CAPÍTULO VEINTISIETE - PERFECTO #3
—Sabes lo que estás haciendo, ¿verdad? —Con el rugido del motor, casi no la escuchó antes de que dejaran la casa atrás.
El rockero no respondió con palabras. Solo aceleró, dejando atrás la urbanización en un abrir y cerrar de ojos, disfrutando de la sensación del pequeño cuerpo de Melissa pegado al suyo, de su aroma mezclándose con el viento.
Por primera vez, estarían realmente solos en público, sin guardaespaldas ni mánagers controlándolos. Aquello tenía que ser incluso mejor que todos los otros momentos que habían compartido.
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—¡Bueno! ¿Qué tal estuvo? —Angela estudió el rostro de su mejor amiga al verla entrar en la habitación con una hermosa sonrisa relajada—. ¿Qué hicisteis todo este tiempo fuera de casa?
—No fue para tanto... —se defendió Lissa mientras se tiraba en la cama y miraba lo que su amiga estaba haciendo en el portátil. Obviamente, estaba revisando el sitio de fans que administraba.
—Dormí casi cuatro horas y llevo despierta al menos una...
Lo que significa que el paseo duró bastante —Dejó el portátil a un lado y se centró en su amiga—.
Venga, cuéntamelo todo... Confieso que tenía tanta curiosidad que miré el de Gabe...
No publicó nada nuevo. Esperaba una foto de vosotros dos en la playa.
Melissa soltó una carcajada.
—No fuimos a la playa —dijo—. Y aunque hubiéramos ido, no la habría publicado.
—¿Por qué no? Todos morirían de envidia...
Sin hacerle caso, Lissa se movió, apoyó la cabeza en su regazo y se quedó mirando al techo.
—Fue genial... Me encantó cada segundo —confesó—. Pero como se lo digas, lo negaré.
—Tienes que dejar de hacerte la dura. ¿Qué tiene de malo disfrutar del paseo?
—En algún momento esto se acabará, Ang... Solo intento mantener los pies en la tierra. Así la caída será menor cuando termine la gira y me deje tirada.
—¡Joder! Eres tan negativa... ¿Quién ha dicho que te vaya a dejar? A lo mejor cuando termine la gira puedes volver aquí, tomarte unas vacaciones y disfrutar de los días tranquilos y soleados de Sarasota.
Melissa mantuvo la mirada en el techo, recordando lo bueno que había sido ir de la mano con Gabriel, solo ellos dos, despreocupados y juguetones.
Cuánto le había gustado que le enseñara sus lugares favoritos de la ciudad y le contara historias de su vida.
Cuánto había disfrutado sentarse en un restaurante barato junto a él y acurrucarse mientras comían, los besos rápidos y robados que le había dado cuando nadie miraba...
Con un suspiro, reunió todo lo que había vivido con él en las últimas horas, las noches que habían dormido juntos y los atrevidos intercambios de caricias, e incluso la forma en que él se disculpaba cuando no lo hacían...
Sí. Sería genial que todo aquello continuara después de que terminara la gira, pero sabía que no sería así.
Entonces, ¿para qué fantasear con lo que no iba a suceder?
—Y tú eres demasiado romántica. Todavía crees en príncipes azules y cuentos de hadas —respondió resignada—. Voy a dejar de ser una novedad en unos meses y...
—¡Dios mío! —la interrumpió Angela—. Estás enamorada de verdad. Y como todos los enamorados, eres insegura y estás completamente ciega. Estás con él todos los días y no te has dado cuenta de que está loco por ti.
—Mírame, Ang. ¿Por qué estaría loco por mí?
Angela suspiró al oír el tono de su voz.
—Porque eres fantástica, hermosa e inteligente. Una amiga maravillosa, un ser humano con un corazón bondadoso, al fin y al cabo. Talentosa y entregada. La verdadera pregunta es por qué no iba a estar loco por ti.
—Es un hombre, Angela. Atractivo y deseado por miles de mujeres más que dispuestas a darle lo que yo nunca lograré, por mucho que lo desee. En algún momento, se cansará de esperar.
Angela deslizó los dedos por su cabello negro, intentando consolar a su amiga.
—No te ves como eres en realidad, no entiendes que vales todo el esfuerzo del mundo. Si alguna vez se cansa, es porque no es el tipo increíble que creemos. Y si quieres tener más que ofrecerle, y sobre todo a ti misma, búscalo, Lissa. Pide ayuda. No tiene nada de malo. Es una muestra de fortaleza.
—No quiero hablar de eso...
Melissa se apartó del regazo de su amiga y cogió su viejo cuaderno de bocetos, que ya no tenía páginas en blanco y estaba lleno de dibujos de él.
—Tengo algo para ti. Iba a enviártelo por correo, pero ya que estás aquí...
Al abrir el cuaderno por las últimas páginas, le mostró los dibujos que había hecho de Gabriel.
Angela aún dudaba si insistir en el tema, pero prefirió callarse por el momento. Melissa, aunque melancólica, estaba de buen humor. No quería arruinarlo.
—¡Es fantástico! —dijo Ang, realmente encantada con lo que veía—. Pero es tuyo y de Gabe.
—Qué va —Lissa intentó negarlo—. Siempre me estuviste insistiendo para que te hiciera un dibujo de él...
—Lo quiero de verdad, y nunca cediste. Solo hiciste el dibujo porque algo en él... No entiendo nada de arte, pero aun así puedo sentir la intensidad con la que lo dibujaste. Son tuyos y los dejarás aquí, bien guardados, para cuando termine la gira y vuelvas.
—Me voy a casa cuando termine esta locura, Ang.
—¿Y dónde está tu casa, Lissa? No tienes nada en Seattle a lo que puedas llamar hogar.
—Te tengo a ti —respondió Melissa enfadada. Sabía adónde iba a parar esa conversación.
—No estaré allí cuando termine la gira, Lissa. Tú lo sabes, yo lo sé, el mundo lo sabe... ¡Maldita sea! Ya es hora de que lo aceptes.
—¡Gracias, Ang! —la diseñadora se levantó de la cama, dejó el cuaderno de bocetos sobre el colchón y no pudo evitar alzar la voz—. Buen trabajo arruinándome el día.
Angela estaba más que dispuesta a continuar la discusión, pero unos golpes en la puerta la hicieron callarse y provocaron una maldición de Melissa.
—¿Así que ahora llamas a la puerta? —comenzó Mel mientras Gabriel se asomaba a la habitación—. ¿Qué quieres?
El cantante entró en la habitación con las manos en alto, en falsa pose de rendición, y lanzó una mirada interrogante a Angela.
—Creo que nunca podré seguirte el ritmo con tus cambios de humor... —comentó—. Si tienes controlado tu instinto asesino, me gustaría invitarte a darte un chapuzón en la piscina.
—¡Vete al infierno! —respondió Melissa, ocultando tras la agresividad esa opresión que ya conocía tan bien—. Los dos.
—Vale... —Gabriel se sentó en el borde de la cama cuando el huracán llamado Melissa se encerró en el baño, dejándolo completamente desconcertado—. ¿Qué he hecho mal ahora?
Angela le dedicó una sonrisa reconfortante a su ídolo.
—Está enfadada conmigo, no contigo —cogió el cuaderno de bocetos que su amiga había dejado y miró los primeros dibujos—. Y tiene miedo. Siento que lo haya pagado contigo.
—No es la primera vez... —respondió el cantante—. Y no será la última. Volverá a estar de buen humor antes de que acabe el día. Démosle unos minutos a solas y disfrutemos de la piscina mientras tanto.
—¿Gabe? —lo llamó Ang antes de que llegara a la puerta—. No te rendirás, ¿verdad? O sea, tienes a todas esas chicas guapas y menos complicadas que están locas por ti y...
—No me rendiré —le aseguró—. Sé que va a ser difícil, y que a veces me sacará de quicio, y puede que hasta me haga plantearme tirar la toalla. Pero no lo haré.
Angela se levantó de la cama y sonrió. No sabía si estaba siendo demasiado ingenua, pero confiaba en que Voss decía la verdad.
—No puedo estar mucho tiempo al sol, pero creo que la piscina va a estar genial.
—Tenemos sombrillas... —le guiñó un ojo—. Te espero fuera.
—Lissa... —gritó Angela mientras rebuscaba en su maleta el bikini que había metido—. ¡Piscina con Gabriel Voss! ¡Dios mío! Estoy en el paraíso...
—¡Vete a la mierda! —fue la respuesta que llegó amortiguada a través de la puerta cerrada del baño.
—Te espero abajo... Esto va a ser interesante.
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Definitivamente era una mala idea, pensó Melissa mientras se miraba en el espejo y se daba cuenta de cuánto dejaba al descubierto el bikini que intentaba ponerse.
¿A quién quería engañar? No era ni sería nunca una chica normal, por mucho que Gabriel se empeñara en demostrar lo contrario.
El mero intento de ponerse esa diminuta prenda ya le resultaba absurdo.
Nunca tendría el valor de aparecer ante él tan expuesta, con las pruebas de lo extraña que era esparcidas por todo su cuerpo en forma de cicatrices.
Y quería, de verdad quería bajar a la piscina, zambullirse con Gabriel y refrescarse con Angela.
Quería sentir la espalda desnuda y mojada del cantante en contacto con su piel, quería tomar el sol junto a su mejor amiga...
Quería ser normal, por un maldito minuto... quería ser normal.
Frustrada, la chica se dejó caer al suelo, sin apartar la mirada del reflejo en el espejo.
Quería golpearlo y romperlo en mil pedazos, pero eso llamaría demasiado la atención.
Lo que menos quería en ese momento era un público observándola como si fuera una atracción de un circo de los horrores.
Era una mierda, pero tenía que controlarse.
Decidida a poner fin a la autocompasión, se levantó y se cambió de ropa, poniéndose algo cómodo encima del bikini. Bajó la temperatura del aire acondicionado y en cuestión de minutos la habitación estaba lo bastante fría como para no derretirse de calor.
Se tiró en la cama y cogió el teléfono cuando sonó la alerta de mensaje. Era Angela.
—Si yo fuera tú, bajaría ya.
No puedo dejar de babear viendo el bañador de tu novio.
Guau.
El mensaje venía con una foto de Gabriel en la piscina, sonriendo a la cámara.
Melissa puso los ojos en blanco y envió una respuesta malhumorada.
—No es mi novio.
Puedes babear todo lo que quieras.
La chica dejó el móvil a un lado, suspiró y cerró los ojos. Era imposible quitarse de la cabeza la imagen de Gabriel en bañador.
—¿Y sabes qué? —se dijo mientras saltaba de la cama—. Puedo ir a mirar todo lo que quiera.
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