Ángel de nieve Capítulo diez
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Capítulo diez

Ellie regresó al dormitorio agotada. El corazón le aleteaba en el pecho con ansiedad, igual que cada vez que tenía una escena difícil.

Cada vez dudaba de si podría hacerlo, lograrlo, arriesgarlo todo.

Pero siempre conseguía salir adelante. Esto, sin embargo, era diferente.

Era una persona, no una escena. Había herido a Maggie.

Lo había visto en su rostro. Parecía que alguien la hubiera abofeteado.

Y lo había hecho. La había abofeteado verbalmente con lo de Stacy.

Ellie cerró la puerta con suavidad tras de sí antes de meterse en la cama.

Oyó un arañazo en la puerta y se levantó para dejar entrar a Lincoln.

Fue directo a la cama y se acomodó. Ellie cerró la puerta y se tumbó junto a él.

Se estiró a su lado y le acarició la cabeza.

Le encantaba la suavidad de sus orejas y el ritmo pausado de respiración en el que ambos se sumían.

¿Por qué había herido a Maggie? ¿Por qué había invadido su intimidad con el tema de Stacy? Odiaría que alguien le hiciera eso a ella. Entonces, ¿por qué se lo había hecho a Maggie?

Porque había querido saber. Y ahora lo sabía. Maggie había estado enamorada de Stacy.

Se giró boca arriba para mirar al techo. Maggie era lesbiana.

Ahora lo sabía y se sentía fatal. La gente siempre sentía tanta curiosidad por ella, y hacían lo que fuera para descubrir algo personal. Y ahí estaba ella, haciendo lo mismo con otra persona. Jugaba con sus emociones para sacarle información. Le daba asco.

¿Podría Maggie perdonarla alguna vez? ¿Debería hacerlo?

—No merezco el perdón —susurró mientras acariciaba a Lincoln. Él le respondió con un lametón y un empujoncito para que continuara—. ¿Qué me pasa? ¿Por qué me importa si Maggie es lesbiana? Se incorporó y se llevó la palma al estómago. Lo sentía revolotear. Y sabía la razón.

—No. —Negó con la cabeza, pero el corazón le empezó a galopar en el pecho.

Se sentía atraída por ella. Muy atraída.

—Oh, Dios. —Se bajó de la cama y corrió al baño.

Se inclinó sobre el lavabo y se echó agua helada en la cara.

Cuando se obligó a mirarse en el espejo, vio a una mujer que no había visto en años.

Una mujer atraída por otra mujer. Una mujer tan cautivada por otra que iría hasta el fin del mundo por estar con ella.

Vio a una mujer que creía haber dejado muy atrás.

—No puedo. No ahora. —Pero su reflejo no cambió. Se mantuvo firme. No había manera de negar lo que sentía su corazón. Un hombre no podía ahuyentarlo. Un trabajo no podía mantenerlo a raya. Cuando sentía algo por una mujer, no había forma de detenerlo.

—Pero lo he hecho tan bien —se suplicó a sí misma. Pero esto era real y estaba pasando. Y sabía lo que tenía que hacer.

—Tengo que salir de aquí.

Salió del baño sin secarse la cara. Lincoln levantó la cabeza cuando ella abrió el armario y empezó a ponerse capas de ropa.

—Tengo que irme.

Se puso un traje de esquí sobre la ropa.

Se sentó y se calzó unos gruesos calcetines de lana.

Encontró un cajón con guantes y gorros. Cuando estuvo lista, se acercó a la cama y besó a Lincoln.

Luego abrió la puerta con cuidado. Avanzó por el pasillo con el oído atento a cualquier ruido.

Cuando estaba a mitad de camino del salón, oyó algo.

Se detuvo y aguzó el oído. Venía de la habitación a su derecha.

Sin hacer ruido, se acercó y miró por la puerta entreabierta.

Maggie estaba sentada ante un gran escritorio antiguo, tecleando en un portátil.

Sus dedos se movían con tanta destreza, tan rápido, que Ellie se dio cuenta de que llevaba años haciéndolo.

Ellie la observó murmurar para sí misma mientras trabajaba.

A veces hacía una pausa y miraba por la ventana hacia el blanco resplandeciente.

Luego continuaba sin parar durante largos ratos.

Ellie deseaba desesperadamente saber qué estaba escribiendo.

Si realmente era Abigail Forrester. Pero ahora sabía que nunca lo sabría.

Contempló su figura, sus manos en movimiento.

Dedos largos y delgados, manos y brazos fuertes.

Estudió la fuerza de sus hombros, el ángulo marcado de su mandíbula.

La forma en que su cabello espeso a veces le caía sobre los ojos, lo que la obligaba a apartárselo con las manos, y entonces la luz del sol arrancaba destellos a los reflejos.

Ellie quería pasar las manos por él. Apartarlo de sus ojos penetrantes.

Quería tocar su piel aceitunada y deslizar suavemente el pulgar sobre sus labios carnosos.

Quería besar esa boca mientras se abría con un gemido de placer.

Ellie casi dejó escapar un gemido de deseo. Se alejó rápidamente de la puerta y continuó con su misión. Tenía que irse, ya.

Encontró el camino hacia la puerta, pasando por el vestíbulo de entrada.

Allí encontró botas de nieve, varios pares.

Se sentó en el banco y se calzó un par. Le quedaban grandes, pero servirían.

Luego se puso de pie y se enfundó en un abrigo grueso.

Se lo abrochó con la cremallera y se aseguró de que los guantes y el gorro estuvieran bien puestos.

Luego miró las raquetas de nieve. Cogió un par y miró hacia atrás. Lincoln la estaba observando.

—Lo siento, chico. —Descorrió el cerrojo de la puerta y tiró.

El porche estaba despejado, pero los escalones estaban cubiertos de nieve.

Había una pala para quitarla, pero no tenía tiempo, y temía que Maggie oyera el ruido.

Se giró al oír un arañazo. Era Lincoln. Estaba rascando la puerta—. Lo siento, amigo.

Le lanzó un beso y se dirigió con cuidado hacia los escalones. Calmó los nervios lo mejor que pudo e inspiró el aire frío. Dio un paso largo hundiéndose en la nieve y medio caminó, medio se deslizó escaleras abajo.

Cuando llegó abajo, se quedó quieta y calmó el corazón acelerado.

El frío le trajo de vuelta el recuerdo del todoterreno, y casi le entró el pánico.

Sabía que no debería estar fuera, pero tenía que intentarlo.

La casa de Frank no quedaba lejos y el tiempo estaba aceptable en ese momento.

Si conseguía llegar, estaría bien. Se puso las raquetas de nieve, se las ajustó y se dirigió hacia la casa de Frank.

Caminar resultó incómodo al principio, pero pronto le cogió el tranquillo y avanzó tan rápido como pudo.

Se mantuvo en lo que parecía un sendero cubierto de nieve fresca. Sabía que Maggie la encontraría fácilmente, pero temía adentrarse en el bosque. Ya había experimentado lo que era casi morir congelada y temía que se repitiera.

—Entonces, ¿qué demonios estoy haciendo aquí fuera?

Siguió avanzando, esperando que su apuesta a ciegas diera resultado. Solo tenía que llegar antes de que Maggie se diera cuenta de que se había ido.

Si llegaba a la casa de Frank, podría demostrar que estaba bien.

Encontraría la llave escondida, entraría y encendería fuego en la gran estufa de leña.

La cabaña de Frank no era tan grande ni tan bonita como la de Maggie, pero Ellie podría apañárselas.

Solo tenía que mantener la esperanza de lograrlo y de que Maggie guardaría el secreto de dónde estaba.

Maggie no parecía de las que la traicionarían. Parecía haberle creído cuando le dijo que no quería nada de ella. Mientras el frío mordiente la azotaba, pensó que quizá podría haber intentado confiar en ella.

—No era ella quien me preocupaba —dijo con la respiración entrecortada.

El viento arreciaba y las nubes habían tapado el sol.

Le ardían las piernas, casi tanto como los pulmones.

La altitud le estaba pasando factura. Y la cabaña de Frank quedaba más arriba en la montaña.

Se detuvo y miró hacia lo alto. Todavía no conseguía ver la cabaña.

Habría jurado que estaba más cerca. Siempre había podido ver el tejado de la casa de Maggie desde el porche de Frank, y siempre había admirado la casa preguntándose quién viviría allí.

Entonces, ¿dónde estaba la de Frank? Se inclinó e intentó recuperar el aliento. Tenía que lograrlo. Tenía que hacerlo.

Miró al cielo y vio que las nubes se espesaban. La nieve empezó a caer mientras alzaba la vista parpadeando.

Mierda.

Tenía que moverse.

Siguió adelante, con todo su cuerpo suplicando clemencia. Las manos le temblaban, no de frío, sino de debilidad. No había terminado el desayuno y no estaba del todo recuperada.

Mierda.

¿En qué estaba pensando?

Las rodillas le flaqueaban como si fueran de gelatina, y cada vez le costaba más salir de los hoyos que iba dejando.

Dio un paso y pensó en el rostro de Maggie. Dio otro y se perdió en sus ojos ardientes. Cayó hacia delante y pensó en su sonrisa, en su boca carnosa, en su ondulado cabello oscuro.

—Tengo que seguir.

Intentó levantarse, pero se hundió en la nieve. No iba a conseguirlo, pero tampoco podía sobrevivir a Maggie.

—Oh, Dios.

Se dio la vuelta y quedó boca arriba, cerrando los ojos mientras la nieve la azotaba. Dejó que cayera. Simplemente dejó que cayera, cayera, cayera.

Estaba demasiado débil para volver. Demasiado débil para seguir. Maggie. Se acurrucó de lado. Quería a Maggie. No podía luchar contra ello. La quería.

—Oh, Dios.

Estaba tan débil que sonrió hacia la nieve que caía. Ya no importaba. Podía admitirlo.

—La quiero.

Se rio. Histérica. Estaba histérica. Cerró los ojos de nuevo y oyó un ruido a lo lejos.

Constante, un zumbido. Estaba demasiado cansada para que le importara.

Empezó a tiritar y deseaba desesperadamente dejar de sentir.

El frío era demasiado intenso. El mundo se volvía borroso.

El blanco se fundía en el olvido. Se dejó caer de espaldas y cerró los ojos.

Se sentía tan bien, tan segura, tan en paz.

—¡Ellie! —una voz gritó como desde el fondo de un túnel. Un motor zumbaba. Abrió los ojos y vio la moto de nieve detenerse a su lado. Maggie saltó del vehículo, se quitó las gafas y se arrodilló junto a ella.