Capítulo 3. Dietan #2
Por fin, el carruaje se detiene con una sacudida en la plaza del pueblo de Evandale.
Antes de que pueda ordenar mis pensamientos, Marcus, mi fiel general, abre la puerta de par en par.
Más alto y corpulento que yo, con piel morena, una barba bien recortada y una expresión severa, irradia competencia y recelo.
Él no confía en nadie y no intenta ocultarlo.
La sutileza nunca ha sido su fuerte. Siempre está listo para un conflicto, una amenaza, una revolución, un asesinato.
Con mucho gusto atravesaría con una lanza a cualquiera que se atreviera a mirarme mal.
–Su alteza –dice, mientras salgo a la luz del sol.
Recorro con la mirada la plaza, intento ocultar mi escepticismo.
Estamos en un espacio abierto rodeado por una hilera de construcciones de madera de dos pisos dispuestas en forma de herradura.
Es… pintoresco. ¿Quizás hasta agradable?
Y bullicioso. Hay mucha actividad a nuestro alrededor.
Cajas de manzanas, patatas y cebollas acumuladas como si fueran columnas y, en el centro, hay una pila enorme de leña esperando a convertirse en fuego, lista para asar la comida de un gran festín.
También veo un montón de calabazas recién cosechadas junto a un escenario de madera, donde un cartel enorme anuncia el próximo festival de la cosecha.
Es evidente que llegamos justo a tiempo para una fiesta.
Marcus ya lleva aquí un día. Ocupándose del alojamiento para nuestro séquito. Su mirada penetrante recorre a la multitud reunida, con la mano apoyada de forma natural sobre la empuñadura de su espada. No parece muy entusiasmado.
–Vamos, no puede ser tan malo –digo con tono despreocupado, aunque sé muy bien que no voy a conseguir que se entusiasme. Es un general excelente, pero un aguafiestas total. Quizá sea una consecuencia inevitable de su profesión.
Estiro las piernas al bajar del carruaje.
Es un alivio escapar de las quejas constantes de Jared, aunque yo también extraño mi habitación en el palacio después de la semana que hemos pasado.
Contengo un suspiro y observo a los lugareños en busca de alguien en particular que llame mi atención.
No estoy seguro de a quién busco exactamente, pero espero saberlo cuando la vea.
Sin embargo, ninguno de los rostros que me devuelven la mirada es el que busco.
Será mejor que empecemos de una vez. Levanto la voz para que se oiga por encima de los murmullos.
–¡Estamos aquí para encontrar a mi princesa! –declaro con una sonrisa, y provoco una mezcla de risas y exclamaciones entre el pueblo. Las expresiones de Marcus y Jared no delatan nada, pero puedo imaginar lo que están pensando. Aquí vamos de otra vez con las tonterías .
Sigo adelante, saludo con la mano a un grupo de chicas que se sonrojan y esconden sus sonrisas detrás de las manos. Los habitantes del pueblo se reúnen a nuestro alrededor, curiosos pero cautelosos.
Veo algunos rostros que se asoman por las ventanas y a unas cuantas jóvenes que se quedan paradas, llamando la atención, cerca del pozo.
Un hombre mayor, un poco calvo y con aire servil, sale por las escaleras del ayuntamiento y se apresura hacia mí.
A juzgar por su vestimenta lujosa, es evidente que pertenece a la nobleza.
Luce radiante, con ese entusiasmo falso que me da escalofríos.
Sujeta mi mano y la besa con unos labios demasiado húmedos. Reprimo un temblor.
A pesar de tener veintidós años, puedo escuchar la voz de mi madre en mi cabeza recordándome las lecciones de etiqueta y sus advertencias severas de no ofender nunca a la nobleza, cuyo apoyo necesitamos para mantener unido el reino. Me obligo a sonreír.
–Su alteza –dice el hombre con voz ronca–.
Soy lord Breadalbane, marqués de Evandale.
Es un honor recibirlo en nuestro humilde pueblo.
Recibí la noticia de su llegada ayer mismo, de no ser así, habría preparado una bienvenida más adecuada.
Somos un pueblo modesto, pero si desea algo, me aseguraré de que nuestra gente haga todo lo posible por concedérselo.
–Gracias, lord Breadalbane. El placer es todo mío –digo, luchando contra el impulso de retirar la mano.
Qué idiota .
Sin duda, Evandale se merece un líder mejor que este. Los habitantes del pueblo parecen ser sensatos y trabajadores, pero este aristócrata de mala muerte no reconocería un día de trabajo duro ni aunque le golpeara el rostro.
Aun así, debo cumplir con mi papel, así que dejo que el marqués me acompañe al ayuntamiento.
Es el edificio más majestuoso del pueblo, con suelo de madera pulida y paredes pintadas a mano, adornadas con láminas de oro que imitan los campos de trigo del exterior.
Nos esperan varias autoridades locales junto a mis concejales.
La formalidad de esta búsqueda de novia no va nada con mi estilo.
–Les presento al duque de Glamorgan… –Señalo a mi compañía.
Jared hace una reverencia exagerada.
–Y ya conocen al general Marcellus, conde de Coventry… –Marcus se coloca el sombrero bajo el brazo y su expresión severa se suaviza lo justo para aparentar su edad, apenas unos años mayor que yo.
Jared, Marcus y yo nos conocemos desde la escuela. Antes de que nos asignaran responsabilidades y probáramos el sabor de la batalla, nos metíamos en muchos problemas.
–Ellos son mis queridos amigos y consejeros.
Sus comentarios han sido muy valiosos en mi búsqueda.
Imagínense a la futura reina, nacida aquí mismo, en este pueblo.
–Extiendo los brazos y sonrío ante el orgullo patriótico que se desborda en la sala.
La comitiva real asiente con confianza–.
Tengo un buen presentimiento sobre Evandale.
¡Mi futuro está aquí! –He dicho lo mismo en cada pueblo, todo se lo creen.
–Por supuesto, es un gran honor –responde el marqués.
Es mucho mayor que mi padre y tiene un aspecto repulsivo, como el de un sapo.
Es evidente que desea casarme con alguien de su clan, desesperado por mejorar la posición social de su familia.
Nos conduce hasta una mesa enorme de banquete adornada con guirnaldas y fruta.
–Espero que no haya tenido ningún problema durante el viaje –dice, mientras los mayordomos traen bandejas con bollos untados con cebolla caramelizada, jabalí asado, queso de cabra con mermelada y hortalizas de diversos colores.
Comida de campesinos, sin duda, pero luce increíble y se me hace agua la boca.
–Ningún problema –respondo tranquilo–. Dudo que Penrith fuera a atacarnos abiertamente, todavía no están listos para una guerra.
Todos los presentes en la sala conocen la verdad. Las fuerzas de Penrith están poniendo a prueba las fronteras de Loegria y Alarice. Su ejército no es precisamente sutil.
–Por supuesto que no –responde el marqués con un bufido–. Sin duda, no son rivales para el rey Donnel y sus Anillos del Destino.
Siento un nudo en el estómago, pero mantengo una expresión neutra, tomo un bollo recién horneado de la mesa y le doy un mordisco grande.
Los Anillos del Destino son más que simples reliquias familiares.
Son armas poderosas de la Segunda Época de la antigua Albión.
Mi abuelo se los entregó a mi padre como regalo de bodas cuando se casó con mi madre.
Con el propósito de unir los intereses mutuos de ambos reinos, el anillo de plata representa los minerales de Loegria y el de oro, los campos de trigo de Alarice.
Dos reinos unidos para siempre, como el poder elemental del Silbido que habita en estos anillos entrelazados.
El Silbido es una magia antigua de la tierra: la capacidad de domar las fuerzas elementales de los espíritus ancestrales del viento, los Anemoi.
Sus maestros pueden arrasar montañas, esculpir valles, desviar ríos y crear lagos.
En los orígenes de los tiempos, los primeros reyes y hechiceros utilizaron este poder para transformar el paisaje montañoso y desértico en una tierra exuberante donde su pueblo pudiera prosperar.
Es el alimento mismo de la vida. Por desgracia, también puede quitártela, si es que los rumores de que una magia oscura está resurgiendo son ciertos.
Los anillos son nuestra mayor defensa contra el Usurpador.
–Claro que, nadie se atrevería a desafiar el poder del Silbido –dice el marqués.
Su tono de adoración está cargado con la misma esperanza que llena cada rostro alariciano en la sala, como si solo mi padre fuera a salvarlos a todos de la ira del Usurpador.
–Los anillos no son la única razón por la que estamos a salvo en esta tierra –digo con voz cortante. Es molesto ver con qué descuido el marqués menosprecia la valentía de nuestros caballeros frente a todo Evandale. Viajo con un escuadrón completo. Además, el propio Marcus es una fortaleza andante.
–Quizá sea fácil para el heredero de un poder tan antiguo hablar con tanta ligereza –responde con los labios fruncidos–, sobre todo cuando la oscuridad aún no ha llegado a Lundenwic. La promesa de esa magia es lo único que detiene al Usurpador y a sus criaturas oscuras.