Capítulo dieciséis #2
—Entonces ve con ella —dijo—. Nosotros cuidaremos de tu joven amiga.
Ellie no podía apartar los ojos de Maggie.
—Sí —dijo mientras se alejaba.
Respiró hondo, cruzó el salón rápidamente y se detuvo detrás de ella. Maggie tenía una copa de vino tinto entre las manos.
—Viniste —susurró, tan embargada por la emoción que pensó que iba a desbordarse de un momento a otro. Se cubrió la boca con una mano temblorosa, intentando contenerse.
Maggie se quedó inmóvil. Giró la cabeza hacia un lado.
—No pude resistirme. No pude decirte que no.
Ellie se acercó más y entrelazó su meñique con el de Maggie.
—Ya veo.
Aspiró con fuerza; el aroma de Maggie le encendió un fuego interior. El deseo se avivó como una llama, y le apretó el dedo.
—Me alegra que estés aquí.
A Maggie se le entrecortó la respiración cuando Ellie se acercó más.
—Estoy nerviosa —suspiró Maggie.
—Lo sé —dijo Ellie—. Sé lo difícil que es esto para ti.
Con destreza, deslizó las yemas de los dedos por el centro de la mano de Maggie.
—Ellie —suspiró, estremecida por la caricia.
—¿Qué?
—Será mejor que te alejes de mí antes de que...
—¿Antes de qué?
—Antes de que pierda el control y te tome en mis brazos.
Ellie entrelazó sus manos.
—No quiero alejarme de ti. Quiero quedarme justo aquí.
—La gente verá.
—No me importa.
Ellie tiró de ella y quedaron frente a frente. Ellie le tomó la otra mano y se la apretó.
—Es tan bueno verte, sentirte.
Maggie sonrió.
—Casi me da un infarto.
Se miraron durante un largo momento, lánguido. Ellie alzó la mano y le rozó los labios carnosos, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Estás preciosa.
Maggie tembló, le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—No tanto como tú con ese vestido.
Ellie se ruborizó, encantada con lo que Maggie le hacía sentir. Cuando sus ojos estaban puestos en ella, se sentía la mujer más deseada del mundo.
—Ellie, Ellie, ¿qué demonios estás haciendo?
Ellie se giró sobresaltada y vio a Marco que venía hacia ella a toda prisa, con el rostro desencajado de ira.
—La gente te está buscando —dijo, sin dignarse a mirar a Maggie—. Y tú aquí montando un maldito desfile del orgullo gay.
Ellie se estremeció como si la hubiera abofeteado.
—Pero qué demon...
Empezó a decir, pero Maggie lo apartó de un empujón y se interpuso entre ellos.
Marco intentó mirar por encima de ella, pero Maggie no se lo permitió.
Parecía nervioso, furioso, como un animal enjaulado.
—Ellie, no me hagas esto —lo oyó decir—. Sácala de aquí.
Ellie apartó a Maggie a un lado.
—Al que voy a sacar de aquí es a ti, Marco. Estás despedido.
Apretó la mandíbula junto con los puños.
Sus palabras lo dejaron atónito.
—No puedes hacer eso. Ellie, llevamos años juntos. Eras solo una adolescente mocosa cuando te conocí. Yo te hice. No puedes hacer esto.
—Puedo y lo hice. Ahora lárgate de aquí.
Había esperado hacer esto en privado, pero en ese momento, no le importaba si el mundo entero lo veía.
Retrocedió tambaleándose.
—¡No puedes hacer esto, Ellie! ¡No puedes hacer esto!
Ellie hizo una seña a los de seguridad, que observaban la escena de cerca.
—Escóltenlo afuera y asegúrense de que no vuelva a entrar.
—Sí, señora.
Maggie le tomó la mano y se la apretó con suavidad.
—¿Estás segura de haberlo despedido?
—Nunca he estado más segura.
—No puede hacerte daño, ¿verdad?
Ellie se rio.
—Tuve una pequeña charla con mi nueva abogada esta mañana.
—¿Nueva abogada también?
—Sí.
Ellie se giró para mirarla.
—Hice limpieza. Algunos otros también se fueron.
Le apretó la mano a Maggie.
—Ahora bésame antes de que me desmaye de puro deseo.
Maggie la miró fijamente a los ojos, y Ellie pudo ver cómo se le aceleraba el pulso en la base del cuello.
—Está bien —dijo Ellie, y lo decía en serio.
—¿Estás segura?
—Sí. ¿Y tú?
Maggie le tocó el rostro.
—Sin miedo, ¿verdad?
Ellie sonrió, y sintió que esa sonrisa le iluminaba todo el ser.
—Sin miedo.
Maggie se inclinó y la besó, y Ellie sintió que el calor le recorría la columna de arriba abajo antes de extenderse por todo su cuerpo. Gimió rindiéndose, incapaz de moverse, de pensar, de racionalizar. Solo podía sentir. Y era maravilloso.
Y cuando por fin se separaron, Ellie oyó algo extraño. Se giró desconcertada y vio que sus invitados aplaudían. Sonreían, saludaban con la mano y aplaudían.
Maggie se sonrojó y carraspeó.
—Creo que ya no hay secreto que valga.
—Eso creo.
Ellie la rodeó con sus brazos, y Maggie le devolvió el abrazo.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —preguntó Ellie, mirándola.
—Unas viejas cartas de mi madre.
—¿En serio?
Recordó las que había visto en el cajón de su cómoda. Las atadas con cinta roja.
—Me escribió mucho después de que Stacy se fuera. Me dijo que tenía que seguir confiando, seguir intentando. Darle una oportunidad a la gente.
—Y no escuchaste —dijo Ellie.
—No. Tenía demasiado miedo. Pero en su última carta, antes de morir, dijo que el amor volvería a encontrarme, pero que tenía que ser valiente y dejarle paso.
Ellie alzó la mirada hacia ella con una sonrisa.
—¿Lo eres, Maggie? ¿Eres tan valiente?
Maggie la estrechó contra sí.
—Por ti, lo soy —le rozó el labio inferior con el pulgar—. Estoy enamorada de ti, Ellie.
Una oleada de calidez la recorrió, y Ellie sintió que podía salir volando.
—Abigail Forrester, ¿te quedas conmigo esta noche?
Maggie no dudó.
—Sí.
Ellie se rio.
—¿Lo has hecho alguna vez en el asiento de atrás de una limusina?
—No, la verdad es que no.
—Te esperan tantas cosas, Maggie Douglas —le tomó la mano y tiró de ella—. Vamos. Hay gente que se muere por conocerte.
—¿De verdad?
—Oh, sí. Eres la comidilla de la noche.
—Seguro que sí —Maggie se puso a caminar a su lado—. Seguro que lo somos.
—Que hablen, que babeen, que se desmayen ahí mismo. Te tengo a ti, y eso es lo único que importa.