40. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
L os lunes son el único día de la semana que tengo la casa para mí sola.
Deacon ha estado a mi lado desde el viernes por la noche.
Ahora no deja de machacarse a sí mismo porque, en cuanto me dejó sola, Frank aprovechó la ocasión para robar el lápiz USB.
Serenity también se culpa a sí misma. Más que desolada por el desengaño, está cabreada por el hecho de que Frank la haya utilizado para poder acecharme.
Aunque Deacon ha intentado quedarse hoy en casa, Chris lo necesitaba en el trabajo, así que le he obligado a marcharse. Lo mismo he hecho con Shane, Eddie y Serenity. Nadie debe perder un día de trabajo porque yo esté apenada y porque esta casa que creía segura ya no me lo parezca ahora.
He recibido mensajes de los cuatro durante toda la mañana, cosa que no deja de ayudar, pero ellos no pueden seguir así indefinidamente.
Ahora que Frank ha desaparecido, y el lápiz USB con él, estoy intentando convencerme a mí misma de que debo dejar de indagar sobre lo que les sucedió a mis padres.
Todos coincidimos en que mis intentos de averiguar la verdad han sido los que me han puesto en el radar del asesino de Ben y también en que debo apartarme de ese foco.
Así pues, recojo mi ropa sucia y pongo la lavadora; luego hago la lista de la compra para enviársela a Deacon y que él se encargue de recogerlo todo en el trayecto de vuelta. Voy a fingir que llevo una vida normal hasta que me parezca… normal.
Estoy doblando las toallas cuando suena el timbre, y yo suelto un grito, como si alguien hubiera aparecido de repente, dándome un susto de muerte. Inspiro hondo varias veces y luego me dirijo lentamente hacia la puerta. Tragándome mi aprensión, atisbo por la ventana lateral para ver quién es.
Al abrir la puerta, procuro ocultar el pánico que me recorre.
—¿En qué puedo ayudarle? —Es el detective que se presentó aquí la noche en la que Ben apareció muerto.
Él me muestra la placa, igual que la otra vez.
—Detective Sullivan. Tengo unas cuantas preguntas adicionales que hacerle, si dispone de unos minutos.
—Eh…, de acuerdo. —Antes de que pueda pensar cómo voy a manejar la situación, él empieza a entrar, obligándome a retroceder. Él mismo cierra la puerta y luego nos quedamos los dos plantados en el vestíbulo, a pocos pasos de distancia. Está demasiado cerca. Esto no es normal.
—Tengo que hacerle unas preguntas sobre un hombre que ha pasado una cantidad considerable de tiempo aquí. Se llama Frank West.
Doy un paso atrás.
—¿Por qué me pregunta por él?
—He revisado todos los datos recogidos por los agentes que ejecutaron la orden de registro el viernes por la noche. La fiesta que se celebró en el patio trasero era una fiesta de cumpleaños que había organizado para él una de sus compañeras, ¿correcto?
Asiento.
—¿Conoce bien al señor West?
No me gusta por dónde va esto.
—Detective, no estoy segura de ser la persona con la que debe hablar sobre Frank.
Él da un paso hacia mí, acortando otra vez la distancia entre ambos.
—Señora Price, le será mucho más fácil responder a mis preguntas ahora que si me veo obligado a llevarla a comisaría.
Soy capaz de reconocer una amenaza. Esto no es normal. Sea lo que sea, no es normal.
—Yo no le conozco realmente.
Él entorna los ojos.
—Entonces ¿no sabe que trabaja para Silas Everett?
El asombro que siento no es fingido. Nosotros no sabíamos quién envió a Frank aquí.
—¡No! Yo… no lo sabía. Ya le he dicho que apenas lo conozco.
Él tuerce la boca.
—Pero sí sabe quién es Silas Everett, ¿no? Por su modo de reaccionar, es evidente que ese nombre le dice algo.
Mierda. Tengo que poner fin a esta conversación. Ahora mismo. Y solo conozco una forma de hacerlo.
—Quiero un abogado.
Él se echa a reír. De hecho, se ríe de mí.
—No. No vamos a hacer eso.
Lo miro boquiabierta.
—Usted no puede decirme que no.
Él da otro paso hacia mí.
—Yo puedo decirle lo que quiera. —Me sujeta tan rápidamente que no puedo reaccionar.
Me retuerce el brazo hasta ponérmelo en la espalda y luego me atrae hacia sí.
Acerca su boca a mi oído—. Escúcheme, y escuche bien.
Parece que todos hemos estado buscando lo mismo, y algo me dice que lo tiene usted o que al menos sabe dónde está.
—¡No sé de qué me habla! —Las lágrimas me ruedan por las mejillas.
—Supongo que su novio, Deacon, se presentó por casualidad en la casa de un hombre muerto en Corbeau, ¿no?
Mucha gente estaba deseando echar un vistazo en el interior de una caja fuerte para armas que hay allí.
Y luego está Frank West, que ha pasado meses en esta casa, pero que ahora ha vuelto a Corbeau, lo que me hace pensar que su misión aquí ha terminado.
Forcejeo para liberarme, pero no digo nada.
—Camille Bayliss está ahora en el hospital. ¿Lo sabía?
Trato de menear la cabeza, pero él me sujeta con tanta fuerza contra su cuerpo que apenas puedo moverme.
Su boca se acerca tanto que noto sus labios en el contorno de mi oreja.
—Y Silas tiene problemas para localizar a su esposa, por lo que deduzco. Así que mi hipótesis es que él ha visto por fin el vídeo y que se ha montado un buen alboroto. Apuesto a que usted no sabía que esa zorrita rubia fue la que mató a sus padres.
Me fallan las rodillas y estoy a punto de caer al suelo, pero el detective me rodea con el otro brazo.
—¿Cómo lo sabe?
¿Ha dicho eso solo para burlarse de mí? ¿Para que confiese algo? ¿O de verdad era Margaret quien conducía la camioneta de Paul?
Él no responde a mi pregunta.
—Tiene un minuto para contarme lo que necesito saber o me encargaré de que la metan en la cárcel por el asesinato de Ben Bayliss. Y también encarcelaré a todos sus compañeros.
El pánico me recorre de pies a cabeza. Pero también la rabia.
Estoy cabreada. ¡Cabreadísima!
—Parece que eso ya lo intentó. Qué mala suerte que esos polis no encontraran el cuchillo que usted dejó en mi habitación.
No sé lo que me impulsa a decir eso. No estaba del todo segura de que hubiera sido él quien lo hizo, pero, cuando me rodea la garganta con la mano y empieza a apretar, comprendo que he acertado. Él es el asesino de Ben.
—Ben cometió el mismo error que usted está cometiendo ahora. Yo le ofrecí un buen trato. Él solo tenía que dejar de indagar. Abandonar la búsqueda. Pero rechazó mi oferta, igual que usted ahora. Quizá la haya subestimado, pero no volveré a hacerlo —me susurra al oído.
Trato de liberarme, pero el tipo sigue estrujándome con tanta fuerza contra su cuerpo que no puedo moverme. Le doy patadas en los tobillos, le pisoteo los pies, pero él no deja de apretarme el cuello.
—Dígame lo que quiero saber y la soltaré.
Va a matarme.
—No se va a salir con la suya —digo, tratando de ganar tiempo hasta que se me ocurra el modo de liberarme.
Él se ríe.
—El primero en llegar a la escena del crimen es quien la controla. Lo aprendí hace muchos años. Y funciona aún mejor cuando tú la has creado. Podría estrangularla ahora mismo y hacer creer a todo el mundo que ha sido su novio.
Le clavo las uñas en la mano con tanta saña que seguro que le estoy haciendo sangrar.
Justo cuando empiezo a ver manchas y puntitos, me escurro de entre sus brazos y caigo al suelo.
Parece que hay un barullo de pelea a mi espalda, pero yo aún estoy a gatas tratando de recuperar el aliento.
Jadeo para tomar aire y estoy tan mareada que me derrumbo del todo.
Cuando por fin puedo sentarme y darme la vuelta, veo que Deacon y el detective están enzarzados en el suelo en un apretado amasijo de miembros.
Antes de que se me ocurra cómo ayudar a Deacon, suena un disparo y yo doy un grito.
Pasan unos larguísimos segundos antes de que uno de los dos se mueva. Deacon consigue liberarse y el detective se desploma como un muñeco, con un orificio en el pecho por el que no deja de manar sangre.
Corro hacia Deacon y me arrojo en sus brazos, sollozando.
—¡Oh, Dios mío! Creía que eras tú. ¡Creía que te había disparado a ti!
Él me estrecha con fuerza.
—¿Estás bien? Me daba muchísimo miedo no llegar a tiempo.
Yo asiento sobre su cuello.
—¿Cómo sabías que él estaba aquí?
—Me ha llamado Frank para avisarme. Él y Silas llegarán en cualquier momento. Entonces pensaremos qué demonios vamos a hacer.
Deacon me lleva a la cocina para que no tenga que seguir mirando el cadáver del vestíbulo. Ambos nos sentamos a la mesa conmocionados. Lo único que Deacon me ha contado es que Frank le ha llamado y le ha dicho que tenía que venir aquí lo más aprisa posible.
No sé cuánto tiempo transcurre hasta que Silas y Frank aparecen por la puerta trasera. Frank entra sin más, tal como ha venido haciendo durante los últimos meses. Por la manera que tiene Deacon de mirarlo, no me queda claro si quiere darle un puñetazo o un abrazo.
—La única razón por la que no te pego una paliza es porque has salvado a Aubrey.
Frank asiente.
—Me parece justo.
Deacon les cuenta a los dos lo ocurrido y luego se dirigen todos al vestíbulo. Yo no me muevo de la mesa.
Cuando regresan a la cocina, Deacon se sienta a mi lado y Silas y Frank se quedan junto al fregadero.
—¿Cómo sabíais que él estaba aquí? —pregunto.
Frank se pasa la mano por el pelo.
—Tengo una cámara instalada en el porche que muestra el patio de delante y el sendero. —Baja la cabeza, al parecer avergonzado por tener que reconocer que estaba espiando a todo el que entraba y salía.
Yo no puedo ni enfadarme, la verdad.
Silas se sienta finalmente frente a nosotros.
—En realidad, ha sido Hank el que nos ha dado el soplo.
Revisó el expediente de Paul y miró la lista de las personas que estaban en su casa aquella noche, y se quedó de piedra al ver allí el nombre de Nathan Sullivan.
Estuvo indagando un poco y descubrió que era el sobrino de Foster.
Al parecer, Nathan pasó el verano con Foster en Corbeau antes de entrar en la academia de policía y se hizo amigo de algunos jóvenes de allí, incluido Paul.
Yo meneo la cabeza una y otra vez.
—No entiendo.