Capítulo 30
Mariano
—Gracias por venir —comenté, tan pronto como Antonio, Pasquale y Simona llegaron a la fortaleza de los Rossi.
—¿Esta mansión es tuya? —preguntó Pasquale, observando todo a su alrededor.
—No —respondí, haciendo un gesto para que me siguieran—. Es de mi hermano mayor.
— ¡Vaya! ¡Qué foto tan increíble! —murmuró Simona, deteniéndose para admirar la foto de Odin, el perro de Maya, que murió para salvarla hace poco más de un año—. Me encantan los perros. Confío más en ellos que en las personas.
—Estoy de acuerdo contigo —oímos la voz de Maya.
Ambos la miramos, que venía de la sala de entrenamiento de Paola.
Obviamente, mi chica no estaba en condiciones de entrenar, así que Maya entrenaba sola.
—La sensibilidad y la lealtad de los perros son únicas.
Puede pasar cualquier cosa, pero él siempre estará ahí, a tu lado.
No importa si estás triste, feliz o de mal humor: ¡él siempre querrá estar contigo!
—Sonrió con tristeza, mientras miraba el retrato de Odin.
—Por cierto, me llam , Maya. —Le tendió la mano para saludarla.
—Y este de aquí es Thor. —Señaló a su inseparable amigo.
—Encantada de conocerte. —Se dieron la mano. —Igualmente, Thor. —Acarició el pelaje del animal, sonriendo.
—Me encanta tu pelo —comentó Maya, admirando las trenzas de Simona.
La chica se rió.
—Y a mí me encantan tus ojos —replicó.
—¿Sabes si Paola ya se ha despertado, Maya? —pregunté. Los medicamentos que tenía que tomar la dejaban bastante somnolienta.
—Hace un rato, cuando pasé por su habitación, todavía estaba durmiendo —respondió. A continuación, se presentó a Antonio y a Pasquale.
Asentí con la cabeza.
Volví a caminar hacia el despacho de Rossi, sabiendo que mis invitados me seguirían.
— ¿Cómo está? — quiso saber Simona.
—Si hay algo que podamos hacer, por favor, no dude en decírnoslo —añadió Antonio.
—Paola es importante para nosotros —confesó Pasquale.
Sonreí, satisfecho de saber que mi chica estaba rodeada de amigos leales y sinceros.
—Está bien —declaré con tono de alivio—. Pero les agradezco su preocupación. —Sonreí—. Les prometo que le diré que están deseando que se recupere. —Abrí la puerta del despacho.
—¡Buenos días! —Rossi se levantó de su silla y rodeó la mesa para saludarnos nada más entrar—. Me alegro de que hayáis venido. Sois muy especiales para Paola, así que también lo sois para nosotros —sonrió.
De los demás hermanos, Fillipo era el único que estaba allí, sentado en uno de los sofás, con el pequeño Benjamin en el regazo. Sin embargo, noté su curiosidad al mirar a Simona de cerca.
—Paola también es especial para nosotros —afirmó Pasquale—. En el pasado, nos dio un propósito en la vida y se convirtió en nuestra mentora. Estamos muy agradecidos de formar parte de este equipo.
Benjamin soltó un gritito agudo, llamando la atención de todos nosotros, sobre todo de Simona.
—¡Ay, qué bebé tan mono! —dijo, con un tono de voz meloso. Al acercarse, acarició las mejillas rosadas de Ben, pero ignoró por completo a mi hermano, que la miraba con lascivia y fascinación.
—¡Encantado, soy Fillipo! —Se presentó, pero ella solo lo miró de reojo y, acto seguido, se alejó, dejándolo en ridículo. —¡Vaya! —murmuró, pareciendo frustrado por haber sido ignorado.
Me hizo gracia su expresión ceñuda.
Me levanté, cogiendo a Benjamin en brazos, disfrutando de su desorden cuando lo levanté, hundiendo la cara en su barriguita regordeta.
—Bueno, hemos descubierto que algunas propiedades tienen los documentos a nombre de Luigi Ferrari. —Fijé mi atención en lo que mi hermano conversaba con el equipo de Paola.
—Pero ese es el hijo de Paola —comenté, sorprendido por la información que nos había dado Antonio.
Pasquale lo confirmó.
—También hemos conseguido rastrear cuentas clandestinas —dijo Antonio, tomando uno de los asientos mientras le entregaba una carpeta a Rossi—. No fue fácil atravesar su cortafuegos, pero lo conseguimos.
—Instalé una puerta trasera[21] en el sistema, dejándolo vulnerable a nuestro ataque en la red —confió Simona.
— ¿Qué más han descubierto? —quiso saber Rossi.
—Algunas cuentas están a nombre de Giacomo, otras dos a nombre de Antonella Ferrari —respondió Antonio—. Se habían producido muchas retiradas en los últimos meses.
—Quizá por ese proyecto que tenían para empezar a vender una nueva droga —supuse.
—Es una posibilidad —Pasquale se encogió de hombros.
—La pregunta es la siguiente: ¿Hay forma de quedarnos con todos los fondos? —preguntó Rossi, sin apartar la vista de los documentos que tenía en las manos—. ¿Dejarnos en la ruina a ese hijo de puta de Giacomo y a la zorra de su madre? ¿Dejarlos en la ruina?
—Lo más difícil ya está hecho, que era burlar la seguridad. Toda la información está en forma de código fuente.
— ¡Genial! —exclamó Rossi—. Entonces, al ataque.
***
—¿Qué cara es esa? —le preguntó Manuele a Fillipo, en cuanto él, Rossi y yo llegamos a uno de nuestros clubes nocturnos. En unos minutos recibiríamos a Charles Pierce para una reunión.
—No se conforma con que la chica, del equipo particular de Paola, no le haya hecho caso —comenté, en tono burlón. Manuele se rió. —Fue hasta graciosa la cara de tonto que puso cuando Simona lo dejó colgado. —Me reí a carcajadas, sin poder controlarme.
—Es señal de que necesitas repasar tus técnicas de seducción, hermano —se burló Manuele entre risas.
—Eso es porque yo no estaba allí —declaró Luca, arrogante como siempre—. Si ella me hubiera visto, te garantizo que no habría podido resistirse a mis encantos. —Se pasó la mano por el pecho, enfatizando sus palabras.
Riendo, Fillipo le lanzó algo, y él lo esquivó, divertido por la situación.
—Dudo mucho que esa mujerazo de mierda le hiciera caso a un chaval como tú —murmuró, solo para irritarlo.
—¡Oye! —refunfuñó, ofendido. A Luca le odiaba que le echaran en cara su edad. —¡Mi edad no influye en nada aquí, joder!
De repente, sonó el teléfono de la mesa y Rossi contestó:
—Vale, dile que suba —dijo a la persona al otro lado de la línea, tras escuchar unos instantes.
—Ya ha llegado —aviso, refiriéndose a Charles.
Ambos activamos nuestro modus operandi y esperamos la llegada del mafioso.
Cuando Enzo llamó a la puerta, preguntando si podía dejar entrar a Charles, me puse de pie, preocupado por ser el primero en recibir al hombre.
—Buenas noches, mio caro —lo saludé, tendiéndole la mano. Analicé su lujoso traje—. Es un placer volver a verte en nuevas circunstancias —señalé su atuendo—. Te veo bien.
Sonrió, esa sonrisa enigmática.
—Y yo también, gracias.
Al cruzar la sala, se detuvo para saludar a mis hermanos, dejando a Rossi para el final, quien se levantó del sillón y optó por acomodarse en uno de los sofás.
—Por favor, siéntate, Charles. —Señalé el sofá junto al mío—. ¿Qué tal el viaje?
—Tranquilo —respondió, acomodándose—, y rápido.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Manuele.
—Sí.
Mi gemelo se dirigió hacia la barra.
—Bueno, Charles... —comencé—, voy a ir al grano. Te hemos sacado de la cárcel por una razón.
—Aliarme con vosotros y convertirme en enemigo de Louis Moran —concluyó con mirada impasible.
—Lo has dicho de una forma un poco exagerada, pero básicamente es eso —murmuró Luca.
— ¿Y qué ganaría yo? —preguntó.
—¿No te bastó con tu libertad? —le espetó Manuele al acercarse. A continuación, le entregó un vaso de coñac.
—Supongo que ya sabes cómo trabaja Louis, ¿no? —gruñó Rossi, un poco impaciente—. Sabes el daño que su mafia está causando por todas partes.
—Se están produciendo varias masacres en las ciudades, sobre todo aquí, en Palermo —añadió Fillipo—. Están muriendo personas inocentes y el submundo está saltando a la palestra en los medios. Pero al maldito no le importa nada de eso.
—¿Es con ese tipo de mafioso con quien quieres aliarte? —pregunté en tono desafiante—. Al fin y al cabo, ¿qué te prometió? ¿Por qué eres tan especial como para que él vaya, personalmente, a visitarte a la cárcel?
Dando un generoso trago, suspiró.
—No soy especial para él, sino para sus planes —afirmó—. Louis necesita mis contactos en las fronteras.
— ¿Por qué? — Rossi verbalizó lo que yo pensaba.
Charles se encogió de hombros.
—No lo sé —alegó—. Quedamos en hablar cuando saliera.
—Soy el jefe de la mafia Unità y poseo una parte de Rusia y de España —mencionó Manuele—. Podemos negociar con sus armas y ampliar sus horizontes.
—Además de garantizar la incorporación de nuevas formas de negocio con nosotros —argumentó Rossi—. Trabajamos en la fabricación y venta de drogas de todo tipo, además de la importación y exportación de piedras preciosas.
Charles permaneció en silencio, asimilándolo todo con calma.
—Digamos que... les estrecho la mano ahora mismo —comenzó, analizándonos—, ¿qué tengo que hacer exactamente?
Intercambié una mirada cómplice con Rossi, quien esbozó una sonrisa maquiavélica.
—Me alegro mucho de que hayas preguntado eso, mio caro —dijo él—. ¿Quieres otra copa? —Señaló su vaso vacío, mientras se levantaba para servirse.
***
En cuanto abrí la puerta de la habitación en la que Paola se estaba recuperando, me la encontré sentada, de espaldas a mí.
—Hola —la saludé, cerrando la puerta y acercándome a la cama—. ¿Cómo te encuentras?
—Irritada e impaciente —murmuró, haciéndome reír—. No aguanto más estar aquí en esta maldita cama.
Me quité los zapatos y me arrastré por el colchón hasta situarme a sus espaldas, deslizando las manos por sus hombros desnudos, ya que solo llevaba una camiseta de tirantes.
— Pero eso es para...
—¡No me vengas con que es por mi bien, porque te voy a dar una paliza! —me interrumpió con brusquedad—. Odio sentirme impotente e inútil. Y eso es exactamente lo que estoy sintiendo.
Bajando la boca, rozé sus hombros con mis labios, escuchándola jadear y estremecerse bajo mis manos.
—Sé lo que necesitas —afirmé, lamiendo y chupando su piel, sin prisas. Vi cómo cerraba los ojos, echando la cabeza hacia un lado, dándome permiso para saborearla.
— ¿Y qué necesito?
—Relajarte —dije, dándole pequeños mordiscos en la piel, alternándolos con besos húmedos.
Mis manos se deslizaron hacia abajo, metiéndose por debajo de su fina blusa, ansiosas por sentir su calor en mis dedos.
—Puedo hacerlo si quieres —la provoqué, chupándole el lóbulo de la oreja mientras le apretaba los pechos desnudos con mis manos, escuchándola gemir en voz baja.
—Puedo dejarla toda blanda bajo mis brazos.
Vi cómo tragaba saliva con dificultad, mientras abría las piernas en señal de invitación. Una de ellas todavía llevaba la férula.
—¿A qué esperas? —preguntó, con ese tono mandón, arrancándome una risita.
Usé una de mis manos para atraer su rostro hacia el mío, reclamando su boca pequeña y carnosa. La otra mano bajó, adentrándose en sus pantalones cortos e invadiendo sus bragas, que ya estaban húmedas, haciéndome casi aullar de tanto deseo. Pero mi placer podía esperar.
Aquello no se trataba de mí, sino de ella.
Para ella.
Hincé los dedos en su bulto de nervios palpitantes, presionándolo lentamente y a un ritmo que la dejara suspirando en mi boca.
—Estoy deseando volver a tenerte cabalgando sobre mi polla, guapa —le susurré al oído con tono provocador—. Volver a tener esa boquita tuya chupándome la polla como solo tú sabes hacerlo, nena.
Mis dedos penetraron su húmedo canal con facilidad, haciéndome poner los ojos en blanco de pura excitación; era delicioso saber que ella reaccionaba así ante mí; delicioso saber el efecto que causaba en ella.
—Yo también estoy deseando que me folles, ¿sabes?
—confesó, obligándome a frotar mi polla dura contra su espalda, ya que ella estaba sentada en el borde de la cama y yo acurrucado detrás de su cuerpo.
— Tener esa polla tan rica enterrada dentro de mí...
¡Ah, qué delicia! —Gimió más alto cuando intensifiqué la velocidad de los movimientos de mis dedos—. ¡No pares!
—Ni muerto —respondí, lamiéndole la barbilla antes de morderla—. Quiero sentir tu coñito caliente aplastando mis dedos.
Sus gemidos aumentaron, convirtiéndose en gritos incontrolables.
Ni siquiera pensé en callarla, porque, la verdad, me sentía jodidamente afortunado por saber que era yo quien le provocaba todo ese descontrol.
Cuando llegó el orgasmo, me obligué a sujetar su cuerpo, ya que los espasmos la hacían temblar sin control.
Le besé el cuello, subiendo hasta llegar a sus labios entreabiertos, donde le di un ligero mordisco.
—Y bien, ¿cómo te sientes ahora? —le susurré.
—Tengo sed —respondió, llevándose una mano a mi polla y apretándola con fuerza.
¡Joder! Esa mujer me volvía loco incluso cuando no estaba en su mejor momento.