Capítulo cinco
Maggie salió de la habitación sintiéndose algo perdida.
Era evidente que Ellie estaba disgustada, y no sabía cómo lograr que se relajara.
Ya había rescatado a otros antes —excursionistas sorprendidos por una tormenta, automovilistas atrapados en la carretera— y todos se habían mostrado enormemente agradecidos.
Ellie solo tendría que quedarse un par de días, quizá algo más; después podría llevarla al albergue de esquí donde estaba su coche, o intentar dejarla en casa de Frank.
El móvil le vibró en el bolsillo mientras iba hacia la cocina.
—¿Sí?
—Maggie, soy Frank. ¿Cómo estás?
Dudó un momento antes de contestar.
—Bueno, físicamente creo que estamos bien. Ellie está sana y salva, y las dos hemos descansado un poco.
—Bien, bien.
Maggie se asomó a la ventana. Entraba una luz tenue, y el viento silbaba suavemente al golpear la casa.
—Escucha, Frank, creo que no se siente nada cómoda aquí.
—Valora mucho su intimidad. Insiste en ello. Siempre ha sido así.
—Pero esta no es una situación normal. Va a tener que quedarse aquí un tiempo. Con la tormenta y lo débil que está... No creo que haya comido en días. Está un poco...
—¿Demacrada?
Maggie suspiró.
—Parece que le hace falta comer y descansar.
—Suele necesitarlo. A veces aparece hecha un saco de huesos.
—¿Trabaja demasiado?
—Yo diría que sí. Pero rara vez habla de ello. Como te digo, es muy reservada.
—¿No tiene familia? ¿Alguien que se preocupe por ella? ¿No estarán preocupados?
—No creo que tenga familia. Nadie cercano, al menos. En cuanto a quienes se preocupan por ella, suele decirles que va a otro sitio. Y los mantiene a raya con ese móvil suyo. Siempre está pegada a él.
—¿Amigos?
—Tiene muchos, pero creo que también los mantiene a distancia. Siempre insiste en que nadie sepa dónde está en realidad.
—¿Alguna vez se presentó en medio de una tormenta?
Frank pareció pensarlo un momento.
—No, nunca con tormenta. Pero una vez apareció sin avisar. De repente, en mi puerta, con una pinta horrible.
—¿Cuándo fue eso?
—Cuando pidió el divorcio.
—¿Estuvo casada?
—Sí, pero nunca habló de ello.
Maggie le dio las gracias y colgó. El viento silbaba y el cielo se había vuelto de un azul casi negro sobre la nieve que caía.
Se apartó de la ventana. ¿Quién era Ellie Falcon?
¿Se habría vuelto a casar? ¿Tendría hijos?
Lo único que sabía era que Ellie era la estrella del programa número uno en horario de máxima audiencia.
Su cara estaba en todas partes: vallas publicitarias, autobuses, revistas.
Maggie vivía en una cabaña aislada en la montaña y apenas veía la televisión, pero hasta ella sabía quién era Ellie Falcon.
Veía las revistas en el supermercado. Los anuncios de maquillaje y productos de belleza.
Ellie estaba en todas partes. Y ahora, al parecer, quería desaparecer.
Maggie puso una tetera en el fuego. Ya había entrado en calor, pero por dentro se sentía helada.
Inquieta. Algo extraño estaba pasando y se había visto envuelta en ello.
Estas cosas no deberían pasarle a ella. Se había protegido de la gente y del drama que traían consigo.
Lo había dejado todo y se había mudado allí arriba buscando paz.
Ahora parecía que los problemas la habían encontrado de nuevo.
Y de nuevo, venían de la mano de una mujer hermosa.
La tetera silbó y vertió el agua caliente en dos tazas.
Sacó su bolsita de té de canela y la sumergió.
Se dejó hipnotizar un rato por el vaivén de la bolsita.
Luego dio un sorbo con cuidado y volvió al dormitorio con la otra taza.
Llamó a la puerta y Lincoln levantó la cabeza desde la cama. La miró, pero no se movió.
—Veo que ya has elegido —murmuró.
Lincoln meneó la cola y apoyó el hocico. Maggie entró y se acercó en silencio a la cama. Ellie estaba despierta, pero tumbada de lado, mirando el fuego.
—He pensado que te apetecería un té.
Ellie se volvió un poco para mirarla y se incorporó.
—Gracias.
Maggie se acercó, le entregó la taza y se puso a atizar el fuego. Ellie bebía en silencio a su espalda. El viento volvió a aullar, y Maggie supo que presagiaba problemas.