Capítulo 25
Paola
Me sentía nerviosa y totalmente fuera de mi zona de confort. Odiaba la sensación de los celos, sobre todo cuando surgían de una situación que me intimidaba.
Mis sentimientos por Mariano me volvían loca y, constantemente, me dejaban en una cuerda floja de emociones nuevas. Me costó mucho abrirme con los hermanos, exponiendo todo mi pasado y nuestra relación. Entonces, ¿por qué demonios ese idiota me presentó como una simple acompañante?
No era una puta acompañante. Era mucho más.
¡Cazzo!
Todas mis células hervían de rabia y frustración mientras daba pasos para alejarme de él y de toda su belleza salvaje que me embriagaba.
Fijé la mirada a mi alrededor, tratando de recuperar una respiración tranquila y controlada. Necesitaba centrar mi concentración en el plan que nos había traído hasta allí.
Sentía que mis nervios estaban a punto de romperse por mis intensas ganas de golpear a alguien para descargar mi furia.
Nerviosa, cogí una copa de champán y empecé a beber con la intención de aliviar esa sed de agresividad.
El lugar estaba repleto de gente rica, poderosa y superflua. La mayoría de las mujeres allí presentes eran utilizadas como adornos para esa pandilla de machos capullos que solo vivían para exhibir el oro más brillante.
De repente, recordé la época en la que yo era el adorno, exhibida como un mero objeto de alguien que nunca me mereció. En varias ocasiones, deseé traer a Massimo de vuelta a la vida solo para poder matarlo con mis propias manos.
Bebiendo a sorbos mi champán, me concentré en encontrar a la prometida de Giacomo.
—Buenas noches, querida —me saludó una voz grave. Miré a mi lado y me topé con un hombre de unos cuarenta años aproximadamente—. ¿Qué hace una chica tan guapa como tú sola?
Contuve el impulso de poner los ojos en blanco, porque habría sonado grosero por mi parte. No es que me importara, pero el plan no era llamar la atención mientras estuviéramos allí.
—Veo que ya no estoy sola. —Le sonreí de forma sugerente, extendiendo mi mano hacia él, la cual besó sin dejar de mirarme con ojos lujuriosos.
Me hice la interesada, porque necesitaba ganar tiempo hasta encontrar a los objetivos correctos. La información que teníamos era que Giacomo estaría allí, junto con su prometida.
—Me llamo Leonardo —se presentó, hinchando el pecho en un intento por impresionarme—. De Industrias Marino.
Ya había oído hablar de sus empresas; el hombre trabajaba exclusivamente con yates y lanchas de lujo y refinamiento.
—Encantada, Leo —susurré con tono pícaro—. Puedo llamarte así, ¿no? ¿Leo?
Llevaba el pelo suelto, pero como era corto, dejaba al descubierto mi cuello. El vestido era rojo y ajustado, realzando mis curvas. No se me pasó por alto la forma en que la mayoría de los hombres de aquella fiesta me miraban.
—Claro que sí, cariño.—Me acarició el brazo con picardía—. Puedes llamarme como quieras.— Sonrió, mostrando los dientes y dejándome ver el brillo del oro. Patético.—¿No me vas a decir tu nombre?
—El misterio es más emocionante, ¿no crees? —repliqué, lamiendo el borde de la copa—. Pero que sepas que estoy involucrada con la mayoría de los poderosos de esta fiesta.
Arqueó las cejas.
—Entonces, ¿eres una acompañante? —supuso.
Casi gruñí al oír esa palabra, ya que me recordó a Mariano.
—Puede ser —esquivé la pregunta, manteniendo aún el tono meloso—. De hecho, me invitó Nicolo Rizzo, ¿lo conoce? —mencioné el nombre del padre de la novia de Giacomo.
Vi el asombro en los ojos del hombre.
—¿Nicolo?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué te sorprende? —pregunté—. Todavía no lo he encontrado, y admito que ya estoy bastante enfadada. —Hice un puchero.
—No lo vi en la fiesta —aseguró—. Solo a su hija con el novio. De hecho, hablé con ella hace unos minutos sobre Nicolo. Parece que se ha puesto enfermo y no vendrá.
— ¡Vaya, qué fastidio! —fingí tristeza—. Acabo de darme cuenta de que me han dejado plantada.
El hombre se insinuó, acercándose un poco más, invadiendo mi espacio personal.
—Estoy más que dispuesto a hacerte compañía, querida. —Deslizó sus ojos lascivos por mi cuerpo, lo que me dio ganas de arrancárselos con las uñas.
—Vaya, qué suerte tengo —me burlé, pero él ni siquiera percibió el tono sarcástico. —Voy a retocarme el maquillaje y luego vuelvo contigo, Leo. —Le guiñé un ojo, alejándome un poco—. Por cierto, ¿podrías decirme dónde estaba la hija de Nicolo cuando hablaste con ella hace unos minutos?
—En esa dirección. —Señaló, haciendo que siguiera su mirada.
—Gracias, Leo. —Sonreí, antes de salir contoneando el trasero delante de él.
Saqué mi móvil del bolso pequeño y, rápidamente, le envié un mensaje a Mariano diciéndole que Nicolo no estaba en la fiesta; solo su hija y Giacomo.
Entrecerré los ojos cuando vi a la chica, a unos metros de distancia. Guardé el móvil y me acerqué.
—¿Eres Giulia? —pregunté, entrometiéndome en la conversación que mantenía con otras dos amigas. Observé que era una mujer hermosa, con un cuerpo muy voluptuoso y una melena que le llegaba hasta el trasero.
Ella me miró con altivez.
—¿Por qué? ¿Quién eres?
—Alguien que quer hablar contigo sobre tu prometido —fui directo al grano—. No es quien tú crees.
La idiota se rió a carcajadas, lo que hizo que yo arquease las cejas.
— ¿En serio, cariño? Mira, ni te molestes, por favor —murmuró, sin darle la menor importancia—. Giacomo y yo nos queremos, y me importa un comino su pasado. Lo que me interesa es el hoy. El aquí y el ahora.
—Pero si me dejas explicarte...
—¡Si no te alejas de mí, te juro que llamaré a los de seguridad! —me cortó, de forma extremadamente grosera.
Apreté la mandíbula, sintiendo cómo me rechinaban los dientes y se me tensaban las muñecas. Me tragué todos los insultos y solo asentí con la cabeza.
Me quedé mirándola alejarse con sus amigas, que no abrieron la boca en ningún momento. Parecían más bien dos seguidoras. ¡Idiotas!
Me obligué a mantener la calma y la paciencia, limitándome a analizar la situación y esperando el momento adecuado para actuar.
Poco más de media hora después, me di cuenta del momento en que la novia guarra se dirigió al baño. La seguí.
En cuanto entré, la encontré en el lavabo, retocándose el maquillaje. Sus ojos se encontraron con los míos y vi cómo los ponía en blanco.
—¿Me sigues, querida? ¿Debería preocuparme?
Me aseguré de mirar dentro del baño para saber si realmente estábamos solas o no. A continuación, cerré la puerta con llave.
—¿Quieres saber si tienes que preocuparte? —Me detuve a su lado, pero con el trasero apoyado en la encimera—. Depende. ¿Te portarás bien y hablarás conmigo?
Volvió a soltar esa risa irritante.
— Estás loca.
Le agarré la cabeza por detrás y la empujé contra el espejo, aplastándole su bonito rostro. La sangre le brotó al instante por la nariz.
—Aún no me has visto en mi versión loca, cariño. —Enredé los dedos en su cabello negro, presionando su rostro contra el cristal un poco más. Obviamente, ella se debatía, intentando defenderse y alejarse, pero no era rival para mí. —¿Y bien? ¿Estás dispuesta a hablar?
— ¡AYUDA...
Volví a aplastarle la cara contra el espejo, esta vez con más fuerza. A continuación, le agarré el pelo y le tiré de la cabeza hacia atrás. Empujé su cuerpo, liberándola de mi agarre, mientras la acorralaba contra la pared opuesta a la puerta.
Tenía la cara ensangrentada.
—¿Q-qué quieres? —preguntó con voz entrecortada. El miedo brillaba en sus ojos llorosos. —¿Quién eres, al fin y al cabo?
Hice un gesto con ambas manos, fingiendo estar contento.
—Mira, por fin nos estamos entendiendo —murmuré, chasqueando los dedos y sonriendo—. Quiero que me digas cuáles son los planes de Giacomo Ferrari al casarse contigo. ¿Qué están tramando tu padre y él?
—Yo... yo no lo sé, yo...
Le di una fuerte bofetada en la cara, haciéndola llorar aún más, mientras le presionaba la mejilla.
— ¡Respuesta incorrecta!
— Te juro que no sé nada —insistió, avivando mi ira.
—Ahí fuera te hacías la valiente asegurando que no te importaba su pasado, así que deja de ser una puto mentirosa y dime la puta verdad —rugí, sin una pizca de piedad—. O te juro que te meto la cabeza en el retrete.
La idiota solo sabía llorar y lamentarse como la cobarde que era.
Sin paciencia, me acerqué, inclinando mi cuerpo sobre el suyo. La agarré del pelo de nuevo y, con la otra mano, amenacé con darle un puñetazo en su bonita cara.
—Su pasado, que tú quieres ignorar, es uno en el que él jodió mi vida. Uno en el que me robó a mi único hijo mientras me vendían como esclava sexual —le conté, haciendo que abriera los ojos como platos.
Agarrándola de nuevo por el pelo, la arrastré, gritando, hacia el interior de uno de los cubículos.
—¿Quieres escuchar una historieta, Giulia?
—Le di un puñetazo en la nariz cuando intentó forcejear conmigo, retorciéndose como una gallina—.
Érase una vez una chica snob que se creía especial.
En su círculo social solo había personas de su mismo nivel, obviamente, porque la guapa no podía mezclarse con gente sencilla.
Como hija única, su padre se esforzó por garantizarle un buen futuro, así que negoció su matrimonio con un gran empresario.
—Por favor... déjame ir —lloriqueó.
—Resulta que el empresario en cuestión es un hombre malvado —dije, sin dejar de contar la historia y sin hacer caso alguno de sus quejas—, y puso en peligro a su preciosa prometida.
En peligro de muerte. —Sus ojos se abrieron como platos al darse cuenta de que la historia iba sobre ella.
—¿Sabes por qué? —Negó con la cabeza, esforzándose por contener el llanto—.
Porque los enemigos de su pasado lo han encontrado y quieren venganza —le coloqué la cabeza en el inodoro, empujándola hacia abajo—, y nada mejor que empezar a vengarse a través de los eslabones débiles, ¿no crees? —Solté una risita maquiavélica.
—¡No! —gritó—. ¡Vale! Yo... te diré lo que quieras saber. Solo... deja de hacer esto, por favor.
Solté su cuerpo débil, dándole unos instantes para que se recuperara.
***
Estaba saliendo del baño cuando recibí una llamada de Mariano.
—Giacomo se ha escapado —me avisó.
— ¿Has conseguido ponerle el rastreador?
—Sí —respondió—. Y a menos que quieras dejarme toda la diversión a mí, te sugiero que vengas a verme al aparcamiento, nena.
Sonreí. Nunca lo confesaría, pero me encantaba la forma cariñosa en que se refería a mí.
—Voy para allá.
Cuando estaba a punto de salir, alguien me tiró del brazo.
— ¿A dónde vas con tanta prisa, cariño? ¿Te has olvidado de mí, tu Leo?
Arqueé una ceja.
—Oh, claro que no, cariño. —Me acerqué a él y deslicé la mano por su pecho hasta llegar al hueco entre los huesos de las clavículas, en la base del cuello.
Con el índice y el medio juntos, le golpeé la garganta.
Como si fuera un puñetazo, impulsé la cadera y asesté el golpe hacia delante, en dirección al cuello.
Eso hizo que su faringe cediera, interrumpiendo la respiración.
En ese mismo instante, se desmayó a mis pies.
—¡Socorro! —exclamé, fingiendo—. Necesito ayuda, por favor.
Rápidamente se acercó alguien.
— ¿Qué ha pasado?
Me hice la ignorante y la asustada.
—N-no lo sé —mentí—. Estábamos hablando y, de repente, él... se cayó... desmayado. —Hice una voz de llanto—. Por favor, ¡dime que vas a poder ayudarlo!
Al poco rato, se agolparon más personas, lo que fue mi señal para escapar de allí.
Tenía cosas más importantes que hacer y de las que preocuparme.