Capítulo nueve
Maggie se despertó con otra alerta meteorológica en el móvil.
La tormenta había amainado, pero solo sería una tregua breve.
El viento y la nieve volverían a primera hora de la tarde.
Seguían recomendando a la gente que permaneciera en casa hasta nuevo aviso.
Parpadeó, deslumbrada por la luz de la mañana.
Había dormido en el cuarto de invitados y tardó un momento en orientarse.
Sabía que tenía que levantarse y volver a encender las chimeneas para mantener el calor, pero no quería abandonar el refugio de aquella cama tan acogedora.
Entonces se acordó de Ellie, apartó las mantas y se dirigió al pasillo.
El silencio se cernía sobre la casa, espeso y pesado.
Aminoró el paso al acercarse a la puerta del dormitorio principal.
Con cuidado, pegó la oreja a la puerta. Más silencio.
Llamó con un golpe suave y entreabrió. Lincoln levantó la cabeza desde los pies de la cama y meneó la cola cuando ella entró.
Sin hacer ruido, se acercó a la cama para ver cómo estaba Ellie.
Dormía de lado, acurrucada entre las mantas como si nunca fuera a soltarlas. A Maggie se le cortó la respiración al contemplar aquel rostro tan hermoso. Ellie parecía tan serena, tan angelical. Maggie habría querido mirarla así para siempre. Nunca había visto nada tan bello.
Soltó el aire y se dio la vuelta para marcharse. Lincoln se quedó en la cama, empeñado en no moverse. Era extraño no tenerlo pisándole los talones a todas horas. Nunca lo había visto tan prendado de nadie.
Salió de la habitación con el mismo sigilo con que había entrado y se dirigió a la cocina. Sacó el beicon de pavo y unos huevos y empezó a preparar el desayuno. Sabía que Ellie tendría hambre cuando despertara.
Volvió a pensar en contactar con alguien, en avisar de que Ellie estaba allí y a salvo. Seguro que alguien la estaría buscando, preocupado por ella. Pero no sabría a quién llamar y no quería traicionar los deseos de Ellie.
Abrió la nevera de nuevo y sacó el zumo de naranja.
Se sirvió un vaso y bebió mientras batía los huevos.
La noche anterior, acostada en la cama, había buscado información sobre Ellie en el móvil.
Era una actriz ganadora del Emmy, filántropa famosa, trotamundos, portavoz de numerosas fundaciones y productos.
Una persona muy importante. Una persona a la que sin duda echarían de menos.
Entonces, ¿por qué estaba aquí? ¿Por qué ahora?
¿Y por qué estaba sola? Ellie no había mencionado ningún marido, así que ¿quién era Marco?
—Buenos días.
Maggie se volvió, sorprendida. Ellie caminaba por su propio pie, y el color de su rostro parecía vibrante, saludable.
—Buenos días.
Ellie se abrazó el cuerpo y Lincoln pasó trotando junto a ella hacia la cocina, donde estaban sus cuencos. Bebió agua con entusiasmo. Maggie dejó el zumo.
—¿Café? ¿Zumo?
—Zumo, por favor.
Maggie le sirvió un vaso y se lo entregó con una sonrisa.
—¿Has dormido bien?
Ellie dio unos sorbos y sonrió. Pareció meditar la respuesta.
—Al final, sí.
—Bien. Te hacía mucha falta.
Ellie no respondió. Parecía perdida en sus pensamientos.
—Hay un albornoz en el armario del dormitorio.
—Maggie se volvió para terminar los huevos.
Los sirvió en un plato con la espátula. Notaba el peso del silencio, pero siguió cocinando, dándole espacio a Ellie.
La gente debía de hacerle preguntas constantemente.
Quizá necesitaba un poco de tranquilidad.
Maggie se volvió con el plato y el zumo en la mano.
—¿Quién es Stacy Kimball?
A Maggie se le cayó el plato y notó que le flaqueaban las rodillas. Se agarró a la encimera para sostenerse.
«Stacy. ¿Cómo sabía lo de Stacy?». Maggie intentó recuperar el aliento, avergonzada por su reacción.
Ellie estaba a su lado, ayudándola a incorporarse.
—Lo siento mucho.
—Los huevos. —Maggie no podía creer que se le hubieran caído y hubiera roto el plato. Menudo desastre. Le daba vueltas la cabeza mientras iba a buscar la escoba.
—Espera, espera. —Ellie la sujetó con firmeza—. No te preocupes por eso.
Maggie se quedó inmóvil, consciente del contacto de Ellie. Era fuerte, y eso la sorprendió. Ellie podía ser menuda, pero tenía fuerza. Una oleada de adrenalina la recorrió.
—No quería molestarte. —Ellie le apretó el antebrazo.
Maggie forzó una sonrisa.
—No me has molestado. Es que... estoy bien.
—No mientas. —Ellie lo dijo en voz tan baja que Maggie ladeó la cabeza para mirarle los labios.
—Yo...
—No lo hagas. —Ellie le puso un dedo en los labios—. Por favor, no mientas. No puedo soportarlo.
Maggie la miró a los ojos. Temblaba de vulnerabilidad y de deseo.
—Significa algo para ti —dijo Ellie. Bajó la mirada—. Siento haberme entrometido. —Se alejó despacio, dejando a Maggie sin aliento.
Ellie encontró la escoba y el recogedor. Se arrodilló y limpió el estropicio mientras Maggie permanecía de pie, incapaz de moverse.
—No hace falta que hagas eso —dijo Maggie por fin.
Ellie tiró los restos a la basura y guardó el recogedor y la escoba. Luego abrió la nevera en busca de más huevos. Se plantó junto a los fogones, lista para cocinar.
—Quizá deberías sentarte. Sigues pálida.
Maggie tragó saliva, notando el ardor en la garganta. Estuvo a punto de decir que estaba bien, pero recordó las palabras de Ellie.
—Hace mucho que nadie pronuncia su nombre. —Le tembló la voz al confesarlo.
Ellie no se volvió, sino que se quedó muy quieta. Maggie observó su nuca, rezando para que no se girara a mirarla. Se sentía completamente abierta, totalmente expuesta. Era lo que más evitaba, y sin embargo ahí estaba, desnudando su alma ante una desconocida.
—Debía de ser muy especial.
—¿Cómo...? —El nombre había surgido de la nada y la había pillado totalmente desprevenida.
—El cuadro —dijo Ellie—. El que está sobre la chimenea de tu dormitorio.
Maggie cogió el zumo y bebió con cuidado. La acidez la devolvió al presente.
—Claro.
—Me gusta —dijo Ellie, cascando un huevo en la sartén—. No puedo dejar de observarlo.
—Ella era... es... muy talentosa.
Ellie removió los huevos con una espátula. —Puedes preguntarme —dijo—. Pregúntame lo que quieras saber.
Maggie estuvo a punto de negar que tuviera alguna pregunta. Bajó la mirada hacia la encimera. Parecía más fácil para ambas hablar de espaldas. —¿Quién es Marco? —Oyó que Ellie se quedaba quieta.
Maggie esperó un momento y luego se echó atrás, consciente de que se había pasado de la raya.
—Lo siento. No debería haber preguntado.
Ellie suspiró. —Es mi representante.
Maggie terminó su zumo, todavía dominada por los nervios.
—¿Por qué lo preguntas? —Ellie estaba revolviendo de nuevo los huevos y sacando el beicon de la sartén con un tenedor.
Maggie se colocó a su lado con un plato en la mano. —Estabas hablando con él. Cuando te encontré.
Ellie depositó los huevos y el beicon en el plato, y Maggie la guio hasta la mesa de la cocina, donde ya tenía platos y cubiertos preparados.
Se sentaron una frente a la otra, y Maggie le sostuvo la mirada. El corazón se le aceleró y tuvo que obligarse a apartar los ojos.
—¿Qué dije? —preguntó Ellie.
Maggie vaciló.
—Por favor, no me digas que no te acuerdas.
—Vale —susurró Maggie. Ellie era intensa e insistente como nadie que hubiera conocido—. Dijiste que ya no podías más.
Maggie supo que había tocado un punto sensible. No insistió. En lugar de eso, dio un bocado e intentó parecer tranquila.
Ellie comió dos bocados y masticó despacio. Parecía triste, ansiosa, con el ceño fruncido.
Maggie no sabía qué decir. Era evidente que Ellie estaba alterada, y se sentía culpable por haberlo provocado.
—Me explota hasta la extenuación —dijo finalmente, tras tragar—. Me vende al mejor postor, no para de presionar y presionar.
Maggie la miró a los ojos vidriosos. Cayó una lágrima, luego otra. —Ellie, lo siento mucho.
—No. —Levantó la mano en señal de protesta—. No lo sientas. No te preocupes por nada. —Se secó las lágrimas y respiró hondo—. Te garantizo que me está buscando en este preciso instante.
—¿Por eso estás aquí? —preguntó Maggie.
Ellie miraba por la ventana, contemplando cómo el viento arrastraba volutas de nieve de los árboles cargados. No se volvió a mirarla. Parecía perdida en su propio mundo. —Quería escapar. Necesitaba escapar. ¿Tan malo es eso?
—No. —A Maggie apenas le salía la voz, quebrada por la emoción. Sabía exactamente cómo se sentía Ellie—. No lo es.
—No se lo dirás a nadie, ¿verdad? —Se volvió y la miró directamente con ojos penetrantes.
Maggie negó con la cabeza.
—Sé que mi paradero valdrá mucho dinero...
—No me interesa el dinero.
Ellie siguió mirándola. —¿Qué te interesa entonces?
—Asegurarme de que estés bien.
Ellie jugueteó con el vaso de zumo. —¿Vas en serio?
A Maggie no le gustaba que las preguntas se hubieran vuelto hacia ella.
No le gustaba estar bajo el microscopio de nadie, y menos aún el de Ellie Falcon.
Tenía un poder sobre ella que la aterrorizaba.
Algo en sus ojos, en sus expresiones, en la forma en que parecía sentirlo todo.
Todo se estaba confabulando para atacar su coraza.
Buscando grietas, una forma de entrar. Sabía que no pararían hasta encontrar el modo de infiltrarse.
—¿A qué te refieres? —Se removió en la silla y dio otro bocado. El movimiento ayudaría a esquivar su mirada.
—Tu nobleza. El caballero blanco que viene a rescatarme. Honesta, directa, de buen corazón. Todo suena muy bien, pero ¿es verdad?
¿La estaba halagando o insultando? Dio un trago e intentó calmar el corazón desbocado.
—Supongo que tendrías que preguntarle a alguien que me conozca.
—¿Como Stacy?
Maggie le sostuvo la mirada con fiereza. Ellie la estaba presionando, tanteándola. Buscaba algún tipo de reacción. Maggie ya le había mostrado demasiado.
—Si puedes encontrarla, eres bienvenida a preguntarle. —Se levantó y recogió su plato. Fue a la cocina y empezó a limpiar. Sabía que Ellie estaba alterada y atravesando un momento difícil. Entendía su necesidad de ponerse a la defensiva. Pero hacer daño, eso ya era otra cosa.
—Lo siento. —Ellie estaba de pie detrás de ella, y Maggie decidió no volverse a mirarla. Prefería que simplemente se fuera.
—Estoy sufriendo y me siento tan... no sé... perdida. Me desahogué contigo y lo siento.
Maggie fregó las dos sartenes y los cubiertos. Los colocó en el escurridor y empezó con la espátula. Todavía sentía a Ellie detrás de ella.
—Siento estar aquí. Lo siento, yo...
—Que estés aquí no es ningún problema. —Maggie cerró el grifo y se volvió para secarse las manos. Su tono era firme y decidido. No iba a permitir que nadie entrara en su casa y la hiriera con el pasado. Le daba igual quién fuera.
Ellie cerró la boca, como si hubiera cambiado de opinión. Parecía frágil de nuevo. Y pequeña. Maggie sabía lo fácil que sería levantarla y llevársela en brazos, pero apartó el pensamiento. No podía dejar que la atracción que sentía por ella la dominara.
—Por favor, tienes que saber cuánto lo siento. No pretendía hacerte daño...
—¿Ah, no?
Ellie negó con la cabeza. —No.
—Pues a mí me pareció bastante claro.
—No, por favor, no pienses eso.
Maggie salió de la cocina y fue al salón. Se puso a atizar el fuego. Oyó a Ellie seguirla.
—Maggie, me confundes.
Maggie soltó una risa y le lanzó una mirada fulminante.
—Esa sí que es nueva.
Ellie no se amilanó.
—Lo digo en serio. Eres tan amable y valiente, y no sé, tan condenadamente buena. Me cuesta creerlo. Sigo esperando que tú...
—¿Qué?
Pinchó un tronco con el atizador, cada vez más alterada.
—Todo el mundo quiere algo de mí. Todos quieren llevarse un pedazo.
Maggie se enderezó, con la mirada fija en el fuego.
—Yo no soy como los demás.
Ellie se acercó y se puso a su lado. Extendió las manos hacia el calor.
—Empiezo a darme cuenta.
—No voy a pedirte nada. No quiero nada.
—¿Por qué no?
Maggie la miró y vio la inocencia en la pregunta.
—Porque tengo todo lo que necesito.
—Pero estás sola.
Maggie se encogió de hombros.
—¿Eso no te molesta?
—No.
—¿Nunca?
—Estoy acostumbrada.
—No creo que yo pudiera acostumbrarme a eso.
—Y sin embargo, arriesgaste tu vida para escapar y quedarte sola.
Ellie bajó las manos.
—No te impresiono, ¿verdad?
Maggie la miró de nuevo, buscando en sus ojos alguna segunda intención. Al no ver ninguna, decidió ser honesta.
—No.
—Ya me lo imaginaba.
—¿Ese es tu problema conmigo?
—No estoy acostumbrada a que me traten como a una persona.
—Solo eres una persona.
—Lo sé. Tú lo sabes. Pero...
—¿Sí?
—Nada. Da igual. Es que no estoy acostumbrada a gente como tú.
—Y yo no estoy acostumbrada a gente como tú.
—Supongo que no.
Ellie se alejó.
Maggie la observó caminar en silencio hacia el pasillo, donde desapareció.