Capítulo 1. Aren #2
Pero ella se equivoca. Tiene que haber algo más.
¿Es tan terrible desear algo más en esta vida?
¿Soñar con el tipo de amor y aventura sobre los que cantan los bardos?
Nunca lo admitiría, pero, por todas las diosas, quiero más .
En serio quiero un cuento de hadas, aunque sé que es poco probable que suceda.
Solo por una vez, me gustaría que alguien me viera tal como soy, incluso con mi lengua filosa.
Más que eso, quiero enamorarme. Y no de un hombre al que pueda aplastar como un rodillo aplasta una masa.
Quiero uno que se enfrente a mí de vez en cuando, que tenga carácter y pueda cargar con parte del peso.
Alguien en quien pueda confiar y que me cuide la espalda, sin importar cuan robusta sea.
Y ya que estamos, podría pedir que me bajen la luna.
Niego con la cabeza. Al menos tengo el bar como respaldo, aunque pronto tenga que buscar una camarera nueva.
Con dos jarras de cerveza en la mano, camino entre las mesas abarrotadas hasta donde me han hecho señas un par de mercenarios, con rostros tan afilados como sus espadas.
No son de por aquí, pero eso no es nada raro.
Evandale se encuentra en la intersección de varias rutas muy transitadas, por lo que somos el punto ideal para los viajeros que pasan la noche, o más tiempo, si es que huyen de tierras peligrosas.
No levantan la vista de su conversación mientras les sirvo las bebidas.
Al parecer, el rey Usurpador de Penrith está reclutando a cualquiera que sepa manejar una espada, pero ninguno de estos hombres está convencido de que el dinero valga la pena el riesgo.
Si nuestro rey Elgar aumentara la paga de sus soldados por arriesgar la vida, como viene prometiendo, muchos preferirían alistarse para defender Alarice.
He oído a otros murmurar que el Usurpador busca expandir sus fronteras y declarar la guerra contra Loegria y Alarice, así que tal vez haya algo de verdad en ello.
Recojo sus jarras vacías, mantengo una expresión tranquila e indiferente, pero ni siquiera se dan cuenta de mi presencia.
Estoy acostumbrada a que me ignoren. Los clientes hablan entre ellos, bajan la voz mientras les sirvo las bebidas.
Creen que no los escucho, o simplemente no les importa si lo hago, porque no soy nadie.
A las camareras no les puede importar en absoluto la política de Penrith, un reino al otro lado del mundo.
¿Qué daño haría si los escuchara por casualidad?
Soy invisible, un objeto más del decorado, y me gusta que sea así.
Es mucho mejor que recibir propuestas de matrimonio, eso seguro.
Siguen conversando en voz baja como si yo no estuviera. Ser invisible tiene sus ventajas.
De repente, siento la mirada de alguien en mi espalda y se me eriza la piel.
Volteo y veo a lord Breadalbane, marqués de Evandale, sentado en una mesa con dos de sus lacayos de confianza.
Tiene casi el triple de mi edad, ojos fríos y una mirada lasciva que me hace sentir como si ya estuviera desnuda ante él.
Puaj. Lord Manoseador. Así es como lo llaman las chicas.
Me mira fijo, como una bestia a su presa, mientras sus secuaces discuten entre ellos. Finjo no darme cuenta de su presencia y desvío la mirada.
Camino hacia una viajera que está sentada sola. No escucha que me acerco, porque un grupo cerca de ella ha comenzado a entonar un canto de siega. Cien putas muy astutas…
–¿Qué te sirvo? –pregunto, con la mano en la cadera.
La mujer me mira parpadeando, sorprendida, y se ajusta las gafas.
–Un té, por favor.
–¿Eso es todo? ¿La artesana no desea algo un poco más fuerte?
–¿Cómo sabes que soy artesana? –dice, boquiabierta.
–Tienes un callo en el dedo –señalo. Ella se mira las manos–. Sostienes algún tipo de herramienta, algo pequeño, durante varias horas. Por eso, o eres una erudita o una artesana, pero no tienes manchas de tinta en las manos, eso te delata.
–Sorprendente.
–Es parte del trabajo –respondo. Después de tantos años trabajando en la taberna, me he convertido en una experta observando a las personas. Se puede saber más de alguien por su lenguaje corporal que por lo que dice.
–¿Adónde vas? Vuelves a casa, ¿no? –pregunto, al notar su acento loegriano.
La artesana asiente con la cabeza.
–Se supone que tengo que encontrarme aquí con un amigo para viajar juntos, pero viene de Penrith y no he visto señales de él.
Viajar desde Penrith se ha vuelto muy arriesgado desde que su legítimo rey fue derrocado hace unos años.
Pero últimamente han aparecido cada vez más historias de viajeros desaparecidos en el Gran Yermo de Estyrion, la tierra que Bóreas destruyó.
Nunca he salido de Evandale, así que no sé si estas historias son diferentes de las leyendas que los granjeros cuentan durante las noches largas de invierno para pasar el rato.
Pero he visto a demasiados viajeros aterrorizados cruzar mis puertas, susurrando que algo oscuro se está agitando en el Gran Yermo una vez más.
Contengo un escalofrío y pretendo estar alegre. Mis clientes vienen a la taberna para olvidarse de sus problemas por un rato.
–Estoy segura de que estarás bien –digo, esbozando mi mejor sonrisa–. Encontrarás a tu amigo y, antes de emprender el viaje juntos, lo traerás de vuelta aquí para que se tome una copa bien merecida. –Oculto la inquietud que me provoca pensar en la posibilidad de otro viajero desaparecido.
Volteo para regresar a la barra cuando la puerta principal se abre tan fuerte que me sorprende que aún siga colgada de sus bisagras.
Decenas de soldados irrumpen en la taberna.
Van ataviados de pies a cabeza con el color azul loegriano, con espadas afiladas y relucientes en la cintura.
Se colocan hombro con hombro y sus cuerpos enormes bloquean la entrada.
Guardo el trapo en el bolsillo de mi delantal y cruzo los brazos. No todos los días llegan soldados a Pico de Cuervo. Aunque están armados, no parece que hayan venido a causar problemas.
Pero ¿qué hacen los guardias reales de Loegria en Evandale?