Ángel Salvaje (Ángeles Fratelli nº 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Mariano

Un rato antes

—Bueno, parece que mi amigo Giacomo está un poco emocionado de verme. Siendo así, me presentaré yo mismo, queridos —dije, con cinismo, mientras extendía la mano al grupo que acompañaba al ex cuñado de Paola—. Soy Mariano Ricci.

—He oído hablar de ti y de tus hermanos —comentó uno de ellos, interesado.

—¿De dónde os conocéis, Giacomo? —preguntó otro.

El hombre a mi lado parecía a punto de desmayarse, mientras intentaba disimular la incomodidad de verme allí, tan cerca.

—Tenemos una relación de hace tiempo —respondí por él, ya que no le salía ni una palabra—. En realidad, no exactamente conmigo, sino con una persona a la que quiero.

—Señores... —por fin reaccionó, acercándose a mí y poniendo la mano sobre mi hombro, mientras miraba al grupo de hombres—, por favor, si nos dan permiso... Prometo continuar nuestra conversación en otro momento.

Al decir eso, giró el cuerpo, obligándome a hacer lo mismo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó en un susurro. De repente, miró a nuestro alrededor—. ¿Dónde está esa zorra? Porque supongo que la muy cabrona también ha venido contigo.

Apreté la mandíbula, a punto de llevar la mano a mi arma, escondida en la cintura de los pantalones.

—¿Qué vas a hacer? ¿Dispararme delante de toda esta gente? —siseó él, dándose cuenta de mis intenciones—. Pensaba que la fama de explosivo era de tu hermano gemelo.

Entrecerré los ojos, sonriendo.

—Veo que has hecho los deberes. —Bajé la mano, tratando de controlar mis impulsos oscuros—.

Si has investigado sobre mi familia, entonces debes saber lo importante que es Paola para nosotros —gruñí, acercándome a él—.

Y que ni ella ni nuestra familia descansaremos hasta acabar contigo y con tu imperio. A menos que...

— A menos que qué? —me interrumpió, igual de furioso que yo—. ¿Quién te crees que eres para venir aquí, a mi territorio, a amenazarme?

Pude oír cómo me rechinaban los dientes.

—Soy tu peor pesadilla —le aseguré, mirándole fijamente a sus fríos ojos—.

Seré tu ruina, Giacomo. Mi placer será verte l consumirte en vida; te destruiré poco a poco, empezando por tu credibilidad en el mundo del crimen.

¿Qué crees que pensarán tus nuevos socios de negocios cuando vean las grabaciones de lo que hiciste en el yate del Puerto Arenella?

Los mataste a todos, querido. Y tengo pruebas de ello.

—Sonreí, disfrutando de ver cómo su confianza se desvanecía ante mis ojos.

—No sé dónde está el chico —dijo de repente.

— Será mejor que colabores, o...

—¿O qué? —preguntó uno de los guardias de seguridad del evento. Miré al grandullón, que me miraba con una expresión que decía que quería que me largara. —Me han informado de que este hombre le está molestando, señor Giacomo. ¿Es así?

Apreté los dientes, sintiendo el deseo de acabar con toda esa mierda de una vez por todas. Tenía a algunos de mis hombres repartidos entre los invitados y a buena parte de ellos fuera, esperando solo para darme el apoyo necesario. Pero no podía echarlo todo a perder.

—Aquí no hay ninguna molestia —afirmé—. Giacomo y yo somos viejos conocidos. —Intenté acercarme a él, pero el guardaespaldas me lo impidió:

—Señor, aléjese —gruñó—. Por favor, tendré que pedirle que se retire.

Levanté las manos, rendido, asintiendo con la cabeza. Mis ojos estaban fijos en los de Giacomo, mientras daba unos pasos hacia atrás. Su sonrisa victoriosa me decía que pensaba que había ganado, pero no tenía ni idea de que, instantes antes, le había colocado un rastreador en la chaqueta.

***

—¿Estás más tranquila? —pregunté, en cuanto Paola se subió al coche—. ¿O todavía quieres matarme? —Su mirada se cruzó con la mía, haciéndome ver su evidente furia—. Vale, lo entiendo.

Metí la primera y nos alejamos de allí.

— ¿Cómo sabes que se está moviendo? —preguntó, refiriéndose a Giacomo.

—Aquí —señalé la pantalla del sistema de navegación[16] del coche, donde había un puntito blanco parpadeando—. Lo configuré para que pudiéramos captar la señal del rastreador más fácilmente —expliqué—. ¿Y cómo fue tu conversación con la novia?

Oí su resoplido.

—Esa chica es una idiota —refunfuñó, lo que me hizo mirarla. Noté algunas manchas de sangre en su vestido, aunque la tela era roja.

— ¿Qué le has hecho?

Volvió la cabeza hacia mí y pude ver el sarcasmo reflejado en sus ojos.

—¿Por qué crees que he hecho algo? Soy perfectamente capaz de mantener una conversación con alguien sin tener que recurrir a la agresividad.

No pude resistir las ganas de reír.

—Vale, Paola —me burlé—. Te enfadaste conmigo solo por referirme a ti como mi acompañante, así que, ¿por qué crees que voy a creer que no hiciste nada con esa chica?

—No soy tu acompañante —siseó, entrecerrando los ojos.

Sonreí, pero mantuve la mirada fija en la carretera y en la señal del rastreador.

—No, eres mucho más —dije con gran emoción—.

Eres mi aire; la razón que me motiva a seguir despertándome cada día —hice una pausa para darle tiempo a asimilar mi declaración—.

No lo dije para ofenderte, pero realmente no sabía cómo debía referirme a ti, teniendo en cuenta que las cosas están pasando muy rápido. Eso es todo.

No la miré, pero podía sentir la fuerza de su mirada en cada fibra de mi ser.

—Estás perdonado —dijo simplemente, provocándome otra carcajada.

De repente, empezamos a adentrarnos en una zona más alejada de la ciudad.

—¿Qué coche es ese? —pregunté al ver un vehículo parado delante de nosotros, en la carretera.

Frené.

—Vamos a echar un vistazo —murmuró—. La señal del rastreador se acaba aquí, lo que significa que Giacomo está cerca.

Bajé del coche y la seguí.

Con la pistola en la mano, le cubrí las espaldas mientras Paola inspeccionaba uno de los laterales del vehículo desconocido.

—Está abandonado —aviso.

Eché un vistazo al interior del coche y vi la chaqueta del desgraciado.

— Se dio cuenta del rastreador. — Sacudí la ropa, registrándola. — Lo había metido en el bolsillo. — Cogí el microdispositivo para dar énfasis a lo que estaba diciendo. — ¡Joder! — Di una patada a la carrocería del coche, frustrado. — Se ha escapado otra vez.

—No por mucho tiempo —oí decir a Paola. La miré sin entender. —La idiota de su novia me ha dado su dirección, además de algunas cosas que ha oído aquí y allá.

Fruncí el ceño.

—Al fin y al cabo, ¿qué le hiciste a esa chica?

Divisé su sonrisa perversa, que acabó excitándome. Me fascinaba cuando sacaba a relucir su lado malvado.

—Lo suficiente para hacerla decir lo que necesitaba oír —respondió, encogiéndose de hombros, sin mostrar ningún remordimiento ni culpa. Di la vuelta al vehículo para poder ponerme cara a cara con ella, que estaba marcando el número de alguien en el móvil.

—¿A quién llamas? —le pregunté con tono amenazante.

—A Fillipo —respondió. Él y Luca vinieron a Sicilia con nosotros, junto con un buen equipo de soldados, a la espera de nuestras órdenes por si necesitábamos refuerzos. —¡Lo conseguimos! —exclamó cuando mi hermano contestó—. Prepara a los hombres, porque tenemos un lugar que asaltar.

Colgó y, acto seguido, clavó los ojos en los míos.

— ¿Estás listo para causar un poco de estragos? —preguntó, mordiéndose los labios mientras se acercaba a mí.

Le rodeé la cintura, sonriendo ante su entusiasmo.

—Contigo siempre estoy listo, nena —murmuré, deslizando las manos hasta su trasero y apretando mis caderas para que sintiera mi erección—. Vamos a dejar nuestra huella. Bonny y Clyde se han quedado en meras sombras comparados con nosotros dos, Paola y Mariano.

Su risa me calentó el corazón, mientras acercaba mi boca a la suya, reclamando sus deliciosos labios.

Juntos éramos salvajes.

Éramos perfectos el uno para el otro.