Anatomía de una coartada 39. Ben. Diez años antes
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39. Ben. Diez años antes

Ben

DIEZ AÑOS ANTES

E s angustioso estar esperando a que la policía se presente para tomarme declaración. Han pasado dos días desde que dejé a Silas en su casa.

La pareja que falleció era de Baton Rouge y deja una hija adolescente. La gente no habla de otra cosa en la ciudad.

La detención de Paul fue tan rápida como era de esperar.

La policía, en una campaña de relaciones públicas a gran escala, no ha parado de recordar a todo el mundo los demás delitos por los que ha sido detenido o considerado sospechoso a lo largo de los años, de manera que nadie le hace caso cuando afirma que lo han inculpado injustamente.

El martes, poco después de volver a casa del trabajo, oigo que llaman enérgicamente a la puerta y comprendo que ha llegado el momento.

Me entran nervios, pero me armo de valor para lo que debo hacer.

Al abrir la puerta, veo al jefe Foster con otro tipo que parece solo unos años mayor que yo y que va de paisano.

—Ey, Ben —dice Foster—. ¿Nos concedes unos minutos?

Asiento y les hago pasar. Luego le echo un vistazo a mamá para ver cómo se toma esta visita. Durante los últimos días se ha mantenido sobria, pero no le hará falta gran cosa para volver a la botella.

Foster le dirige una sonrisa.

—Disculpe la molestia, pero estamos investigando el caso del atropello con fuga del pasado fin de semana.

El sospechoso ha dado un montón de nombres de personas que estuvieron en su casa aquella noche y que podrían haberse llevado su camioneta —dice Foster.

Luego señala al tipo que lo acompaña—. Mi sobrino, Nathan.

Está trabajando conmigo este verano y empezará en la academia de policía en otoño.

He pensado que sería una buena experiencia para él poder observar.

No solemos tener casos tan importantes, así que no he querido que se perdiera esta oportunidad.

Mi madre se lleva la mano al pecho.

—No creerá que Ben estaba en casa de ese Granger, ¿no? —Se vuelve hacia mí—. ¿Estás comprándole drogas a Paul Granger?

Pongo los ojos en blanco.

—No, mamá. Yo no estaba allí.

Foster se apresura a intervenir cuando parece que mamá va a empezar a llorar.

—Señora Bayliss, Paul no nos dio el nombre de su hijo.

Pero sí el de Silas Everett. Hablé con Silas el domingo y me dijo que, cuando sus amigos se fueron de la casa de Paul Granger, Ben pasó a recogerlo por allí y ambos se fueron a Baton Rouge.

Simplemente estamos haciendo el seguimiento para comprobar que tenemos los datos correctos.

Mamá se relaja y suelta un profundo suspiro.

—Bueno, casi me han provocado un ataque al corazón. Y sí, Ben y Silas estuvieron este fin de semana en Baton Rouge. Mi Ben le estuvo enseñando el campus, porque Silas irá a estudiar allí en otoño.

Foster asiente, complacido con su respuesta.

—Solo necesito una declaración por escrito de Ben para el expediente. Y también de usted, si no tiene inconveniente, ya que puede verificar que era allí donde estaban los dos.

—Ah, claro. Con mucho gusto.

Mierda. Mamá cree que está contribuyendo a resolver el caso, cuando en realidad le está proporcionando a Silas una coartada más sólida que yo mismo. Y ahora ya no hay modo de echarse atrás.

Foster se vuelve hacia su sobrino.

—Saca dos formularios de testigos para la señora Bayliss y Benjamin.

Nathan obedece y mamá y yo nos sentamos a la mesa de la cocina. Él nos pone los formularios delante mientras Foster nos pasa un par de bolígrafos que lleva en el bolsillo de la pechera.

—Lo único que deben hacer es rellenar la parte de arriba con su nombre, dirección y teléfono, y después, en el espacio en blanco de debajo, escribir su declaración.

Ben, di con tus propias palabras que recogiste a Silas Everett en casa de Paul Granger y que ambos os fuisteis a Baton Rouge y pasasteis allí el fin de semana.

En cuanto a usted, señora Bayliss, si simplemente verifica que tanto Ben como Silas Everett pasaron el fin de semana fuera de la ciudad, ya no necesitaremos nada más de su parte.

Yo aún no he entrado en la facultad de Derecho, pero estoy seguro de que el agente encargado de la investigación no debería decirnos lo que tenemos que escribir en nuestra declaración. El tipo ni siquiera intenta darle a esto una apariencia de legalidad.

Mamá firma al pie de su declaración y la desliza por encima de la mesa.

—Ahora que esto está aclarado, ¿alguien quiere un café?

Foster le sonríe.

—Me encantaría tomarme una taza.

Termino mi declaración y la releo para comprobar que están reflejados todos los detalles que acordamos Silas y yo. Luego la firmo y la entrego.

Y así, como si nada, ya está hecho. Mamá y yo le ofrecemos a Silas una coartada en bandeja de plata.

Mamá se vuelve hacia el sobrino de Foster.

—¿Quiere un café? Perdone, no he oído bien su nombre.

Él le sonríe.

—Nathan Sullivan. Pero puede llamarme Sully.