Capítulo 24
Mariano
— Ahora contadme lo que pasó realmente —exigió Rossi.
Había pasado poco más de una hora desde que llegamos a Palermo.
En ese momento estábamos reunidos con los demás en la fortaleza del capo.
—Charles Pierce no dijo ni garantizó nada —conté, dejándome caer en uno de los sofás del despacho—, pero dio a entender que se reunirá con nosotros para hablar si lo sacamos de allí.
— Él puede llevarnos hasta Louis —argumentó Fillipo.
—Esa es la idea —declaré, soltando un suspiro—. Charles será nuestro enlace con ese desgraciado.
—Aún no hay forma de estar seguros —declaró Rossi, pesimista—. Tú mismo acabas de decir que el tipo no dio garantías de nada, así que no podemos confiar en él.
—Por ahora, es lo que tenemos —declaré, frotándome la cara con las manos.
Paola estaba callada, en un rincón—. Sin embargo, también hemos conseguido la imagen del hombre que nos vigilaba —añadí, mientras abría el portátil que había dejado en el suelo.
A continuación, me levanté y le llevé el dispositivo a Rossi.
—Este hombre dejó claro que tiene una fuerte conexión con Louis.
Rossi me miró con el ceño fruncido mientras yo volvía a sentarme.
—¿Por qué dices eso?
—Porque me dijo que Louis le mandaba saludos —respondió Paola, llamando la atención de todos.
—¡Maldito sea! —La exclamación fue unánime.
—Quizá sea un guardaespaldas —dedujo Manuele.
—Por lo que recuerdo, acabamos con él —siseó Luca, casi babeando—. El maldito quedó prácticamente inválido. Así que tiene sentido que necesite a alguien que lo guíe, que sea su mano derecha.
—Técnicamente, si encontramos a ese tipo, podremos encontrar a Louis —dijo Rossi, animado.
—Tenemos que ir paso a paso —adviertí—. Probablemente ya sepa de nuestra visita al Charles en la cárcel, así que tenemos que calcular muy bien los próximos pasos.
— ¿Cuánto tiempo hace falta para sacar a ese tipo de la cárcel? —quiso saber Rossi.
—Una semana, o menos.
—¡Genial! —exclamó—. Entonces tendremos una respuesta en unos días. Quiero que todos se preparen, teniendo en cuenta lo traicionero que puede llegar a ser ese maldito. Paola, vuelve a entrenar a los hombres. Los quiero a todos ágiles y alertas.
—La verdad, capo, yo... —empezó a decir, pero se detuvo, carraspeando nerviosamente—. Mariano y yo tenemos una misión en solitario en los próximos días.
Rossi frunció el ceño, sin entender. Me miró, pero yo no dije nada. No me correspondía a mí decirlo, sino a ella.
Al llegar al centro de la habitación, se encogió de hombros y enderezó el cuerpo con valentía.
—¿Qué misión es esa de la que no sé nada? —preguntó Rossi con los ojos entrecerrados.
—Una misión que tiene que ver con mi pasado —afirmó ella.
De repente, suspiró. Parecía una mezcla de angustia y desesperación.
—Antes que nada, necesito confesarles algo a ti , a todos ustedes —levantó la mirada, mirándonos a todos—.
Juro que no elegí sentir esto, pero sucedió y no hay forma de seguir ignorándolo o controlándolo, ya que es más fuerte que yo.
De hecho, que a nosotros. —Me miró, y yo le dediqué una sonrisa cariñosa y orgullosa.
Respiró hondo antes de declarar: —Mariano y yo estamos juntos.
El silencio se apoderó del ambiente.
Crucé los brazos, recostándome en el sofá, mientras miraba a mi chica, inmóvil y asombrada por la reacción de mis hermanos.
De repente, como ella no decía nada más, Luca rompió el silencio:
—Vale... ¿esa era la confesión? —preguntó frunciendo el ceño, lo que hizo que Paola tartamudeara:
—Bueno... —carraspeó—, en cierta medida, sí.
Luca levantó los brazos al aire.
—No sé para vosotros, pero para mí eso no es ninguna novedad —concluyó él.
—A mí tampoco —afirmó Fillipo, encogiéndose de hombros.
—Yo también lo he sabido siempre —añadió Manuele, sonriendo con arrogancia.
Paola miró a Rossi, que sonreía disimuladamente mientras giraba el cuerpo en su sillón.
—¿Ya te ha pedido matrimonio? —se burló, haciéndome reír.
Me sorprendió ver cómo se sonrojaban las mejillas de Paola. Volvió a carraspear, pareciendo nerviosa e incómoda.
—Te dije que no había motivo para que tuvieras miedo —comenté, haciendo que sus ojos se fijaran en los míos—. Nuestra familia aprueba nuestro romance, nena —bromeé.
— ¡Ay, idiota! — Me miró con los ojos en blanco, provocando las carcajadas de mis hermanos.
Respiró hondo, frotándose una mano con la otra.
— Bueno, ahora pasemos a la segunda parte —continuó—.
No hay una forma delicada de decirlo, sobre todo porque no sé ser delicada...
—Luca soltó una risita, al igual que Manuele—. Tengo un hijo.
La sorpresa se apoderó de las caras de mis hermanos.
— ¿Un hijo?
—¿Cómo que un hijo?
—Paola, explícanoslo bien —pidió Rossi, inclinándose sobre la mesa.
Y en los minutos siguientes, ella contó exactamente la historia que me había contado días atrás.
También les contamos lo que había pasado en Porto Arenella, y lo que habíamos descubierto sobre el compromiso de Giacomo con la hija de un empresario importante.
Paola decidió dejar de lado la sospecha de que su hijo pudiera estar bajo la custodia de Louis, ya que aún no teníamos certeza de nada.
—Ese maldito no solo le robó a su hijo, sino también su herencia —siseó Rossi entre dientes—. Le destruyó la vida y tiene que pagar por ello —su mirada era la de un asesino en serie.
—Llevo luchando por la justicia desde el día en que me liberasteis —afirmó Paola, con emoción en la voz.
—Deberías habérnoslo contado antes —comentó Manuele, no en tono de reproche, sino de frustración—. Podríamos haberte ayudado.
—Somos una familia, Paola —le recordó Fillipo—. Y una familia que siempre se ayuda mutuamente.
— Deberías saber que tu lucha es también la nuestra —declaró Luca con firmeza.
—Yo... no quería cargaros con mis problemas —confesó ella.
Rossi se levantó y rodeó su mesa hasta quedar frente a mi chica.
—Eres una de nosotros —declaró—. Mereces nuestro respeto, nuestro cariño y nuestro cuidado. —Le puso la mano sobre el hombro—. A partir de ahora, nos ocuparemos de tus problemas contigo, como una familia.
No estaba seguro, pero me pareció vislumbrar lágrimas contenidas en sus ojos, y ella se limitó a asentir.
La conocía lo suficiente como para saber que las palabras de mis hermanos la habían dejado sin palabras.
Mi chica estaba tan acostumbrada a recibir lo peor, que allí, en ese momento, comprendí el motivo de todo su miedo a hacer pública nuestra relación...
temía perderme no solo a mí, sino también a mis hermanos.
***
Días después
—Estás tan guapa que casi me duele —le dije a Paola, nada más bajar del coche en el aparcamiento del lugar donde se celebraba el evento benéfico, en Sicilia.
Ella me miró fijamente, levantándose un poco el vestido y escondiendo otra daga en la liga.
—Sabes que ese tipo de cumplidos no funcionan conmigo —refunfuñó, impaciente.
Me eché a reír, acercándome y agarrándola por la cintura.
—Estás tan guapa que hasta me duele la polla —reformulé la frase, haciéndola sonreír mientras se mordía los labios.
—Ahora sí. —Amplió la sonrisa un poco más, obsequiándome con un beso ligero—. Vamos, polla dolorida. —Le dio un golpecito antes de empujarme y pasar a mi lado—. Tenemos trabajo que hacer.
Negué con la cabeza, divirtiéndome, pero tratando de concentrarme en el propósito que nos había llevado hasta allí, y no en el trasero voluptuoso y sexy de mi chica dentro de ese maldito vestido.
En cuanto llegamos a la entrada del edificio, nos recibió una chica guapísima.
—Soy uno de los hermanos Ricci. —Me presenté.
A continuación, abracé a Paola. —Y ella es mi acompañante.
—Paola me miró fijamente en ese mismo instante, pero no dijo nada.
—No tenemos invitación, pero te aseguro que soy tan rico y generoso como todos estos hombres aquí reunidos.
—Hice un gesto con la mano hacia los presentes, sonriéndole a ella.
—Por supuesto, señor Ricci, conozco a su familia —afirmó, dejando claro que seguía las noticias sobre mis hermanos y yo.
Éramos empresarios de éxito, teniendo en cuenta nuestros negocios de fachada y nuestras frecuentes y generosas donaciones a organizaciones benéficas. —Pueden pasar, por favor —indicó.
Ampliando mi sonrisa, le di las gracias, y ella se sonrojó un poco.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Paola después de que entrásemos.
La miré sin entender.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Una acompañante, Mariano? ¿En serio? ¿Eso fue lo mejor que pudiste hacer? —le recriminó, indignada—. ¡Caramba! Les hablé de nosotros dos a tus hermanos. ¡Lo mínimo que merezco es que me trates como a tu novia!
Abrí la boca para responder, pero acabé dudando, porque me había sorprendido su arrebato.
—Voy a dar una vuelta a ver si encuentro a la novia —murmuró, extremadamente enfadada conmigo.
Se dio media vuelta sin siquiera dejarme arreglar las cosas.
¡Joder!
Suspirando, maldije mentalmente. Tenía que aceptar que una relación con Paola siempre sería esta montaña rusa.
Acabé riéndome, porque ¿a quién quería engañar? Amaba a esa mujer con todos sus matices.
Cogí dos copas de champán cuando un camarero pasó a mi lado. A continuación, me acerqué a un grupo de hombres que charlaban animadamente.
—Buenas noches, miei amici[15] . —Giacomo abrió mucho los ojos al mirarme, al reconocerme. Con aire cínico, le ofrecí una de mis copas. —¿Quieres tomar algo? Desde lejos me di cuenta de que venías con las manos vacías, y un hombre nunca debe hacer negocios con la garganta seca.
—Estoy de acuerdo con él —comentó alguien del grupo.
Llevé mi copa a la boca, sin dejar de mirar al desgraciado que había acabado con la vida de mi chica.
—¿No me vas a presentar a tus amigos, Giacomo? —le intimidé, dejándolo sin salida.
Aquella noche iba a ser muy divertida.