42. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
S uena la campanilla de la puerta y grito: «¡Bienvenido a Doug’s!», e inmediatamente se me cae la botella de vodka al ver entrar en el bar a Silas Everett.
Doug oye el estrépito de cristales en el fregadero y acude corriendo.
—¿Estás bien?
Yo asiento, porque me he quedado completamente sin palabras.
La última vez que vi a Silas fue hace tres días, cuando había un poli muerto en mi casa y él me prometió cosas que yo no sabía si sería capaz de cumplir. Decir que he estado de los nervios desde entonces sería un eufemismo.
Hasta ahora, sin embargo, todo ha ido tal como él predijo. La muerte del detective ha ocupado todos los informativos, pero también el caso de Paul Granger. Ambas cosas quedaron ligadas desde el primer momento, y es de lo único de lo que habla ahora todo el mundo.
Silas se sienta en un taburete del extremo de la barra, cerca de la puerta. Capto con el rabillo del ojo un movimiento en el fondo del local y veo que Deacon deja su taco de billar y viene hacia aquí. Apenas se ha movido de mi lado durante estos días.
Deacon se sienta dejando libre un taburete entre él y Silas. Ambos se miran y se saludan con un gesto, pero no dicen ni una palabra. Luego Silas se vuelve hacia mí.
—Ve a tomar su pedido. Yo limpio esto —dice Doug, recogiendo trozos de cristal y tirándolos a la basura.
Me da la sensación de estar avanzando a través de un barrizal mientras me dirijo al extremo de la barra.
¿Para qué ha venido? Una vez que se fue de mi casa el lunes, ya no había ningún motivo para que volviéramos a ponernos en contacto nunca más.
Aunque agradezco todo lo que ha hecho por Deacon, lo cierto es que su esposa mató a mis padres y que ella aún sigue libre.
No digo nada cuando me detengo frente a ellos.
—Una Miller Lite.
Abro el frigorífico que tengo delante, saco una cerveza y se la pongo sobre la barra. Él coge la botella y señala con ella a Deacon.
—¿Puedo invitarte a una cerveza?
Él menea la cabeza.
—No. Estoy bien. Pero me encantaría saber qué te trae por aquí.
Silas echa un trago y deja la botella frente a él.
—Solo quería tomarme una cerveza. Han sido un par de semanas de mierda.
Mi esposa, Margaret, no ha sido la misma últimamente.
—Oírle pronunciar ese nombre me sienta como un puñetazo en el estómago.
Le lanzo una mirada a Deacon, pero él no aparta los ojos de Silas—.
La verdad es que ha estado luchando con esos demonios durante los últimos diez años.
Acabamos de descubrir que hizo algo terrible cuando era una joven ingenua y que se ha debatido con esa culpa durante todos estos años.
Estoy totalmente desconcertada. ¿Por qué dice todo esto?
—He sabido hoy que el fiscal del distrito no va a oponerse a la apelación de Paul Granger. No creo que tarde mucho en quedar libre. —Da otro trago a su cerveza y se seca la boca con la mano mientras me observa.
Yo me quedo mirándolo con la boca abierta. ¿Es esto lo que ha venido a decirme? ¿Que Paul saldrá pronto de la cárcel? Hank ya me lo había dicho.
Deacon se inclina hacia él.
—¿De qué coño va esto?
Silas alza una mano.
—Solamente me he pasado para tomarme una cerveza y charlar un poco.
—Lanza un billete de cien dólares sobre la barra—.
Bueno, tengo que irme. Como he dicho, Margaret lo ha estado pasando muy mal.
Me temo que haya empezado a beber otra vez.
Espero que no se ponga al volante de un coche. Eso sería trágico.
Ay, mierda. ¿Qué está diciendo? Deacon me mira a mí y luego a Silas. Él tampoco entiende nada.
Silas se levanta del taburete justo cuando suena su teléfono.
—Perdón, tengo que responder. ¿Hola? Sí, soy Silas Everett.
Nosotros lo observamos mientras escucha lo que le están diciendo. Baja la cabeza y se tapa los ojos con la mano.
—Voy para allá.
Cuelga y me mira fijamente.
—Es lo que me temía. Si me disculpáis, era una llamada del Departamento de Policía de Corbeau. La pobre Margaret ha sufrido un accidente fatal. —Hace una pausa y añade—: Quizá no sea esta la justicia que tú buscabas, pero es la única posible. —Luego da media vuelta y sale del bar.
Nosotros no nos movemos.
Nos ha dejado mudos.
—¿Acaba de pasar… lo que yo creo? —dice Deacon al fin.
—Se ha asegurado de hacerme saber que la persona que mató a mis padres ha encontrado el mismo destino. —Intento averiguar cómo me sienta esta noticia. Yo quería que Margaret rindiera cuentas de sus actos, pero nunca había dicho que quisiera verla muerta.
¿Su muerte representa un modo de hacer justicia para mí? ¿Para mis padres?
No estoy segura.
Ya no estoy segura de nada.
Lo único seguro es que esta es la forma de justicia que Silas pensaba que Margaret merecía, lo cual me hace sentir extraña. Intrigada e inquieta. Como si faltara todavía una pieza del puzle.
¿Acaso creía Silas que aplicando su propia forma de justicia cortaría la conexión que hay entre nosotros? Lo cierto es que aún estamos irrevocablemente ligados. Conectados para siempre de un modo retorcido y siniestro.
Porque si en algún momento le preguntan a Silas Everett dónde estaba cuando murió su esposa, Deacon y yo somos ahora su coartada.