Anillos del destino Capítulo 1. Aren
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Anillos del destino

Anillos del destino

Por Melissa de la Cruz

© inepub.com

Capítulo 1. Aren

C uando eres una camarera, las propuestas de matrimonio son algo habitual en el trabajo. Un borracho puede encontrar la salvación en el fondo de un vaso de cerveza con la misma facilidad con la que puede enamorarse de alguien al otro lado de la barra. Por suerte, soy muy buena para decir que no.

–La respuesta sigue siendo no , Shep –digo con firmeza–. ¿No recuerdas que ya te rechacé ayer?

Dejo otra pinta de cerveza sobre la barra y observo con los ojos entrecerrados al granjero de mirada vidriosa que acaba de pedirme matrimonio por décima vez este mes. ¿Es que este idiota nunca aprenderá?

–Vamos, por favor. Hablo en serio, Aren –balbucea. Sus ojos negros, pequeños y brillantes están desenfocados–. ¿Qué harás con tu vida? ¿Limpiar jarras todo el día? Serías una buena esposa. Siempre estás trabajando. Ya es hora de sentar cabeza.

Este sujeto me agota. ¿Será que todos los hombres de este pueblo son así? De hecho, creo que nunca me he sentido tan cansada. Estoy exhausta hasta los huesos.

Y solo tengo veinticinco años.

Dejo caer los hombros mientras suelto un suspiro largo y profundo. No tiene sentido dejar que Shephard Belmis me afecte. Él es un ratón con el que puedo jugar y yo soy el gato.

Su compañero de bebidas, otro granjero con las mejillas sonrojadas, le da un golpe fuerte en la sien.

–Déjala en paz, idiota. Estás borracho. La chica ya te ha dicho que no varias veces.

–¡Esta es tu última oportunidad! Cásate conmigo, Aren. Serías una buena esposa y madre. Con esa espalda tan robusta… ¡hip! La más robusta de todo Evandale. ¡Y eso ya es decir mucho!

Qué atrevido es este desgraciado. ¿Dónde está el acantilado más cercano para poder tirarme sin pensarlo dos veces? Prefiero morir antes que casarme con un hombre que solo me ve como una mula de carga.

Sin mirarlo, doblo mi trapo, lo coloco con cuidado sobre la barra y me preparo para coquetear con el querido y viejo Shep. Apoyo los antebrazos en la encimera pegajosa, descanso el mentón sobre mis manos y pestañeo.

–¡Una espalda robusta! ¡Gran cumplido! Por favor, dime más.

–Bueno, desde que falleció mi esposa, mis hijos no tienen a nadie que los cuide –responde con pena.

–¿Cómo que a nadie? ¿Acaso no estás aquí mismo? A menos que seas un… –Hago una pausa y luego suelto un grito ahogado para darle dramatismo–. ¡Un fantasma!

–¡Vaya! ¡No soy un fantasma! –Pero es evidente que se cuestiona su existencia en este mundo, ya que se lleva las manos hacia los ojos nublados para inspeccionárselas por un segundo.

Una vez convencido de que, de hecho, es un viejo montón de carne vivo , continúa–: Es que no tengo esas habilidades, ¿entiendes?

No hay nadie más que les pueda preparar comidas calientes o asegurarse de que su ropa esté limpia, ¡hip!

Un hombre no puede vivir sin una mujer, ¡hip! No es natural.

Su amigo gruñe, con más sentido común que cerveza en el cuerpo, pero Shephard lo ignora.

–¡Cielos! –Me llevo una mano al pecho y finjo sorpresa–. Nunca lo había visto así. Mi corazón… ¡late tan fuerte! De verdad que sabes cómo halagar a una chica. Todo esto es tan… inesperado.

Haría cualquier cosa por recibir una, solo una , propuesta que no me hiciera sentir tan sexy como un saco de harina.

Shep se tambalea al levantarse del taburete e inclina la cabeza a modo de reverencia. Su amigo se burla abiertamente de ese gesto. No puedo contener la risa.

–Entonces, ¿qué dices, mi… ¡hip!... amor? ¿Me harías el honor de… de mi honor de esposa? ¿De… de hacerte… esposa mía… para mí?

Hace un rato que dejó de ser del todo coherente, pero no puedo evitar admirar su convicción. Shep parpadea con los ojos caídos mientras mueve la cabeza de un lado a otro. El pobre sujeto está esperando una respuesta.

Estoy acostumbrada a rechazar a Shephard Belmis y a otros tantos granjeros que se creen valientes gracias al alcohol, pero como ya dije: estoy cansada, mierda.

Cansada de manejar este bar al que todavía intento querer, de estar parada desde la mañana hasta la noche, de no tener nunca tiempo para mí, no es que lo haya tenido alguna vez, la verdad.

Harta de este pueblo con mentalidad cerrada, de mis clientes habituales, de mi familia, por mucho que los quiera. Estoy tan cansada que podría gritar.

¿Y Shephard Belmis? De él es de quien más cansada estoy.

Así que, esta noche fui más allá para ponerle un fin a todo esto. Señalo un letrero de madera que cuelga detrás de mí. Pintado con letras negras y cuidadas, dice:

REGLAS DEL BAR

Prohibido escupir.

Prohibido entrar descalzo.

Prohibido apostar.

Prohibido envenenar (se permite usar cuchillos y puños).

Y anoche, garabateé deprisa una última regla.

Prohibidas las propuestas de matrimonio.

* Si se incumple alguna de estas reglas, el cliente deberá invitar una ronda de bebidas a todo el bar.

Una expresión de asombro se dibuja en el rostro de Shep mientras lee el letrero.

–Las reglas están para cumplirlas, Shep –digo con una sonrisa burlona, mientras limpio un vaso.

Venganza.

Su compañero de bebidas no puede contener la risa.

–Te ha ganado, Shep –dice, riendo a carcajadas.

–Pero, pero… ¡hip!... esta vez hablaba en serio –balbucea entre hipos.

–Yo también –respondo, triunfante por haberlo derrotado.

–Serías una buena esposa y madre –divaga mientras dejo el vaso limpio sobre la encimera y me dirijo hacia el final de la barra–. ¡Quién te querrá, ¡hip!, si no soy yo!

Sí que sabe cómo enamorar a una mujer.

Tomo una cuerda y tiro de ella, hago sonar una campana pesada de metal. El sonido se abre paso entre el bullicio de la taberna, como un silbido que atrae a los borrachos. El alboroto que reina en el lugar se apaga por un instante y todas las cabezas voltean hacia mí.

Les dedico mi mejor sonrisa burlona y anuncio:

–¡Buenas noticias, pervertidos! ¡La próxima ronda la paga Shep!

Todos estallan de alegría, los aplausos son tan fuertes que hacen vibrar el suelo y los vasos tintinean en la barra.

Me inclino sobre la encimera, cerca del rostro avejentado de Shep. Un nuevo destello de esperanza se refleja en sus ojos. Frunce los labios, esperando un beso.

Pero en vez de eso, introduzco la mano en su bolsillo y saco una moneda de plata con el escudo de Alarice grabado.

–Esto es por la cerveza. –Saco las tres monedas restantes–. Y el resto es por insultarme con la propuesta de matrimonio.

Su amigo llora de la risa y, antes de que Shephard pueda protestar, guardo las monedas en mi delantal. Caen con un tintineo junto al resto que ya tengo dentro, justo el ruido que necesito para recordar que la noche no ha sido un desperdicio total.

Miro hacia la multitud. El lugar está repleto. Los bancos bajos y las mesas largas y gastadas reciben a demasiados cuerpos. Campesinos y peones se sientan hombro con hombro y rodilla con rodilla junto a comerciantes y artesanos, todos brindan con sus jarras como si fueran mejores amigos.

El festival de la Madre de la Cosecha empieza mañana, así que el ambiente está muy animado.

En Evandale no hay muchos motivos para celebrar, con una jornada laboral agotadora y los impuestos exorbitantes que se le pagan al marqués, como de costumbre, sin excepción.

La misma cerveza que están bebiendo es fruto del trabajo duro de los granjeros.

No los culpo por darse el gusto, aunque eso convierta hasta al mejor de los hombres en un idiota torpe.

–Sale un pedido de seis –dice Bonnie, mi camarera ayudante, interrumpe mis pensamientos. Se da cuenta de que Shep está ahora inconsciente en la barra.

»¿Otra propuesta? –pregunta, asintiendo con la cabeza en dirección al borracho. Está un poco sin aliento de tanto correr de un lado a otro sirviendo cervezas, con las mejillas casi tan enrojecidas como las de los clientes–. ¿Cuántas van ya esta semana?

–He perdido la cuenta –digo, mientras sirvo otra jarra. Bonnie las apila en una torre, como si fueran naipes. Es toda una experta en eso.

–¿Y nunca lo considerarías? –pregunta.

–¿Casarme con uno de estos payasos? Ni loca. No buscan una esposa, solo quieren una sirvienta en la casa.

–Escuché que el propio marqués te propuso matrimonio. ¿Es cierto?

–Ese viejo pervertido me pidió que fuera su amante, no su esposa. Qué asco. –Suelto un suspiro de fastidio.

–No puede ser tan malo, ¿no? Cierra los ojos y piensa en Albión –bromea–. Tendrías la vida resuelta incluso sin un anillo.

Siento como un escalofrío me recorre la espalda. Ese cerdo repugnante es, sin duda, una de las personas más repulsivas del pueblo, aunque sea el más rico. ¿Pero no es siempre así? Ese idiota cree que puede comprarse una entrada a mi cama. Qué asco.

Me alejo de la barra y señalo mi vestido, desgastado y sin forma, manchado de cerveza y grasa del cerdo asado en el espetón de atrás. El uniforme típico de una camarera.

–Prefiero quedarme aquí para siempre antes que acercarme a ese hombre. Una chica tiene que soñar con que hay algo más ahí afuera, ¿no?

Puede que el marqués sea el presidente de la Cámara de Comercio del pueblo, pero yo he llevado mis cuentas al día y he pagado a tiempo desde el momento en que papá me entregó las llaves de Pico de Cuervo. No tiene nada en mi contra.

–¿Más? ¿En Evandale? –pregunta Bonnie entre risas mientras levanta la pila de jarras, equilibrándolas con destreza–. Buena suerte con eso. Y ten cuidado. Ya llegó.

–¿El marqués?

–El mismo –responde, y yo asiento con la cabeza, agradecida por la advertencia. Bonnie me lanza una mirada cómplice y se dirige hacia una mesa de clientes habituales ruidosos al fondo de la taberna.

Relajo mis hombros y esbozo una sonrisa melancólica. Bonnie querida. Con su tez impecable y esa sonrisa espontánea, tiene solo diecisiete años y ya está comprometida con el apuesto hijo de un granjero próspero. Pronto se casará y llevará una vida tranquila en un pueblo sereno.