Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Paola

«Grietas... desconchones...

Conocía cada centímetro de aquella habitación, cada detalle. El suelo de linóleo, bajo aquellos muebles pesados, de estilo antiguo: la cama con dosel, los armarios de esquina y de cabecera, el reloj...

El color de las paredes era en tonos pastel, lo que dejaba el ambiente poco iluminado. El aroma tenía un toque de moho con lavanda, lo que me hacía creer que había un jardín florido cerca.

Tres años. Tres malditos años viviendo en aquel infierno, encerrada como un animal.

—¿Tienes hambre, pajarito? —Me estremecí al oír esa voz.

Durante el tiempo que pasé allí, pasé por las manos de varios hombres. Sin embargo, de todos ellos, aquel era el peor. Su forma de actuar me recordaba la manera en que mi difunto marido me trataba.

No había piedad.

Solo maldad y el placer de torturarme física y psicológicamente.

—Sí, señor —respondí, consciente de que esa era la respuesta que quería oír.

Me arrodillé dentro de la jaula, preparándome. El estómago me daba vueltas por las náuseas, porque sabía que ese desgraciado me obligaría a chuparle la polla hasta que me faltara el aire. Hasta que las lágrimas nublaran mis ojos.

Y no tenía elección.

De hecho, en toda mi vida de mierda, nunca tuve elección.

Al principio, hice de todo para librarme de ese maldito lugar, pero tenía que admitir que hacía ya bastante tiempo que las consecuencias de mi rebeldía habían minado mi valor para seguir luchando contra corriente.

A veces, rendirse es el camino más seguro. Y eso fue lo que hice.

De repente, un ruido me llamó la atención... era diferente a los demás, ya que rompía la rutina.

¿Eran disparos?

Miré a mi verdugo y me di cuenta de que ni siquiera había apartado la mirada de mí, así que deduje que no debía de ser nada. Él seguía bebiendo su whisky, ignorando todo lo que le rodeaba y concentrándose únicamente en mis movimientos.

Respirando hondo, cerré los ojos, obligando a mi mente a viajar lejos.

Atrapada en el mundo que había creado —uno en el que podía fingir no ser una esclava—, me vi abriendo los ojos a mi verdadera realidad cuando un hombre apareció en mi campo de visión.

Era diferente, podía sentirlo. Su olor invadió mis fosas nasales provocándome una mezcla de sentimientos.

Sus ojos se encontraron con los míos, haciéndome ver una vulnerabilidad que se equiparaba a la mía, allí dentro de aquella jaula.

Increíblemente, no sentí miedo cuando disparó al hombre que estaba haciéndome suya. A continuación, se acercó al lugar donde yo estaba encerrada.

No hubo palabras.

Solo esa extraña conexión de miradas.

Antes de abrir la puerta de la jaula de hierro, tuvo el cuidado de coger la sábana para cubrir mi desnudez.

Por instinto, me encogí ante su intención de tocarme, pero su voz suave me tranquilizó:

—Por favor, ven conmigo —me pidió—. Confía en mí, no te haré daño. Te lo prometo.

Parpadeé, sintiendo cómo las lágrimas bañaban mi rostro.

Estaba debilitada por la mala alimentación, ya que lo único que importaba era entregar mi cuerpo a los hombres.

Temblando, logré salir de la jaula, pero acabé cayéndome al sentir que las piernas me fallaban. El desconocido me sujetó a tiempo, y su tacto me provocó todo tipo de emociones diversas. Nuestros rostros quedaron muy cerca.

—Te sacaré de aquí —juró—. Nunca más serás prisionera de nadie.

La promesa se reflejaba en cada palabra.

—¿Cómo... te llamas? —pregunté, en un susurro.

Levantándome en sus brazos, empezó a sacarme de aquel lugar.

—Mariano.

Mariano... repetí en mi mente.

Me liberaron de mi cautiverio, pero aquel hombre me robó el corazón, que creía que ya ni siquiera existía.

El único que me vio.

El único que me tocó de verdad, sin exigirme nada, salvo mi confianza».

***

Regalo

Una semana después

Se me aceleró el corazón cuando sonó el teléfono.

Nerviosa y con las manos temblorosas, contesté:

—Soy Paola.

— ¿Alguna señal de Mariano? — quiso saber Manuele. — Hoy se cumplen cinco días desde su desaparición. — Sentí un escalofrío por su preocupación.

Su dolor era palpable.

—Por desgracia, todavía no he conseguido nada con mis investigaciones —dije, mordiéndome el puño cerrado. Lo que deseaba era gritar. —¿Será que ese idiota cometió la estupidez de ir tras la vieja, solo?

—Es una posibilidad —siseó, nervioso—. Lo que realmente nos tiene más preocupados son los rumores en los bajos fondos... —pude sentir cómo se le quebraba la voz.

Carraspeé:

—¿Q-qué rumores?

—Rumores de que está muerto.

Me mordí el labio inferior hasta hacerle sangrar.

— ¡No me lo creo! —exclamé, nerviosa—. Mariano es demasiado listo como para convertirse en presa de alguien tan fácilmente.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

— Sí, tienes razón —murmuró, unos instantes después. Volvió a quedarse en silencio. — ¿Estás seguro de que no sabes nada? —preguntó en un tono que hizo que entrecerrara los ojos.

—Si lo supiera, te lo diría.

Escuché su suspiro de frustración.

—De acuerdo —murmuró—. Lo mejor es que mantengamos la calma. Luca y Fillipo están peinando la zona en busca de él, pero Rossi y yo estaremos a tu disposición para la cita con Antonella. ¿Cuándo será exactamente?

— Mañana —mentí.

— Vale. Lo conseguiremos —afirmó—. Hasta luego.

Me despedí de él y, acto seguido, colgué con el corazón encogido y cargado de culpa.

—Es una locura, Paola —murmuró Antonio mientras yo seguía mirando la pantalla del móvil—. Suelo decir que estás loca, ¡ , pero esto... —señaló el cuerpo inmóvil de Mariano— ha superado todos los límites.

Apreté la mandíbula, obligando a mi cerebro a actuar y a disimular mis emociones.

—¡Lo hecho, hecho está! —murmuré, apagando el móvil para que no me molestaran.

—En eso tienes razón —comentó Pasquale, ayudando a Antonio a cargar el cuerpo de Mariano.

Estábamos en el búnker.

—Tienes poco tiempo —me advirtió Simona cuando pasamos junto a ella, yo delante y los dos detrás cargando a Mariano. —¡Eh! Se han olvidado de la bolsa negra —les recordó.

—¡Ay, maldita sea! —Sacudí la cabeza, demasiado inquieta para poder pensar con claridad.

—Yo lo cojo —dijo ella, apresurándose y desapareciendo de nuestra vista.

Por un instante, dirigí la mirada hacia el amor de mi vida, allí, inmóvil en el suelo. Una situación como esa nunca se me había pasado por la cabeza, pero las circunstancias me obligaron a ello.

—Podría decirte que aún estás a tiempo de echarte atrás, pero el daño ya está hecho —rompió el silencio Pasquale—. Ya no hay lugar para los remordimientos.

Respiré hondo.

—Mi única preocupación es que los hermanos no puedan perdonarme.

—Bueno, técnicamente, mataste a su hermano, así que...

Las palabras de Antonio se vieron interrumpidas por la llegada de Simona, que llevaba en las manos una bolsa negra, de las que se usan para empaquetar cadáveres.

Tragué saliva, pero me mantuve firme.

— Voy a esperar en el coche —avisé, porque toda aquella escena me estaba desestabilizando. Y necesitaba concentrarme.

Aceleré el paso y salí rápidamente al exterior.

El vehículo elegido fue un todoterreno, por el espacio. Abrí la parte trasera, comprobando que todo estuviera en orden. El cadáver de Giacomo ya estaba allí. El odio invadió mis entrañas cuando volví a posar mis ojos sobre él; era imposible no recordar el pasado.

Sin embargo, sacudí la cabeza, ahuyentando cualquier pensamiento que me hiciera huir del presente.

Tenía que concentrarme en lo que había que hacer en unos minutos. Ya no había vuelta atrás.

***

En cuanto llegué a Mondello Beach[23] , aparqué y apagué el coche con la llave. Mis manos no dejaban de temblar, por mucho que me esforzara por controlarme.

Miré el reloj y concluí que había llegado a tiempo. Entendí que Antonella había elegido quedar conmigo allí porque, en épocas frías, ese barrio carecía de vida nocturna. No había ningún movimiento a mi alrededor.

Antes de que empezara a refunfuñar sola por su retraso, un faro de luz apareció al final de la calle desierta en la que me encontraba.

Cogí mi pistola y la guardé en la cintura de los pantalones. Era consciente de que podía morir allí, ya que esa vieja del demonio me odiaba —lo cual era recíproco—, pero decidí correr el riesgo.

El coche se detuvo a unos metros del mío. Esperé dentro del mío, atenta a cualquier movimiento sospechoso.

Entrecerré los ojos en el instante en que la maldita bajó, acompañada de uno de sus secuaces.

De hecho, aparecieron otros dos coches, aunque estos se quedaron más lejos. La muy desgraciada vino preparada.

—Por un momento, pensé que era lista. ¿Pero ahora? Tengo mis sospechas —comentó ella, cuando yo también bajé del coche—. ¿Venir a reunirte conmigo, sola? —Chasqueó los labios, sacudiendo la cabeza y riendo.

Sonreí abiertamente.

—¿Quién ha dicho que estoy sola? —repliqué, disimulando.

Sin embargo, mi pequeña mentira sirvió para que la vieja mirara a su alrededor, buscando a mis guardaespaldas inexistentes.

Observé cómo hacía una señal a uno de sus guardias, que se alejó de nosotras.

—En realidad, no quiero pelear —afirmé, deseando acabar pronto con esto—.

Esta noche, podemos limitarnos a negociar y dejar la batalla para otra ocasión.

Sus labios se torcieron, pero acabó asintiendo.

Con la mano en la pistola, caminé hasta la parte trasera del todoterreno. En cuanto la abrí, dejándole ver las dos bolsas negras, quiso saber:

—¿Cómo pasó? —entendí que se refería a Mariano.

—Yo misma lo maté —respondí, fría como el hielo. Abrí ambas bolsas, dejando solo las cabezas a la vista.

Su risa me puso los nervios de punta.

— ¡Vaya! Te pareces más a mí de lo que pensaba, chica —comentó entre risas.

Gruñí como una perra rabiosa.

—No te atrevas a compararme contigo —rugí, abriendo y cerrando el puño—. Eres una mujer que actúa sin pensar en las consecuencias; pasas por encima de cualquier cosa para conseguir lo que quieres.

—¿Y no es eso lo que has hecho tú? —gesticuló, señalando a Mariano. Me tragué las ganas de llorar, mientras ella se reía de mi sufrimiento. —Admito que oí los rumores sobre la muerte de uno de los Fratelli, pero no me lo creí. Necesitaba verlo con mis propios ojos. No imaginé que fueras capaz.

Apreté la mandíbula.

—Ahora cumple con tu parte del trato —siseé, impaciente.

Una vez más, vi que hacía una señal para que uno de los matones se acercara y sacara el cuerpo de Giacomo del coche.

—Es justo. —Sonrió, sin dejarse abatir por la imagen de su hijo muerto justo ante sus ojos—. Bueno, Luigi está...

Su voz se perdió a mitad de la frase cuando un disparo le alcanzó en la nuca. La bala le atravesó la garganta.

En ese mismo instante, cogí mi pistola y me agaché, asustada.

Antonella empezó a ahogarse en su propia sangre. Nerviosa, la agarré del pelo, presionando el agujero de la bala con la mano.

—¿Dónde está Luigi? —pregunté, desesperada, tratando de ignorar el caos a mi alrededor—. ¿Dónde está?

Solo oí sus balbuceos incoherentes hasta que el último aliento abandonó su cuerpo.

—¡JODER! —exclamé, soltándola al suelo.

Disparé contra uno de sus hombres que apareció en mi campo de visión, mientras cerraba la parte trasera del coche.

A pesar de la lluvia de balas, di la vuelta y me acomodé en el asiento del conductor, arrancando a toda velocidad.

Me obligué a conducir agachada, porque los disparos habían destrozado las ventanillas y el parabrisas.

Me crucé con una moto que casi se me metió delante a propósito.

Disparé al motorista, pero fue más rápido y esquivó el disparo.

La maniobra hizo que chocara contra un murete, y eso me dio tiempo suficiente para ver al hombre cuando frenó y se quitó el casco.

Era el mismo que nos había estado espiando en Dallas, Texas.

¡Joder!

Fue él quien mató a Antonella. Llegué a la conclusión de que Louis acabó descubriendo las intenciones de esa idiota y ordenó eliminarla antes de que pudiera decirme dónde estaba mi hijo.

Apuntando con la pistola, volví a dispararle, pero él fue más rápido y se alejó con la moto.

Aproveché para acelerar en dirección contraria, dejándolo comiendo polvo.

A medida que me alejaba del peligro, solo podía pensar que nada de lo que había hecho —en los últimos días y en las últimas horas— había valido la pena.

Nada.