CAPÍTULO VEINTISIETE - PERFECTO
“Di un giro equivocado
Dejando atrás la sala de estar llena de gente, Melissa se dirigió directamente a la cocina, sin preocuparse por las miradas inquisitivas de Gabriel y Angela.
Estaba muy feliz por la visita inesperada de su amiga y agradecía que a Gabriel se le hubiera ocurrido, pero aún se sentía demasiado incómoda en presencia de la familia Voss y seguiría evitándolos en la medida de lo posible.
Y a decir verdad, tenía una buena razón para haberse alejado unos minutos.
—¿Aún no estás lista para el desayuno? —Nelly sonrió y amago con dejar su lugar cerca del gran mostrador de mármol donde esperaba la comida que había preparado, mientras cerraba un libro que tenía en las manos—. Solo necesito un minuto para calentarlo y poner la mesa.
—Todavía tienes tiempo... —respondió Lissa con cierta timidez—. Puedes volver a tu libro.
—A este paso, el desayuno se convertirá en almuerzo —se rio el ama de llaves—. Puedo traerte algo para picar mientras tanto...
—No hace falta —la chica, intentando no sentirse intimidada por la presencia de otra persona, se acercó al mostrador y observó lo que ya había preparado—. ¿Te importa si uso tu cocina?
Nelly se rio de nuevo.
—No es exactamente mi cocina... —la mujer mayor le guiñó un ojo a la chica y se acercó—. Pero si quieres algo, puedo preparártelo.
—Estaba pensando en preparar algo especial... —confesó Melissa tímidamente.
—¿Para Gabriel? Créeme, he preparado todo lo que le gusta...
—No es para él —incluso sin un espejo cerca, Lissa estaba segura de que se había sonrojado. Eran pésimos disimulando que había algo entre ellos—. Será rápido.
—De acuerdo... Puedo ayudarte si quieres.
No era lo que la chica tenía en mente cuando entró en la cocina, pero no iba a rechazar la ayuda que le ofrecían con tanta amabilidad. No quería usar su rudeza habitual con la señora que siempre la había tratado bien.
—Puedes ir separando los ingredientes...
Servicial como siempre, el ama de llaves recorrió la espaciosa cocina para reunir todo lo que Melissa le pedía.
—Se te da bien... —el delicioso aroma de las tortitas de chocolate, las favoritas de Angela, inundó la habitación—. Tienen una pinta genial.
Melissa no pudo evitar sonreír mientras vertía el chocolate semiamargo derretido sobre la pila de tortitas y las decoraba con moras y fresas.
—¿Por qué no pruebas una? —propuso mientras se disponía a preparar tres vasos de yogur, granola y fruta picada—. Así podrás decirme si están buenas.
Nelly asintió sin dudarlo cuando la chica le ofreció un plato.
—Me gusta cocinar, pero nunca he tenido mucha paciencia para decorar los platos... —comentó la anciana, observando el esmero con el que Lissa preparaba los vasos, colocando la granola con precisión antes de verter un poco de yogur encima y añadir otra capa de cereales.
—La comida también puede ser un arte... —dijo, señalando el vaso terminado con cierto orgullo, después de verter una fina capa de miel sobre los frutos rojos—. Y a mí me gusta el arte.
—Mientras sepa bien, no me importa demasiado cómo quede. Y, vaya, esto está buenísimo. ¡Está divino!
—¡Gracias, Nelly! —sonrió Lissa—. Ya que he pasado tu prueba... Vamos a arrastrar a todos a la mesa.
Melissa llevó con cuidado la bandeja con la pila de tortitas y los vasos de yogur, y luego condujo a todos al comedor, seguida por Nelly, que llevaba lo último que faltaba por poner en la mesa: una jarra de zumo de naranja.
—¡Dios mío! Cuánto echaba de menos esto... —Angela casi babeó y dio un brinco en su asiento al ver a su amiga poner las tortitas en la mesa—. Mucho más de lo que te eché de menos a ti, para ser sincera.
Riéndose de la broma de su amiga, Lissa recogió los vasos de yogur y los colocó en la mesa, frente a Angela, Gabriel y el sitio vacío que ella ocuparía.
El cantante arqueó una ceja.
—Tú come... —le espetó ella mientras se acomodaba.
—¡Sí! ¡Sí! —animó Angela—. Tienes que probar lo que cocina Lissa... Es una cocinera fantástica.
—No es para tanto... —notando que se le sonrojaba el rostro de nuevo, Melissa cogió una cuchara y destruyó el trabajo que había hecho con tanto esmero, mezclando la fruta, la granola y el yogur.
—Creo que empezaré por esto... —el cantante le guiñó un ojo a la chica sentada a su lado mientras se servía una tortita—. ¿Qué otros talentos me estás ocultando?
—Si a eso le llamas talento —dijo Karen con una sonrisa burlona, antes de que Lissa pudiera superar su vergüenza y responder—. Cualquiera puede preparar el desayuno. Hasta Nelly puede hacerlo.
El tono despectivo no pasó desapercibido para nadie.
Melissa apretó la cuchara con tanta fuerza que pensó que sería capaz de romper el cubierto al ver al ama de llaves con los ojos llorosos mientras dejaba la jarra de zumo en la mesa.
Quería estampársela en la cabeza a Karen, pero tuvo que contenerse cuando Gabriel le puso la mano en el muslo y se lo apretó, probablemente para calmarla.
Aquel gesto solo la irritó aún más, al igual que el silencio incómodo que reinaba en la mesa.
No podía creer que nadie considerara inaceptable el comportamiento de la pequeña de los Voss.
—Y tu talento, Karen, ¿cuál sería? —Mel apartó la mano de Gabriel—.
Ser prejuiciosa, intolerante y mimada no cuenta.
Cualquiera con poco carácter puede serlo —dejando la cuchara sobre la mesa, Lissa se puso de pie—.
No hace falta que respondas. Ya lo sé. Te especializas en gastar el dinero de tu hermano y en intentar humillar a cualquiera que no encaje en tu mundo de color de rosa.
Y siendo sincera, es un talento de mierda.
Irritada, la joven ignoró la sonrisa que Angela intentaba disimular y las miradas atónitas de todos los demás, y salió de la habitación antes de que le resultara imposible contenerse y abalanzarse sobre la hermana de Gabriel.
—Además de ser una buena cocinera, también es muy buena diciendo lo que todos piensan, pero prefieren callar —comentó Angela después de aclararse la garganta, centrando su atención en la tortita que le habían preparado especialmente.
—¡Genial! —Karen fulminó a Angela con la mirada—. Ahora, además de aguantar a la rara, voy a tener que aguantar las indirectas de su amiga moribunda.
—¡Ya basta! —Gabriel alzó la voz, agradecido de que Melissa se hubiera retirado o habría sido imposible evitar que se abalanzara sobre su hermana—. Vas a disculparte con Nelly y Angela... —Echó la silla hacia atrás, señalando a su hermana—. Y yo voy a hablar con Mel.
—No es buena idea —le advirtió Angela antes de que el cantante pudiera alejarse también, sin que pareciera importarle lo que había escuchado. Había oído cosas peores, y aunque fuera grosero, no era mentira.
Obviamente, Voss no le hizo caso.
—Se me quitó el hambre —Karen intentó levantarse de la mesa, pero su padre la agarró del brazo y la obligó a quedarse sentada.
—Por lo visto, perdiste la educación que intentamos darte —comentó Richard Voss con irritación—. Discúlpate primero con los invitados de tu hermano, y después podrás irte.
Con el rostro enrojecido por la vergüenza de que la reprendieran, Karen murmuró una disculpa que no convenció a nadie y se marchó.
—Lo siento —Esther miró con tristeza a Angela, Elisabeth y Arthur—. No sé qué le pasa. Antes era una joven muy educada.
—No tienes que disculparte —respondió Elisabeth, intentando aligerar el ambiente—. Los adolescentes son bastante complicados.
Angela pensó en responder, diciendo que ni ella ni Lissa eran tan complicadas, a pesar de todo lo que les tocaba aguantar, pero su madre, que la conocía bien, le lanzó una mirada de advertencia que la silenció antes de que pudiera pronunciar la primera palabra.
—Bueno... —Arthur soltó una risa forzada—. Nadie puede decir que estas reuniones sean aburridas.
Angela asintió.
—Si Melissa está aquí, puede ser cualquier cosa menos aburrido.
♫
Melissa le dio a Nelly un vaso de agua con azúcar, tras obligar a la señora a sentarse junto a la encimera de la cocina. Odiaba verla con lágrimas en los ojos mientras intentaba fregar los platos.
No era precisamente la persona más amable del mundo, pero tampoco iba por ahí maltratando a quien no se lo mereciera.
—Deberías haberle tirado todo el zumo encima de ese pelo oxigenado —comentó cuando el ama de llaves le devolvió el vaso vacío.
Aun con el rostro enrojecido por las lágrimas, se rio levemente.
—Ya debería estar acostumbrada... —Se secó las últimas lágrimas y se encogió de hombros—. Cuando no tienes mucha educación, oyes cosas peores.
Molesta, Lissa dejó el vaso sobre la encimera con más fuerza de la necesaria, provocando un ruido fuerte y, con cierta vacilación, le puso una mano en el hombro a la mujer.
—Eso es ridículo —replicó—. No tienes por qué acostumbrarte a que te maltraten.
—Mel tiene razón... —la voz de Gabriel pilló a Melissa por sorpresa, y la chica se apartó—. Nadie tiene derecho a maltratarte, Nelly.
—Deberías decírselo a tu hermanita... —espetó Melissa.
El cantante suspiró incómodo. Tenía razón, pero aun así era horrible oírla hablar de su hermana con tanta amargura.
—Lo haré —se comprometió—. Pero ¿puedes morderte la lengua aunque sea un momento?
—¿Que yo tengo mala lengua? ¿En serio? —Se cruzó de brazos y lo fulminó con la mirada—. No fui yo quien...
—¡No! —Nelly se interpuso entre ellos—. No vais a poneros a discutir por mi culpa.
—No estamos discutiendo... —respondió Gabriel, fingiendo una calma que no sentía. Se sentía dividido cuando se trataba de su hermana y Melissa. No quería ponerse en contra de ninguna de las dos, pero siempre acababa en la misma situación, obligado a elegir a quién defender.
—Sí, lo estamos —Melissa ignoró la mirada suplicante de Nelly—.
Y me parece genial porque está claro que pensamos de forma muy diferente...
Así que, si vas a entrar aquí a decir que no pasa nada, que ella no dijo ninguna barbaridad, vamos a discutir, porque no pienso agachar la cabeza y dejar que tu hermana y tú os creáis mejores que nadie solo porque sois dos niñatos mimados.