Capítulo 1. Aren #3
Es evidente que su entrada dramática no tuvo el impacto que esperaban, porque la mayoría de mis clientes ni siquiera voltearon.
Todos siguen charlando sin parar. La mesa junto a la artesana incluso empieza a entonar un nuevo canto subido de tono.
Si te casas, compatriota… Te llevarán bien de las pelotas …
El capitán, creo que lo es por la hilera de medallas que brillan en su pecho, da un paso al frente. Mira a su alrededor y grita: –¡Silencio!
Nadie le presta atención, salvo el marqués, que está medio borracho. Empieza a caminar hacia los guardias, algo atraído por las insignias relucientes del capitán, como una urraca cautivada por el brillo del poder.
Ay, por todas las diosas. No necesito esto esta noche.
–¿Puedo ayudarlos, caballeros? –pregunto, abriéndome paso entre la multitud para acercarme a los loegrianos–. Si son tan amables de bajar la voz y tomar asiento… –agrego, señalando una mesa.
–Gracias, señorita –dice él, con amabilidad–. Pero debo hacerme oír. –Voltea hacia la taberna–. ¡Silencio! –ruge de nuevo, pero nadie le hace caso.
Bien . Silbo entre dientes y la multitud se queda en silencio, como unos perros a los que se les ha ordenado dejar de cazar. Todos me miran fijo.
–¡Oigan, presten atención! Parece que tenemos un anuncio –digo, y señalo a los soldados.
Todas las miradas se dirigen hacia el capitán, que asiente con la cabeza en señal de agradecimiento antes de comenzar.
–Soy el general Marcus Marcellus y he venido a anunciar que mi señor, el príncipe heredero de Loegria, llegará en dos días.
Un murmullo recorre la taberna. ¿Un príncipe? ¿En Evandale? ¿Para qué carajo?
El general , no capitán, continúa.
–Su alteza real está recorriendo el reino en busca de su novia.
–¿Por qué? –pregunta un granjero viejo, arrastrando las palabras–. ¿La perdió?
Esto provoca algunas risas, pero a los soldados no les causa gracia.
–Su alteza real recorre Alarice en busca de una novia, tal vez la encuentre en este mismo pueblo.
–¿Buscas a alguien de Evandale? –pregunta con voz ronca otro granjero de mejillas enrojecidas–. Yo sería una buena novia.
–Yo también –dice otro, riendo, y sujeta el rostro de su compañero–. Déjame darle un beso al príncipe… ¡mua!
Estallan más risas. Si los soldados tenían la intención de hacer su anuncio en el bar de borrachos más animado de Evandale, han elegido bien. Pero mi mente da vueltas y siento como mi cuerpo se estremece con lo que sospecho que es esperanza ante esta noticia extraordinaria.
A pesar de su porte y su aire competitivo, Marcus Marcellus parece demasiado joven para ser un general. Tampoco parece muy entusiasmado con su audiencia.
–El príncipe viene aquí en busca de su futura esposa, según los términos del tratado de apoyo mutuo entre los reinos de Loegria y Alarice –declara. Suspira y mira a sus hombres–. Está claro que, hasta ahora, no le han impresionado las candidatas.
Somos dos, amigo.
–Dietan se ha vuelto loco… –murmura el general mientras mira a su alrededor–. Esto es un error.
–No podemos irnos todavía, señor –comenta un soldado.
–Conozco nuestras órdenes. –Voltea hacia la taberna, que ha recuperado su bullicio habitual. Todos lo ignoran. La mayoría están completamente borrachos, dudo que por la mañana recuerden lo que sucedió.
¿Pero yo? Yo veo una oportunidad. Mi mente empieza a procesar la información a toda velocidad.
Mientras los soldados ocupan una de las mesas que los granjeros, que se han ido tambaleando a sus casas para meterse en la cama, han dejado desocupada, yo vuelvo a mi sitio detrás de la barra.
No puedo más de la emoción.
Esto es lo que he estado esperando: una oportunidad única en la vida para poder largarme de este pueblo sin futuro.
Shephard levanta la cabeza, con la marca de su manga arrugada en medio de la frente, y dice: –Supongo que ahora te casarás con ese príncipe en vez de conmigo, ¿no?
¿Príncipe?
Casi me echo a reír.
–¿Yo? Ni loca –respondo.
De ninguna manera, yo no me casaré con el príncipe… Por todas las diosas, ¿qué querría él de mí? Soy… más o menos linda, supongo, pero un poco tosca, en términos generosos, y él no querrá una princesa con lengua filosa y un ingenio agudo.
–Tengo una idea mejor –anuncio con voz demasiado alta.
–Claro que sí –dice una voz familiar con tono sarcástico.
Mientras el marqués da sus últimos pasos hacia el general, se asegura de mantener su mirada sin vida fija en mí. Me esfuerzo por esbozar una sonrisa.
Le tiende la mano al general, que se la estrecha con firmeza.
–General Marcellus, ¿verdad? Lord Breadalbane. Marqués de Evandale. Es un placer conocerlo. Espero con ansias que trabajemos juntos para encontrarle una novia al príncipe heredero.
Veo el destello de una moneda de oro al pasar de los dedos regordetes del marqués a la mano enguantada del general.
–Y asegúrese de tener cuidado con esta –dice, y me señala con la cabeza–. Es muy astuta.
El general niega con la cabeza y le devuelve la moneda con el ceño fruncido.
Luego me mira, desconcertado por el comentario del marqués, pero yo conozco este juego.
Quiere sembrar rumores de una supuesta mala reputación.
Siento una rabia intensa que me invade desde la punta de los pies hasta lo más profundo del estómago.
Ahora tengo dos ideas…