Anillos del destino Capítulo 4. Dietan #2
10%

Capítulo 4. Dietan #2

–Perdona mi falta de modales. Soy D… –Casi se me escapa mi nombre verdadero, olvido que intento pasar desapercibido–. Darío. –Es lo único que se me ocurre. ¿Darío? ¿En serio? Juro que no se me ocurriría un nombre más tonto ni aunque lo intentara.

–Está bien, Darío –dice, con un tono que deja claro que el nombre le parece tan malo como a mí–.

Sí, la conozco. Vive en el bosque, a las afueras del pueblo, justo al norte de aquí.

Es nuestra mejor curandera. La mayoría de las mujeres sabias de aquí aprendieron todo lo que saben gracias a ella.

–Introduce una mano en el bolsillo del delantal y me pregunto qué poderes curativos tendrá esta camarera.

No puedo evitar que mi corazón se acelere al pensarlo.

–Aunque necesitas mucha suerte para encontrarla –añade con aire dudoso.

–¿Por qué?

–Solo la puedes encontrar si ella quiere. No le gustan los forasteros. –Luego, se inclina y me susurra al oído–: Y sin duda, no le gustan los nobles que andan buscándola.

Siento su respiración suave en mi oído y se me eriza la piel de la nuca, quedo tan alerta como mis guardias.

Mi mente se acelera. He llegado demasiado lejos, no puedo rendirme ahora. Todo este recorrido por Alarice fue planeado justo para traerme aquí y poder hablar con Veteria. Tendré que arriesgarme y buscarla en el bosque. El fracaso no es una opción. Aprieto los dientes con determinación.

–Gracias por la información y la advertencia, estoy muy agradecido –digo–. De verdad.

Ella vuelve a inspeccionarme, ahora con los brazos cruzados sobre el pecho (que, lo juro, tengo que dejar de mirar) y el ceño fruncido, como si intentara leerme como a un libro escrito en un idioma que no entiende. Solo gruñe en señal de reconocimiento y luego se marcha una vez más.

Entonces, me quedo sentado en silencio, abandonado con mis propios pensamientos.

Durante doce años he cargado con este peso, las armas más poderosas del reino ocultas de forma inútil en mi cuerpo.

La mínima posibilidad de que alguien pueda ayudarme a devolver los anillos a su lugar legítimo se siente tan real que algo que apenas reconozco se agita en mi corazón: la esperanza.

Vuelvo a fijar la mirada en el hombre al que confundí con mi viejo amigo Cedric. Si el destino hubiera sido más bondadoso, tal vez así es como se habría visto si hubiera vivido. Envejeciendo con una sonrisa. Ya no soporto mirarlo.

Mi curiosidad aquel día no solo me condenó a mí, sino a todo el reino.

Después de robar por accidente los anillos, hice lo único que se le ocurriría a un niño asustado de diez años.

Intenté ocultar lo que había pasado. Pensé que mi padre no abriría la caja hasta que necesitara defender el reino, así que los reemplacé por réplicas que los comerciantes venden a los turistas. Pensé que nadie se daría cuenta.

El rey se dio cuenta, por supuesto. Con los tambores de guerra resonando desde Penrith ya en aquel entonces, tenía motivos para asegurarse de que esas armas poderosas estuvieran listas y a su alcance.

Como suele recordarme mi padre, yo mismo me metí en este lío, así que debo encontrar la manera de solucionarlo.

Hice todo lo que estuvo a mi alcance para deshacerme de los anillos en secreto, pero estaban tan incrustados que si los quitaba sin duda moriría.

Los pocos sanadores que lo intentaron lo hicieron con gran dificultad y sin éxito. Cada noche me atormentan los recuerdos de esos suplicios y las visiones de mi muerte, tan reales y aterradoras que despierto empapado en sudor frío.

Los anillos se han convertido en parte de mí, así que puedo acceder a su poder sin siquiera pensarlo.

Mis emociones descontroladas pueden provocar tormentas en mi habitación, invoco huracanes y tornados con la misma facilidad con la que respiro.

Puedo destruir lo que me rodea con una sola pesadilla y no tengo forma de controlarlo.

Y algunas personas han muerto por mi culpa.

De repente, pierdo el color en mi rostro y se me hiela la sangre. Intento no pensar en esas cosas, aunque me atormentan cada día.

Si no cumplo esta misión tan peligrosa que mi padre y sus consejeros más cercanos han ideado para mí, el poder mortal que poseo y mi odio hacia mí mismo se descontrolarán aún más.

El tenedor que tengo en la mano tiembla mientras me llevo un bocado de bollo con jamón a la boca. Debo parecer un idiota.

La gran amenaza contra Albión se ha concretado. El Usurpador de Penrith se está acercando. Sabíamos que este día llegaría desde que asesinó al rey legítimo y al resto de la familia real. No ha ocultado sus intenciones de conquistar todo Albión.

Pronto, mi padre no tendrá más remedio que usar los Anillos del Destino para detener a los enemigos y entonces, todos los reinos descubrirán los anillos falsos que dejé en su lugar. Sin los auténticos, mi padre fracasará, Loegria caerá y Alarice le seguirá poco después.

Y mis padres habrán tenido razón todo este tiempo, no solo soy un perdedor irresponsable, sino que no estoy hecho para heredar el trono. Desde luego, no soy un líder al que se le deban confiar dos reinos.

Los anillos son una carga que he llevado a cuestas todos estos años y si quiero ayudar a defendernos contra el Usurpador, necesito liberarme de ellos antes de que sea demasiado tarde.

La hechicera Veteria existe de verdad. Ella podrá ayudarme. Estoy tan cerca que casi puedo saborearlo.

Hablando de saborear algo, los bollos y el jamón curado son realmente los mejores que he probado en mi vida. No me había dado cuenta de lo hambriento que estaba.

Bebo un poco de la cerveza que me sirvió la camarera. Me quedo sin aliento y toso, golpeo mi pecho con el puño para recuperar el aire. No es que no esté acostumbrado a las bebidas fuertes, pero la cerveza alariciana podría noquear a un toro.

Miro el contenido de la jarra, desconcertado. ¿Será una broma? Pero no, parece que todos los demás clientes están bebiendo el mismo veneno marrón. Dirijo la mirada hacia la camarera, que me observa desde la barra con una sonrisa divertida.

Levanta su propia cerveza, guiña un ojo y la bebe de un trago.

A pesar del ardor en la garganta, le devuelvo la sonrisa y la imito, llevo la jarra a mis labios y la vacío de un trago.

Ahora que sé qué esperar, puedo prepararme para el calor, ella parece algo impresionada. Su sonrisa me acompaña incluso después de salir de la taberna.

El mundo se tambalea bajo mis pies mientras me adentro en la noche. El cielo está repleto de estrellas brillantes y, a pesar del calor del final del verano, el viento que atraviesa los campos abiertos refresca mis mejillas enrojecidas y tranquiliza mi mente.

El Silbido en mi interior también está tranquilo. Al aire libre, me siento más ligero que nunca, como si pudiera extender los brazos y volar. Con el valor que me da el alcohol en las venas, mi confianza para buscar a la hechicera y convencerla de que me ayude se multiplica.

El cielo despejado e iluminado por la luz de la luna hace que mi pesadilla recurrente parezca un recuerdo lejano.

Durante semanas, he soñado con mi reino rodeado por todas partes de fuerzas tan oscuras y magia tan maligna que no tengo más remedio que desatar el poder inextinguible sellado en mi alma.

Nunca puedo controlarlo, así que cada noche lo destruyo todo : a nuestros enemigos, a mí mismo, al mundo entero.

Despierto sabiendo que la magia refleja mi futuro. Moriré.

De donde yo vengo hay un dicho que dice así: “Los vientos del destino soplan para todas las personas”. Y mi propio destino ha estado entrelazado con los anillos desde que tengo diez años.

Me detengo en la plaza del pueblo, inclino la cabeza hacia atrás y respiro profundo, dejo que el viento me envuelva. Veteria está aquí. Ahora solo tengo que encontrarla, aunque odia a la aristocracia y se oculta con magia, y pedirle que salve a los monarcas que acabaron con su orden.

Ella es mi única oportunidad para escapar de este destino y liberarme de los anillos de una vez por todas.