Ángel de nieve Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Ellie se despertó justo antes de que las persianas se alzaran para dejar entrar la luz de la mañana. Una suave música clásica sonaba por los altavoces de la casa, y el aroma de la tortilla que Bianca le estaba preparando llegaba hasta ella incluso con las puertas cerradas.

Se dio la vuelta y se acurrucó bajo el edredón.

Metió la mano bajo la almohada y sacó la sudadera de Maggie.

Se la llevó a la cara e inspiró hondo, luego se aferró a ella mientras el sueño amenazaba con vencerla de nuevo.

En su mente, vio el rostro de Maggie, la expresión de conmoción y tristeza mientras se alejaba.

Como si la vida se le escapara con cada paso que daba Ellie.

El dolor se clavaba en su corazón debilitado, cada vez más hondo.

No sabía cómo iba a sobrevivir. Se preguntó si Maggie sentiría lo mismo.

Se secó una lágrima solitaria y se giró para buscar el teléfono en la mesita de noche.

Las persianas se alzaron y el televisor se encendió con la CNN.

Buscó el nombre de Maggie en los contactos. Gracias a Frank, tenía su número.

Pulsó el botón de llamada y el corazón se le aceleró mientras esperaba. ¿Contestaría Maggie esta vez? ¿O tendría que dejar otro mensaje de voz? Ya había dejado tres, y cada vez que Maggie no le devolvía la llamada, se le rompía un poco más el corazón.

El teléfono sonó y sonó. A Ellie se le encogía el corazón con cada tono. Estaba a punto de colgar cuando oyó una voz.

—¿Hola?

Ellie se incorporó de golpe, con la mente a mil.

—Hola. Ma...

Pero supo que no era Maggie. La voz era demasiado grave.

—Maggie no está disponible —dijo la voz.

—Necesito hablar con ella, por favor. Dile que soy Ellie.

Apretó el teléfono con fuerza, desesperada por contactar con ella.

—Lo siento, pero está durmiendo. Necesita descansar de verdad. ¿Puedes llamar más tarde?

—Lo he intentado varias veces. No me ha devuelto las llamadas.

Hubo una pausa. Luego un suspiro.

—Ellie, soy Mark, el hermano de Maggie.

Ellie se levantó, alarmada.

—Oh. ¿Está bien?

Otro breve silencio.

—Sinceramente, no, no lo está.

Ellie se acercó a los grandes ventanales y contempló el enorme jardín.

—¿Qué pasa? ¿Qué le ocurre?

Mark carraspeó y titubeó, como si no estuviera seguro de si debía contárselo.

—Ellie, sé que eres una persona ocupada, famosa, y que tienes muchas cosas entre manos. Pero llamarla y dejarle estos mensajes de voz entre lágrimas y luego no contestarle cuando te devuelve la llamada... le está haciendo mucho daño.

A Ellie le flaquearon las rodillas.

—¿Qué? ¿Maggie me ha llamado? ¿Cuándo?

—Te ha llamado varias veces.

Ellie notó cómo le ardía la cara de rabia.

—¿Con quién ha hablado?

—No lo sé. Gente. Gente que prometió darte el mensaje.

—Maldita sea.

Ellie quería estrellar el teléfono contra la pared.

—Mark, tienes que creerme. No tenía ni idea de que había llamado. Llevo días intentando contactar con ella. Por favor, necesito hablar con ella.

—Quizás esto no sea buena idea —dijo él—. Tu gente obviamente no quiere a Maggie en tu vida. Todo esto la está destrozando. Quizás deberías dejarlo estar. Por su bien.

Ellie no dudó.

—No. No voy a renunciar a ella. Quiero a Maggie en mi vida. No me importa nadie más. Ahora, por favor, déjame hablar con ella.

—No creo que sea buena idea. Mi hermana es muy frágil. Muy reservada. Creo que todo esto solo va a hacerle daño. Pero la despertaré. Espera un momento.

Ellie recorrió la habitación de un lado a otro mientras esperaba, con la mente dándole vueltas.

—¿Ellie?

La voz de Maggie sonaba adormilada y ronca.

—Maggie. Dios mío, Maggie. Qué alegría oírte.

Las lágrimas acudieron a sus ojos y se le hizo un nudo en la garganta.

—Te he echado muchísimo de menos.

—Yo también te echo de menos.

—¿Estás bien? Mark me ha dicho que me has estado llamando, pero te juro que no lo sabía. No lo sabía.

—Ellie... está bien. No importa. Vives en otro mundo.

Ellie se dejó caer al suelo.

—No, no hagas esto. Por favor, Maggie.

—Ellie, ¿cómo podríamos estar juntas? Si ni siquiera te pasan un recado...

—Maggie, ven a verme. Necesito verte. Hay una gala benéfica mañana por la noche. Habrá muchos escritores. Tu agente...

—Ellie... Ellie, no. Tenemos que... solo...

—No, Maggie. No puedo. No lo haré. No voy a renunciar a ti. Acabo de encontrarte. Te quiero en mi vida. Por favor, Maggie. Danos una oportunidad. Dame una oportunidad.

—Ellie...

—Por favor. Si sientes algo por mí, nos darás una oportunidad.

—Precisamente porque siento algo por ti es por lo que hago esto.

Ellie rompió a llorar.

—Maggie. Maggie.

—No quiero que sufras —susurró Maggie—. Por favor, no sufras por mi culpa.

—Dios mío, Maggie. Sufriré, ya sufro. Tienes mi corazón.

Se hizo el silencio. Ellie podía oírla respirar.

—Ojalá pudiera tocarte ahora mismo —dijo Ellie.

—Yo también. Lo deseo más que nada.

—Entonces no te rindas.

—Tengo que irme —dijo con evidente dificultad—. No puedo hablar. Necesito llorar.

—Te quiero —dijo Ellie—. Maggie, te quiero.

La línea chasqueó y se cortó. Ellie se abrazó y se meció.

Llamaron a la puerta.

—¿Señorita Ellie? —dijo Bianca—. El desayuno. ¿Quiere zumo esta mañana?

Ellie siguió meciéndose.

—Enseguida salgo.

Sabía lo que tenía que hacer. Debía mostrar entereza, fingir que estaba bien. Lo hacía constantemente. Tenía que seguir adelante. Aunque se estuviera muriendo por dentro.

Se levantó, se miró en el espejo, tomó aire con un temblor y abrió la puerta. Bianca estaba pálida.

—Señorita Ellie, ¿está bien?

Ellie sonrió. Su mejor sonrisa de plástico hasta la fecha.

—Estoy bien. Y sí al zumo.

Se dirigió a la cocina. Su cuerpo funcionaba, su boca sonreía, pero su corazón, su corazón lo había dejado en el dormitorio. Roto y hecho jirones, tirado en su suelo.

—Ellie, estás maravillosa.

Ellie se puso de pie y posó con la mano en la cadera.

Esbozó su mejor sonrisa. El evento benéfico era algo que apoyaba, algo de lo que estaba orgullosa.

Project Teen Write se dedicaba a que adolescentes en riesgo encontraran su voz a través de la escritura.

Le encantaba conocer a los chicos y, para bastantes de ellos, hacer realidad sus sueños mediante la publicación.

—Ellie, por aquí.

El evento benéfico era algo bueno, y ahora mismo necesitaba cosas buenas. La despedida de Maggie la había desgarrado por dentro, obligándola a examinar su vida con dureza. Las cosas tenían que cambiar, y estaba decidida a que así fuera.

—Por aquí, Ellie.

Se giró mientras las cámaras disparaban y la captaban desde todos los ángulos.

—Ellie, aquí mismo. Preciosa, bonita sonrisa.

—Ellie, ¿qué tal estás?

Ella siguió sonriendo.

—¿Sin acompañante esta noche?

Una imagen de Maggie la atravesó como un puñal y casi se derrumbó. Pero se recuperó enseguida, irguiéndose más, con una sonrisa más radiante.

—Ellie, ¿es cierto que desapareciste? ¿Dónde te metiste?

La pregunta le dolió, pero no lo demostró. Era actriz, y muy buena.

—Eso es todo, amigos.

Su mánager, Marco, sonrió, la tomó del codo y la condujo al interior. Ellie se relajó un poco al alejarse de los objetivos, pero se apresuró a retirar el brazo.

—Es normal que estés molesta —dijo él—. Menudo descaro preguntarte eso ahora.

Ella lo miró con incredulidad.

—No estoy molesta por la pregunta.

Siguió caminando, deseando una maldita copa.

Marco la alcanzó y se puso a caminar a su lado.

—¿Qué, todavía estás enfadada conmigo? Ellie, te lo dije, es por tu propio bien. Ella te hizo daño, ¿ves? Te ahorré más sufrimiento. Solo pienso en ti, cariño.

Ellie se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—¿Cómo sabes que me hizo daño? Hiciste algo con mi teléfono, ¿verdad?

Sonrió con malicia, encantada de haberse comprado uno nuevo.

—Tenemos que hablar, Marco. No ahora. Pero pronto. Las cosas van a cambiar. Pero ahora mismo quiero que te alejes de mí. Muy lejos.

Entró en el gran salón de baile del hotel y fue directa a la barra.

—Whisky, del bueno. Solo.

El camarero estaba nervioso; se le notaba en las manos temblorosas. Cuando le entregó la copa, se disculpó.

Ellie se bebió el whisky de un trago y devolvió el vaso.

—Relájate —dijo—. No mordemos.

—Me alegra saberlo —dijo él con una sonrisa tímida.

Hizo un gesto para pedir otro, se lo bebió de un trago y lo dejó para dirigirse a un grupo de personas que conocía bien.

Abrazó a sus conocidos de toda la vida y se sumergió en la conversación.

Ninguno mencionó su desaparición, aunque seguro que se habían enterado.

Lo agradecía; no estaba preparada para hablar de eso con nadie.

El whisky ayudó a que la conversación fluyera y a calmar sus nervios.

Se movió de grupo en grupo, dando abrazos y agradeciendo a todos su apoyo.

Abrazó a los escritores adolescentes y los felicitó por la publicación.

Estaba emocionada por la joven que acababa de vender su guion.

Su vida había cambiado para siempre, y eso conmovió profundamente a Ellie.

Tomó a la joven de la mano y la llevó hacia un grupo de escritores que conocía. Pero se detuvo en seco al oír su conversación.

—Te digo que está aquí. Años escondida y ahora, de repente, está aquí —dijo su amigo Clyde Banks.

—No puedo creerlo. ¿Por qué ahora?

Ellie se acercó y el corazón empezó a latirle más deprisa.

—Disculpad, pero ¿de quién estáis hablando?

—Ellie, hola.

Clyde le besó la mejilla. Los otros escritores hicieron lo mismo. A la mayoría los conocía, pero a algunos no. Volvió a mirar a Clyde en busca de una respuesta.

Él parecía avergonzado.

—No quería sonar...

Ellie lo cortó con un gesto.

—¿Quién?

Él miró por encima de su hombro y asintió.

—Pues ella. Abigail Forrester.

A Ellie le dio un vuelco el corazón. Tembló.

—¿Estás bien?

Se tocó la frente.

—Sí, bien, gracias.

Se giró y encontró a Maggie de pie, sola, cerca de la barra, con un traje pantalón negro a medida y una blusa color perla.

—Dios mío —dijo Ellie, demasiado conmovida para callarse.

—¿La conoces? —preguntó Clyde, siguiendo su mirada.

Ellie se apoyó en él.

—¿Conocerla? —dijo—. Estoy enamorada de ella.

Clyde le tocó la mano.