Capítulo 27
Paola
«—¿D-dónde estoy? —pregunté, un poco aturdida.
Tenía los párpados pesados, así que no podía ver nada a mi alrededor.
—Te trajeron aquí, pero tenías una herida de bala —sonó una voz grave y desconocida—. Al principio pensé que te habían dado en la cabeza, porque había un agujero, pero la bala no perforó el cráneo. Tuviste suerte, chica.
Parpadeé, intentando abrir los ojos, pero no pude.
Mi mente parecía una pizarra en blanco.
—¿D-dónde... e-estoy? —volví a preguntar.
—En tu nuevo hogar —dijo.
En realidad, quería decir prisión. Mi nueva prisión.
***
— ¿Qué lugar es este? —preguntó Luca cuando llegamos a la dirección que nos había dado Giulia. Después de acabar con ella, la dejé en el baño, lloriqueando como una maldita cobarde.
Íbamos en cinco coches.
—Parece un viñedo —dedujo Fillipo, amartillando su pistola tras abrir el maletero de su coche y rebuscar en la caja de armas.
—Es enorme —comentó Mariano, gesticulando—. Pero lo mejor sería seguir a pie a partir de aquí. Puedo ver la mansión principal.
— ¡Estoy de acuerdo! —exclamé, sintiendo cómo la adrenalina se apoderaba de mí.
Cogí mi móvil y envié un mensaje rápido a Antonio con la ubicación.
Él, Pasquale y Simona estaban en la ciudad, esperando solo mi orden.
No tenía intención de ponerlos en peligro innecesario —porque los hermanos y yo nos encargaríamos del trabajo—, así que acordamos que aparecerían solo después de que todos estuvieran muertos o se hubieran rendido.
La función de los tres sería robar documentos, datos importantes, joyas, todo. Cualquier información de valor.
—¿Estás segura de que es este el lugar, Paola? —preguntó Fillipo, llamando mi atención.
—Sí —respondí, guardando el móvil—. Créeme cuando te digo que fui muy persuasiva con la chica. —Sonreí con malicia—. Entregaría a su padre si se lo pidiera. —Se rieron.
—¡Bien! Es hora de dispersarnos —aviso Mariano. —Nos comunicaremos por los intercomunicadores —recordó, señalándose la oreja.
Durante los siguientes minutos, nos concentramos en avanzar por el viñedo. Era de noche, así que la visibilidad era muy mala.
Mariano y yo íbamos juntos.
De repente, divisé una de las fábricas.
— ¿Luca? —lo llamé por el comunicador—. —Envía a algunos de tus hombres a inspeccionar la fábrica, al norte de nuestra posición.
—De acuerdo —respondió.
—Hay dos guardias de seguridad haciendo la ronda en la entrada lateral de la mansión —dijo Mariano, agachándose. Eché un vistazo y asentí. —Cúbreme —pidió.
Me preparé, tirándome al suelo. En el instante en que Mariano se hizo ver por los guardias de seguridad, disparando a uno de los hombres, hice lo mismo, pillando al otro desprevenido.
Miramos a nuestro alrededor para asegurarnos de que no había nadie más allí.
Encontré dos cámaras en la entrada de la gran puerta. Disparé a ambos.
—Entramos—, avisó Mariano a los demás.
La casa era enorme y, a pesar de su aspecto antiguo, tenía mucha elegancia, comodidad y modernidad.
Se escucharon varios disparos, y Mariano y yo tuvimos que escondernos detrás de una columna.
—¡Hijo de puta! —rugí, disparando a la cabeza de un matón.
Mariano desarmó a otro de una patada, antes de reventarle los sesos. Usé mi látigo para atar el brazo de uno que se me echó encima; su arma cayó y tuve tiempo suficiente para dispararle de lleno en la frente.
Podía oír el estruendo del caos a medida que avanzábamos por el interior de la mansión; sin duda, Fillipo y Luca ya estaban dentro.
Un disparo casi me da en la cabeza. Miré hacia arriba y me topé con Giacomo.
—¿Mariano? —grité, haciendo que me echara un vistazo rápido. —Arriba. —Señalé—. Giacomo está arriba. Voy a por él.
—Más te vale tener cuidado, o te seguiré al mundo de los muertos, nena —declaró, apuntando a otros dos hijos de puta, que cayeron muertos ante mí.
Salí de detrás de la columna, lo miré y sonreí.
—Te garantizo que hoy mismo estaremos los dos desnudos, follando como los locos que somos. —Le guiñé un ojo.
Corrí por el pasillo y, a continuación, subí los escalones de la escalera.
Me tiré detrás de una estatua gigante cuando las balas volaron en mi dirección.
Disparé a ciegas, logrando dar a algunos idiotas.
El aire ya se estaba llenando del nauseabundo olor a sangre, y el ruido a mi alrededor ya me estaba dejando sorda.
Me sequé la cara con el brazo y me giré a tiempo para ver a Mariano degollando a alguien. Salí de mi escondite, rodando por el suelo y volviendo a disparar.
Entrecerrando los ojos más allá de mí, vi el instante en que Giacomo disparó a uno de los nuestros, matándolo de un tiro en la frente.
—¡GIACOMO! —grité, haciendo que me mirara. Mi odio hacia ese hombre me cegaba tanto que nada ni nadie podía detenerme.
Él corrió y yo fui tras él. Dos hombres me bloquearon el paso, pero fueron derribados tan rápido que ni siquiera tuvieron tiempo de parpadear.
Llegué a un piso repleto de puertas, donde fui abriéndolas una a una. De repente, encontré una especie de sótano.
Con el arma en la mano, empecé a bajar los escalones, pero una bala me atravesó la pierna con tanta fuerza que acabé cayendo y rodando por las escaleras.
—Vaya, vaya, creo que te he hecho daño —sonó una voz femenina—. Espero que me perdones, cariño.
Intenté alcanzar mi arma, pero la muy muya me pisó la mano. Al levantar la vista, parpadeé completamente atónita.
La mujer que tenía delante era la madre de Giacomo y Massimo, mi exsuegra, a quien creía muerta en la masacre.
—Apuesto a que te sorprende verme —susurró, con su arma apuntándome a la cara.
—Tú... —susurré, aún sintiendo los efectos de la sorpresa por estar frente a ella—. ¿Cómo...?
—No lo entenderías —respondió, nerviosa, mirando a todos lados. Pude notar que los años le habían sentado bien, ya que su aspecto seguía siendo hermoso, a pesar de la edad. Antonella Ferrari siempre había sido vista como un trofeo por su marido. —En el juego del poder, todo vale.
No tardé en deducir que la masacre había sido un plan suyo.
—¿Incluso asesinar a tu propia familia? —concluí, indignada—. ¡Me has destruido! Me has robado años de mi vida junto a mi hijo —grité—. ¿Dónde está? —Antes de que ella tuviera tiempo de darse cuenta, cogí mi látigo y le di un latigazo en el puño, haciendo que su arma cayera al suelo.
A pesar del dolor, logré rodar por el suelo; recogí las dos armas, la suya y la mía.
No había lágrimas en mis ojos, solo odio.
—¿Dónde está Luigi? —volví a preguntar, apuntando en su dirección. La maldita se quedó en silencio, así que disparé junto a su cabeza, haciéndola jadea de susto. —Te aseguro que la próxima vez no fallaré —le advertí.
—Si me matas ahora, nunca sabrás qué le pasó.
Apreté los dientes, riendo con amargura.
—Sé que estoy a punto de encontrarlo —expuse—.
La última pista me hizo descubrir que, posiblemente, esté con Louis —dije para ver su reacción.
—Ahora puedo llevártela conmigo a para que te torturen poco a poco y dolorosamente.
—Chasqueé los labios, fingiendo pensar—.
O puedo darte un tiro de gracia si me dices exactamente dónde está mi hijo.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula.
— Ríndete, Antonella —insistí—. La casa está rodeada y, probablemente, ya hayan capturado a Giacomo.
—Aquí va mi contrapropuesta —murmuró, mirándome con seriedad—. Me dejas ir y nos vemos dentro de unos días.
Me reí, incrédula ante su descaro.
— ¿Dejarte ir? ¿Te has vuelto loca? ¡No vas a escapar!
— Si me llevas contigo, te juro que no revelaré nada —declaró entre dientes—. Ni bajo la tortura más dolorosa. —Me mordí el labio superior—. Déjame ir y te garantizo que me pondré en contacto contigo.
—¿Para qué vas a ponerte en contacto, al fin y al cabo? —decidí darle cuerda para ver hasta dónde llegaría con toda esa locura.
—Para que me entreguen el cuerpo de mi hijo, porque no creo que vaya a sobrevivir a toda esta mierda —respondió con un rugido—. Sé exactamente dónde está Luigi, porque, al contrario de lo que piensas, nunca mandaría matar a mi propio nieto —aseguró.
— ¿Cómo esperas que te crea después de todo lo que has hecho?
—No espero que me creas, sino que me entiendas —replicó—. Giacomo siempre ha sido el hijo que más orgullo me ha dado, y quiero poder verlo por última vez —pude sentir que su voz se quebraba—. Tú quieres a tu hijo, y yo quiero al mío. Es sencillo.
—¡Pues demuéstralo! —exclamé—. Demuestra que sabes dónde está mi hijo.
Bajo mi atenta mirada, cogió su móvil y giró la pantalla hacia mí. Yo tenía las dos armas apuntándole.
Mis ojos se nublaron cuando apareció un vídeo en la pantalla del dispositivo, en el que se veía a un niño sonriendo.
—Está con Louis —confirmó mis sospechas, provocándome náuseas—.
Hace diez años, Louis necesitó mi ayuda después de haber sido capturado por la mafia Fratelli.
Lo encontré casi muerto, tirado en un vertedero.
Unas horas más y se habría convertido en gelatina tras pasar por la trituradora.
—Se rió como si estuviera contando un chiste.
—En aquella época, ya me había ganado el respeto en los bajos fondos, pues llevaba bastante tiempo actuando a espaldas de mi marido; cerrando y abriendo socios y alianzas, una de ellas con los Shadows.
Así que cuando Louis me llamó para que le ayudara, fui.
Eso hizo que me quedara en deuda conmigo.
Y ese mismo e favor, se lo cobré haciéndole cuidar de mi nieto —narró—.
No tendría tiempo para cuidar de un recién nacido, y no confiaba en nadie para velar por su seguridad.
Louis había sido dado por muerto, al igual que su organización.
Sería perfecto. Así que simplemente uní lo útil con lo agradable. —Sonrió.
La furia se evaporó de mis poros, invadiendo mis células de pura adrenalina.
Le disparé en la mano, haciendo que su teléfono cayera al suelo.
— ¡¿LE ENTREGASTE A MI HIJO A ESE MONSTRUO?!
Me levanté, pero esa maldita apretó un botón que hizo que se abriera una puerta invisible en la pared del fondo, revelando un compartimento secreto.
—Volveremos a vernos, querida —aseguró, antes de que la pared volviera a ocultarla de mí y de mi odio. Disparé varias veces contra la pared, pero era a prueba de balas.
Como ella se había llevado el pequeño dispositivo, no pude abrirla desde fuera como ella acababa de hacer.
Al sentir que mi pierna herida fallaba, me dejé caer. Entre lágrimas, cogí el móvil y miré el vídeo de mi hijo.
Mi cuerpo tembló.
Era dolor.
Era nostalgia.
Era indignación.
Era amor.
Era rabia.
Esa avalancha de sentimientos y emociones me dejó sin aliento por un segundo mientras veía la imagen de mi bebé.
Mi niño.
Puse el vídeo en pausa cuando miró a la pantalla, sonriendo. Admiré sus rasgos, idénticos a los míos. Precioso. Vivo.
Mi hijo estaba vivo.
De repente, alguien apareció en el sótano.
— ¿Paola? — Era la voz de Fillipo.
—Aquí abajo —grité.
Con los ojos muy abiertos, apareció en mi campo de visión.
—¿Qué ha pasado? —Se acercó apresuradamente al ver que estaba herida.
—Me han dado un tiro en la pierna, pero no es nada.
—¿Cómo que no es nada, Paola? —rugió, arrancando un trozo de su propia camisa para poder presionar mi herida—. ¿Te has vuelto loca?
Mis ojos solo estaban fijos en la pantalla del móvil, demasiado enamorada de la imagen de mi hijo.
Oí a Fillipo hablando con alguien por el comunicador, pero ni siquiera le presté atención.
Mirando a Luigi, pude sentir que estaba cada vez más cerca de encontrarlo.
Mi hijo. Mi bebé. Mi niño.