con mis supuestas conquistas, pero nunca pasa a algo más, que siempre las envío a casa en un carruaje en lugar de llevarlas a mi habitación.

Las mujeres se sienten tan ofendidas por esto, por el rechazo del príncipe que se acuesta con cualquiera que tenga pulso, que nunca revelan la verdad. Solo siguen reforzando mi reputación.

–¿Mala noche? –pregunta Jared con tono comprensivo. Hago una mueca de disgusto. No quiero su compasión. Me calzo las botas y abro la puerta de un tirón.

–No ha sido la peor –respondo, encogiéndome de hombros–. Supongo que es hora de tantear las aguas y conocer a esas damas tan encantadoras.

–Claro que sí, amigo –replica, y vuelve a sonreír–. Prepárate para encontrarte con algún que otro tiburón.

Mientras desayunamos, me pone al tanto de la agenda del día y de las últimas novedades que llegan de los informantes.

Se han producido más avistamientos de magia oscura y criaturas extrañas a lo largo de la frontera de Loegria con Penrith, pero los investigadores reales que fueron enviados para indagar no encontraron nada, lo que solo significa que el Usurpador está actuando con astucia, ocultando algo.

Es demasiado temprano para escuchar malas noticias.

Todavía tengo resaca de la cerveza de anoche, todo me parece borroso y confuso hasta que bebo mi primera taza de café negro y fuerte.

Lo único que deseo es dar con la hechicera misteriosa para poder devolverle la magia a mi padre, pero primero tengo que actuar de príncipe alegre en el pueblo.

–Sabes, este lugar me está empezando a gustar –dice Jared mientras unta el pan con mantequilla–. Las damas de aquí son… –Noto un brillo en sus ojos mientras busca la palabra adecuada, luego besa con energía sus dedos.

–Has cambiado de opinión en una noche.

–Bueno, ahora que he visto lo que ofrece este pueblo, tienes razón. Las chicas de campo con rostros inocentes son justo lo que necesitamos.

No puedo evitar reírme. El humor de Jared suele ser tan cambiante como el viento mismo y, claro está, mi amigo no es inmune a una cara bonita.

–Entonces, hoy será un buen día.

–Ya verás.

–¿Encontraste una candidata?

–Dos, de hecho.

–¿Dos? Solo necesito una. No creo que en Loegria o en Alarice acepten un matrimonio polígamo –digo con tono divertido.

–Son hermanas. Gemelas. Ya verás.

Suelto otra carcajada. Jared siempre me levanta el ánimo.

–Jared, ¿te has enamorado otra vez?

Pone una expresión de dolor, lleva su mano al pecho y se echa hacia atrás de forma dramática. En ese momento entra el general Marcus y comienza a servirse un poco de la comida que hay entre Jared y yo.

–Están esperando –señala con la boca llena de comida–. Me refiero a las señoritas.

Por el brillo en sus ojos, él también debe estar enamorado.

–Otro más.

–Ya verás –advierte, dejando escapar un suspiro soñador.

El festival está en todo su esplendor cuando Jared, Marcus y yo salimos a la calle.

Un cuarteto toca una giga y los bailarines de la plaza giran al ritmo de la música. Las banderas ondean al viento y hay cerveza por todas partes. Unas jóvenes con mejillas sonrosadas y coronas de flores se abrazan y ríen, radiantes de alegría.

¿No es una vista preciosa? Lástima que no vaya a elegir a ninguna de ellas como mi novia.

Me siento el peor de los cretinos, sabiendo que solo voy a decepcionarlas a todas, pero eso es mejor que las consecuencias diplomáticas que se producirían si por accidente matara a mi futura esposa.

Solo continuaré con la farsa hasta que pueda resolver mi problema.

Aunque, si Veteria logra quitarme los anillos antes de marcharme de Evandale, tal vez podría encontrarme una novia del campo.

En el centro de la plaza, el marqués está en un estrado junto a algunos de los demás funcionarios del pueblo. Me ve caminando entre la multitud y saluda con entusiasmo.

Me acerco tranquilo y él se abalanza sobre mí, señala con un gesto a la fila de solteras que hay más allá del escenario, cada una de ellas esperando su momento. Sus parientes, a quienes conocí ayer, están primeras, por supuesto.

–Su alteza –dice–, llega justo a tiempo.

Jared no mentía cuando dijo que las chicas de este pueblo eran un espectáculo digno de contemplar.

Algunas son rubias con mechones tan lisos como los tallos del trigo, otras tienen la piel morena con rizos definidos, algunas tienen el cabello negro, liso y brillante, y otras lo tienen castaño rojizo con ondas sueltas.

Altas con curvas, pequeñas y menudas. Todas están bendecidas con rostros y figuras encantadoras que harían llorar a un hombre.

Sin embargo, no hay rastro de la camarera de ojos oscuros y cabello azabache, no es que la esté buscando.

–Hasta las doncellas de la granja más lejana han venido a saludarte –dice el marqués, señalando con un gesto la fila que se extiende desde el escenario. Todas me miran expectantes.

Se acercan una por una, hacen una reverencia y se presentan. Las cautivo con mi sonrisa y elegancia, aunque los anillos que llevo en la espalda parecen retorcerse con cada rostro nuevo.

Enseguida me duelen las mejillas y se me secan los labios de tanto besar manos.

Estoy bastante seguro de que veo doble cuando dos mujeres se acercan al unísono, con una belleza que eclipsa a todas las anteriores. Estas deben ser las gemelas de las que hablaba Jared.

El cabello rubio cae sobre los hombros de las muchachas en rizos delicados, brillando como oro en un campo de trigo una tarde de verano.

Incluso para mi ojo inexperto, es evidente que sus vestidos están confeccionados con la seda más fina de la región.

La tela se amolda a sus siluetas, abrazando sus curvas y resaltando cada atributo.

Quienquiera que haya confeccionado los vestidos es sin duda un experto en sastrería.

Arqueo las cejas. Las damas de la corte real echarían espuma por la boca de rabia si estas dos asistieran alguna vez al baile.

¿Cómo pudieron pagarlos? La mayor parte del pueblo, sin contar al marqués y su círculo, es de clase humilde.

Mi abuelo subió hace poco los impuestos para financiar el esfuerzo de defensa y sé que lo han notado en el bolsillo.

A menos que alguien le haya vendido información al enemigo…

Pero, ¿qué información útil podría tener alguien en Evandale? La idea parece descabellada.

–Ofelia y Sonja Bellamore, alteza –dice el marqués con el ceño fruncido.

Tomo sus manos, una tras otra, y presiono mis labios contra su piel cálida. Las gemelas se sonrojan y sonríen con dulzura. A un lado, Jared me hace un gesto de ánimo con la cabeza.

–Sus vestidos son los más hermosos que he visto jamás, dignos de una princesa –digo, porque es verdad.

Se ríen y se miran entre sí, con la emoción brillando en sus ojos violetas.

Se han espolvoreado las mejillas con polvo de mica plateada, lo que resalta el color de sus iris.

Sin duda, su belleza es digna de canciones y poemas.

Sin embargo, no me conmueve, ya que mis pensamientos siguen en la camarera de anoche.

¿Por qué no está aquí? ¿Acaso no quiere casarse con un príncipe? ¿Por qué no le pregunté su nombre?

Vuelvo a mirar a las hermanas hermosas, con sus rostros iluminados por la esperanza.

Entiendo por qué mis amigos están tan enamorados, pero mi misión falsa vuelve a parecerme cruel.

Hasta que hable con la hechicera, no puedo casarme con ninguna de estas mujeres, ni siquiera con esa camarera que tanto me distrae.

Pero el marqués, mis consejeros, las gemelas…

todos… me miran expectantes. Trago el nudo que tengo en la garganta.

–Así que –comienzo, buscando a toda prisa algún tema de conversación cortés–, ¿los hicieron ustedes mismas?

–No, alteza –responde Sonja, la de la derecha, con una sonrisa pícara y negando con la cabeza.

–Los hizo nuestra hermana –dice con orgullo su gemela, Ofelia.

–Es una costurera con mucho talento, digna de un lugar en mi castillo.

–Gracias, Darío –pronuncia una tercera voz entre la multitud.

La persona que habla no está en el escenario, sino al lado. Su vestido de tela de lino se confunde con los sacos de cebollas y patatas, pero reconocería ese rostro en cualquier parte. Es la camarera. La que he estado buscando.

Levanta el mentón y me mira con un brillo en los ojos, con las manos en las caderas. No se parece nada a sus hermanas y, sin embargo, me cuesta apartar la mirada.

–Muéstrale algo de respeto al príncipe Dietan –exclama el marqués.

–Mis disculpas –responde ella, y hace una reverencia profunda, casi burlona–. Fue mi error. Pensé que era otra persona.

Por mucho que me intrigue esta muchacha, que no es una doncella coqueta y risueña y que, al parecer, no le interesa en lo más mínimo casarse con un príncipe, frunzo el ceño con desconfianza.

Una camarera puede ser una buena espía, una informante perfecta para el enemigo.

Después de beber esa cerveza alariciana tan fuerte, hasta un comerciante bien conectado o un funcionario de alto rango que está de paso podría aflojar la lengua.

Todo tipo de secretos podrían escaparse de la boca de los viajeros procedentes de todas partes de Alarice y Loegria.

Casi nadie le prestaría atención a una camarera, sin darse cuenta de cuánto puede escuchar.

Después de todo, fue ella quien me habló de la hechicera.

¿Qué más sabe? ¿De verdad hizo ella misma los vestidos de sus hermanas?

Y si es así, ¿quién pagó la seda? Hay demasiadas coincidencias como para que no sea sospechosa.

Entrecierro los ojos y le devuelvo una mirada desafiante.

¿Quién es esta mujer?