CAPÍTULO DIECISIETE – WITHWITHOUT YOU
“Mis manos están atadas
Mi cuerpo magullado, ella me tiene con
Nada que ganar
Melissa metió la mano en el bolsillo del abrigo al sentir vibrar el móvil. Estaba tan distraída con todo lo que la rodeaba que se había olvidado de llamar a Angela. Debería haberle enviado al menos un mensaje. Ahora le tocaría escuchar una queja.
Se alejó de la fiesta. Con el ruido tan fuerte, apenas podía oír sus propios pensamientos, y mucho menos a su amiga al otro lado de la línea.
Corrió hacia un rincón apartado y por fin sacó el móvil del bolsillo.
No miró quién llamaba; al fin y al cabo, solo recibía llamadas de Angela...
o de su madre cuando esta acababa convertida en el saco de boxeo de su marido.
Esperaba que no fuera la segunda opción; no quería que su noche se arruinara por las peleas de su madre con su padrastro, que luego ella misma minimizaba.
—¡Hola! —respondió con voz animada. Tenía tanto que contar que podría pasarse el resto de la fiesta allí, en aquel rincón tranquilo, hablando por teléfono. Gabriel tenía razón. Todo era mucho más divertido de lo que había imaginado y estaba deseando contárselo todo a su mejor amiga.
—Mi princesa... —A Lissa le temblaron las piernas y le faltó el aire al reconocer la voz grave al otro lado—. Me dejaste solo en nuestro día.
Si hubiera comido algo, habría vomitado allí mismo, porque el estómago se le retorcía.
Estaba a miles de kilómetros y aun así él seguía aterrorizándola.
—Estoy tan decepcionado. Como cada año, vine volando para ver los fuegos artificiales contigo y, por supuesto, quería quedarme hasta tu cumpleaños... Ya sabes que siempre lo celebramos juntos. Y cuando llego, me encuentro con que te has ido de viaje.
Quería gritarle, maldecirlo, pero como siempre, no pudo decir nada.
Recordó todos los Años Nuevos que había pasado a su lado: siempre tan animada, siguiéndolo por toda la casa, agradecida de que hubiera vuelto después de un año fuera...
Era su persona favorita en el mundo, en quien más confiaba.
A quien amaba como a un padre, ya que nunca había tenido uno.
Contaba los días que faltaban para su llegada y, cuando lo veía, no quería separarse de él. Y él siempre parecía tan ilusionado de verla.
Desde que Melissa tenía memoria, él había estado allí.
De niña, la mimaba con regalos inesperados, con dulces cuando su madre se los negaba, con paseos a escondidas.
Todavía recordaba cómo la hacía girar en el aire mientras jugaban, y cómo siempre la sentaba en su regazo para ver juntos los fuegos artificiales del año nuevo.
El ritual siguió siendo el mismo cuando dejó de ser niña y se convirtió en adolescente.
Le gustaba ponerse los vestidos cortos y los bikinis que él le regalaba, y no le importaba dejarse peinar mientras escuchaba sus cumplidos. Le encantaba que la llamara princesa.
No se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que su comportamiento no era el de un tío cariñoso que la quería como a una hija, de que sus manos en sus piernas mientras veían los fuegos artificiales no eran caricias inocentes, de que las noches en que lo encontraba en su habitación a medianoche no eran solo para comprobar que estuviera bien.
Debería haberse dado cuenta, debería haberse alejado. Y si no se hubiera acercado tanto a él, aquel Año Nuevo de hacía seis años no habría acabado en la peor celebración de cumpleaños posible cuando cumplió los dieciséis.
Él le destrozó la vida y luego hizo que todos dudaran de ella y la creyeran loca.
Al año siguiente volvió, actuando como si nada hubiera pasado, y todo se repitió...
E incluso ahora, a miles de kilómetros de distancia, seguía ahí como si todo fuera normal, molesto porque ella no estaba a su alcance.
—¡Te odio! —gritó al teléfono, olvidándose de dónde estaba, sintiendo cómo el pecho se le desgarraba una vez más—. No dejaré que vuelvas a hacerlo.
—Mi princesa... —rio en voz baja—. ¿Otra vez con eso? Sabes que no pasó nada... Nadie te creyó nunca.
Lissa quería tirarse al suelo, llorar, gritar pidiendo ayuda, lanzarse por la ventana que tenía al lado... Cualquier cosa. Pero, extrañamente, las lágrimas no llegaron, ni sus piernas se movieron. Seguía de pie, con el teléfono pegado a la oreja, escuchando la respiración de él.
Lo odiaba con todas sus fuerzas, tanto como se odiaba a sí misma.
—Lo dejaré pasar porque sé que estás tan triste como yo por habernos perdido nuestro Año Nuevo.
¿Echaste de menos ver los fuegos artificiales sentada en mi regazo?
—Lissa se estremeció y se apoyó contra la pared cercana.
¿Por qué no la olvidaba y la dejaba en paz?
No había nada más que pudiera sacarle—. Pero seguiré aquí para nuestra celebración.
Queda menos de un mes para tu cumpleaños, mi princesa.
Te he preparado algo especial. Sé que vendrás, y esta vez dejarás esas tonterías de teñirte el pelo y todo ese maquillaje innecesario, ¿verdad?
No querrás que me enfade contigo... Así que vas a portarte bien conmigo.
—Déjame en paz... —susurró al teléfono.
—Menos de un mes, Mel —le respondió él, recordándole por qué odiaba ese apodo—. Mamá va a viajar con mi hermano, tendremos la casa para nosotros solos... Nos vamos a divertir mucho. Estoy deseando que llegue.
Los dedos de la mano libre se cerraron hasta que las uñas se le clavaron en la palma. Su madre la dejaría sola con él voluntariamente una vez más, si estaba en casa. No era nada nuevo. Nadie le había creído nunca.
Siempre estaría sola aunque estuviera rodeada de gente.
Dejó que el móvil cayera al suelo y se llevó las manos a la cara. No tenía lágrimas que secar, solo un dolor agudo en el pecho que parecía ahogarla.
—Ahí estás... —la voz entusiasmada de Gabriel la sobresaltó. No se parecía a la voz del teléfono, pero por un segundo fue como si el otro estuviera allí, a su lado.
Automáticamente, retrocedió y se quedó mirándolo. Lo observó agacharse a recoger el móvil del suelo y ofrecérselo.
—Ven conmigo, quiero enseñarte una cosa, mi princesa —le tendió la mano a Lissa.
—¡No! —respondió con dureza, y su voz fue tan gélida que Gabriel sintió como si estuviera ante un témpano de hielo—. Nunca. Nunca más. ¿Me oyes? No vuelvas a llamarme así jamás.
—Mel...
—¡Mierda! ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Es Melissa o Lissa, si quieres seguir fingiendo que tenemos confianza.
—¿Qué te pasa? —preguntó Gabriel dolido, confundido e irritado. Tras una tarde complicada, la noche iba bien y ella sonreía hacía menos de quince minutos. Y ahora estaba ahí, atacándolo sin motivo—. ¿Qué demonios te pasa?
—Tú. Y este maldito concurso y todo lo que traes a cuestas. Estoy cansada de fingir.
Gabriel la miró, reparó en su rostro pálido incluso bajo el maquillaje, en sus manos temblorosas que gesticulaban hacia él. Intentó entender, pero no pudo, y en ese momento, tras un día agotador y estresante, ni siquiera quería.
—Entonces somos dos... —respondió, metiéndose las manos en los bolsillos, sujetando sin darse cuenta el móvil que ella había dejado caer y que no había recuperado de la mano del cantante cuando este intentó devolvérselo—.
Porque yo también estoy harto de ti y de tus constantes cambios de humor.
Y arrepentido, jodidamente arrepentido de haberte elegido, de haberme embarcado en esta farsa, de estar...
Respiró hondo, se calló y decidió marcharse antes de decir algo de lo que se arrepentiría al minuto siguiente.
Melissa lo vio darle la espalda y dejarla sola antes de terminar la frase.
Entonces las lágrimas que se habían resistido a brotar cuando habló con quien había destruido su vida, llegaron. Llegaron con todo, llegaron porque Gabriel estaba cansado de ella, arrepentido de tenerla a su lado, y porque la había dejado sola.
Como su madre y todos los que alguna vez había amado. No era ninguna novedad, pero aun así dolía.
Y con Gabriel dolía aún más.
Sin aliento y con la visión borrosa, fue tanteando las paredes en busca de apoyo. Con la cabeza gacha, evitando que alguien la viera.
No sabía cómo, pero en algún momento su guardaespaldas había aparecido y la había guiado lejos de todos.
Cuando se dio cuenta, él la miraba, visiblemente preocupado, con la puerta de su habitación abierta. Dijo algo que ella no logró procesar; luego la chica entró, cerró de un portazo como si un demonio la persiguiera, echó el cerrojo y se derrumbó en el suelo.
El corazón le latía demasiado rápido, le sudaban las manos, le temblaban las extremidades, el dolor crecía en su pecho. Parecía que iba a morir, pero ella sabía que no sería así. Sería tan fácil si simplemente muriera y todo terminara, pero nada era fácil para ella.
Se arrastró por el suelo hasta encontrar la maleta que no se había molestado en deshacer y fue arrojando la ropa hasta dar con una vieja cajita de música que ya no sonaba al abrirla.
Había sido un regalo de él, en su decimosexto cumpleaños…
la noche en que le arrancó la vida y dejó un caparazón vacío y traumatizado para cargar con las consecuencias.
Arrojó la caja lejos, sin importarle si se rompía o no, en cuanto sintió el contacto helado del acero de la pequeña cuchilla que escondía allí.
No pensó en nada mientras se levantaba el abrigo y el vestido y dejaba que la cuchilla recorriera automáticamente su muslo. Pero pensó en Gabriel, en su mirada herida cuando le dijo que no la llamara Mel, al sentir el ardor del corte.
—No, no, no... —repitió, mirando las medias negras de las que brotaba la sangre. Y aunque seguía negando, dejó que la cuchilla encontrara otro punto en su muslo, cortando aún más hondo. Quería más dolor del que la consumía.
No lo encontró, pero siguió intentándolo hasta que sintió el muslo arder con los cortes y su mano temblorosa, empapada de sangre, ya no pudo causar más daño.
Solo entonces se dejó caer al suelo, temblando, todavía llorando, todavía ahogándose, y deseó que esta vez por fin hubiera cortado lo bastante hondo, por última vez.
No fue así. Se dio cuenta cuando los primeros rayos de sol invadieron la habitación y aún temblaba, lloraba, se ahogaba... respiraba.
No se movió, siguió en el suelo, acurrucada como un animal herido, durante lo que debieron de ser horas, hasta que, gimiendo de dolor y agotamiento, se obligó a levantarse, a recoger la ropa dispersa y a prepararse.
Puesto que seguía allí, en algún momento alguien aparecería y tendría que volver a fingir.