41. Camille. Después de la coartada
Camille
DESPUÉS DE LA COARTADA
S uena el timbre y Hank se levanta de su improvisado escritorio en la mesa de la cocina.
Estamos en su casa y él va a trabajar desde aquí durante los próximos días mientras yo me recupero en su sofá, que queda solo a unos pasos.
En el hospital me han dado de alta este mediodía y me han puesto en manos de Hank.
Él me ha propuesto que nos quedáramos los dos en mi casa, pensando que yo estaría más cómoda en mi propia cama, pero yo le he dicho que no iba a volver allí nunca más, y hablaba en serio.
De hecho, le he pedido que la ponga en venta en cuanto queden resueltos los trámites testamentarios.
Hank ha hecho todo lo posible para que me sienta no solo cómoda, sino también a salvo, y yo tendría que estar ciega para no comprender que sus sentimientos van más allá de la amistad.
Pero todavía no estoy preparada para abordar esa cuestión o mantener esa conversación, y él parece entenderlo también.
Sabe que ahora necesito un amigo más que cualquier otra cosa y parece satisfecho ejerciendo ese papel.
Hank vuelve a entrar seguido por Silas.
—¿Qué tal la paciente? —Mi hermano se sienta en el sillón que hay junto al sofá y me pasa una bolsa blanca de papel—. Te he traído esos almendrados que te gustan.
—Gracias. Me alegro de estar fuera del hospital. Hank es un excelente enfermero, aunque está siguiendo ese protocolo un poquito más estrictamente de la cuenta.
Hank se ríe.
—No vas a tener un tiempo de pantalla extra por muy enfurruñada que te pongas.
Silas intenta sonreír, pero la sonrisa no le llega a los ojos. Parece tenso.
—¿Qué ha ocurrido?
Él inspira hondo y se pasa la mano por la cara.
—Ha habido un incidente hoy en casa de Aubrey.
Está a punto de salir en las noticias, así que he querido venir y contaros a los dos lo que ha pasado.
—Le dirige una mirada penetrante a Hank—.
¿Hemos de firmar algún documento de mierda para hacerlo formal y que esto quede cubierto por el secreto profesional entre cliente y abogado?
—Creo que esa parte ya la hemos dejado muy atrás. Pero para hacerlo oficial, tú eres desde ahora mi nuevo cliente. Bienvenido al bufete Bayliss and Landry. Considérate totalmente a salvo.
Él asiente.
—El detective Sullivan está muerto —dice—. Deacon lo ha matado para defender a Aubrey.
—¿Qué? —Me incorporo tan deprisa que un agudo dolor me recorre todo el cráneo.
Hank se acerca al sofá.
—Nada de movimientos bruscos. Vuelve a recostarte.
Una vez que me acomoda de nuevo, mira a Silas.
—Empieza por el principio.
Y él así lo hace. Hank y yo nos quedamos mudos mientras asimilamos todo lo que Silas nos cuenta. Cuando termina, Hank se ha derrumbado a mi lado como si el peso de lo que acaba de oír fuera demasiado para soportarlo.
—¿Tú no conocías a Sullivan en aquel entonces? —le pregunto a Silas.
—No, pero yo solo estuve en Corbeau un par de veces porque me pasé la mayor parte del verano trabajando en aquel rancho de Texas.
—¿Crees que realmente podrás colgarle a él la muerte de los padres de Aubrey? —pregunta Hank.
—Tú sabes bien que lo único que impide que gane una de las partes es la resistencia que oponga la otra.
Y la otra parte no va a ofrecer mucha resistencia en este caso.
Si representas a Deacon y argumentas que Sullivan conducía la camioneta de Paul aquella noche y que con sus actos más recientes pretendía evitar que la verdad saliera a la luz, ganarás sin la menor duda.
Y eso debería allanar el camino para la apelación de Paul.
—La muerte de Sullivan va a provocar un gran revuelo en toda la ciudad, especialmente cuando se sepa que fue él quien mató a Ben —digo.
—Sí, todos vamos a tener que capear el temporal.
Voy a hablar con papá cuando salga de aquí, y no creo que vaya a ser una conversación fácil.
Ahora que Foster y Sullivan están muertos, ha llegado el momento de que cambien las cosas.
Voy a sugerirle que dé un paso atrás y deje que yo me haga cargo de todo.
Él se va a resistir como gato panza arriba, pero, si no accede, yo me retiro del negocio. Y él no va a dejar que eso suceda.
Hank arruga la frente.
—¿Que tú te hagas cargo significa que vas a hacer las cosas legalmente?
Silas se encoge de hombros.
— Un poco más legalmente. Habrá que ensuciarse un poco las manos antes de que podamos hacerlo todo legal.
Es lo mismo que en este asunto de Sullivan.
Quizá él no mató a los Price, pero sí mató a Ben, de manera que no considero un problema que lo declaren culpable de ambas cosas.
Aubrey quiere que Deacon conserve la libertad y que Paul recupere la suya, y este es el camino más sencillo para conseguirlo.
—¿Qué es lo que sabe Aubrey? —No puedo ni imaginarme lo que estará sufriendo ahora mismo.
—Prácticamente todo. Sullivan le contó que era Margaret quien conducía la camioneta. No he creído que necesitara saber más.
Hank se pasa la mano por la cara.
—Esto va a ser una pesadilla para el bufete. Los medios ya están desatados y esto no va a hacer más que añadir gasolina al fuego. Nunca van a dejar de hablar de Ben.
—Ese cabrón va a quedar en una posición bastante buena cuando haya pasado todo —dice Silas, meneando la cabeza. Luego, con una voz estridente, añade—: El pobre Ben solo estuvo intentando sacar de la cárcel a un inocente hasta que ese poli corrupto lo asesinó.
Vuelvo a apoyar la cabeza en el sofá y cierro los ojos.
—Silas. Por favor. Todo esto está mal en muchos sentidos.
Mi hermano se encoge de hombros.
—A decir verdad, esta es la primera vez que me parece que todo está bien.
Permanecemos los tres callados unos momentos mientras digerimos todo lo ocurrido. A Hank le costará sobrellevar esta situación, pero estoy segura de que, a la larga, el bufete saldrá ganando con él al mando.
Me vuelvo para mirarlo.
—¿Puedo hablar un momento a solas con mi hermano?
Hank se levanta de inmediato.
—Claro. Estaré fuera, si me necesitas. —Seguramente se alegra de poder retirarse.
Hay un par de cosas que necesito comentar con Silas, así que empiezo por la más fácil.
—Voy a comprar esa casa en la que vive Aubrey y a hacer algunas reparaciones.
Pasé por delante antes de abordarla por primera vez y está en un estado bastante deplorable.
Le pediré a Hank que se encargue de hacerme el papeleo para poder regalársela a ella.
Aubrey podrá venderla, si lo desea, o quedarse allí y cobrarles el alquiler a los demás…
Eso es cosa suya, pero al menos así tendrá algunas opciones.
Silas ladea la cabeza mientras reflexiona sobre lo que estoy diciendo.
—Déjame pagar a mí las reparaciones.
Asiento. Ambos tenemos que resarcirla por lo que nuestra familia ha hecho.
Y ahora viene la parte más difícil de la conversación.
—¿Has localizado a Margaret?
Él se tensa ante la pregunta.
—Todavía no.
—¿Qué piensas hacer?
—Camille, tú has atisbado algo desde detrás de las cortinas, pero te aseguro que no te conviene apartarlas del todo. Tienes que dejar que yo me ocupe de eso a mi manera.
—No quiero que hagas nada de lo que luego te vayas a arrepentir.
Silas se ríe, pero suena apenado.
—Hay tantas cosas de las que me arrepiento que ya he perdido la cuenta.
Durante diez años he creído que era un asesino y que salí impune de mi crimen mientras otro pagaba el pato.
He vivido con esa culpa. Me he mantenido junto a papá no porque quisiera ser como él, sino para poder evitar otro incidente similar.
Sabía que no podía volver atrás y cambiar las cosas, pero sí impedir que volviera a suceder algo así.
He sacrificado mi vida porque creía merecer el castigo.
He cumplido la pena, Camille, así que bien puedo ser el culpable del crimen.
Sus palabras me entristecen, porque, aunque Silas se ha esforzado todo lo que ha podido, ya se ha convertido en el tipo de persona que nuestro padre le ha enseñado a ser.