Anillos del destino Capítulo 4. Dietan
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Capítulo 4. Dietan

A l caer la noche, logro salir a escondidas de mi habitación sin que nadie se dé cuenta. Marcus y Jared insistieron en acompañarme para protegerme, pero los convencí de que se quedaran para no llamar la atención. Es más fácil moverse solo que en grupo.

La mayoría de mis hombres se han instalado en la posada para pasar la noche, preparándose para la búsqueda de mi futura esposa por la mañana.

Para evitar que me vean los guardias que vigilan fuera de mi habitación, salgo en silencio por la ventana, tal como solíamos hacer cuando íbamos a la escuela.

Aunque nadie tiene la autoridad para detenerme, ni siquiera un príncipe puede evitar que se divulguen rumores entre sus hombres.

Sin embargo, dudo que se les ocurra que el futuro rey necesita reunirse con una hechicera.

Me escabullo entre la hierba, llevo una capa muy gastada y el cabello oculto bajo un sombrero ancho de fieltro. Un pañuelo esconde mi rostro. Debería ser suficiente . Parezco un campesino… o al menos eso espero.

A pesar de la poca información que pudieron proporcionarme los espías de mi padre, necesito más datos para localizar a la hechicera, tengo que empezar por algún lugar.

La taberna Pico de Cuervo.

Me dirijo al punto de encuentro principal de Evandale para charlar con algunos lugareños.

Frente a mí se alza un edificio de madera, bajo y robusto, con techo de paja.

Por su aspecto, esperaría encontrar un antro húmedo y deprimente, pero la luz y las risas se escapan por las puertas abiertas y me siento atraído como una abeja hacia una flor.

Al entrar, siento como me envuelve una calidez agradable, muy poco común en Lundenwic. La taberna está llena y siento que soy invisible. Me relajo por completo. Mis hombros se aflojan mientras observo el entorno: mesas y sillas desiguales, el resplandor suave de las lámparas del techo.

El aire está cargado de humo de tabaco y de la chimenea crepitante.

Me siento en una mesa en el rincón más apartado, lejos de la mayoría de los demás clientes.

No me quito el sombrero, pero mantengo la vista atenta a la sala, buscando a alguien que pueda estar dispuesto a conversar.

La mayoría de la gente aquí está absorta en sus bebidas o sumergida en charlas con sus acompañantes. Soy el único que está sentado solo.

Al otro lado de la barra, diviso a quien supongo que es la camarera del local. Me invade la sensación de que, aunque se trate de mi reino, este es su territorio.

Lleva una jarra en una mano y tiene la otra apoyada en su preciosa cadera. Se niega a servirle cerveza a un sujeto borracho que ahora mismo tiene entre ceja y ceja.

–Pero te trataría bien. Sería un buen esposo. Te lo prometo –suplica él.

–Sé que eres mejor diciendo tonterías que leyendo letreros, pero Madre de la Cosecha, Aldus, ya conoces las reglas.

–Señala, exasperada, un letrero detrás de la barra en el que se enumeran una serie de normas, entre ellas una muy peculiar.

Prohibidas las propuestas de matrimonio .

Me sorprende que sea necesaria esa regla.

–Pero mi corazón solo late por ti –insiste.

–Eso es lo que le dijiste a Julia Falgren la semana pasada –replica la camarera.

Algunos de los clientes que los rodean se ríen entre dientes ante ese comentario y asienten con la cabeza. La acusación es cierta.

Un punto para la camarera.

Él intenta quitarle la cerveza de la mano, pero ella la aparta.

El bar estalla en carcajadas. Yo también me río. Esto es más entretenido de lo que esperaba.

Ella se agacha hasta quedar a la altura de Aldus y lo mira fijo durante un rato largo, hasta que él parece un niño en vez de un hombre adulto.

–La próxima ronda la pagas tú –dice ella en voz alta, para que todo el bar escuche, antes de introducir la mano en el bolsillo del hombre y sacarle unas monedas. El hombre ni siquiera se inmuta. De hecho, actúa como si el placer fuera todo suyo.

Touché , camarera.

Pero en sus ojos se refleja un destello fugaz de tristeza mientras da un sorbo. A pesar de mi propio rechazo hacia la idea del matrimonio, una mujer tan llena de vida como ella se merece algo más que las propuestas balbuceantes de los borrachos del pueblo.

A continuación, me ve solo y sin bebida y, como si fuera una señal, la enérgica camarera se acerca a mi mesa.

–¿Qué te sirvo? –pregunta, ladeando una cadera como hizo antes. De verdad que tiene una cadera muy bonita.

Alzo la vista para mirarla a los ojos y observo las pecas que salpican sus mejillas. No se parece en nada a esas mujeres delicadas y risueñas que desfilan ante mí en cada pueblo. No, ella es impresionante en todos los sentidos.

–¿Pedirás algo o solo piensas hacerme perder el tiempo, como el viejo Aldus allá?

–Prometo que no te pediré matrimonio.

–Eso es lo que dicen todos.

–¿Tienes un menú? –pregunto, y ella me lanza una mirada fría y penetrante con sus ojos oscuros–. Es una lista de los platos que ofrecen, escrita en un trozo de pergamino –prosigo, vacilante.

–Sé lo que es, pero este no es ese tipo de lugar. O sabes lo que quieres, o no lo tenemos –responde impaciente.

–¿Tienen cerveza? –pregunto con tono burlón.

Ella me dirige una mirada larga y severa, entiendo que mi intento de broma no ha funcionado.

–Sí, pero dudo que puedas con ella –dice con tono seco.

–Habrá que comprobarlo, ¿no? Una pinta, si es posible, señorita. ¿Y cuál es la especialidad de la casa?

–No sé si alguien como tú consideraría que nuestra comida esté a la altura.

–¿Alguien como yo? –Arqueo una ceja.

Su mirada recorre mis manos, mi rostro y mi capa gastada. Es imposible que pueda averiguar quién soy, pero discutir con ella me acelera el pulso.

–Eres alguien que está acostumbrado a manjares diminutos en bandejas elegantes.

Esas comidas refinadas que se deshacen solo con mirarlas y tardan una eternidad en cocinarse –dice, describiendo como una experta los platos elaborados que sirven en la corte–.

Aquí, por lo general, servimos jamón curado y bollos.

–Lamento decepcionarte, pero resulta que me encantan ambas cosas –digo con tono presumido.

–¿En serio?

–No se me ocurre nada mejor.

Esboza media sonrisa, la primera que veo en su rostro en toda la noche.

–Enseguida. Espero que nuestra cerveza no sea demasiado fuerte para usted, mi señor.

Sí, tal vez no engaño a nadie con esta capa gastada. Suspiro y la observo mientras voltea y se aleja, con un mechón de su cabello oscuro cayéndole del rodete. Esta mujer es diferente a todas las que he conocido, necesito conocerla mejor.

De repente, unas risas provenientes de una mesa cercana llaman mi atención. Es un grupo de hombres de mi edad, ríen a carcajadas y golpean la mesa con los puños. Entonces, lo veo.

El cabello rizado de uno de ellos y su risa estridente me hielan la sangre. Al cabo de un rato, me doy cuenta de que mis ojos me han engañado. No es un fantasma, solo una confusión. Porque no puede ser Cedric… él murió hace mucho tiempo.

Empiezo a sentir un ardor entre los omóplatos y enderezo la espalda para aliviar la molestia.

Ay, no, ahora no. Aquí no . Pero el recuerdo es doloroso y no puedo evitarlo, por más que lo intente.

La risa inquietante de dos niños traviesos, la sala de guerra, el destello de los anillos a la luz de la luna, la expresión de Cedric cuando tomé los anillos, la oscuridad.

Tanta oscuridad. Esa noche mi mundo cambió para siempre.

Siento un escalofrío al recordar ese momento.

Intento tranquilizarme y me acomodo en la silla, cuento mis respiraciones como me enseñó el sabio consejero de mi padre tantos años atrás para controlar los poderes de los anillos que llevo dentro.

Me recuerdo a mí mismo que estoy a salvo en la taberna y que ya no tengo diez años.

Doy un salto cuando la camarera de lengua filosa deja caer con fuerza una jarra de cerveza oscura sobre la mesa, junto con un plato de bollos y jamón.

–No quería asustarte –se disculpa.

–No, no pasa nada –logro decir, recuperando el sentido–. Gracias.

Su mirada se suaviza y me observa un poco más de lo necesario. Cuando voltea para irse, extiendo la mano para detenerla, sin llegar a tocarle la muñeca.

–En realidad me preguntaba… –Ella vuelve a mirarme y olvido lo que iba a decir. Sus ojos penetrantes se clavan en los míos y me cuesta mantener la indiferencia que me suele salir de forma natural–. Yo, eh, esperaba que pudieras ayudarme a localizar a alguien. Escuché que tal vez vive por aquí.

Eso despierta su curiosidad.

–Ah, ¿sí? –dice, arqueando una ceja–. ¿A quién estás buscando?

–Creo que se hace llamar Veteria. –Es la única pista que tengo. Les pregunté a los consejeros reales de Loegria sobre la historia de los anillos y revisé cada pergamino antiguo y desmoronado que pude encontrar. Ese es el único nombre que aparece, una y otra vez.

Al parecer, Veteria es la última sobreviviente de los Vindar, un grupo de brujas y caballeros de guerra que décadas atrás protegían Alarice, antes de que fueran disueltos y perseguidos hasta casi su extinción, junto con su magia. Pero no Veteria. Ella sobrevivió.

“La magia libre es magia peligrosa”, decía mi abuelo, el rey Elgar. No es de extrañar que la oscuridad que se gesta en el Yermo haya cobrado fuerza en ausencia de los Vindar. Ojalá estuvieran aquí.

Hoy en día, la mayoría de quienes dicen saber cómo usar el Silbido son charlatanes que intentan vender algo.

Pero últimamente ha habido rumores sobre una hechicera que al parecer usó el Silbido para contener un río después de que una presa cediera, salvando a un pueblo entero de una destrucción segura.

Luego de eso, se escondió, pero dicen que se estableció en Evandale.

Apostaría mi dinero a que la hechicera en cuestión es Veteria.

La camarera levanta un poco el mentón, me mira desde arriba y dice: –¿Y quién es el interesado?