CAPÍTULO 51
La Llamada
Luego de meses “idílicos”, de domingos familiares, de escapadas de viernes por la noche, el día menos pensado…
La llamada llegó, un miércoles, a media tarde, como si el mundo no supiera que a algunas personas les cambia la vida con un tono de llamada.
Andryí no dijo “me voy”. Dijo algo más frío: —Me llaman.
Y en esa frase iba todo: obediencia, destino, falta de control.
Yo me quedé quieta, con el teléfono en la mano, sintiendo el mismo vacío que sentí en otros momentos duros…
pero distinto. Esto no era un hombre eligiendo irse.
Era la guerra extendiendo el brazo. —¿Cuándo?
—pregunté. — Pronto —respondió—. Días. Nos vimos esa noche.
No hicimos promesas épicas. No hubo “vuelvo sí o sí”.
Andryí no era ese tipo de hombre. Era demasiado honesto para venderme un futuro que no controlaba. Tomamos té. Como al principio.
En un silencio largo, él me tomó la mano y dijo algo que me dejó con el pecho apretado: —Yo te amo…
pero yo no te puedo proteger de esto. Yo lo miré, temblando.
—No me dejes —fue lo único estúpido que pude decir.
Andryí negó con la cabeza, suave. —Yo no te dejo.
Yo… me voy. Hay diferencia. Nos despedimos en la puerta de mi casa, con mi madre mirándolo como si quisiera retenerlo con pura voluntad.
Mi padre le estrechó la mano como se estrecha la mano a un hombre serio: sin palabras, con respeto.
Mi hijo lo abrazó sin entender. Andryí se agachó y le dijo al oído algo que yo no escuché.
Después lo miró a los ojos como si quisiera grabarlo.
Yo no lloré ahí. Porque todavía creía que la vida podía ser amable.