CAPÍTULO DIECIOCHO - ON MY WAY #3
Cuando volvió a la mesa, Gabriel ya estaba en su sitio. No la miró ni dijo nada; estaba concentrado en el desayuno como si temiera que la comida le fuera a salir corriendo del plato antes de poder comérsela.
Melissa solo removía la fruta que se había servido, sin llevársela a la boca.
—Entonces, Miércoles, no respondiste... —volvió a hablar Arthur, tratando de disipar la tensión que flotaba en el aire—. ¿Qué has estado haciendo? No te hemos visto en los últimos días.
Melissa miró a Arthur. Quería soltarle una de sus respuestas mordaces, pero no se le ocurrió nada.
—Nada... —respondió con simpleza, con la voz tan apática como se sentía—. No estoy haciendo nada.
Los dos hombres la miraron sin dar crédito, pero Gabriel fue el único que habló.
—¿Has pasado todo este tiempo entrenando cómo destilar veneno por ahí? —la atacó, aunque en el fondo se preguntaba si no habría estado demasiado ocupada hablando con el tipo misterioso como para molestarse en buscar al equipo de la gira, al que no quería tener que acompañar.
Por una vez, Melissa no supo qué responder. Normalmente atacaba para defenderse cuando era necesario, pero aunque mirando a Gabriel quería usar su arma habitual, simplemente no sabía cómo.
Había sido una idea pésima desayunar con ellos.
—Por lo visto, necesito perfeccionar mis técnicas. ¿Quieres ser mi conejillo de indias, Gabriel?
—¿Qué os pasa a vosotros dos hoy? —dijo Arthur.
Melissa resopló y apartó el plato.
—¿Qué pasa, niñera? ¿Tú también vas a controlarme?
El asistente se rio. Estaba acostumbrado al humor mordaz de la chica y empezaba a pensar que prefería a la Melissa borde que a la Melissa extrañamente callada de la mesa.
—Arthur, ¿qué querías realmente cuando organizaste este desayuno? —preguntó Gabriel con seriedad, molesto porque su amigo se divirtiera a costa de Mel, y porque a ella no pareciera importarle el malestar que había entre ellos.
—Esperaba que estuvieras de mejor humor, porque lo que tengo que decirte va a empeorar mucho tu ya de por sí alterado estado de ánimo...
—¿Puedes hablar de una vez? —Melissa puso los ojos en blanco y se recostó, dejando de fingir que comía.
—Descubrimos que la revista que ese periodista decía representar en realidad no existía.
—¿Qué? —Gabriel miró a su amigo—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Aún no sabemos cómo logró engañar a nuestro equipo, pero el hecho es que tenía una acreditación para entrevistar en nombre de una revista de la que nadie había oído hablar... Nunca habíamos oído hablar de ella porque no existe.
—Bueno, supongo que eso explica por qué hizo todo lo posible para sacarme de mis casillas... Probablemente quería vender la historia a algún tabloide.
—Es probable... —admitió Arthur de mal humor.
—Apuesto a que ahora te arrepientes aún más, ¿verdad? —Melissa se arrepintió en cuanto lo dijo, pero ya no había forma de retirar lo que acababa de soltar.
Gabriel la miró fijamente. Ya se arrepentía de lo que había dicho, y más aún al escucharla. Estuvo a punto de disculparse, pero justo entonces ella se levantó.
—Si eso era todo lo que tenías que decir... —La chica miró directamente a Arthur—. Vuelvo a mi habitación.
—Todavía tenemos el ensayo... —respondió el asistente, algo intimidado por el tono glacial de Melissa—. Pero está bien... Te llamaré cuando estemos listos para irnos.
—Sobre eso... —Se encogió un poco de hombros—. Olvidé decirte que tengo un número nuevo. Aún no me lo he aprendido, pero te llamaré y así lo tendrás.
—¿Un número nuevo? —Arthur la observó un momento—. ¿Desde cuándo?
—Desde Año Nuevo... —respondió con la barbilla en alto.
—¿Y no le diste el número nuevo a nadie del equipo? —preguntó el asistente irritado—. ¿En serio? ¿Y si necesitábamos hablar contigo? Sabes que tienes que estar siempre disponible y...
—Estaba en la habitación, niñera, solo tenías que llamar a la maldita puerta —lo interrumpió irritada.
—Está bien... ¿Y por qué cambiaste el número?
—Perdí la tarjeta del móvil en la fiesta...
—respondió, lo que hizo que Gabriel la mirara con atención.
Angela había llamado a su amiga después de la fiesta, y la tarjeta no se había perdido.
Estaba mintiendo, y el cantante quería preguntarle por ello, pero si lo hacía tendría que explicar que había contestado una llamada dirigida a ella.
—¿Cómo la perdiste?
—¿Qué más da, Arthur? —intervino el rockero con dureza—. Quizá quiera guardar el número antiguo para alguien especial.
Gabriel no podía saber que sus palabras habían herido a Melissa como una puñalada por la espalda.
Se estremeció y, para su vergüenza, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por suerte, pudo apartar la mirada antes de que nadie se diera cuenta. No respondió; simplemente dio la espalda a los dos hombres y salió del restaurante como un rayo.
—¿Qué ha pasado entre vosotros dos? —preguntó Arthur a su amigo al verlo tirar una servilleta sobre la mesa.
El cantante tampoco respondió; intentaba comprender el dolor que había visto en el rostro de Melissa antes de que la chica se marchara dejando el desayuno intacto.