Ángel CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

Desaparecido

Al principio hubo mensajes. Cortos. Irregulares.

Luego audios con ruido de fondo. Después silencio de horas.

Después silencio de días. Yo aprendí a mirar el celular como se mira un electrocardiograma.

La pantalla se volvió una forma de respiración.

Mauro me preguntaba cómo estaba, pero yo respondía poco.

Emilia me escribió un par de veces. Mi madre caminaba en la casa como si el piso fuera vidrio.

Y un día, la palabra apareció. No en un mensaje de Andryí.

En un mensaje oficial. Desaparecido. No “muerto”.

No “herido”. No “vivo”. Desaparecido. Esa es la peor palabra del mundo, porque no te deja hacer duelo.

Te deja en suspensión. Te deja esperando para siempre.

Los primeros días yo funcioné como máquina.

Trabajo, papeles, hijo, casa, respiración.

Después empezó la caída lenta: insomnio, poca comida, el cuerpo pesado, la mente volviendo una y otra vez al mismo lugar.

¿Dónde está? ¿Lo vio alguien? ¿Está vivo?

¿Sufre? ¿Me piensa? La esperanza se vuelve tortura cuando no tiene datos.

Y entonces vino el segundo golpe, como si la vida quisiera probar qué tan sólida era mi “salida”.

Mi hijo se accidentó. No voy a dramatizarlo: lo importante no es el accidente, es el costo.

Tratamiento caro. Terapia. Controles. Medicación.

Tiempo. La academia ayudó algo. Mauro movió contactos.

Rudy hizo lo posible. Mi madre sostuvo la casa.

Pero la cifra final seguía siendo grande, y yo miré mis números como se mira una pared.

Ahí entendí lo que duele admitir: la base es base, pero la vida igual te puede quebrar.

Y con Andryí desaparecido, yo no tenía ese centro emocional que me había ordenado.

Me quedé sola con mi plan… y con la realidad.