Anillos del destino Capítulo 3. Dietan
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Capítulo 3. Dietan

S onrío y saludo con la mano a los curiosos mientras mi carruaje avanza hacia el centro de Evandale.

–¡Hola! ¡Hola a todos! –grito, esbozando mi sonrisa más encantadora. Después de todo, soy su alteza real Dietan Cornwallis Arthur William Maximillian Conrad Barclay-Bruce Armandale-Macrae, príncipe heredero de Loegria y posible sucesor de Alarice. Tengo tantos nombres como joyas en mis hombreras.

Soy su futuro señor y soberano y me casaré con alguna muchacha afortunada de Alarice para sellar el acuerdo.

La multitud aplaude a mi alrededor, trato de concentrarme en la variedad de rostros para no pensar en la monotonía de este viaje interminable.

–Otro pueblo sin futuro –murmuro entre dientes, con cuidado para que nadie me oiga–. ¿Quién iba a imaginar que había tantos?

Las semanas en la carretera y la rutina de esta búsqueda me han agotado.

Reunirme con el alcalde o con el lord local, besar la mano de cada chica soltera en edad de casarse, fingir interés, indicar que no, ella no , tantas veces como sea necesario, y luego seguir mi camino alegremente para volver a hacer lo mismo en la siguiente parada.

Al menos esta vez nadie está lanzándole tomates al carruaje, pero tengo las ventanas cerradas, por si acaso. Todavía recuerdo el dolor de cabeza que le generó a mi ayudante de cámara tener que quitar esas manchas rojas de la seda y el terciopelo.

El aire en el reino de Alarice está tenso, culpan a mi reino de dejar sus fronteras indefensas.

En los últimos tiempos, ha habido demasiados bandidos, muchos saqueadores en los caminos.

Por supuesto, culpan a mi padre, el rey Donnel, de no haber logrado mantener la paz.

Exigen que se cumplan las condiciones del tratado, mi matrimonio, lo antes posible. Así que aquí estoy.

Echo un vistazo por la ventana y parpadeo, sorprendido por el encanto idílico de Evandale.

A diferencia de otros pueblos de mala muerte que he visitado en Alarice, este lugar es pintoresco.

Campos dorados, árboles altos y cielos azules y despejados que se extienden por kilómetros.

La luz del sol se derrama sobre las flores silvestres y vibrantes y los prados cubiertos de hierba, que parecen extenderse por todas partes.

Casas, caminos, incluso campos de ovejas y corrales de cerdos.

Me dan ganas de respirar profundo, saborear el aire limpio mientras estoy tan lejos de las calles abarrotadas de Lundenwic y de la suciedad de las paradas anteriores.

Es… refrescante. Quizá sea una buena señal.

Como nadie parece interesado en lanzarme tomates, abro la ventana y me asomo, dejo que la brisa me revuelva el cabello.

Cierro los ojos para protegerme de la luz intensa y disfruto el calor en mi piel.

Claro que mi tez clara se quemará, pero vale la pena.

Tomar un poco de sol es bueno para el alma y, en este momento, la mía necesita toda la luz que pueda recibir.

–Ah, qué recorrido tan encantador por este rincón perdido.

–La voz de Jared interrumpe mis pensamientos desde el otro lado del carruaje, donde yace recostado con pereza en el asiento, con los ojos negros entrecerrados por el aburrimiento.

Lord Jared Gruffudd Mackenzie, octavo duque de Glamorgan y uno de mis amigos de toda la vida, rara vez oculta su desdén.

Con su piel de color ámbar oscuro, ese rostro apuesto y las tantas propiedades que posee, pero rara vez visita (prefiere, como es habitual, los placeres de la capital), Jared podría presumir de competir conmigo por el título del soltero más codiciado del reino.

Pero no lo hace porque, en realidad, también es bastante humilde.

Por eso somos amigos. Excepto que justo en este momento está de mal humor.

–Estamos en el medio de la nada –continúa–. ¿De verdad tienes que seguir con esta farsa de casarte con una pueblerina alariciana?

–No seas idiota –respondo, lanzándole una mirada.

–Vete a la mierda –replica, y sonríe con aire burlón. Siempre me recuerda a un felino elegante. Esa tendencia suya de hundirse en los asientos, como un gato de granero sobre un fardo de heno al sol. Además, casi siempre está aburrido e indiferente.

–Todo este engaño es ridículo. No entiendo por qué un príncipe vendría a buscar novia aquí –señala por la ventana–, cuando podría elegir entre todas las damas de la corte de su abuelo. En este lugar, seguro encuentras una con pezuñas –añade, sacudiendo la cabeza.

Saludo con la mano a más aldeanos, sin dejar de sonreír.

–Según mi madre, al parecer ya saben que soy mujeriego.

Así que las únicas damas de la nobleza alariciana que me aceptarían son las que buscan trepar socialmente.

Y, además, no estoy haciendo esto para casarme en realidad, ¿recuerdas?

Nadie ha sospechado aún de nuestra verdadera misión.

–Le doy un codazo–. Pero escucha, tal vez alguna de estas campesinas llame tu atención, amigo mío. ¡Y tal vez a Marcus también!

La risa de Jared invade el carruaje. La idea de que alguno de nosotros se case con alguien de uno de estos pueblos le parece muy absurda.

Está demasiado ocupado conquistando a las condesas casadas del reino como para pensar en sentar cabeza.

Hay tantas condesas hermosas y aburridas, cuyos maridos están fuera preparándose para la guerra que se avecina o escondiéndose de ella.

–Aquí no hay nada –dice, señalando con pereza por la ventana una vez más–. Campos, campos y… ¡mira, más campos! ¡Y tantas ovejas!

–Beee –balo como una oveja y me acomodo en mi asiento acolchonado mientras el carruaje sigue traqueteando.

Pero Jared está de mal humor y no hace ningún esfuerzo por ocultarlo.

–Deberíamos tan solo preguntar por ahí para conseguir la información que necesitas y dejar de lado todo este engaño.

–Nuestra misión oficial no es solo encontrar a la próxima reina de Loegria, sino también ganarnos al pueblo, obtener la simpatía de mis futuros súbditos. Y, quién sabe, quizá de verdad conozca a alguien.

Él responde con un gruñido.

–¿Dónde está tu espíritu aventurero? –digo, dándole una palmada en el pecho–.

Un poco de optimismo no te matará. –Mi atención se dirige hacia un niño con la nariz chorreante que mira boquiabierto el carruaje.

Le hago un gesto con la mano a él y luego a su abuelo, que entrecierra los ojos–. ¡Buenos días, señor! –grito.

Jared se burla y frota su barba, que lleva sin afeitar desde hace días.

–Mi sentido aventurero consiste en baños calientes, buen vino y la compañía de alguien que no haya perdido la cabeza –replica–. Cuanto antes volvamos a la corte de Lundenwic, mejor.

No me molesto en discutir. Ambos sabemos que no regresaremos muy pronto.

Oficialmente, mi misión es fortalecer los lazos entre Loegria y Alarice, tal como lo han hecho mis padres con su matrimonio hace años.

Desde afuera su relación parece un éxito, pero en realidad es un desastre.

Ellos se detestan el uno al otro. Solo han pasado el tiempo justo para tenernos a mi hermana y a mí.

Pero dejando de lado mi opinión sobre la institución del matrimonio, como heredero de ambos reinos, mi deber es claro: casarme con una joven alariciana, cumplir con los términos del tratado y unir nuestras tierras en defensa común.

Mi abuelo, el rey Elgar de Alarice, me ha nombrado heredero, alterando el orden de sucesión con el fin de lograr una unión frente a la amenaza creciente de Penrith y del poder misterioso que se agita en el Gran Yermo.

Se suponía que Namreth, el hermano desterrado de Elgar, heredaría la corona por parte de mi madre, pero ya no.

A su debido tiempo, tendré mis propios herederos con alguna chica linda de Alarice y los dos reinos se convertirán en uno bajo mi dominio.

Por supuesto, a mi madre no le gustó nada que me fuera de la capital con los rumores de guerra circulando. Mi padre casi me lo prohíbe.

Casi .

Después de que él saliera furioso de la habitación, ella me sermoneó diciendo que los rumores sobre mi reputación de borracho y mujeriego habían llegado a la corte del rey Elgar en la capital y habían arruinado cualquier posibilidad de encontrar allí un matrimonio adecuado.

Yo le respondí que lo más probable era que esas noticias no hubieran llegado a los confines de Alarice.

Le dije que lo mejor sería que busque novia en un lugar nuevo, alejado.

Eso funcionó, ella estuvo de acuerdo en que debía realizar este viaje para encontrar una futura esposa rápido y unir los reinos antes de que el Usurpador de Penrith cumpliera con la amenaza inminente de guerra.

Siempre y cuando mi novia sea de Alarice, al tratado no le importa si es o no de sangre noble.

Sin embargo, esa no es la verdadera razón por la que estoy aquí. De manera no oficial, mi misión va mucho más allá de la simple búsqueda de una novia.

El príncipe heredero es un papel que interpreto, como el bufón de mi padre que actúa en la corte, y esta búsqueda no es más que una coartada.

No tengo ninguna intención real de casarme con nadie, ni de este pueblo ni de ningún otro lugar, antes de que esa misión se cumpla.

Trato o no, el matrimonio deberá esperar.

Tampoco es que me importe mucho posponerlo.

El matrimonio solo genera resentimiento, discusiones y desdicha, tal como lo han demostrado mis padres a lo largo de mi vida.

Es la forma perfecta de hacer que dos personas se odien.

¿Por qué iba a someterme a eso antes de que sea estrictamente necesario?

Mi vida ya es una tragedia, no necesito añadir una unión sin amor a mis cargas.