Capítulo 3. Dietan #3
–Por eso estoy aquí, justo en el vigésimo quinto aniversario de la alianza entre nuestros reinos –respondo, y esbozo una sonrisa tranquilizadora–.
Es hora de encontrar a mi reina y sellar el acuerdo con una boda, consolidando así la alianza entre Loegria y Alarice, tal como hicieron mis padres con su matrimonio.
Esa es la señal que el marqués estaba esperando.
Aplaude y, de repente, se abre una puerta.
Varias chicas entran corriendo, llevan las manos bien juntas delante del cuerpo y la mirada baja.
Todas con vestidos pomposos que parecen haber sido encargados directo desde la capital, mucho brocado, terciopelo pesado y pieles.
Tienen el mismo aspecto que el marqués, salvo por su cabello blanco.
Las mismas mejillas sonrojadas, nariz afilada y labios finos.
Si fuera de apostar, y lo soy, diría que son sus hijas y sobrinas. Quizá también algunas nietas.
–Sin más preámbulos, príncipe Dietan, permítame presentarle a algunas de las muchachas más distinguidas del reino: las damas de la Casa Breadalbane.
Lo sabía .
Se alinean contra la pared, con la cabeza inclinada por el peso de sus peinados elegantes, adornados con joyas.
La que está al final no puede tener más de catorce años. Mi sonrisa, tan ensayada y perfecta, vacila por un instante. Me estremezco al pensar que el marqués está ofreciendo a su propia pupila a una edad tan temprana.
–Ah, ¿tan pronto? Apenas acabo de llegar –digo, fingiendo sorpresa.
–No hay tiempo que perder –insiste, con un entusiasmo inquebrantable–.
El festival de la cosecha empezará en cualquier momento, hemos organizado los festejos en su honor.
Es mejor que conozca a nuestras mejores candidatas ahora mismo, para que pueda decidir con quién le gustaría entablar una relación más cercana.
Miro a Jared, como suplicándole en silencio que me salve de esta, pero su sonrisa burlona solo se agranda. Marcus se mantiene impasible, sin ofrecer ayuda alguna tampoco.
Genial. Estoy solo.
Reprimo un suspiro y me acerco a la primera chica en la fila. Ella hace una reverencia y me ofrece una sonrisa tímida mientras le beso el dorso de la mano.
–Qué vestido tan encantador –digo, con voz firme y expresión cortés–. Y tu cabello… es tan hermoso.
Las frases hechas fluyen sin esfuerzo, ensayadas a lo largo de innumerables encuentros como este durante toda mi juventud.
Paso a la siguiente y repito el proceso.
Mi sonrisa permanece firme, la mueca de Jared y la expresión severa de Marcus se encargan de que nadie pueda adivinar la verdad. Toda esta gira es una farsa.
Aunque quisiera casarme, ninguna mujer en Albión me aceptaría una vez que supiera la verdad en nuestra noche de bodas.
Guardo un secreto peligroso que mis dos amigos más cercanos, mi padre y yo hemos estado ocultando al resto del mundo, y especialmente a mi madre, durante la mitad de mi vida.
Mi padre aún desconfía de ella, nuestro reino estaría en peligro si mi secreto saliera a la luz.
Para cuando llego al final de la fila, me cuesta mucho mantener la compostura. La más joven, de catorce años, hace una reverencia y yo mantengo nuestro intercambio breve, limitándome a saludarla con un gesto cortés de la cabeza. El marqués es más que repugnante.
–¡Qué bienvenida tan cálida! –declaro, volteando hacia ese personaje lamentable con una sonrisa amplia para ocultar mi irritación–. Pero debo admitir que estoy agotado. Le estaría eternamente agradecido si pudiera llevarnos a nuestro alojamiento.
Marcus da un paso al frente y toma el control de la conversación con su eficiencia habitual.
–Por aquí, señor –indica mientras señala a la puerta.
Lo sigo fuera del ayuntamiento tan rápido como puedo, sin correr, e intento no pisarle los talones.
Mi séquito forma una barrera protectora a mi alrededor mientras cruzamos la plaza, con la intención de protegerme de las miradas curiosas del pueblo, pero les hago un gesto para que se retiren.
Quiero que miren un rato más, para eso estoy aquí.
Hay rostros que se asoman por las ventanas y algunos curiosos estiran el cuello, ansiosos por ver al príncipe visitante, que pronto será su príncipe.
Mantengo la cabeza en alto, miro hacia delante.
Estoy cansado. Quiero que esto sea limpio, sencillo y rápido.
La posada, un edificio de dos pisos situado al borde de la plaza, no es la gran cosa, pero sirve. Por ahora, mi única preocupación es llegar a mi habitación, lejos de las miradas indiscretas. Una vez a salvo, podré concentrarme en lo que en verdad me importa.
No vine aquí en busca de una novia. Vine aquí en busca de una maga.
Se dice que la última vez que la vieron fue cerca de este pueblo. Ella es la única que podría ayudarme, no solo por mi bien, sino por el de todo Albión.
Porque los Anillos del Destino no descansan a salvo tras un cristal en la sala de guerra de mi padre. Ni mucho menos. Están enterrados bajo mis omóplatos, fundidos con mis huesos y mi sangre.
Mi vida depende de que logre sacármelos del cuerpo. Y también el destino del mundo.