CAPÍTULO DIECIOCHO - ON MY WAY
“Una lágrima debió asomar a mi ojo
Cuando tuviste tu primer beso
(...) Así que guarda un hueco en lo más hondo
para todo lo que voy a extrañar
Porque estoy en camino”[25]
Los acordes de Stay Alive, su canción más exitosa, resonaron por la habitación y despertaron a Gabriel Voss, que sintió la cabeza a punto de estallarle, la boca seca y los ojos ardiendo. Había sido una noche horrible en la que le costó conciliar el sueño, y cuando por fin se durmió, soñó con Mel.
Melissa Bittencourt. La chica que odiaba que la llamaran Mel, princesa, y vete a saber qué más, y que aparentemente odiaba estar cerca de él.
Pensar en ella hizo que el cantante se diera la vuelta en la cama y se tapara la cabeza con la almohada, ignorando aquel sonido cuyo origen no lograba identificar. Solo quería dormir un poco más y, con suerte, despertarse sin pensar en la falsa fan.
Aunque se quedó un rato más en la fiesta, alternando con los músicos de su banda y su familia, no pudo dejar de pensar en Melissa, en lo que ella había dicho, en lo que él había dicho, y en que simplemente había desaparecido del cóctel.
Como era un idiota de marca mayor, no pudo evitar preguntarle a Arthur por ella cuando los dos amigos abandonaron la fiesta. Según el asistente, había vuelto al hotel hacía unas horas.
—Es una chica extraña, ¿no? —comentó Arth con una risita. Claramente había bebido demasiado, a diferencia de Gabriel, que apenas había logrado tragar nada después de discutir con Lissa—. Pero te confesaré, solo a ti, Gabe, que a veces es divertida.
El cantante no respondió. Ni siquiera asintió. Todavía estaba tan molesto con la chica que podría soltar algo que no debía.
Se fue a su habitación y, por supuesto, se detuvo frente a la de ella, pensando en llamar a la puerta para hablar, pero sin saber de qué. Desistió porque ella podría ponerse a discutir, y después de todo, claramente no estaba de buen humor, y él tampoco.
El problema era que, incluso después de darse un baño, meterse en la cama y dar vueltas sin parar, seguía pensando en ella.
Quizá debería haber llamado a su puerta, quizá habrían discutido y luego se habrían entendido, o quizá no habrían discutido porque la chica era bipolar... A lo mejor ahora volvía a estar de buen humor.
Nunca sabía cómo la encontraría: melancólica, sonriente, antipática, cariñosa, grosera... Y eso lo estaba volviendo loco. Era demasiado voluble, y él estaba harto de que lo maltrataran constantemente.
Si la chica odiaba estar tan cerca de él, mejor dejarla alejarse. Sería fácil si no se hubiera involucrado tanto con ella.
¿Él, que llevaba tanto tiempo sin sentir nada especial por nadie, tenía que haberse enamorado de una chica tan problemática e irritable? Solo podía ser un castigo, y sería un castigo bien merecido, pensó, si era la forma de hacerle pagar por aquel corazón que había roto en el pasado.
La música volvió a resonar en la habitación y, gruñendo, Gabriel se levantó de la cama y buscó de dónde venía el sonido. No era su móvil, que estaba en la mesita de noche, apagado.
No tardó mucho en descubrir de dónde venía la música. Sorprendentemente, era el tono de llamada del móvil de Melissa, el que se le había caído a la chica, y que Gabriel, en medio de aquel intercambio de ofensas, se había guardado en el bolsillo del pantalón.
Para alguien que no sentía admiración por sus canciones, resultaba sorprendente que precisamente la más famosa fuera su tono de llamada.
Pero el cantante olvidó ese detalle al encontrarse con una foto de la problemática chica junto a su mejor amiga.
Era una llamada de Angela, fan declarada, alguien por quien Melissa hacía cualquier cosa, incluido mentir y embarcarse en aquella farsa a su lado.
Rechazó la llamada sin contestar. Estaba molesto con las dos chicas aquella mañana.
Los motivos de Lissa podían ser nobles, pero eso no cambiaba que lo habían engañado, y aun aceptando mantener la farsa, ella lo rechazaba y lo repudiaba constantemente.
Sonaba demasiado dramático, pero el cantante se sentía usado.
El maldito móvil volvió a sonar y el rockero vio aparecer la foto en la pantalla.
No parecía reciente, ya que Angela llevaba el pelo largo y castaño y tenía buen aspecto, riendo emocionada...
Melissa ya lucía el inconfundible pelo negro y el maquillaje oscuro que eran su marca registrada.
En la foto estaba aún más delgada y, aunque esbozaba una pequeña sonrisa, tenía los ojos apagados.
Era una desconocida. Entendía el amor de una hermana por su mejor amiga; después de todo, él consideraba a Arthur como un miembro de la familia, y hubo un tiempo en que los dos contaban con la compañía de una tercera alma gemela.
Pero no sabía si se sacrificaría por el asistente como Lissa hacía por Angela.
Quizá ella no tenía a nadie más... La idea se apoderó de Gabriel cuando el timbre dejó de sonar; al fin y al cabo, nunca la había oído hablar de su familia, y no había llamado a nadie en Navidad ni la noche anterior, en Nochevieja.
Frustrado, el cantante tiró el móvil a su lado. Quería saberlo todo sobre ella, incluido cómo estaba después de la discusión, pero no quería humillarse ni ir arrastrándose detrás de ella.
Cuando el teléfono volvió a sonar, no pensó en lo que hacía: simplemente lo cogió.
—Lissa... ¡por fin! —Angela empezó a hablar atropelladamente, antes de que el rockero pudiera decir nada—. Escucha, él está aquí... Estuvo aquí en casa, así que creo que es bueno que estés de gira con Gabe.
—Angela... —la interrumpió Gabriel. Le parecía tremendamente inapropiado escucharla, aunque sentía curiosidad por entender de qué hablaba la fan—. Una pausa para respirar te vendría bien.
—¿Gabriel? —Angela pareció sorprendida al principio; luego continuó, nerviosa—: ¿Dónde está Lissa? ¿Por qué cogiste su teléfono? Algo ha pasado, ¿verdad? ¡Maldita sea! Sabía que esto no era buena idea y...
—¡Cálmate! —la cortó de nuevo—. No ha pasado nada. Melissa se dejó el móvil en la fiesta anoche y no he tenido tiempo de devolvérselo.
—¿Estás seguro? —preguntó la chica con suspicacia—. Llevo un rato llamando...
—Estoy seguro —dijo—. El teléfono se quedó conmigo y yo estaba durmiendo, no oí el timbre —mintió.
Sí lo había oído, pero no había querido contestar, y no estaba seguro de haber tomado la mejor decisión al ceder por fin a su curiosidad—.
Voy a pedirle a alguien de mi equipo que lo entregue, para que puedas hablar con ella.
—Ah... Vale. Perdona que te haya despertado —Angela hizo una pausa—. No pensé que fuera a estar sin el móvil.
—De acuerdo, no pasa nada —Gabriel intentó no sonar molesto. Lo estaba, pero no quería pagarlo con la chica equivocada—. ¿Cómo estás?
—Creo que sobreviviré otro año más... —bromeó la chica—. Por cierto, ¡feliz año nuevo, Gabriel! Mi primera llamada del año y estoy hablando contigo. Parece buena señal. Quizá este año por fin consigan arreglarme...
Se rio suavemente.
—Ojalá sea así —le aseguró con sinceridad.
—¡Gracias! No te molesto más... Llamaré luego para hablar con Lissa.
—No, Angela. Espera... ¿Puedo preguntarte algo?
—¡Por supuesto!
—¿Por qué a Melissa no le gusta que la llamen Mel?
La línea se quedó en silencio un momento y Gabriel tuvo que comprobar que la llamada no se hubiera cortado.
—Antes le gustaba. Así la llamaba todo el mundo...
La chica sonaba melancólica.
—¿Y por qué ya no le gusta?
—Solo ella podrá decírtelo...
Gabriel se llevó la mano a la cara, frustrado. ¿De verdad había pensado que conseguiría información así? Podía ser el ídolo de Angela, pero Melissa era su mejor amiga.
—Pero si quieres saberlo, en el fondo creo que le gusta que tú la llames así.
—Lo dudo... —se rio sin ganas.
Se quedaron en silencio un rato más. Él quería preguntar más cosas, pero sabía que no obtendría respuestas. Quizá Angela lo percibió, porque en lugar de colgar, se quedó al teléfono.
—Gabriel, ¿quieres preguntarme algo más?
—Muchísimas cosas más —confesó—. Pero sé que no me las responderás.
Esta vez le tocó reírse a la chica, y fue una risa auténtica.
—¿Contarías los secretos de tu mejor amigo?
—No... —admitió—. No si él no quisiera que lo hiciera.
—¿Y crees que Lissa quiere que yo los cuente?
—Desde luego que no —respondió frustrado—. Y menos a mí. Esa chica me odia.
Angela volvió a reírse.
—Oh, por favor, no me decepciones. Sé que eres bastante inteligente para darte cuenta de que ella no es exactamente lo que intenta aparentar. No le desagradas, o ya habría vuelto a casa.
—No lo habría hecho —titubeó—. Ella haría cualquier cosa por hacerte feliz.
—No cualquier cosa...
Ang suspiró.
—Hay cosas que no podría soportar por mí.
—¿Quién es él? —preguntó por fin el rockero lo que se moría por saber desde que contestó la llamada. Se sentía ridículo, pero estaba celoso de alguien de quien ni siquiera sabía quién era ni qué importancia tenía en la vida de Melissa.
—Alguien que no debería existir.
La voz femenina sonaba enfadada.
—No pienso decir nada más...
Ya se imaginaba que no obtendría una respuesta concreta, pero lo poco que descubrió le revolvió el estómago.
Parecía que el tipo misterioso era alguien importante, quizá un exnovio.
Por eso la chica huía de sus besos. Quizá todavía sentía algo por el ex que había ido a buscarla a casa de su mejor amiga.
—De acuerdo —respondió desanimado—. Ni siquiera debería haber preguntado. No es asunto mío.
—Gabriel...
—Está bien, Angela —repitió, obligándose a sonar natural—. Me ha gustado hablar contigo. Podemos hablar más a menudo... Y no solo de Melissa. ¿Qué te parece?
—Me encantará.
—¡Genial! Puedes llamar cuando quieras.
♫