Ángel roto CAPÍTULO VEINTE - DI ALGO #2
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CAPÍTULO VEINTE - DI ALGO #2

—Bueno, por lo que sé... Cambió de número.

Quizás se le olvidó pasarte el nuevo... —conjeturó, aunque era absurdo.

Melissa se olvidaría de darle el teléfono nuevo a todo el mundo menos a Angela—.

De todos modos, creo que te preocupas sin motivo.

Hoy desayunamos juntos. Estaba perfectamente, con las garras más afiladas que nunca.

—Solo una vez estuvo más de un día sin hablarme...

Y fue cuando empezaron sus vibras infernales —la voz normalmente animada de Angela sonaba ronca, y el cantante tuvo la ligera impresión de que estaba llorando—.

No cambiaría de número sin motivo, y mucho menos se olvidaría de pasarme el nuevo... Algo ha pasado.

—Angela... —Gabriel intentó calmarla—. Te lo digo en serio, hoy estuve con Melissa en el desayuno y está estupendamente. Pero si te quedas más tranquila, puedo conseguirte el nuevo número. Se lo pido directamente si hace falta.

—¿Podrías hacerlo? No lo del número, sino ir a ver cómo está. Si todo va bien, solo pídele que me llame y lo hará enseguida.

Le tocó al rockero suspirar. No quería ir a buscar a la falsa fan, sobre todo si estaba con Arthur, pero no encontraba forma de negarse.

—De acuerdo... —aceptó—. Le daré el mensaje.

♫

Gabriel caminó con decisión hacia la habitación de Melissa. Entraría, le daría el mensaje de Angela y se iría antes de que a Mel le diera tiempo a decir nada. Cinco minutos como mucho, y podría volver a su habitación.

Cuando llegó a su destino, se quedó frente a la puerta cerrada y pensó si debía llamar o no.

Nunca llamaba, simplemente entraba porque siempre estaba ansioso por volver a ver a Lissa, pero no quería escuchar ninguna broma sobre su falta de educación, así que levantó la mano, pero antes de llamar, desistió.

Era mejor tomarla por sorpresa; así quizás podría seguir el guion imaginario que había estado planeando desde que colgó con Angela.

Entraría, daría el mensaje y se iría. Solo eso.

Con un suspiro, abrió la puerta y dejó escapar las palabras.

—Tengo un mensaje para ti...

El cantante enmudeció en cuanto entró en la habitación. No sabía qué encontraría, pero había imaginado a una Melissa irritada fulminándolo con la mirada.

Sin embargo, encontró a la chica acurrucada en la cama, con Arthur de pie a los pies de esta, mirándolo ahora con sorpresa al verlo entrar en la habitación de la fan sin ningún miramiento.

Gabriel no dio importancia a la mirada que recibió de su amigo. Su atención estaba puesta en el hombre sentado junto a Melissa en la cama, que examinaba a la chica. El estetoscopio que le colgaba del cuello dejaba claro que era médico.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular, mientras se acercaba a Mel.

Observó cómo la chica cerraba los ojos y se encogía un poco más bajo el edredón en el que estaba envuelta.

Nadie se molestó en responder.

—Gabriel, hablemos afuera... —dijo Arthur, pero el cantante no se movió. Estaba completamente absorto en el rostro de Lissa, aún más pálido de lo habitual, y en las ojeras bajo sus ojos verdes.

—¿Mel? —Se sentó en el otro lado de la cama y le llevó la mano al cabello—. ¿Qué ha pasado?

Ella lo miró un momento, sin saber qué decir, y lentamente le tomó la mano.

El cantante miró la pequeña mano sobre la suya y se preocupó aún más al sentir la piel helada. Sin pensar en lo que hacía, le apretó los finos dedos.

—¿Está bien? —preguntó directamente al médico, que se había levantado y guardaba algo en su maletín.

—Se pondrá bien. Solo necesita descansar —respondió el hombre, y se volvió hacia Melissa—. No seas tan terca. Come algo y tómate la medicina, o no le dejaré al chico más remedio que ingresarte.

Gabriel asintió. Ella haría exactamente lo que el médico recomendaba; él mismo se encargaría de ello.

Sin poder evitarlo, el rockstar volvió la atención hacia Melissa y le acarició el rostro demacrado. Al verla así de débil, olvidó que estaba enfadado o empeñado en mantener las distancias.

—¿Qué te pasa, cariño? —susurró, y la ayudó a acomodarse en las almohadas mientras Arthur acompañaba al médico a la puerta.

Tumbada en aquella cama, se la veía tan frágil que lo único que Gabriel deseaba era cuidarla.

—No es nada —dijo en voz baja, como si hablar le costara un gran esfuerzo—. Solo un mareo... Arthur, que es un exagerado, ha acabado llamando a un médico. No hacía falta.

El rockero la miró fijamente a los ojos. No hacía falta ser muy listo para saber que mentía, pero no iba a obligarla a hablar. No cuando apenas estaba consciente.

—Arthur, ¿puedes traerle algo de comer a Melissa?

—No tengo hambre —dijo Melissa.

—Pero vas a comer —replicó el mánager con firmeza—. Ya he pedido que suban algo.

Gabriel guardó silencio, consciente de la actitud de su amigo. Arthur parecía cansado y tan preocupado por Melissa como él mismo.

—Como quieras —la chica intentó sonar irritada, pero su voz baja y débil no se lo permitió—. Pero no pienso tomarme esa porquería —señaló el frasco de medicamento que el médico había dejado en la mesita de noche—. La primera pastilla ya me dejó atontada.

—Melissa...

—No hace falta que insistas, Niñera.

—Ya que estás aquí... —Arthur se volvió hacia Gabriel—. A ver si consigues meterle un poco de sentido común en esa cabeza terca.

—Cariño... —Gabe se inclinó sobre Melissa y le dio un beso en la frente—. Sé buena y haz lo que ha dicho el médico.

—Prometo que comeré lo que quieras y dormiré todo lo que pueda, pero no pienso tomarme esa porquería —decretó.