Capítulo 2. Aren
–¡A y! –Chupo mi dedo pinchado y saboreo la sangre.
No hay suficiente luz donde estoy arrodillada junto a las enaguas de mi hermana.
Estoy trabajando tan rápido y con tanta fuerza que la aguja me atravesó la uña del pulgar.
Lo único que me falta ahora es manchar de sangre toda la seda que me costó el sueldo de un mes.
Ayer conseguí un poco de seda de morera, muy difícil de encontrar, y en una noche confeccioné dos vestidos para mis hermanas.
Solo me alcanzó para comprar ocho metros muy valiosos, así que tuve que ponerme creativa, adorné lo que pude con bordados y retazos de encaje del ajuar de mamá.
Se ven impresionantes, si puedo presumir.
–¿Estás bien? –pregunta Sonja.
–Sí, todo está bien –afirmo, apartando el dedo de la tela mientras termino de coser el dobladillo–. Lucirás perfecta, aunque tenga que perder un pulgar.
–Ni se te ocurra bromear con eso –dice Sonja, inclinándose para atarme un trozo de algodón alrededor del dedo.
Me duelen los ojos de tanto entrecerrarlos a la luz de las velas, no siento las yemas de los dedos y les he hecho más agujeros que a un costurero, pero estoy decidida a hacer que ellas se vean relucientes.
Veo que Sonja frunce el ceño al ver su reflejo en el espejo de cuerpo entero.
Mientras la observo alisarse el cabello, me sorprende lo adultas que se ven las gemelas.
Tan maduras y hermosas. ¿A dónde se fue el tiempo?
Parpadeas y, de repente, ya son mujeres adultas y no más unas niñas mocosas.
Sonja y Ofelia tienen ahora dieciocho, siete años menos que yo.
Se parecen a mamá. Guapísimas, con cuellos de cisne y cabello dorado. A veces bromeo diciendo que me cambiaron al nacer, ya que no me parezco en nada a ellas. Me lo creería si no hubiera heredado la nariz tan llamativa de papá, que queda mucho mejor en su rostro envejecido que en el mío.
–¡El príncipe de Loegria! –Suspira Ofelia desde la cama, con su vestido ajustado a la perfección. Sostiene su mentón con las manos mientras mira por la ventana–. ¿Te lo imaginas? ¿Aquí, en Evandale? ¿Cómo crees que luce?
–Ojalá sea guapo –acota Sonja.
–¿Qué clase de príncipe sería si no fuera guapo? –digo con tono tranquilo, aunque en realidad no me importa nada su aspecto.
–No sería un príncipe en absoluto –responde.
Cualquiera de las dos sería una princesa excelente, a diferencia de mí.
Mis hermanas son todo lo que un hombre de la realeza buscaría en una futura esposa.
Sonja, una bailarina elegante, y Ofelia, con un don para la acuarela y el canto.
Yo, por el contrario, solo sé cantar canciones de taberna y bailar la giga para acompañarlas.
Mi trabajo es asegurarme de que mis hermanas estén bien casadas y cuidadas.
Son los tesoros de mi corazón. Después de todo, yo las crie.
Mamá murió cuando ellas apenas comenzaban a caminar y yo tenía nueve años.
Mientras papá se encargaba de la taberna, yo cocinaba para las niñas, limpiaba lo que ensuciaban, las cuidaba cuando estaban enfermas y les enseñaba lo mejor que podía.
Cuando él enfermó y tuve que hacerme cargo de la taberna, además de cuidar a las gemelas, lo hice sin quejarme demasiado.
Daría cualquier cosa por mis hermanas, aunque esta no sea la vida que imaginé para mí.
Vuelvo a enfocar la mirada en mi trabajo y observo mis uñas gastadas, mis manos enrojecidas y ásperas tras años de trabajo manual.
–Listo –digo, sacándome un alfiler de entre los dientes y guardándolo en la lata–. Ofi, ven aquí para que pueda verlas a ambas.
Ofelia obedece y se aleja saltando de la cama para colocarse junto a Sonja, para admirar sus vestidos en el espejo.
Ambas se quedan boquiabiertas al ver cómo lucen. Mi corazón late con un orgullo incontenible.
–Madre de la Cosecha, nos vemos increíbles –afirma Sonja, y pasa las manos por el costado de su cuerpo.
Permanezco detrás de ellas, admirando mi trabajo y la belleza de mis hermanas.
Toda una vida cuidándolas sin duda ha perfeccionado mi destreza con la aguja y el hilo.
Pero otro tipo de admiración, agridulce y nostálgica, se agita en mi interior, contengo las lágrimas que comienzan a nublar mi vista.
–Así seguro que llamarán la atención del príncipe –digo, rodeándolas con un brazo a cada una–. Una de ustedes tiene que lograrlo, o él está loco.
Voy a conseguirles a este príncipe, lo juro. Si tiene que elegir una novia alariciana, aquí están las chicas más lindas de todo el reino. Jugueteo, algo nerviosa, con las vendas de mis dedos.
–Ay, Aren –dice Ofelia, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas–. Muchísimas gracias.
Sus sonrisas, radiantes y deslumbrantes, iluminan la habitación.
Si el príncipe se enamora de una de mis hermanas, seguro que la otra llamará la atención de algún otro noble de su séquito. Y entonces, por fin, alguien que no sea yo se hará cargo de ellas. Dos pájaros de un tiro.
Por mucho que quiera a mis niñas con todo mi corazón, ya son mayores, y estoy lista para ocuparme solo de mí misma, para variar. Quisiera vivir por fin la vida que tanto he soñado.
Hace justo un año, papá me prometió la taberna. Me dijo que el día que las chicas se casaran bien, me entregaría la escritura del bar y podría hacer con él lo que quisiera. Podría venderlo todo y marcharme de Evandale para siempre, viajar por el mundo como siempre he querido.
A veces, bien entrada la noche, imagino el tipo de vida que podría haber tenido si hubiera nacido lejos de Evandale. Quizá sería una erudita. O una marinera. Una aventurera que viaja por todas partes, que ve el mundo y transforma su vida día a día, sin saber qué le deparará el mañana.
Pero eso no es más que una fantasía. Yo soy la hija responsable, la que nunca se mete en problemas, la que siempre da el buen ejemplo. Así, mi padre tiene un problema menos que resolver.
Me veo de reojo detrás de ellas y suspiro. Estoy arruinando la escena apareciendo en el mismo plano, sobre todo con este vestido de muselina tan insulso, así que doy un paso atrás y les dejo toda la gloria a ellas.
Menos de una hora después, oímos un alboroto fuera de nuestra ventana y, al asomarnos, vemos pasar un carruaje dorado que se balancea despacio sobre el camino de tierra lleno de baches.
–¿Es él? –pregunta Sonja, y corre hacia la ventana–. ¿Ya llegó?
–Un día antes de lo previsto –comento.
–Debe estar desesperado por encontrar novia –dice Ofelia, acercándose a la ventana.
El carruaje imponente pasa traqueteando, escoltado por soldados a caballo. Siento una punzada en el corazón. Un príncipe como él sin duda quiere una novia que no diga palabrotas, que arregle su cabello y su ropa de forma impecable, y que su mayor objetivo sea complacer a su poderoso esposo.
Sonja y Ofelia son las mejores opciones en Evandale.