Ángel de nieve Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Ellie despertó al sentir movimiento. Parpadeó varias veces mientras sus ojos se ajustaban a la luz gris. Un perro le lamió la barbilla y meneó la cola. Ella le acarició la cabeza y se incorporó. La habitación le resultaba familiar, pero no lograba recordar por qué.

Estaba en una cabaña de troncos; lo notaba por las paredes.

A su izquierda había una chimenea de piedra con una alfombra de estilo suroeste tendida delante.

A la izquierda del hogar se apilaba leña cortada.

Frente a ella había una hermosa cómoda antigua y a su derecha, dos puertas.

Una estaba entreabierta y debía dar a algún pasillo; la otra supuso que era un armario.

Volvió a mirar a su izquierda, donde vio otra puerta en la esquina, junto a la cómoda. Un baño.

Sacó las piernas de la cama y se puso de pie con cuidado. Le temblaron un poco las piernas y decidió no intentar llegar al baño. En vez de eso, se sentó y acarició al perro. Era un corgi, una raza que siempre le había encantado. Le fascinaban las patas cortas y las orejas suaves.

El corazón le latió un poco más deprisa mientras seguía mirando a su alrededor, intentando reconocer dónde estaba.

No era la cabaña de Frank. La de él no era tan espaciosa y sus muebles no eran antiguos.

Examinó la repisa sobre el fuego casi extinto.

En el centro colgaba un cuadro, flanqueado por libros a ambos lados.

Reconoció la serie como una de sus favoritas.

—Esté donde esté, el sitio no puede ser tan malo —dijo.

Intentó ponerse de pie otra vez, y en esta ocasión lo logró sin temblar.

—¿Ellie?

Ellie se volvió y vio a una mujer asomarse por la puerta. Era alta, de metro setenta aproximadamente, con complexión atlética. Ellie reparó enseguida en su pelo corto y ondulado y en sus ojos penetrantes. Se sintió débil y volvió a sentarse en la cama.

—¿Mmm? —No sabía qué decir. ¿Quién era aquella mujer?

—¿Cómo te encuentras?

Ellie se humedeció los labios resecos.

—¿Dónde está Marco? —Seguro que estaba allí. Se le encogió el corazón solo de pensarlo.

La mujer entró, aunque despacio. Se detuvo a los pies de la cama, como si Ellie fuera una criatura salvaje que pudiera asustarse con facilidad.

—Me llamo Maggie Douglas —dijo—. Estás en mi casa. No hay nadie más aquí.

Ellie le sostuvo la mirada.

—Maggie —dijo. Entonces reparó en el verde de sus ojos—. Irlanda.

—¿Perdona?

Ellie apartó la vista, avergonzada.

—Nada. —Su mente iba a toda velocidad—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién sabe dónde estoy?

—Te encontré en tu todoterreno. Estás en Flagstaff, a los pies de los San Francisco Peaks.

—Arizona —dijo Ellie—. Iba a casa de Frank.

Maggie asintió y esbozó una leve sonrisa. Se metió las manos, de aspecto fuerte, en los bolsillos de sus vaqueros holgados.

Ellie esperó a que llegara el miedo, la ansiedad de estar con una desconocida en un lugar desconocido, pero no llegó. De hecho, se sentía razonablemente tranquila e incluso un poco... turbada. Carraspeó, sin saber qué significaba aquello ni de dónde venía.

Maggie se sentó.

—Estás bien. Estás a salvo. Y solo Frank sabe que estás aquí.

Ellie se quedó mirando el fuego que se apagaba. Eran buenas noticias y sintió tal alivio que casi se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero nunca mostraba sus emociones delante de nadie. Al menos, no las auténticas.

—Gracias —dijo—. Por ayudarme.

—No hay de qué —respondió Maggie.

Ellie soltó el aire.

—Dejaré de molestarte en cuanto pueda. —En cuanto pudiera ponerse de pie y caminar.

—Eso no me preocupa. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. —Hizo una pausa y se levantó para acercarse a una ventana. Ellie podía ver la nieve caer desde donde estaba sentada—. Por lo que parece, te quedarás uno o dos días como mínimo.

Ellie se levantó, algo asustada. Ese no era su plan. Quería estar en casa de Frank. Necesitaba estar en casa de Frank. Sola.

Maggie prosiguió:

—Puede que tengamos una tregua en algún momento, pero la tormenta ha venido para quedarse.

—¿Me estás diciendo que estoy atrapada aquí? —Ellie notó que le subía el calor de la irritación. No le gustaba perder el control. La aterrorizaba. Por eso precisamente había necesitado escapar. Había perdido el control de su vida, que se había descontrolado por completo.

Maggie se volvió y la miró como si le hubieran dado una bofetada. Pero se recompuso enseguida y sonrió para tranquilizarla.

—Aquí arriba estamos a merced del tiempo.

Ellie negó con la cabeza.

—¿No puedo ir a casa de Frank durante esa tregua?

Maggie la miró incrédula.

—No estoy segura de que vayamos a tener tregua.

Y aunque la tuviéramos, sería arriesgado.

El camino hasta su casa está cubierto de nieve y tendríamos que abrirlo a paladas al llegar.

Por no hablar de dejarte instalada una vez dentro.

Para cuando termináramos con todo eso, la tormenta probablemente me pillaría de vuelta.

—¿Entonces te quedarías atrapada conmigo?

—Sí.

Ellie se pasó una mano por el pelo. Mataría por un baño largo y caliente y un chai latte.

—No me gusta esto —dijo—. Este no era mi plan.

Maggie apartó la vista, visiblemente nerviosa también.

—Lo siento. —Cruzó la habitación hacia la puerta—. Voy a preparar el desayuno. ¿Necesitas algo?

Ellie quería pedir ayuda, pero eso no iba con ella. Procuraba no mostrar debilidad de ningún tipo. Así que negó con la cabeza y se quedó sentada en silencio, deseando con todas sus fuerzas que su vida fuera diferente.