CAPÍTULO DIECIOCHO - ON MY WAY #2
Cuando llamaron a la puerta, Melissa tenía la maleta cuidadosamente preparada, estaba vestida y maquillada, y se había vendado los nuevos cortes.
Presentable, pero sin ninguna gana de levantarse del suelo, donde estaba sentada con el cuaderno de bocetos en las manos.
Intentaba dibujar algo productivo, pero lo que salió fue una imagen de su peor noche.
Pensó en tirar el dibujo, pero lo guardó, sin saber por qué.
Los golpes se hicieron más fuertes y la chica se obligó a levantarse, maldiciendo al sentir el dolor en el muslo con el movimiento. Se tambaleó un momento, mareada y aletargada, pero cuando llegó a la puerta, arrugó la nariz.
Esperaba encontrarse con Arthur o, con suerte, con Gabriel. No debería haber explotado con él.
Estaba arrepentida, por supuesto, pero aunque no pensaba disculparse, le vendría bien una dosis de la extraña calma que el cantante sabía transmitir.
La necesitaba de verdad, porque sentía unas garras que tiraban de ella hacia un limbo depresivo del que no se veía capaz de salir.
Ni siquiera los cortes habían tenido el mismo efecto que antes, aunque se había pasado buena parte de la mañana pensando en hacerse otros nuevos, quizá más profundos. Necesitaba el dolor.
Pero, por desgracia, la persona al otro lado de la puerta no era el cantante ni su asistente. Era solo uno de los guardias de seguridad.
—¡Buenos días! —la saludó—. Gabriel me pidió que le trajera su móvil. Se lo dejó en la fiesta de ayer.
Ella miró el dispositivo durante un segundo, dudando si cogerlo. Podría recibir otra llamada no deseada. Pero si no lo hacía, ¿cómo hablaría con Angela? Y había una maldita regla del concurso por la que se comprometía a estar siempre localizable.
Con las manos temblorosas, cogió el móvil.
—¡Gracias! —susurró ella.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el hombre—. ¿Necesita algo?
—¡Estoy bien! —mintió, y cerró la puerta sin pensarlo.
Echó un último vistazo al móvil antes de guardarlo en el bolsillo de los vaqueros. A pesar de su aversión a los espejos, fue al baño y se miró. Tenía aspecto de enferma, a pesar del maquillaje, como siempre le ocurría después de una crisis.
No podía mejorar su aspecto, así que se resignó y volvió a la habitación solo para recoger el bolso. Necesitaba un número de teléfono nuevo y tendría que conseguirlo antes de poder seguir adelante.
♫
Melissa pasó tres de los cinco días de descanso encerrada en la habitación del hotel. Solo había salido el primer día para comprar una tarjeta SIM nueva.
Nadie de la producción de Gabriel la buscó, ni siquiera el propio cantante.
Habría seguido donde estaba si Arthur no hubiera llamado a su puerta la mañana del cuarto día para invitarla a desayunar con ellos y después ver el ensayo de Voss en los últimos días antes de que empezara la gira.
No tenía ganas de asistir a ningún ensayo, igual que tampoco tenía hambre...
Apenas había comido en los últimos días.
Pero, en el fondo, quería ver a Gabriel.
No habían hablado desde la fiesta de Nochevieja y, dado que él no la había buscado, podía suponer que el cantante estaba dolido por cómo lo había tratado.
Le pidió al asistente que esperara un minuto y fue al baño arrastrando los pies para retocarse el maquillaje que llevaba siempre.
Además, apenas había dormido, y su aspecto no era el mejor.
Por suerte, la base que Gabriel le había regalado para ocultar las cicatrices de la muñeca tapaba fácilmente las ojeras, pero ni todo el colorete del mundo disimulaba su palidez.
—¿Estás bien? —preguntó Arthur mientras salían de la habitación y se dirigían al ascensor.
Lissa metió las manos en los bolsillos del abrigo, tratando de ocultar las palmas sudorosas. Estaba nerviosa ante la idea de volver a ver a Gabriel. ¿Cómo la recibiría?
—Sí. Todo genial... —respondió en voz baja.
Estaba rara, incluso más rara de lo habitual, pensó el asistente mientras caminaban en silencio hacia el restaurante del hotel. Y la prueba era que ni siquiera le soltó una de sus réplicas mordaces cuando él le retiró la silla para que se sentara y la picó en broma:
—¿Qué has estado haciendo estos días, Miércoles? —Arthur se sentó junto a la chica a esperar la llegada del rockero.
Ella no respondió porque acababa de ver a Gabriel entrar en el restaurante, riéndose de algo que había dicho su guardaespaldas.
Melissa vio el momento en que la sonrisa se le borró y su rostro, siempre tan afable, se volvió serio al verla.
El cantante se pasó una mano por el pelo húmedo, con la mirada fija en la de ella mientras se acercaba.
Ella bajó la cabeza y se quedó mirando el plato sobre la mesa. La mirada herida que había visto en la fiesta seguía allí, y parecía que también había bastante irritación en la expresión del músico.
—¡Buenos días! —dijo mientras se acomodaba.
No era un buen día para Lissa, pero le devolvió el saludo y se arriesgó a mirarlo de nuevo. Se encontró con sus ojos marrón oscuro.
Suspiró y apartó la mirada otra vez. No sabía qué decir, así que dejó que Arthur llevara la conversación, parloteando sobre los últimos preparativos para los conciertos.
—No creo que a Melissa le interesen los detalles del backstage —el cantante interrumpió a su amigo en algún momento y se levantó de la mesa para ir al bufé.
Lissa lo siguió con la mirada y sintió que le ardían los ojos.
Estar a su lado cuando claramente no la quería cerca era casi tan malo como la opresión constante que la acompañaba a diario.
Entonces se dio cuenta de que él podía ser su antídoto más potente, pero también la roca que la aplastaría para siempre.
—Parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo —comentó Arthur, mirando de Gabriel a ella, aparentemente sin entender qué pasaba—. Será mejor que nos sirvamos también.
No tenía hambre, pero siguió al asistente al bufé sin pensar. No prestó atención a lo que se puso en el plato; se preguntaba si debería volver a la habitación y esconderse allí unos días más.