Capítulo 17
Paola
«Cuando era niña, me encantaba despertarme con los rayos del sol dándome en la cara a través de los cristales de las ventanas; me encantaba el amanecer, porque significaba que había ganado nuevas oportunidades para divertirme.
Sin embargo, esos tiempos ya pasaron... Ni siquiera podía recordar la última vez que me sentí feliz al abrir los ojos por la mañana.
No había felicidad.
No había diversión.
Allí, mirando al hombre que me había dado su apellido, me preguntaba qué había hecho mal para merecerlo. Puede que no fuera la mujer más perfecta del mundo, pero aún así era consciente de que merecía mucho más.
Me merecía respeto.
Merecía amor.
—¿Qué estás haciendo, chica? —Me asustó su tono brusco—. No te quedes ahí parada y ven a servirnos.
Apreté los dientes al oír la risa burlona de la mujer.
Esa chica era nueva, porque era la primera vez que él la traía a nuestra casa. A mi marido le gustaba organizar sus fiestecitas privadas conmigo, aunque yo no quisiera participar.
Pero ese era el placer de la tortura...
Para él, acostarse con otras mujeres en nuestra cama, o donde yo pudiera verlo, era una de las formas más perfectas de castigarme.
Al principio, le preguntaba y lloraba, porque quería entender el motivo de tanto odio, ya que nuestra unión se había forjado precisamente para acabar con esa disputa familiar.
Pero mi marido parecía no tener ningún remordimiento.
Me di cuenta de que mi sufrimiento era su alimento.
Cuanto más lloraba y suplicaba, más me hacía daño.
Así que aprendí a disimular mis verdaderos sentimientos, incluso ante todas sus humillaciones gratuitas.
Dejé la bandeja en la mesita de noche y, a continuación, serví el vino en las dos copas.
Los dos estaban desnudos, acurrucados en nuestra cama. Mientras que yo, estaba como su sirvienta.
—¿Sabes, esposa...? —su boca se torció al referirse a mí de esa manera— ¿Por qué no nos cuentas una historia? —Se llevó la copa de vino a la boca, pero sin dejar de mirarme con esa mirada perversa.
Mis ojos se humedecieron al instante.
Hace unas semanas, Massimo había descubierto una nueva forma de hacerme daño, ya que sus constantes humillaciones ya no surtían el efecto deseado.
— Por favor, no me obligues a... — Me callé al ver el destello de ira en sus pupilas claras.
Conocía mis límites, al igual que conocía los suyos. Por desgracia, mi cuerpo sentía el peso de sus puños cuando no le obedecía.
—Cuéntale a nuestra invitada cómo mi abuelo mató al tuyo. —Sonrió con malicia.
¡Dios, cómo lo odiaba!
Odiaba la maldita vida que llevaba.
Odiaba saber que mis antiguos sueños nunca se harían realidad.
Odiaba despertarme cada día en esa realidad.
Y, sobre todo, odiaba a mis padres, que me obligaron a estar en esa situación».
***
Me distraje y Maya me dio un golpe en las costillas con el palo.
—No te distraigas —dijo ella, aunque le hacía gracia. Siempre se sentía orgullosa cuando me ganaba en alguna pelea.
Llegó el siguiente golpe, pero mis sentidos ya estaban en alerta, así que logré defenderme a tiempo. Mi bastón le dio en la pierna, lo que la desequilibró. Cuando Maya cayó, me puse encima de ella, presionándole la punta del bastón en el cuello.
—Creo que la que está distraída aquí eres tú, ¿no crees? —me burlé, riéndome de su expresión de enfado.
De repente, dirigimos la mirada hacia la puerta al oír el sonido de unos pasos.
—Hola, chicas. Creo que hay alguien aquí que echa de menos a mamá —murmuró Beatrice, con el pequeño Benjamín en brazos—. Acaba de despertarse. —Se lo entregó a Maya, que ya estaba de pie.
No podía apartar la vista de ese ser tan pequeño y frágil.
—¿Dónde está el travieso de mamá, eh? —dijo Maya con una voz graciosa, mientras hundía la cara en la barriguita del pequeño, que se reía a carcajadas.
—¡Qué risa tan bonita! —exclamó Beatrice, maravillada—. Parece que fue ayer cuando diste a luz. Pero ya han pasado tres meses.
—Sí, y solo me da alegría —confesó Maya.
—¡Mentirosa! —exclamé, solo para irritarla—. Odias cuando interrumpe nuestros entrenamientos. Y apuesto a que te pasa lo mismo cuando quieres descargar energías con Rossi y el bebé se queda ahí... llorando y llorando y queriendo mamar de esas tetas llenas de leche.
—¡Paola! —Beatrice parecía escandalizada, pero yo solo me encogí de hombros.
Maya solo negó con la cabeza, riéndose.
—Lo peor es que tiene razón —comentó, divertida.
De repente, nos interrumpió Rossi, que entró en la sala; sus ojos se dirigieron directamente hacia su mujer y su hijo. Era impresionante la devoción que se reflejaba en su mirada cada vez que estaba cerca de ellos.
—¿Sabes esa sensación de echar un buen polvo, uno bien placentero? —susurró ella, solo para que yo la oyera—. Nunca más la he vuelto a sentir —me confió e , haciendo un puchero—. Pues aprovecha por mí y ve a divertirte con Mariano. —Me guiñó un ojo, llena de picardía.
Me quedé tan sorprendida que no pude decir nada.
Justo entonces, Rossi se acercó a nosotros, exigiendo toda la atención para sí mismo.
La verdad era que desde aquella noche —hace una semana— en la que le ayudé a llegar a casa, Mariano y yo no habíamos vuelto a tener momentos de intimidad.
Admitía que le estaba evitando, pero en el fondo estaba tan concentrada en mi plan de ponerle las manos encima a Giacomo Ferrari, que mi italiano favorito acabó quedando en segundo plano.
—Estás rara. —Parpadeé al oír el comentario de Beatrice, a mi lado. Me di cuenta de que ya estábamos solas en la sala. —Quiero decir, tú eres rara, pero en los últimos días eso se ha hecho más evidente.
No pude evitar reírme a carcajadas.
—En todo este tiempo que llevo contigo, te puedo asegurar que eso ha sido lo más grosero que me has dicho nunca, cariño —comenté, haciendo que se sonrojara—. ¡Enhorabuena! Estás aprendiendo —bromeé, pellizcándole la nariz respingona.
A continuación, me dirigí al baño, ansiosa por darme un baño, pero con Beatrice murmurando varias disculpas a mis espaldas.
***
Eran casi las diez de la noche cuando llegué al búnker.
—¿Todo va según lo previsto? —le pregunté a Antonio, mientras aceptaba el equipo que me ofrecía Pasquale.
—Sí —respondió—. Nuestro infiltrado ya nos ha pasado las coordenadas y ha instalado las cámaras.
—Estarás con nosotros todo el tiempo a través de la escucha —recordó Pasquale. —Eso es muy importante —expresó su preocupación.
Me reí un poco.
—Cuidado, porque casi estoy pensando que te preocupas por mí, Pasquale —bromeé, haciéndole poner los ojos en blanco.
—Y lo está, payasa —argumentó Simona—. De hecho, todos lo estamos.
Negué con la cabeza, concentrándome en el mapa de Oporto, donde se estaba celebrando la tal reunión de Giacomo.
—No hay necesidad de eso, chicos —quise dejar claro—. Sé lo que estoy haciendo. Basta con que me avisen de los matones.
—¿Estás segura de que no vas a querer nuestra ayuda en la acción? —preguntó Antonio—. Nos has entrenado. Podemos ayudar.
—¡Pueden ayudarme desde aquí! —exclamé, nerviosa. No quería admitirlo, pero temía que les pasara algo por mi culpa. —Estaré más concentrada si sé que todos están en el búnker, a salvo y cubriéndome las espaldas.
Los tres suspiraron, pero no hicieron ningún comentario, lo cual agradecí en mi interior.
***
Acababa de llegar al puerto. Aparqué el coche a unos metros de distancia y bajé rodeando los contenedores, con el arma en la mano.
—Hay dos hombres justo a tu izquierda —me avisó Pasquale por el auricular.
Me preparé y los pillé por sorpresa. Mi pistola era silenciosa, así que no alarmé a nadie.
Arrastré los cadáveres a un lugar más escondido y continué la caza.
—Un poco más adelante hay otro —dijo Antonio—. Está distraído fumando.
Me subí a uno de los contenedores y, acto seguido, salté justo encima del distraído. Ambos rodamos por el suelo, pero le rodeé el cuello con las piernas y lo asfixié al instante.
De nuevo escondí el cuerpo de las miradas curiosas.
—Por desgracia, en este tramo no tenemos visibilidad, Paola —se quejó Pasquale—. A menos que des la vuelta para ir por el otro lado.
—No voy a dar la vuelta —le advertí, continuando mi camino—. Estoy demasiado cerca para eso.
—Pero Paola...
—Gracias, chicos —interrumpí a Simona—. Pero, a partir de aquí, seguiré sola.
Al decir eso, me quité los auriculares de los oídos.
Sabía que estaba siendo terca, pero me había llevado mucho tiempo llegar tan cerca de mi objetivo, y no iba a dejar que nada me detuviera.
Empecé a oír conversaciones y risas aleatorias, así que me detuve, pegada a un contenedor. Cuando eché un vistazo, conté al menos cuatro hombres.
Esperé el momento oportuno y me abalancé sobre ellos. Derribé a dos nada más empezar, pero no estaba preparada para un quinto hombre, y el muy cabrón me alcanzó con un disparo en el pecho.
—¡Joder! —rugí, agradecida de llevar un chaleco antibalas.
Rodé hacia atrás de un contenedor, escondiéndome, pero me asusté cuando unos brazos me rodearon y una mano me tapó la boca.
— Shii... soy yo —murmuró una voz que reconocería a kilómetros de distancia.
Lo miré en cuanto me soltó.
—Ni siquiera voy a preguntarte qué haces aquí para no enfadarme contigo, Mariano —rugí en un susurro—. Pero tú, sencillamente, no puedes aceptar el hecho de que tenga asuntos que no te incumben a ti ni a la familia, ¿verdad? ¡Sciocco![8]
Se levantó, empuñando su pistola.
— ¿Prefieres quedarte aquí insultándome, o quieres mi ayuda para llegar a tu maldito objetivo?
Casi le gruñí, pero me tragué todos los insultos.
Aunque estaba enfadada, tenía que reconocer que sí necesitaba ayuda. Mariano era uno de los mejores luchadores y tiradores que había conocido.
En los minutos siguientes, los dos avanzamos hacia el yate donde se estaba celebrando la reunión. Me sentía llena de adrenalina, sobre todo al sentir que estaba más cerca de ponerle las manos encima a ese desgraciado.
—Ahora es el momento de que me cuentes qué está pasando —comentó Mariano, mientras estábamos agachados cerca de la entrada de la embarcación—. Cuéntame cuál es tu conexión con Giacomo Ferrari. —Me miró fijamente—. Porque sé que estás aquí por él.
Tragué saliva y fruncí el ceño.
—Vamos a separarnos —le advertí, ignorando su pregunta y pasando a su lado.
— Paola...
Me llamó, pero no le hice caso.
Entré en el lujoso yate y apunté a un hombre, que enseguida levantó las manos.
— Tranquila, soy el infiltrado —aviso rápidamente, guiñándome un ojo. En ese mismo instante, apareció otro hombre, pero el infiltrado le disparó de lleno en la frente.
— ¡Genial! —exclamé, dándole mi voto de confianza—. ¿Dónde está Giacomo?
—Está en la bodega —dijo, señalando—. El cobarde disparó a todos sus invitados cuando empezó a oír los disparos. Creyó que lo habían atraído a una trampa.
—¡Figlio di puttana! —rugí, enfurecida.
Me dirigí a la proa —la parte delantera de la embarcación— y, a continuación, bajé al pasillo que me llevaría a la bodega.
Apenas terminé de bajar las escaleras y me acribillaron a balazos.
— ¡Mierda! —exclamé, enfadada por haber recibido un rasguño en el brazo.
Empecé a disparar a mi vez, segura de haber dado a dos hombres.
—¿Quién eres? ¿Quién te ha enviado? —Oí el grito, unos instantes después, seguido de varios insultos.
La sangre me hirvió en las venas al reconocer aquella voz.
Desde donde estaba, apunté y disparé en dirección al lugar de donde había salido el sonido. La respuesta fue inmediata.
En cuanto me di cuenta de que el idiota había descargado la pistola intentando alcanzarme, aproveché el respiro —hasta que recargara el cartucho de nuevo— y me abalancé sobre él con todo.
Mi pie chocó contra su puño, haciendo que el arma saliera disparada. Lo agarré por el cuello y le propiné puñetazos en la cara, una y otra vez, descargando todo mi rencor antes de dejar que me mirara a los ojos.
—Hola, Giacomo —lo saludé, sonriendo con malicia.
—Cuánto tiempo sin vernos, querido. Me dolió que no vinieras a buscarme, ¿lo sabías?
—Arrojé su asqueroso cuerpo al suelo y, acto seguido, empecé a darle patadas—.
Ah, ya me acuerdo —me agaché, apoyándome en los talones—.
¡Tú pensabas que yo también estaba muerta!
Cogida por sorpresa, me hizo una zancadilla e intentó quitarme el arma, pero no se lo permití.
—¡Zorra! —gruñó.
De nuevo en pie, logré inmovilizarlo, aunque él había conseguido darme un puñetazo en la cara. Me limpié la sangre de los labios y la nariz, sin dejar de mirarlo fijamente.
—Me has destrozado la vida —apunté con el arma, teniéndolo en la mira—. Pero el día de mi venganza acaba de llegar, maldito seas.
A punto de apretar el gatillo, él pronunció las palabras que cambiarían mi vida por completo:
—Si me matas ahora, nunca tendrás la oportunidad de descubrir dónde está... —sonrió, mientras mi postura se tambaleaba.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —tartamudeé, incapaz de creer lo que estaba diciendo.
—Exactamente lo que has oído —susurró—. Sé dónde está tu hijo.
El ambiente se paralizó a mi alrededor, mientras mi corazón amenazaba con dejar de latir.
Miré hacia atrás justo en el instante en que Mariano bajaba las escaleras con el arma en la mano. Me interpuse delante de él, impidiéndole matar a Giacomo.
—No lo hagas —le supliqué, agarrándole el puño y empujándolo hacia atrás.
No lo entendió.
—Pero... ¿por qué? Está aquí —señaló, casi irritado—. ¿No era eso lo que querías, cazzo?! ¿Por qué? ¿Por qué no podemos matarlo? ¿Acaso tienes algo con él? ¿Es eso?
—¡No, idiota! —estallé, irritada por sus suposiciones infundadas. Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Porque acaba de decir que sabe dónde... está mi hijo —revelé entre sollozos—. Giacomo Ferrari es mi ex cuñado.
El rostro de Mariano se puso tan pálido que temí que sufriera un desmayo. Sabía que, aunque quisiera escapar de una conversación, no podría.
Por desgracia, tendría que abrirme… tendría que volver a mi pasado y revivir viejas heridas.