Ángel roto CAPÍTULO VEINTISIETE - PERFECTO #2
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CAPÍTULO VEINTISIETE - PERFECTO #2

¡Maldita sea! Gabriel concluyó que era despiadada y bastante injusta.

Respiró hondo. Quería devolverle el grito o encontrar la manera de hacerle entender a Lissa que él no era como ella insinuaba, pero optó por centrarse en Nelly, que los miraba como si fueran a empezar a pegarse en cualquier momento.

—Nelly, siento el comportamiento de mi hermana —comenzó, ignorando cómo Melissa ponía los ojos en blanco—. Y no creo que seas inferior a nadie, independientemente de tu nivel de estudios o tu posición social.

El ama de llaves asintió y le dio unas palmaditas en el brazo al cantante.

—Eres un chico muy dulce —le sonrió levemente—.

No tienes que disculparte por tu hermana.

No has hecho nada malo. —Se volvió hacia Melissa y continuó—: Tú también eres encantadora, querida.

¡Gracias por defenderme! Pero Gabriel no tiene la culpa de lo que ha pasado...

Así que dejadlo ya y comeos esas tortitas tan ricas.

Lissa se quedó en silencio mientras veía a la señora alejarse, lo que la dejó a solas con Gabriel.

—Da igual lo que haya dicho ella... —comenzó la diseñadora, tras un rato—. Tú tienes la culpa por defenderla siempre y consentirla en todo.

—Es mi hermana, Mel —El rockero se sentó en la silla que había dejado libre su empleada—. Y, sinceramente, es horrible veros a las dos todo el rato tirándoos los trastos a la cabeza. Por favor, por mí, ¿no podéis dejar las pullas a un lado?

Bittencourt casi se echó a reír. La súplica del «por mí» no surtió en ella el efecto que él pretendía.

—No son pullas —lo corrigió—. Y lo verías si olvidaras, aunque fuera un segundo, que es tu hermanita y la miraras con los mismos ojos que todos los demás.

—Tal vez podrías verla con mis ojos. Karen es impulsiva, y sí, lo admito, mimada, pero no es la peor persona del mundo, como has insinuado.

Melissa lo miró fijamente, todavía irritada.

Se le ocurrían mil cosas para refutar lo que acababa de decir.

Karen era más que impulsiva y mimada: era mezquina, intolerante, prejuiciosa e insoportable.

Si pudiera elegir, nunca volvería a cruzarse en su camino.

Lo que había comenzado con una ligera enemistad las había convertido en enemigas declaradas.

No la soportaba y no entendía cómo Gabriel no veía quién era realmente su hermana.

—O estás muy ciego...

Le dio la espalda al cantante, con la intención de dejarlo solo.

—O finges ser diferente a ella. No sé qué es peor.

—¿Por qué siempre tienes que pensar lo peor?

Gabriel la sujetó del brazo. Con un suspiro cansado, se concentró en mejorar el ambiente entre ellos.

—No quiero pelear, Mel.

La atrajo hacia él y le acarició suavemente el rostro enfurecido.

—Lamento lo que dijo mi hermana. No estoy de acuerdo con su comportamiento, así que perdóname si actué de alguna manera que te hiciera creer lo contrario.

Melissa quería seguir furiosa, pero era difícil cuando él se disculpaba así, tan cariñoso y atento. Y era como Nelly había dicho antes: él no tenía la culpa de la escena que su hermana había montado.

Asintió, derritiéndose en sus brazos. No quería ceder, pero era tan difícil resistirse cuando su sola presencia la dejaba aturdida y anhelante.

—¿No más peleas?

Gabe le dio un beso suave en los labios.

—¿Contigo?

Intentó bromear.

—Puedo intentarlo.

—Me basta... por ahora.

Sin poder resistirse, los dos dejaron todo lo demás de lado y se besaron intensamente, con los dedos de Mel aferrándose al cabello del cantante para atraerlo más hacia ella.

—Hacéis buena pareja.

Angela interrumpió el beso con una risita al captar la mirada frustrada de Gabriel.

—Pero, joder, es un milagro que el mundo no sepa que estáis saliendo.

—No estamos saliendo...

Dijo Melissa, fingiendo no ver la mueca de Gabriel mientras le limpiaba con las yemas de los dedos la marca de pintalabios que le había dejado en los labios.

—Por supuesto que no...

Se burló Angela.

—Podéis seguir con vuestro «no salimos», pero antes, ¿alguien puede enseñarme dónde me voy a quedar?

—Te enseño tu habitación...

Gabriel se obligó a apartar las manos de Melissa.

—Puedes quedarte en mi habitación...

Sugirió Lissa alegremente, riéndose mientras Gabriel se quejaba.

—Será divertido.

—No será nada divertido.

El rockero hizo un puchero después de que Angela asintiera y volviera al comedor, diciendo que se comería otra tortita antes de subir.

—¿Y qué hacemos por la noche?

—Tú vas a dormir en tu habitación, y yo dormiré en la mía con Angela.

—Te deshaces de mí muy fácilmente, ¿no?

Frunció el ceño.

Lissa lo observó un momento, incómoda al verlo cabizbajo. Quería decir algo para aliviar la situación, pero no se le ocurría qué.

—Está bien —continuó Gabriel, disimulando fatal lo decepcionado que estaba—. Pero vas a tener que compensármelo.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

—Nos vemos fuera en treinta minutos...

♫

—¡De ninguna manera!

Melissa se detuvo nada más salir de la casa y se encontró con un Gabriel completamente relajado, apoyado con despreocupación en una imponente Harley-Davidson.

—Si crees que me voy a subir a esa cosa, estás muy equivocado.

El cantante no pudo evitar reírse, sobre todo al ver la mirada incrédula que ella le lanzó, lo que solo hizo que la chica se mostrara más distante.

Dejando sobre la moto el casco que había reservado para ella, se acercó y le tendió la mano en una invitación silenciosa.

Melissa admiró los largos dedos parcialmente cubiertos por un guante de cuero, así como los brazos enfundados en la chaqueta que ya sabía que era su favorita.

Todo de negro y de pie junto a la moto, parecía un auténtico chico malo.

Estaba para comérselo. Tan atractivo. Pero aun así no iba a subirse a esa moto.

—Vamos...

Intentó persuadirla cuando ella cruzó los brazos y negó con la cabeza, rechazando seguirlo.

—¿Melissa Bittencourt tiene miedo de dar un paseo en moto? ¿En serio? No te reconozco.

—No tengo miedo.

Negó Lissa. Estaba aterrorizada.

—Simplemente no quiero.

Gabe volvió a reírse y se acercó a ella, deslizando los dedos por sus brazos, todavía cubiertos por un cárdigan largo.

Se había cambiado el short por unos leggings y los zapatos de cuero por unas botas militares.

Parecía que se hubieran puesto de acuerdo: ella estaba perfecta y él estaba decidido a llevarla a dar un paseo en su moto favorita.

Llevaba soñando con eso desde que llegaron a Sarasota.

—No te dejaré caer, nena...

Le susurró al oído, desplegando a propósito todo su encanto.

—Puedes agarrarte a mí...

Con una mirada pícara que la hizo sonrojarse, el rockero la envolvió en un abrazo.

—Puedes agarrarte tan fuerte como quieras.

Melissa intentó evitarlo, pero terminó riéndose.

—Tienes las peores frases para ligar del mundo.

Aprovechó la cercanía para besarle la barbilla, que ya empezaba a necesitar un afeitado.

—Me gusta tu cara así...

Comentó con naturalidad, sintiendo cómo la barba le pinchaba los dedos.

—¿Te gusta?

Le encantaba cuando ella se relajaba lo suficiente para hablarle sin pensar demasiado cada palabra, cuando se le escapaban pequeñas confesiones.

—¿Qué más te gusta?

—Me gusta que lleves cuero...

Lissa dejó que sus uñas recorrieran la piel de su cuello, encantada de verlo estremecerse y mirarla como si todo su mundo girara en torno a tenerla entre sus brazos.

—Ahora pareces un chico malo.

Riendo, Voss se echó hacia atrás para mirarla a los ojos, con un brillo divertido en la mirada.

—Y, por supuesto, a una chica mala como tú...

Comentó con diversión.

—Le gustan los chicos malos.

—¿Soy una chica mala? —Lissa se puso de puntillas para morderle el labio inferior al cantante, provocándolo.

—Lo eres... —confirmó él con voz ronca, dejando claro que ella lo estaba excitando—. Y como tal, pisoteas mi corazón.

Como prueba de que realmente era un poco mala con él, Melissa soltó una carcajada ante las palabras del cantante.

—Qué dramático eres... —Lo apartó—. Y ya puedes quitarme esas manos aprovechadas de encima. Ni todo el encanto del mundo hará que me suba a esa cosa. ¡Odio las motos!

—¿Alguna vez te has subido a una? —la desafió Gabriel.

—No... y no pienso empezar ahora... —Decidida a no ceder, la chica estaba lista para volver a entrar en la casa cuando tuvo la mala suerte de encontrarse de nuevo con Karen. La menor de los Voss salía por la puerta y se detuvo al ver a la pareja.

—¿Vas a salir? —preguntó, observando a su hermano.

Para evitar más malentendidos, el rockero mantuvo a Melissa pegada a él y, para distraerla, apartó la tela que le cubría el hombro y besó la piel expuesta.

—Sí —confirmó sin mirar a su hermana. Había hablado con ella después de que Melissa subiera a su mejor amiga, pero seguía molesto por la escena del desayuno—. Voy a llevar a Mel a dar una vuelta.

—¿En tu moto? —preguntó Karen con sorpresa—. Nunca llevas a nadie. Te lo he pedido mil veces.

Al oír eso, Melissa levantó la cara para mirar a la chica que tenía delante, con una sonrisa de satisfacción.

Para provocarla, Lissa se volvió hacia Gabriel y le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos.

—Más te vale que sea un buen paseo —dijo mientras lo arrastraba hacia la moto—. Te juro que te mato si me dejas caer.

—¿Ves lo mala que eres? —La ayudó a subirse a la moto y le puso el casco, intentando ignorar la mirada herida de su hermana—. Intenté convencerte por las buenas, y solo aceptas ir para provocar a Karen.

Melissa se acomodó en el asiento, todavía con una sonrisa burlona en los labios, y se encogió de hombros.

—Puedes dejarme aquí y salir a dar una vuelta con ella —respondió mientras se acomodaba detrás de él. Para provocarlo, le rodeó la cintura con los brazos, deslizó las manos bajo la camisa que cubría aquel pecho definido y le arañó la piel caliente con las uñas—. Tú decides.

Aunque quisiera, Gabriel no habría sido capaz de resistirse. Ella sabía cómo provocarlo.

Encendió el motor y se rio con ganas cuando Mel dejó de provocarlo para aferrarse con fuerza a su cuerpo.