Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Capítulo 28
78%

Capítulo 28

Mariano

Minutos antes

Le rajé la garganta a alguien, deleitado por la adrenalina que recorría mi sangre con cada hijo de puta que mandaba al infierno.

Me agaché, deslizándome por el suelo y clavando el cuchillo en el muslo de otro secuaz; en cuanto cayó, le disparé en la frente.

Una mirada al final del pasillo me permitió vislumbrar la silueta de Giacomo. El cobarde estaba huyendo.

—¡¿LUCA?! —le grité, mientras él terminaba de aplastarle la cabeza a alguien con el pie. Cuando me miró, vi en sus ojos la misma adrenalina que había en los míos, además de esa sed de sangre, dolor y caos. —Cúbreme.

Al acercarse, empezó a disparar a los secuaces que iban apareciendo a medida que yo avanzaba por el pasillo.

En un momento dado, Giacomo utilizó a uno de sus propios hombres como escudo humano cuando sintió que yo estaba demasiado cerca.

En cuanto amenazó con saltar desde un balcón, me abalancé sobre su cuerpo, forcejeando con él por el arma que tenía en las manos.

—¡¿Así que pensaste que podías escapar de mí?

! —Logré agarrar la pistola y la lancé lejos.

Mis puños se estrellaron contra su cara, una y otra vez, escuchando el sonido de huesos y dientes rompiéndose.

—Pensaste que te saldrías con la tuya después de todo lo que has hecho, ¿eh? ¡Hijo de puta! ¡Pedazo de mierda!

Estaba cegado.

Consumido por la rabia y ese sentimiento de venganza.

Todo lo que mi mente me mostraba era la imagen de Paola llorando, vulnerable como la primera vez que la vi, encerrada en esa maldita jaula.

Cuando paré, exhausto y con la respiración entrecortada, me di cuenta de que el rostro del desgraciado estaba irreconocible. Apenas podía abrir los ojos; tenía la nariz rota y parecía que se le había dislocado la mandíbula.

—¿P-por qué te has p-parado? —preguntó con dificultad.

—¡La muerte te vendría muy bien, pedazo de mierda de mierda! —exclamé, sintiendo cómo la furia se evaporaba a través de mí.

De repente, oí la voz de Fillipo a través del comunicador:

— ¿Mariano? Necesito ayuda —dijo—. Paola está herida.

Mi corazón se me encogió en ese mismo instante.

— ¿Herida? ¿Cómo que herida? — El miedo invadió cada una de mis células. — ¿Qué coño estás diciendo?

Giacomo se echó a reír, lo que me hizo darle una patada en las costillas cuando me levanté de encima de él.

—Le han disparado en la pierna —dijo mi hermano—. Tienes que venir aquí. Estamos en la última puerta del pasillo, frente a la escalera.

Ordené a dos de nuestros hombres que vigilaran a Giacomo, para que no intentara escapar —aunque sospechaba que apenas podía moverse—. A continuación, me dirigí hacia donde me había indicado Fillipo.

Obligué a mi cuerpo a funcionar correctamente, teniendo en cuenta que me sentía casi paralizado por el pánico ante lo que podría encontrar al cruzar aquella puerta.

Al bajar las escaleras, de lo que deduje que era un sótano, encontré a Paola tirada en el suelo y a mi hermano a su lado, presionándole la herida de la pierna.

Temblando, me acerqué.

—Está en una especie de bucle del pasado —comentó Fillipo, mientras yo me arrodillaba junto a ellos—. No habla ni responde a nada. Ya lo he intentado —explicó, tenso.

Respirando con calma y esforzándome por entender lo que estaba pasando allí, levanté la mano y le toqué el hombro.

—Voy a salir a ver cómo están las cosas con Luca —aviso Fillipo—. Pero si ya han cogido a Giacomo, creo que ya podemos irnos. Paola necesita atención médica.

Solo asentí, sin apartar la mirada de mi chica, que parecía hipnotizada mientras miraba la pantalla de un móvil.

— ¿Paola? ¿Cariño? — Le apreté el hombro ligeramente. — ¿Qué ha pasado?

Nada.

Solo silencio.

—Cariño, estás herida —seguí hablando, acariciándole la piel—. ¿Quieres contarme qué ha pasado? —Miré la pantalla del móvil que tenía en las manos y vi la imagen de un niño—. Ese... —carraspeé—. ¿Es tu hijo?

Nada.

No decía absolutamente nada.

Presioné su herida, preparándome para levantarla en mis brazos. Observé que la bala no había perforado ninguna arteria, porque la sangre que salía era oscura, fluía sin presión y en menor cantidad.

Demasiado angustiado por todo aquello, decidí cogerla en brazos y salir de allí lo antes posible.

No sabía qué sentir, aparte de miedo y preocupación.

—¿Cómo está? —preguntó Luca en cuanto llegué a la planta baja, unos minutos después.

—No estoy seguro —respondí, angustiado por la maldita impotencia—. ¿Ha llegado ya Manuele?

Horas antes, cuando descubrimos la dirección de Giacomo, me preocupé por encontrar un lugar cercano que Manuele pudiera usar como pista para el helicóptero de la familia. Era fundamental que tuviéramos un medio seguro para escapar en caso de emergencia.

—Sí —respondió.

—¡Genial! —exclamé, acelerando el paso.

En ese momento, el equipo de Paola llegó a la casa.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Simona, preocupada, con los ojos muy abiertos.

—¿Está bien? ¿Qué ha pasado? —Los tres se acercaron, observándola en mis brazos.

—Le han disparado en la pierna, pero todo está bajo control —dije, intentando convencerme de ello—. Ahora, por favor, buscad cualquier información que pueda ser útil y, después, quemad todo el lugar —hice un gesto—. Mis hermanos se quedarán para cubrirles las espaldas —les indiqué.

Al decir eso, seguí saliendo de la mansión, ansioso por cuidar de mi chica.

***

—¿Cómo está? —preguntó Rossi, en cuanto bajé a la mazmorra, donde Giacomo estaba retenido como rehén—. ¿Qué ha dicho el médico?

Apreté la mandíbula, aún sintiendo cada músculo de mi cuerpo retorcido.

—Frank acaba de irse —dije, refiriéndome al médico de la familia—.

Me ha asegurado que se pondrá bien. La bala le ha alcanzado el músculo, así que lo máximo que puede pasar es que sienta entumecimiento durante los próximos días —expliqué—.

Entré en la habitación, pero estaba durmiendo.

—Me froté la cara, sintiéndome culpable y agotado.

—No te sientas culpable —comentó él, como si me leyera el pensamiento—. Tú, Fillipo y Luca hicisteis todo lo posible, pero ambos sabemos que no hay forma de detener a Paola. Es implacable.

Me puse tenso, pensativo al recordar los acontecimientos de las últimas horas.

—Todavía no tengo ni idea de qué le pasó —susurré—.

El teléfono que llevaba tiene información relevante para nosotros, además del vídeo de ese niño.

Tengo la fuerte sospecha de que sea su hijo.

Pero aún no he descubierto a quién pertenecía el móvil.

Paola estaba catatónica cuando la encontré; solo se limitaba a mirar el vídeo del niño.

—Sacudí la cabeza, atormentado por el recuerdo—.

Sea lo que sea lo que haya descubierto, tendremos que esperar a que se despierte para averiguarlo.

Rossi resopló, tan impaciente como yo.

De repente miró hacia un rincón del lugar donde estábamos, concretamente hacia el hombre encadenado y colgado.

—No ha dicho nada —comentó con rabia—. Aunque no he profundizado mucho en la tortura, porque quería dejarte ese placer a ti. —Me miró, serio.

Poniéndome la mano en el hombro, apoyó la frente contra la mía.

—Buena suerte, hermano.

Inspirando con fuerza y lentamente, esperé el momento en que Rossi saliera de la mazmorra, dejándome solo con mi acompañante.

Giacomo estaba inconsciente, ni siquiera parecía estar en sus cabales. De todos nosotros, Rossi era el más cruel en lo que a tortura se refiere.

Durante unos instantes, observé al hombre colgado, preguntándome qué podría hacerle para que, de alguna manera, aliviaran el sufrimiento que le habían causado a Paola. La historia aún no se había aclarado para ninguno de nosotros, pero era más que obvio que Giacomo tenía la culpa.

Sin embargo, en el fondo, sabía que nada borraría lo que ella había pasado. Nada sería capaz de hacerle olvidar los años de sufrimiento, humillación y dolor. Nada le devolvería los años que había perdido junto a su único hijo.

Irritado y sintiendo el sabor amargo de la impotencia y el odio, fui al armario de herramientas y cogí un soplete. En cuanto apunté la llama a su pie, Giacomo gritó.

Me eché a reír.

—¡Oh, la bella durmiente se ha despertado!

La llama del soplete le alcanzó el pie y la pierna, mientras se sacudía en un vano intento por escapar del fuego.

— ¡AAAAAAAAH, FIGLIO DI PUTTANA[17] ! —gritó, desesperado por el dolor. Su voz sonaba extraña, ya que tenía la mandíbula dislocada.

—¿Dónde está el hijo de Paola? —pregunté, siseando.

El idiota siguió insultándome.

Volví a usar el soplete, escuchando el sonido y sintiendo el olor de su carne chisporroteando hasta dejar al descubierto el hueso.

—¿Qué le ha pasado a su hijo?

Nada.

Solo los gritos y los insultos.

Tiré de la palanca que sujetaba las cadenas de sus muñecas e hice que su cuerpo desnudo se deslizara hacia atrás —todavía en lo alto— para que llegara hasta el fondo de la sala, apenas iluminada.

Allí había un compartimento profundo, lleno de agua.

Lentamente y sin ninguna prisa, volví a accionar la palanca y lo hice descender.

—Creo que un baño frío le refrescará la memoria —dije, sonriendo como un maldito demonio.

Volvió a forcejear, pero fue en vano. Sumergí su cuerpo por completo, dejándolo bajo el agua durante unos minutos. Cuando notaba que su aliento se agotaba, lo sacaba a la superficie.

Hice eso durante un buen rato.

— ¿Qué le pasó al niño? ¿Qué mierda pasó esa noche?

Tosió, desesperado.

—Era... para que ella... hubiera... muerto —murmuró con dificultad, tosiendo sin parar. Casi no entendí sus palabras.

— ¿Por qué? —pregunté.

— P-porque era... la orden.

— ¿De quién? —volví a preguntar, pero no respondió. — ¿De quién, joder? ¿Órdenes de quién?

Impaciente, cogí la pistola eléctrica y le clavé la punta en las costillas, haciéndole gritar y estremecerse con la descarga eléctrica. Por desgracia, la fuerte descarga le hizo desmayarse.

Esta vez, quien gritó fui yo, pero de frustración.

Arrojé el dispositivo de descarga contra la pared y vi cómo el objeto se hacía añicos.

Con paso firme, salí de la mazmorra sintiendo cómo me temblaba la carne de puro odio.

En la planta baja, fui directamente a la sala de entrenamiento de Paola; no tenía ni idea de la hora que era, pero ya era de noche.

En el baño, me lavé las manos y, a continuación, la cara. Al mirarme en el espejo, odié la impotencia que vi reflejada en mis ojos.

—¿Has conseguido sacarle algo? —Oí la voz de Manuele. Como la puerta del baño estaba abierta, pudo verme. Suspiró—. Por tu cara, ya me he dado cuenta de que no has conseguido nada.

—El muy cabrón confesó que la orden era matarla. Paola debía haber muerto el día de la masacre de su familia.

—Pero algo salió mal —añadió—. Entonces decidieron sacar provecho de ello y la vendieron como esclava sexual —dedujo.

Apreté la encimera del lavabo, sintiendo cómo la furia se apoderaba de mis sentidos.

—Es difícil descifrar las incógnitas —desahogué, exhausto—. Y lo único que más deseaba era poder devolverle a su hijo.

Suspirando, mi gemelo se acercó a donde yo estaba, en la puerta del baño.

—Y lo haremos, hermano —me aseguró, apretándome el hombro.

Apreté la mandíbula.

—Paola decidió no decírselo, pero creo que ya no tiene sentido seguir ocultándolo —murmuré, sacudiendo la cabeza—. Hay sospechas de que el niño esté en poder de Louis.

Sus ojos, idénticos a los míos, se abrieron como platos.

— ¿Qué? ¿Cómo es eso? — La sorpresa se reflejaba en su rostro.

Le conté las palabras que pronunció el sirviente desconocido que nos atacó cuando estábamos en Dallas, Texas.

—Pero... ¿qué coño tiene que ver la familia de Paola con Louis? —preguntó, extremadamente confundido—. Eso no tiene ningún sentido. No hay ningún indicio, en los negocios de Giacomo, de conexión con los Shadows.

Me encogí de hombros, cansado. Me estaba estallando la cabeza.

—Exacto —asentí—. Todo es muy confuso. —Suspiré, pasando junto a él—.

¿Al final salió bien lo de la fuga de Charles?

—cambié de tema. La puesta en libertad del mafioso estaba prevista para más temprano ese mismo día, pero con todo lo que había pasado, no había tenido tiempo de preguntarle por el plan.

—Sí —respondió—. Dentro de dos días nos reuniremos para acordarlo todo. Entonces veremos si es de fiar o no.

Asentí con la cabeza.

—Ahora voy a darme una ducha y a ver cómo está mi chica. —Me dirigí hacia la salida—. No te olvides de cerrar la puerta cuando salgas. A Paola no le gusta que entren en esa habitación sin que ella esté presente.

—Vale, he entendido el mensaje —dije, soltando una risita.

***

Unos largos minutos después, abrí la puerta de la habitación en la que se alojaba Paola. Miré hacia la cama y me encontré a Maya sentada a un lado y a Beatrice al otro. Ambas con expresiones tristes en el rostro.

—Aún no se ha despertado —aviso Maya con un puchero.

—Pero de vez en cuando balbucea cosas inconexas —añadió Beatrice.

—Luigi —declaró Maya—, ella llama por ese nombre. ¿Será el nombre de su hijo?

Respiré hondo y con calma.

—Está bien. Ya podéis iros —les pedí en voz baja, pero sin dejar lugar a réplicas.

Las dos se levantaron y cada una besó la frente de Paola, deseándole una pronta recuperación. Me di cuenta de que Thor, el perro de Maya, también estaba abatido, compadeciéndose de lo que le había pasado a mi chica.

Esperé a que salieran de la habitación y, a continuación, me acurruqué contra el cuerpo cálido de la única mujer que me tenía por completo.

Como si sintiera que era yo, incluso en su subconsciente, se acurrucó contra mi pecho.

Le besé la cabeza una y otra vez, deseando hacerle sentir mi amor y mi devoción.

—Luigi... —lloriqueó de repente, temblando en mis brazos que la abrazaban—. Luigi... mi hijo, mi bebé.

Se me encogió el corazón, al igual que mis ojos al intentar contener las lágrimas que se deslizaban sin que pudiera controlarlas.

En sus delirios, llamaba a su hijo.

El hijo que le habían arrebatado de los brazos.

Allí, en ese momento, me prometí a mí mismo que no descansaría hasta llenar ese vacío de su corazón. Encontraría a su hijo, aunque fuera lo último que hiciera en mi vida.